Ver aunque no hayas visto

Sobre la actitud de ver tantos fenómenos sobrenaturales como los que ven quienes te rodean o, dicho de otro modo, la de confiar más en los ojos de los demás que en los propios, nos tomaremos la libertad de citar dos destacados ejemplos.

El primero es de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de don Bernal Díaz del Castillo, uno de los compañeros del afamado Cortés en la conquista de México. Después de narrar una gran victoria alcanzada contra todo pronóstico, Bernal incluye el relato que incluye la Crónica coetánea de Francisco López de Gómara, según la cual Santiago apareció en vanguardia en un caballo blanco y condujo a sus queridos españoles a la victoria. Resulta muy sorprendente observar el íntimo convencimiento de Bernal, para quien el rumor procedía de un error, que explica en virtud de lo que él había observado; al mismo tiempo no se atreve a desmentir el milagro. El sincero conquistador reconoce que no vio esa visión animada, y tampoco a cierto caballero, llamado Francisco de Morla, montado en un caballo castaño y luchando a brazo partido en el mismo lugar donde se dice que se apareció Santiago. Pero en vez de llegar a la necesaria conclusión, el piadoso conquistador declara: “E ya que yo, como indino [indigno pecador], no fuera merecedor de ver a cualquiera de aquellos gloriosos apóstoles”.

El otro ejemplo del carácter contagioso de la superstición aparece en un libro escocés, y poca duda puede haber de que en primera instancia se refiere a una insólita aparición de la aurora boreal, que en Escocia no parece que se viera con tanta frecuencia como para considerarla un fenómeno atmosférico común y familiar hasta comienzos del siglo XVIII. El fragmento es sorprendente y curioso porque el narrador Peter Walker, pese a su carácter arrebatado, era un hombre fiable, y ni siquiera da a entender que viera tales maravillas, que no tiene reparos en fiar a testimonios ajenos, en cuyos ojos confió más que en los propios.

La conversión del escéptico caballero al que se refiere bien pone de manifiesto la credulidad popular que se deja llevar hacia la exaltación o la impostura por lo que dicen los demás. La excitación general del momento empuja incluso a los asistentes más templados y juiciosos a adoptar las ideas y hacerse eco de las exclamaciones de la mayoría, que desde el principio había considerado que ese fenómeno celeste era una muestra sobrenatural de poderío militar, cuyo objeto era señalar y prevenir futuras guerras civiles. “En el año de 1686, en los meses de junio y julio —afirma el sincero cronista— mucha gente que aún vive podía ver que en torno a Crossford Boat, a unos tres kilómetros debajo de Lanar, sobre todo en la granja, a orillas del Clyde, una multitud se congregaba varias tardes, regándolo todo de gorras, sombreros, armas y espadas, que cubrían los árboles y el terreno. Compañías de hombres armados desfilaban en fila por la ribera; unas se topaban con otras, entrecruzándose, para luego dispersarse y desaparecer; otras no tardaban en asomar, desfilando de igual modo. Allí fui durante tres tardes seguidas y, como he señalado, dos tercios de aquella gente vio, y un tercio no vio; y, aunque yo nada pude ver, quienes sí veían mostraban un espanto y unos temblores tales que todos los que no veían podían apreciarlos. Junto a mí estaba un caballero que dijo: ‘¡Una manada de espantosas brujas y réprobos con el don de la clarividencia! Obra del demonio, me parace a mí’, y de inmediato su rostro se trasmutó claramente. Con tanto miedo y tantos temblores como cualquier mujer de las que allí vi, gritó: ‘Todos los que nada ven, no digan nada, porque ténganlo seguro de que es innegable y distinguible para cualquiera que no está más ciego que un topo’. Y los que sí veían dijeron qué mecanismos tenían las armas, su longitud y anchura, y cuáles eran las empuñaduras de las espadas, es decir, pequeñas, de tres ramas de los Guardias de las Tierras Altas, y el cordel con el que se anudaban los gorros, negro o azul; y quienes allí vieron, siempre que de su comarca se alejaban, por el camino veían caer un gorro o una espada”.

FUENTE: WALTER SCOTT, CARTAS SOBRE DEMONOLOGÍA Y BRUJERÍA. TRADUCCIÓN DE JESÚS CUÉLLAR MENEZO. ALBA, BARCELONA, 2024.

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Publicado en: 2026 Mayo, Cabos sueltos

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