Por largo tiempo sospechamos que el hombre Gabriel era capaz de hacer milagros, porque por muchos años habló demasiado para alguien que no tiene alas, acerca de los ángeles, de modo que cuando ocurrió el milagro de la imprenta inclinamos nuestra cabeza a sabiendas, pero por supuesto la presencia de este embrujo no nos liberaba de su poder y bajo el deletreo de esta nostálgica hechicería cuando nos levantábamos de nuestras bancas de madera y columpios del jardín y corríamos sin respirar una sola vez al lugar donde la diabólica imprenta estaba sacando libros más rápido que moscas y los libros caían en nuestras manos sin que tuviéramos siquiera que alargar los brazos, la masa de libros inundaba la sala de imprenta y derribaba los primeros llegados a la imprenta que cedían en forma delirante a ese terrible diluvio de narrativa que cubría las calles y los andenes, y crecía hasta la altura de las piernas en las habitaciones de los pisos principales de todas las casas por millas a la redonda, de tal suerte que no hubo quien pudiera escapar a esa historia. Si usted fuera ciego o cerrara sus ojos de nada serviría, porque siempre habría voces que leían en alta voz dentro  de ese bullicio en el que habíamos sido embelesados como vírgenes complacientes por esa historia que tenía la cualidad de convencer a cada lector que ésa era su propia autobiografía; luego el libro colmó nuestro país y se hizo a la mar y entendimos, en la locura de nuestra posesión, que el fenómeno no cesaría hasta que la superficie entera del globo estuviera cubierta, hasta que los mares, montañas, trenes subterráneos y desiertos fueran completamente colmados por el infinito número de ejemplares que emergían de esta embrujada imprenta con excepción, como nos dijo el gitano Melquíades, sólo de un país norteño llamado Gran Bretaña cuyos habitantes desde hace mucho tiempo fueron inmunes al morbo de los libros, sin importar su virulento origen.

Hace ya 15 años desde que Gabriel García Márquez publicó por primera vez Cien años de soledad. Durante este tiempo ha vendido más de cuatro  millones de ejemplares en español  solamente y no sé cuántos más en traducciones. Las noticias sobre un nuevo libro de Márquez toman las primeras páginas de los diarios hispanoamericanos. Multitudes de muchachos pregonan los ejemplares en las calles. Los críticos cometen un suicidio por carecer de nuevos superlativos. Su último libro, Crónica de una muerte anunciada, tuvo una primera edición en español de una cantidad considerablemente superior a un millón de ejemplares. Éste no es el menos extraordinario aspecto del trabajo de “Ángel Gabriel”. Es la habilidad de hacer real el comportamiento del mundo precisamente al modo de la hiperbólica improbabilidad de las historias de García Márquez.

En Gran Bretaña nada tan fantástico ha tenido lugar hasta ahora. Márquez recibe los aplausos, pero la gente del transporte público del sur de Londres queda indiferente. Puede ser que los británicos desconfían de las fantasías. Piénsese en Tolkien. (Quizá precisamente ellos no gustan de las buenas fantasías.) Mi propia teoría es que para la mayoría de los británicos, Sudamérica acaba de ser descubierta. Un Grupo de Trabajo puede tener éxito donde los críticos han fallado: esa gran pequeña diferencia permite a un continente llegar a ser por fin comercial, de esta manera se ofrece a Márquez y a todos los miembros del boom la gran explosión de brillo en la literatura contemporánea de Hispanoamérica. Finalmente enriquece a las enormes audiencias de que ellos gozan. Recientemente John Fowles en un ensayo en The Guardian usó la Crónica como un GRAN prisma a través del cual se puede ver la batalla por las Malvinas. The Sun informará a sus lectores para hacer lo mismo.

Sin duda Sandy Woodward es un hincha del cuento del coronel Aureliano Buendía, quien organizó 32 motines armados y los perdió todos. Sin duda la señora Tortura (como un político hindú alguna vez se refirió inmortalmente a nuestro amado líder) queda asombrada de que el enorme estudio crítico de Vargas Llosa sobre Márquez nunca haya sido publicado aquí. Grandes fuerzas están en juego.

Me parece que la más grande  fuerza en el trabajo y la imaginación de García Márquez es la memoria de su abuela. Muchos, la mayoría de los antecedentes formales, han sido sugeridos para su arte: él mismo admite la influencia de Faulkner, y el mundo de su fabuloso Macondo es por lo menos en parte el cuento Yoknapatawpha transportado a la selva colombiana. Luego está Borges el “fons” y “origo”  de todo eso, Machado de Assis cuyas tres grandes novelas, Epitaph of a Small Winner, Quincas y Dom Casmurro fueron de lejos a la cabeza en su  tiempo (1880, 1892 y 1900), con  un toque ligero y con un producto  de una imaginación fantástica tan claro (véase por ejemplo cómo Machado emplea un yeso antimelancólico en “Epitaph”), para hacer un sospechoso de que había descendido a la selva literaria de Sudamérica en la carroza de un Danikenian. Y el genio de García Márquez para la inolvidable hipérbole visual —por ejemplo, forzando los americanos a un dictador latino al darles el mar en pago de sus deudas, en El otoño del patriarca—: “ellos se llevaron el Caribe en abril, los ingenieros náuticos del embajador Ewing lo trasladaron en piezas numeradas para plantarlas lejos de los huracanes en los amaneceres rojos de Arizona” —es posible que haya sido influenciado por los años que escribió para el cine—. Pero la abuela es más importante que todo eso. Es la voz de Gabriel García Márquez.
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En una entrevista con Luis Harss y Bárbara Dohmann, García Márquez dice claramente que su lenguaje es el de su abuela. Ella hablaba así. Era una gran contadora de historias. Anita Desai ha dicho en hindú doméstico que las mujeres son las guardianas de los cuentos y lo mismo parece ser en el caso de Sudamérica. García Márquez fue criado por sus abuelos, conoció a su madre por primera vez cuando tenía siete u ocho años de edad. Su comentario de que nada interesante le ocurrió después de esa edad es, sin embargo, revelador. De sus padres Márquez dijo a Harss y Dohmann:

Ellos tenían una enorme casa llena de fantasmas. Ellos eran muy supersticiosos y gente impresionable. En cada rincón había esqueletos y recuerdos y después de las seis de la tarde usted no se atrevía a dejar su cuarto. Era un mundo de terrores fantásticos.

De los recuerdos de esa casa, y usando la voz narrativa de su abuela como su propio imán lingüístico, García Márquez comenzó a construir Macondo.

Pero por supuesto esto es más para él que su abuelita. Él dejó su pueblo natal de Aracataca siendo muy joven y se instaló él mismo en un mundo urbano cuyas definiciones de la realidad fueron muy diferentes de las que prevalecen en la jungla, al punto de ser virtualmente incompatible. En Cien años de soledad, la asunción al cielo de Remedios la Bella, la más adorable niña del mundo, es tratada como un acontecimiento completamente esperado, pero la llegada del primer ferrocarril hace que una mujer grite por la calle principal. “Ahí viene —alcanzó a explicar. Un asunto espantoso como una cocina arrastrando un pueblo”. Inútil decir que la reacción de los citadinos ante estos dos acontecimientos es exactamente la contraria. García Márquez decidió que la realidad en Sudamérica literalmente ha dejado de existir: ésta es la fuente de su fabulismo.

El deterioro de la realidad fue —es— cuando menos en mucho, político como cultural. En la experiencia de Márquez, la verdad ha sido controlada por el punto en el cual ha dejado de ser posible averiguar qué es. La única verdad es que se le está mintiendo a usted todo el tiempo. García Márquez (cuyo apoyo al gobierno de Castro en Cuba pudo impedirle obtener su Nobel) ha sido siempre una criatura intensamente política: pero sus libros sólo sesgadamente tienen que ver en la política y trata los asuntos públicos en términos de una gran metáfora, como la carrera militar de Aureliano Buendía, o la colosal y ampulosa figura del Patriarca, quien tiene uno de sus rivales servido como plato principal en un banquete, y quien un día habiendo dormido demasiado, decide que la tarde es en realidad la mañana, por lo cual la gente debe abrir sus ventanas de noche y levantar sus parasoles.

El “realismo mágico” es una evolución del surrealismo que expresa conscientemente un genuino “Tercer Mundo”. Se trata de lo que Naipaul ha llamado sociedades “medio hechas” en las cuales es imposible luchar contra lo pasmosamente nuevo, en las cuales la corrupción pública y las angustias privadas son más extravagantes y extremas que lo que siempre hubo en el llamado “Norte”, en donde siglos de bonanza y poder han formado enormes capas sobre la superficie de lo que está sucediendo en realidad. En la obra de García Márquez, así como en el mundo que él describe, constantemente ocurren cosas imposibles y enteramente plausibles afuera en la oscuridad o al sol del mediodía. Es un error pensar que el universo literario de García Márquez es un invento, que se refiere a sí mismo, un sistema cerrado. Él no está escribiendo acerca de Medio Mundo, sino acerca del único mundo que todos habitamos. Macondo existe. Ahí reside su magia.

Algunas veces parece, sin embargo, que Márquez conscientemente trata de fomentar el mito de “Garcialand”. Compárese la primera frase de Cien años de soledad con la primera frase de Crónica de una muerte anunciada: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo” (Cien años de soledad). Y: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nassar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo” (Crónica de una muerte anunciada). Ambos libros comienzan ante todo invocando una muerte violenta en el futuro y luego se retiraron a considerar un temprano suceso anterior y extraordinario. El otoño del patriarca también comienza con una muerte y luego retrocede en círculos alrededor de una vida. Es a través de esto que García Márquez nos cuestiona para articular los libros. Esta sugerencia es subrayada por su uso de ciertos tipos de caracteres básicos: el viejo soldado, la mujer perdida, el matriarcado, el sacerdote comprometido, el médico angustiado. La comparación de La mala hora, en la cual una ciudad permite que una persona se convierta en el chivo expiatorio por lo que de hecho es un crimen que ha sido cometido por muchas manos —la izada de pasquines satíricos durante las noches— resuena en Crónica de una muerte anunciada, en la cual los vecinos del pueblo cayeron atrapados en las garras de una terrible e increíble inercia de la incredulidad, una vez más no impide un asesinato aunque este haya sido “anunciado” o “predicho” infinidad de veces. Estas asonancias en la obra de García Márquez son tan pronunciadas que es fácil que opaquen las considerables diferencias de intención y realización de sus libros.

Gabriel García Márquez es no sólo superior a su abuela, también es superior a Macondo. Si echamos una mirada retrospectiva, los primeros escritos parecen una preparación para el gran vuelo de Cien años de soledad, pero incluso en esos días García Márquez escribió acerca de dos ciudades: Macondo y otra, otra anónima, la cual es una especie de no-Macondo, pero es un lugar mucho más mitológico, más “naturalístico” en la medida en que haya algo naturalístico en García Márquez. Éste es el pueblo de Los funerales de la Mamá Grande (titulada en inglés Big Mama’s Funeral, que suena como algo escrito por Damon Runyon), y muchos de los cuentos de esta colección, con excepción del título del cuento principal en el cual el Papá viene al funeral, son más cercanos al sentimiento inicial de Hemingway que al posterior García Márquez. En sus grandes libros siempre hace un enorme esfuerzo para mantenerlos lejos de su fascinante caserío de la selva, para continuar.

En El otoño del patriarca él encontró un milagroso método para tratar la noción de una dictadura tan opresiva que todo cambia, toda la posibilidad de desarrollo queda sofocada: el poder del patriarca detiene el tiempo y el texto es por eso capaz de dar vueltas, de girar alrededor de las historias de su reino, creando con su forma no lineal una exacta analogía de su infinito sentimiento de éxtasis. Y en Crónica de una muerte anunciada, la cual busca ante todo como una reversión a la manera de sus primeros tiempos, él está de nuevo innovando. La Crónica tiene como tema el honor y su opuesto, es decir, el deshonor y la vergüenza. El matrimonio de Ángela Vicario y Bayardo San Román termina con su noche de bodas cuando ella nombra al joven árabe Santiago Nassar como  su antiguo amante. Ella es devuelta a la casa de sus padres y sus hermanos. Los gemelos Pedro y Pablo Vicario, se enfrentan por lo tanto a la obligación de matar a Santiago, para salvar el buen nombre de la familia. El hecho de que el crimen realmente tuvo lugar no revela nada. Pero lo extraño y la calidad de esta inolvidable fábula corta es que miente en el disgusto de los gemelos por hacer lo que debe ser hecho. Ellos se vanaglorian continuamente de su intención, de modo que es una especie de milagro del que Santiago Nassar nunca llega a enterarse, y el silencio del pueblo obliga a los gemelos a ejecutar su horrible acto. Bayardo San Román, cuyo honor le obliga a rechazar a la mujer por la cual él estuvo embrutecido, entra en un terrible decaimiento después de hacer eso: “honor es amor”, dice uno de los personajes, pero no es el caso de Bayardo. La fuente de todo eso es que Ángela Vicario parece revivir la tragedia con más calma de lo que debe.

La forma en que este cuento se  revela es algo nuevo en García Márquez, él usa el ingenio de un desconocido, un sombrío narrador anónimo visitando la escena del crimen muchos años más tarde y comienza una investigación, en el pasado. Este narrador, el texto lo insinúa, es el mismo García Márquez, por eso él tiene una tía con ese apellido. Y el pueblo tiene muchas remembranzas con Macondo. Gerineldo Márquez aparece como un  huésped y para los admiradores del anterior libro, uno de los personajes tiene el nombre de Cotes. Pero trátese o no de Macondo, Márquez está escribiendo estas páginas y situándose a una mayor distancia de su material que nunca antes.

El libro y su narrador examinan lenta y dolorosamente, a través de la neblina de semirrecuerdos, equivocaciones, versiones contradictorias, tratando de establecer qué pasó y por qué, y termina sólo con respuestas provisorias. El efecto de este método retrospectivo hace que la Crónica tenga un tono extrañamente plañidero como si García Márquez sintiera que se ha alejado  de sus raíces, y puede sólo escribir acerca de ella a través del vuelo de una formal dificultad. Mientras que todos sus libros anteriores resumen un aire  de absoluta autoridad sobre el material, éste considera la duda. Y el éxito del libro es que esta nueva vacilación, esta abdicación del Olimpo, se torna en una excelente razón y se vuelve una fuente de solidez: Crónica de una muerte anunciada, con sus incertidumbres,  con su caso=historia formal, es tan obsesionante y tan adorable y tan verídica como ninguna otra escrita antes por García Márquez.

London Review of Books, septiembre-octubre de 1982

Salman Rushdie
Escritor británico nacido en India. Entre sus libros: Harún y el mar de historias, La encantadora de Florencia y Los versos satánicos.

Tomado de Gabriel García Márquez. Testimonios sobre su vida. Ensayos sobre su obra (selección y prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda), Siglo del Hombre Editores Ltda, Colombia, 1992.

 

Un comentario en “Ángel Gabriel

  1. Muy bonito texto, de alguien que algo le debe a García Márquez. Qué traducción tan espeluznante, caray.