Hace un cuarto de siglo los kiosqueros de Buenos Aires se convirtieron en agudos críticos literarios: recomendaban una novela publicada por la editorial Sudamericana llamada Cien años de soledad. Terminada de imprimir el 30 de mayo de 1967, sus 350 páginas de texto desplegaban un universo caribe situado  en las antípodas de esa ciudad del Río de la Plata que se consideraba a sí misma uno de los extremos de Europa.

La portada que luego nunca se repetiría era la silueta de un galeón flotando entre árboles y el azul del fondo contrastaba con tres flores geométricas de amarillo-oro sembradas en el borde inferior. Su autor, Gabriel García Márquez, había nacido en 1927 en la remota Aracataca colombiana y sólo los jóvenes redactores de Primera Plana, una revista dirigida por el periodista y novelista Tomás Eloy Martínez, tuvieron el olfato para desplazar a uno de los suyos a México, donde vivía el escritor y poner la foto de un contrabandista turco en la portada: el propio Gabo.

Fue entonces Buenos Aires la que lo aplaudió y consagró, y la que agotó una tras otra sucesivas reediciones. Cien años de soledad se puso de moda y el mundo pareció contagiarse de su delirio.

El crítico uruguayo Ángel Rama analizó el fenómeno y mostró cómo la edición inicial de 8,000 ejemplares se estabilizó luego en reediciones anuales de 100,000, siendo, sin lugar a dudas,  la obra que amplió el circuito lector  en América Latina, arrastrando, en  su euforia, las cuatro obras ya editadas  del autor: La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1958), Los funerales de la Mamá Grande (1962) y La mala hora (1962), en edición luego desautorizada por García Márquez a causa de los desaguisados idiomáticos que cometió un imprentero español.

García Márquez, como se ve, no era ni mucho menos un perfecto desconocido. Allí no más, pasando la frontera, otro buen crítico, el chileno Ricardo A. Latchman, había incluido y elogiado en su Antología del cuento hispanoamericano (1958) su “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, desprendido de La hojarasca, mientras en Bogotá un alemán nacido en Amberes, don  Ernesto Volkening, y desde la revista Eco, detectaba en agosto de 1963 cómo el mundo de García Márquez  se sustentaba en la terquedad histórica de sus mujeres y no en el delirio alucinante de sus hombres.

Si bien García Márquez reconocería el influjo sobre su tarea de atisbos  tan perspicaces como éstos, el turbión eufórico de su triunfo sumergiría  todo en una indiscriminada batahola: entrevistas, viajes, premios, traducciones. La gloria, en fin.

Pero lo que sí conviene resaltar es cómo García Márquez experimentaría un reconocimiento generalizado a partir de Latinoamérica misma, sea a través de simples lectores o de sus pares en el oficio literario.

La revista Mundo Nuevo de París, dirigida por Emir Rodríguez Monegal, publicó en septiembre de 1967 un aviso de la novela, que consistía apenas de tres párrafos.

El primero de Julio Cortázar: “Gabriel García Márquez aporta en estos años otra prueba de cómo la imaginación en su potencia creadora más alta ha irrumpido irreversiblemente en la novela suramericana, rescatándola de su aburrida obstinación en parafrasear la circunstancia y la crónica”.

El segundo de Carlos Fuentes: “Acabo de leer las primeras setenta y cinco cuartillas de Cien años de soledad. Son absolutamente magistrales… Toda la historia “ficticia” coexiste con la historia ‘real’, lo soñado con lo documentado, y gracias a las leyendas, las mentiras, las exageraciones, los mitos… Macondo se convierte en un territorio universal”.

El tercero de Mario Vargas Llosa: “Una prosa nítida, una técnica de hechicería infalible, una imaginación luciferina son las armas que han hecho posible esta hazaña narrativa”.

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América en el espejo de la poesía

Toda América vio así encarnados los avatares de su historia, gracias al poder persuasivo de personajes únicos: el gitano Melquíades, Úrsula, el coronel Aureliano Buendía, Remedios la Bella, y las compactas anécdotas que los perfilan.

Arcadia que se deteriora y renace  como espejismo, Macondo, de la fundación al apocalipsis, del entorno familiar al trasfondo social, de las guerras civiles a la compañía bananera, se convirtió en clave y símbolo. A pesar de su desmesura enumerativa, era un territorio donde resultaba factible vivir.

Gracias a él muchos latinoamericanos supieron por fin quiénes eran  y de dónde venían, mediante esa metáfora de sus vidas que dejaba atrás el paraíso, soportaba plagas bíblicas y arribaba a los riesgos de la modernidad, sea a través de la medieval alquimia, la pianola del italiano Pietro Crespi, el tren de los gringos o el aeroplano que no termina por llegar del belga Gastón. Los inventos venían de fuera. El duro núcleo de soledad persistía allí dentro.

Pero el gozoso disfrute que la obra suscitaba en América se fue difundiendo por todo el mundo al ritmo de sus traducciones, primero Italia y Francia en 1968, luego Alemania y Estados Unidos en 1970, acompañado de una reflexión crítica como pocas veces se había visto. Nunca antes se escribió tanto y tan bien sobre un colombiano único. Simbiosis perfecta entre el escritor y sus gentes, para explicar Cien años de soledad era necesario conocer primero a Colombia. ¿Y qué mejor manera de comprenderla que leyendo Cien años?

De todos modos, y desde Colombia, se habían ofrecido algunas claves. Lo hizo el historiador Germán Colmenares en una de las primeras reseñas (El Espectador, septiembre 3 de 1967) al decir: “No es ningún descubrimiento comprobar una vez más que la expresión poética posee un poder comunicativo mucho mayor que la peripecia psicológica. La concepción entera de los personajes es deliberadamente poética”.

Y fue ese viento de poesía el que retomó el novelista cubano Reinaldo Arenas (1943) al reseñar el libro en junio de 1968 en la revista Casa de las Américas. Hablo de la magia de sus imágenes poéticas, trátese de la levitación de Remedios la Bella o el séquito de mariposas amarillas que acompaña a Mauricio Babilonia.

Reconocimiento de la poesía que se propagó por todas partes, hasta su célebre brindis en honor de ella. Cuando a García Márquez se le otorgó el Premio Nobel en 1982: “La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos”.

De Quito a Nueva York, de Budapest a Berna, la bibliografía sobre Cien años y García Márquez se incrementó con aportes en todas las lenguas y bajo todos los ángulos. En 1983 había por lo menos 30 libros sobre el libro por excelencia y el ritmo no ha disminuido sin olvidar que uno de los hitos pioneros lo dio el propio Mario Vargas Llosa en 1971 con sus 667 páginas, nunca reeditadas, sobre García Márquez: historia de un deicidio.

Una comprensiva visión global que Ángel Rama consideró idealista y romántica por su énfasis en lo que Vargas Llosa denominó “demonios” del escritor.

En todo caso, vale la pena señalar cómo el debate intelectual latinoamericano se vio obligado a superar, gracias a la universalidad de la obra literaria, lo restrictivo de los enfoques economicistas y sociológicos entonces imperantes, para indagar por la totalidad de nuestra cultura.

Si podía existir, por fin, una unidad cultural latinoamericana ésta la daba, antes que nada, la propia literatura. El conjunto de escritores que en forma indiscriminada el llamado boom promovió y que hallaron en Cien años su paradigma más exitoso. La terrible posibilidad de convertirse en un clásico vivo, según la definición de Borges: un libro “profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”.

Toda auténtica ficción  desborda la interpretación

Las interpretaciones sin término sí que se han sucedido, desde la mitología al marxismo, del estructuralismo al psicoanálisis, de la teoría de la recepción al deconstruccionismo, pero el libro resiste a pie firme tantos embates eruditos y tantas modas académicas.

Los 300 habitantes del Macondo original continúan allí. Son las seis generaciones agrupadas en un solo siglo y los 69 personajes básicos, con su complejo árbol genealógico, convertidos en referencia cotidiana. Pintados por Sofía Urrutia, convertidos en canción de mariposas liberadas, o puestos de rótulo a una boutique, cualquier lector, de Ucrania o de Teherán, podía continuar recreándolos en su mente.

El hervor multitudinario de tantos nombres que se repiten se fue decantando y la saga familiar, con la incestuosa cola de cerdo que la clausura, se hizo nítida en la evolución de una estirpe y de una casa poblada de seres que la gente no olvida.

Santafé de Bogotá, marzo 15 de 1992

Juan Gustavo Cobo Borda
Poeta y periodista. Autor de Lecturas convergentes, Cuerpo erótico y Todos los poetas son santos.

Tomado de Gabriel García Márquez. Testimonios sobre su vida. Ensayos sobre su obra (selección y prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda), Siglo del Hombre Editores Ltda, Colombia, 1992.