En julio llegó la primera edición. Pasados los años, cuando me atrevía a mostrarla, los amigos la miraban como si estuvieran conociendo el hielo. La cubierta era diferente. En lugar de la retícula concebida por ese excelente diseñador gráfico y gran pintor que es el mexicano Vicente Rojo, retícula que la editorial Sudamericana de Buenos Aires utilizó en cerca de un millón de ejemplares, la tapa de la primera edición tenía un dibujo figurativo. Consistía en un galeón flotando en medio del norte.  Abajo se erguían tres estilizadas y raras flores de color anaranjado. La vegetación era azul y azul el panzudo bajel. Ni la idea ni la ejecución eran extraordinarias, pero hoy tienen el mérito de establecer la diferencia  que cuenta entre bibliómanos.

Transcurría el verano de 1967. Germán Vargas le había comunicado a un amigo común que el autor le había solicitado a su editor que enviara algunos ejemplares a cierta librería de su país, no porque quisiera otorgar un privilegio comercial sino porque deseaba que sus vecinos de antes lo leyeran. Germán acababa de publicar un artículo en el que le adelantaba a los lectores, entre otra cosa, que el Macondo de los últimos capítulos era la Arenosa de la librería de Ramón  Vinyes, los comerciantes árabes y el alegre burdel de la Negra Eufemia, la Arenosa parrandera que propició  las aventuras intelectuales y etílicas  de unos jóvenes de nombre Gabriel,  Álvaro, Alfonso y Germán. En pleno auge del mambo y de la Emisora Atlántico Jazz Band, los cuatro habían carnavaleado en las calles que yo recorría. Nada parecía más natural, en consecuencia, que, una suerte de homenaje a la tierra que le inspirara páginas que algunos tenían ya por memorables, el autor hubiera tenido el detalle de acordarse de ella al publicar su nuevo libro.

La Cueva ya no existía. La Cueva  era un bar de mucho ambiente que tenía fotografías, pinturas y afiches hasta en el cielo raso. Su nutrida y rica colección contaba con un Botero,  un Roda y varios Obregones (entre ellos un mural portátil). Entre tanto cuadro había una placa de bronce  que decía “Eduardo Vilá-Dentista” y un diploma firmado por el director de la Academia Colombiana de la Lengua en el que hacía constar que La mala hora había recibido un importante premio literario. En La Cueva se podía escuchar a Vivaldi y encontrar a Alejandro Obregón y a Álvaro Cepeda.  En el local de al lado se hacían dos o tres exposiciones al año y una vez sirvió de sede para la realización de un saloncito interamericano en el que apreciaron obras de Matta, Lam, Szyslo, José Luis Cuevas, Manabú Mabe, Rómulo Macció, Enrique Tábara, Oscar Pantoja y muchos más. El premio lo ganó Obregón.
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“No joda, el Gabo acaba de  jalarse una cipote novela”, exclamó Cepeda un buen día, cuando a La Cueva  estaba a punto de llevársela el viento final. Había tenido el privilegio de leer el manuscrito y se permitió asegurar que el éxito sería fulminante. Lo aseguró, llevó a los labios un puro de casi  veinte centímetros y contó que una editorial gringa había comprado los derechos de traducción al inglés sin necesidad de leer el texto completo. Cepeda era siempre exagerado. A mi juicio, él, Alejandro Obregón y Eduardo Vilá —el dueño de La Cueva— estaban entre los más grandes escultores del embuste macondiano. Esta vez, sin embargo, Cepeda nos soltó su carcajada habitual y eso me pareció sospechoso.

La primera edición salió en mayo. Yo había leído el primer capítulo en el Magazine Dominical de El Espectador de Bogotá y, en la revista Eco, las páginas que describen la muerte del coronel Aureliano Buendía. Cuando la prensa publicó la noticia de que la primera edición se había agotado en pocas semanas, la acogida de los argentinos me pareció comprensible y al mismo tiempo me llenó de inquietud. Los libros publicados en Buenos Aires demoraban más de un año en llegar a nuestras manos. ¿Qué cabía esperar en este caso?

Yo tenía entonces un empleo de medio tiempo. Por las tardes, desde que recibiera un aviso oportuno, empecé a frecuentar nuestra gran librería. La novela iba a llegar de un momento a otro, me dijeron. Como no eran muchos ejemplares, el asunto debía permanecer en secreto. Pero una primera e inútil sesión de espera me bastó para saber que montar guardia no sólo es muy aburrido, así que le pasé el dato a un profesor de la facultad de arquitectura. Al día siguiente fuimos juntos y allí le confiamos la razón de nuestra presencia a un amigo. Al día siguiente descubrí que no éramos menos de quince los que estábamos a la espera. No estorbábamos a nadie porque nos acomodábamos en la heladería que el librero, en época de vacas flacas, había instalado al fondo del local.

La guardia empezó a hacerse eterna. Siempre nos decían lo mismo: que el libro ya había llegado y se cumplían los trámites de aduana. “Mañana, con seguridad, lo pondremos a la venta”. En su oficina del mezanine, nuestro flamante librero se paseaba contento. El consumo de helados, jugos de frutas y otras bebidas había aumentado considerablemente. La audiencia creció a tal punto que empezamos a mirarnos con recelo y a montarle guardia a la guardia.

El jueves llegué tarde por haber concertado una cita que, como cosa nada rara, me incumplieron. Al pasar la puerta temí lo peor, pero supe que la espera seguía apenas escuché el rumor de las tertulias. Me reía yo de un chiste, o me entretenía batiendo hielo en un vaso, o prendía un cigarrillo, o trazaba en la servilleta un dibujito automático cuando alguien, que yo no conocía ni de cara porque estaba a la espera como todos nosotros, pasó a mi lado, pidió permiso al escurrirse entre dos mesas, ocupó una silla a dos metros de distancia y, ¡zas!, se enfrascó en la lectura. Tocó correr. La demanda era tal que no hubo necesidad de poner un solo ejemplar en los armarios. En cuatro minutos se habían vendido quince ejemplares, de manera que me abrí campo a codazos, sudando, a pesar del aire acondicionado. El tumulto no era de cien, pero poseía la densidad suficiente como para abrigar serios temores. Ocurrió hacia las cinco de la tarde. Así entré en posesión, no lejos de la Calle de los Turcos, de la conocida y afamada historia general de Macondo.

En la primera página, blanca, leo ahora las referencias en lápiz de nuestro moroso librero. Identifico el mes y el año: “7/67”. Y una sigla o código: “zvial”, que bien puede ser “2vial” o “=vial”. Al lado está el precio en cifras, que voy a escribir en letras para que mi lector no piense que el corrector de pruebas olvidó un par de guarismos: cuarenta y siete pesos con cincuenta centavos. En la página del título hay un sello circular azul que parece a punto de virar al sepia. Dice arriba: “Librería Nacional”. Y abajo: “Barranquilla”. A la llamada Arenosa llegaron los únicos ejemplares de la edición príncipe de Cien años de soledad que se vendieron en Colombia. No fueron más de cincuenta y desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. Por una vez, aunque parezca mentira, Cepeda no había exagerado.

París, 3 de febrero de 1992

Álvaro Medina
Narrador y crítico de arte. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia. Autor de El arte del Caribe colombiano.

Tomado de Gabriel García Márquez. Testimonios sobre su vida. Ensayos sobre su obra (selección y prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda), Siglo del Hombre Editores Ltda, Colombia, 1992.