“El silencio es lo que está ocurriendo”
Ram Dass
El espectáculo, por inusual, era surrealista. El canto de los pájaros era la síncopa de un aire que acariciaba, de pronto impaciente, el follaje de árboles centenarios. Los espacios musicales en blanco enmarcaban la simetría de nuestras pisadas. En nuestra piel afloraba el canto de las montañas. De la nada, como si una mano invisible lo ordenara, se hacía el silencio. Un silencio profundo y sonoro a la vez.
Esa fue la polifonía, de principio a fin, en el llamado circuito ‘O’ del Parque Nacional Torres del Paine, en la Patagonia chilena: “En donde el mundo termina”, como reza una expresión local; o también: “En donde el mundo empieza”, como escuché en un podcast y me gustó más.
El Paine
El Parque Nacional Torres del Paine se ubica en la Patagonia meridional de Chile. Sus montañas, lagos azules —Paine significa azul en la lengua indígena tehuelche—, glaciares y estepas forman un conjunto geográfico esculpido por la naturaleza. Este paisaje es el resultado de una historia geológica de 12 millones de años en la que intervinieron fuerzas tectónicas y magmáticas, pero, sobre todo, la acción de las glaciaciones del Pleistoceno.
El macizo del Paine no pertenece al eje principal de los Andes. Se originó cuando grandes cantidades de magma ascendieron de la corteza terrestre. La lava no salió a la superficie en forma de erupciones volcánicas, sino que se enfrió bajo las capas de roca existentes, formando una losa de granito. Durante miles de años, esta roca fue erosionada por el viento, la lluvia y el desplazamiento de los glaciares.
Magallanes
Me tomó dos días llegar: un vuelo de la Ciudad de México a Santiago y otro más a Punta Arenas; después un trayecto en autobús a Puerto Natales. Estaba emocionado. Desde niño, en mi natal Sinaloa, leía sobre la Patagonia y los pingüinos del Polo Sur. Ahora estaba ahí, en la región de Magallanes, en la zona austral de Chile, cumpliendo una de mis ilusiones de infancia.
Doce senderistas integrábamos el grupo: ocho mujeres y cuatro hombres. Todos norteamericanos, salvo yo, de México. El equipo estaría comandado por Felipe, un chileno alegre, sagaz y buen conversador, conocedor de los vericuetos de las montañas; y Kati, una chileno-venezolana, lúcida e intuitiva, experta en geología y con notorias habilidades pedagógicas. Nos dieron detalles sobre la ruta de 135 kilómetros y supervisaron el equipo de senderismo a portar.
Los pronósticos del tiempo anunciaban lluvias. Teníamos dudas. Kati nos explicó:
—En la Patagonia, el clima es impredecible. En un día puedes tener las cuatro estaciones del año.
Serón
Los preparativos de último momento: revisar la mochila, los botellones de agua, nueces y frutos secos; ajustar los cordones de las botas. Dejé el celular en el hotel para evitar distractores.
Iniciamos un lunes. El entusiasmo era palpable. Desde el comienzo noté que la condición física de todos era óptima y nos habíamos entrenado como nos sugirieron en NOLS, la escuela que organiza estos viajes. Aprenderme los nombres de los compañeros fue un reto: tres de ellas se llamaban Jennifer. El tema se prestó a bromas. El truco fue aprenderme la inicial del apellido de cada una.
El trayecto fue de 14 kilómetros desde el centro de visitantes al campamento Serón. El tiempo estaba soleado y tibio, ideal para senderear. Nuestro andar era recio y cadencioso, con un tono marcial. Sentí las botas grandes. La sensación era extraña: las calcetas se deslizaban en el interior como patinando en una gelatina acuosa.
—Qué raro —pensé—. Son las de siempre. Ojalá no me ampollen.
Me olvidé del tema. Estaba decidido a conquistar con mi aliento el territorio de mis sueños. Disfruté de la caminata y aprecié la variedad de aves en las montañas, escuchando sus voces, intercaladas, hasta formar un género ralentizado de cánticos gregorianos. Las notas largas, las melodías inéditas para mí y los staccatos atestiguaban la gracia de la naturaleza.
La jornada avanzaba al ritmo de los días sin horarios por cumplir. El punteo de nuestras botas en la gravilla semejaba el rasgar de un güiro, como el metrónomo de un concierto que amalgama sonidos y silencios. La afonía de las aves y el viento escenificaban un canto coral desde la profundidad de las cañadas.
John Garner
La temperatura se mantuvo soleada. Rachas de nubes y vendavales suavizaban la caminata.
—No se confíen —nos recordaba Kati—. La Patagonia es voluble y nunca avisa.
Las lluvias no aparecieron sino hasta la tercera noche, en el refugio Dickinson, ya pertrechados en nuestras tiendas de campaña. Me desperté y vi mi reloj Garmin: eran las 2 de la madrugada. La lluvia no cesaba. Tenía ganas de orinar, muchas. Salir era inviable. Me acordé del termo a medio vaciar. Además de agua, el frasco podía tener otras funciones. Solucioné el apuro y volví a dormir. En la mañana lo enjuagué, aunque no profusamente. A fin de cuentas, no había diferencia.
La cuarta noche la pasamos en el campamento Los Perros; también llovió. Después de cenar —muy completo, como era usual: pollo, carne, arroz, pasta y verduras asadas— nos dirigimos a las tiendas de campaña para prepararnos ante la jornada que se anticipaba larga: un recorrido de 17 kilómetros con pendientes pronunciadas y el paso John Garner a 1,200 metros de altura.
Salimos al amanecer, a oscuras, con lámparas en la frente. La lluvia ligera se convirtió en escarcha conforme ganábamos altura. En la parte más elevada, los aironazos redoblaron y el andar se nos complicó. Sin embargo, el paisaje era embriagador; la sensación de conquista, abrasadora.
La Patagonia seduce, pero no siempre le es fiel a quien se aventura en ella. Fue en el paso Garner en donde, en noviembre pasado, el clima sorprendió a unos senderistas con trombas de casi 200 kilómetros por hora que provocaron el llamado “viento blanco”, en que el cielo y el suelo se mezclan y desaparece cualquier punto de referencia. La mayoría libraron el temporal, pero cinco murieron: dos mexicanos y tres europeos. Fue inevitable pensar en ellos y en su padres, y dejar una oración en su memoria.
La subida fue complicada; la bajada, pesadísima. Batallamos más de tres horas con las zancadas, no solo entre piedras y ramas, sino con una pendiente escurridiza. El barro caía a borbotones. Para aligerar el esfuerzo, jugué a patinar como si estuviera en una pista de nieve. Resbalarse y caer era fácil, y no fue extraño que sucediera. Pero el ánimo del grupo no disminuía. Estábamos contentos. En eso me percaté de que, por la hinchazón de los pies, las botas me quedaban con el ajuste perfecto.
De súbito, a lo lejos, emergió el glaciar Grey, en la parte más austral del Campo de Hielo Patagónico Sur: es el tercero más grande del mundo, después del Polo Sur y Groenlandia. Aunque sabíamos de su existencia —Felipe y Kati nos lo habían dicho—, no imaginé su majestuosidad. La superficie es irregular, como nubes tupidas de blancos y sombras de gris. Entre el agua que goteaba de los árboles y mis lentes empañados, resultaba difícil distinguir los contornos de la mole de hielo.

Con planos en mano, Kati nos mostró que abarca un área de 270 kilómetros cuadrados, con 28 de largo y 6 de ancho en su frente visible. Su nombre, Grey —gris en español—, obedece a las cenizas en diversas zonas, producto de la abrasión del lecho rocoso y la harina de roca mezclada con el agua.
Conforme bajábamos, el glaciar se ufanaba de su señorío. Atravesamos puentes colgantes, cimbrados por vientos cruzados. A nuestra derecha, la masa de hielo crecía, con crestas irregulares que figuraban gigantescas olas. Después de 13 horas y a punto de llegar a la guardería Grey, ya cercana la noche, su belleza se manifestó en un crepúsculo tornasolado.
De esa tarde recuerdo en especial cuando, mojados y enlodados, hicimos un alto a la sombra de coigües, ñires y lengas para comer el habitual sándwich y refrescarnos. Estábamos fatigados, pero plenos de espíritu.
Grey
En la guardería Grey, el plan era de un día libre para reponer fuerzas y pasear por los alrededores. La otra opción era una excursión en el glaciar. Estaba molido pero no me lo quise perder, pues sería difícil volver a la Patagonia. Me apunté sin dudarlo al tour especial de las tres de la tarde.
Nos encontramos en la orilla del lago que remata al sur. Éramos diez personas de distintas nacionalidades, guiados por un par de jóvenes chilenos que nos dieron instrucciones de seguridad. Tras un recorrido en lancha, llegamos a la pared terminal del bloque de hielo —de treinta metros de altura—, imponente y albino, con segmentos profundos de un azul turquesa que, nos explicaron, se ha formado por la densidad de la nieve compactada durante miles de años. Una emoción intensa me sobrecogió.
Protegidos con cascos y armados con piolets y crampones en las botas, iniciamos la travesía, en algunas zonas con el apoyo de cuerdas ancladas en el hielo. Todo fue caminar y disfrutar del glaciar bajo un sol radiante. Las formas del hielo eran caprichosas, simulando losas de agua congelada que reventarían sobre nuestras cabezas. En ningún momento me sentí en riesgo, pero en ocasiones la sensación de caer en hendiduras insondables me daba vértigo.
El hielo al derretirse producía hilos de agua que, al unirse con otros, formaban un caudal de tres metros en el centro del glaciar. Salvo el tintineo lejano y desigual del correr del agua, nada interrumpía los silencios. Me llevé unos sorbos a la boca. Un destello me sacudió: las moléculas que saboreaba podrían tener millones de años. Me veía como en un fotograma de 360 grados, con el tiempo detenido y yo como polizonte. Al silencio lo acicateaba un viento sigiloso. Nuestras voces sonaban a cuchicheos temerosos de perturbar la obertura de sonidos ausentes.
Al abandonar el Grey, mientras la se filtraba entre las estrellas nocturnas, troquelé en mi mente la pared congelada que se achicaba a la distancia. En el sur remoto, un arcoíris desplegó su armamento multicolor de extremo a extremo. Bromeé con mis compañeros que, si nos apresurábamos, encontraríamos la olla con monedas de oro. Pero de inmediato recapacité en que la Patagonia era el tesoro en sí.
En el refugio, la comunicación fluía y la amabilidad se hacía presente desde el primer albor. Habíamos recorrido la mitad del circuito y el descanso sirvió para reactivarnos. Aún quedaba mucho por explorar.
Esa noche, después de la cena, le invité una cerveza a nuestros porteadores: Danny, Antay y Rodolfo, como un detalle a su solidaridad. Algunos de los otros guías eran amigos de Felipe, de modo que me saludaba con ellos con frecuencia. Fue así como conocí a Patrick, un experimentado montañista chileno, risueño y amiguero, que lideraba un grupo de japoneses. Hicimos conexión especial cuando me dijo que su hermano Kevin vive, desde hace siete años, en la Ciudad de México —ahí tengo mi casa— y es maestro en la Universidad Iberoamericana y la UNAM. El resto del paseo no solo nos saludábamos, sino que nos abrazábamos efusivos.
Las lluvias nunca llegaron.
Cuernos
Dormimos en la guardería Paine Grande para continuar al refugio Cuernos. Un trayecto de casi 20 kilómetros, desafiante por largo, aunque nada sufridor. Nos desviamos al mirador Francés, que se encuentra en una colina al este del Paine Grande. Ahí permanecimos hora y media. Estábamos azorados admirando los deslaves, estruendosos y recurrentes, que se desprendían como lava blanca del glaciar Francés.
Al sur, la quietud de las aguas del lago Nordenskjöld, de azul verdoso y ribetes plateados, contrastaba con los rugidos de la montaña. A nuestras espaldas la mirada descansaba en la tonalidad bicolor —granito y piedra caliza— del Cuerno Principal y sus cinco amantes pétreos: Cuerno Norte, Cerro Máscara, Cerro Hoja, Cerro Espada y Cuerno Este. Mis oídos captaron una visión afinada del devenir del tiempo.
Esa noche, mi rutina de siempre: desperté a las dos de la mañana con ganas de ir al baño, a trescientos metros de distancia. No llovía. Con la lámpara alumbrando atajos, me abrí camino entre tiendas de campaña que, como fantasmas, obstaculizaban mis pasos. Una luna menguante, en sus últimos estertores, privilegiaba la luminiscencia de una bóveda cargada de estrellas. En un cielo meridional desconocido para mí —distinto al de México—, en vano intenté ubicar la Cruz del Sur, una constelación de cuatro estrellas que desde siempre ha servido a navegantes a localizar el Polo Sur, y símbolo de la bandera regional de Magallanes.
Escuchaba el insólito y afable gemido de los silencios y hasta los no-silencios. Me transporté, en un túnel sin tiempo, a los secretos inescrutables del universo. Ahí encontré a mis vivos: mi madre y mis hijos Gisela, Andrea y Javier; y sentí el abrazo de mis muertos: mi padre y mi hijo Jorge. Logré escucharme en la vacuidad disonante de un espacio en solitario. Era un infante en una Patagonia misteriosa y muda.
Unas lágrimas impertinentes de júbilo y añoranza eclipsaron mi vista.
Las Torres
La última etapa terminaría en el campamento Chileno. Al día siguiente ascenderíamos una vía rocosa de ocho kilómetros para premiarnos con la joya de la corona.
Esa noche llovió. La indicación de Felipe y Kati fue que saldríamos de madrugada para evitar a otros senderistas, sobre todo en veredas que en algunas partes se angostaban. Además, como subiríamos con mochilas ligeras, dejaríamos preparado el resto del equipo para recogerlo a nuestro regreso.
Salimos del campamento a oscuras, iluminando el camino con nuestras lámparas en la cabeza. Los residuos de agua en las ramas de los árboles rozaban nuestros cuerpos. Despuntó el sol y el cielo permanecía nublado. A esa altura del viaje estaba convencido de que el clima no nos traicionaría y un poco de luz ahuyentó a las últimas nubes rebeldes.
La mañana estaba brillante como nosotros. Los silencios eran nuestros gendarmes, apenas alterados con el traqueteo de las botas y nuestras respiraciones. Me sentía lleno de vida. Los pensamientos permanecían callados, la conexión con mis compañeros y la naturaleza era armoniosa.
—Qué bueno que dejé mi celular —pensé.
Ascendimos sin detenernos. Un tropezón aquí y una piedra gigante acá; y al final, tras un recodo, se desplegó el ícono de la Patagonia chilena: las Torres del Paine. Al llegar al mirador, encontramos un espectáculo sólo para nosotros. El sol se proyectaba sobre las tres agujas de granito blanco, encendiéndolas de tonos dorados sobre el paisaje montañoso. El reflejo sobre un lago azul lechoso le imprimía un acento divino.
Las fotos que nos tomamos no parecen reales.
Coda
Chile es un país extraordinario. El clima fue inmejorable —nunca se cumplieron las amenazas—; el compañerismo, inigualable. Felipe y Kati, con buen tino y mejor tono, nos regalaron los secretos de los bosques y montañas, de los lagos y glaciares. Por sus conocimientos e intuiciones, ambos son intelectuales de la naturaleza.
Cuando me preguntan sobre este viaje, mi respuesta es simple: una gozada completa. La Patagonia es un coliseo mágico que sacraliza los silencios en una sinfonía perfecta. Todo es arrobo, una tierra convertida en Edén; una Patagonia transfigurada en cielo.
Luis Pérez de Acha
Abogado por la Escuela Libre de Derecho y doctor en derecho por la UNAM. Socio fundador de PDeA Abogados.