Una declaración crítica hacia el papa León XIV, del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, un día antes de que este iniciara un viaje pastoral por cuatro países de África, del 13 al 23 de abril, que fueron seguidas días después por las del vicepresidente de Estado Unidos, JD Vance, recién convertido al catolicismo, y del secretario de la Defensa, Pete Hegseth, han puesto sobre la mesa de la discusión a nivel mundial el Derecho Internacional sobre la “guerra justa” y en particular en torno a la posición de la Iglesia Católica sobre esa materia.

Estos políticos estadunidenses de la extrema derecha rechazan la posición del papa que abiertamente condena la guerra y aboga por la paz. Trump en su crítica, en una imagen de redes sociales, se hizo pasar por Jesucristo, y Vance, que se asume como teólogo, descalificó al papa y dijo: “va a opinar sobre teología, debe ser cuidadoso, debe asegurarse de que esté fundamentado en la verdad”. Y Hegseth afirmó que la guerra que Estado Unidos ha declarado a Irán está bendecida por Dios, y lo mismo han dicho Trump y Vance.
De inmediato teólogos y miembros de la jerarquía católica del mundo, en particular de Estados Unidos, salieron a cuestionar las posiciones de estos políticos estadunidenses a los que calificaron de ignorantes y arrogantes, y a solidarizarse con la posición del papa, que tiene una licenciatura y una maestría en teología, y un doctorado en derecho canónico por la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino en Roma.
La posición oficial sobre la guerra justa
En 1997, durante el papado de Juan Pablo II, se publica la edición definitiva y oficial del Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) en latín, antes, en 1992, hubo una versión en francés. La postura de la Iglesia sobre la “guerra justa” se encuentra dentro de la sección Qinto Mandamiento – “No matarás”, en los numerales que van del 2307 al 2317.
Por su interés, y escaso conocimiento y difusión pública, transcribo de manera textual estos numerales, para hacerse de los elementos que permitan entender la posición de la Iglesia en esta materia.
2307) El quinto mandamiento condena la destrucción voluntaria de la vida humana. A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a orar y actuar para que la bondad divina nos libre de la antigua servidumbre de la guerra.
2308) Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras. Sin embargo, “mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa”.
2309) Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a esta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez:
- Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.
- Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.
- Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
- Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.
Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la “guerra justa”. La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común.
2310) Los poderes públicos tienen en este caso el derecho y el deber de imponer a los ciudadanos las obligaciones necesarias para la defensa nacional. Los que se dedican al servicio de la patria en la vida militar son servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos. Si realizan de manera correcta su tarea, colaboran verdaderamente al bien común de la nación y al mantenimiento de la paz.
2311) Los poderes públicos atenderán equitativamente al caso de quienes, por motivos de conciencia, rehúsan el empleo de las armas; estos siguen obligados a servir de otra forma a la comunidad humana.
2312) La Iglesia y la razón humana declaran la validez permanente de la ley moral durante los conflictos armados. “Una vez estallada desgraciadamente la guerra, no todo es lícito entre los contendientes”.
2313) Es preciso respetar y tratar con humanidad a los no combatientes, a los soldados heridos y a los prisioneros. Las acciones deliberadamente contrarias al derecho de gentes y a sus principios universales, como asimismo las disposiciones que las ordenan, son crímenes. Una obediencia ciega no basta para excusar a los que se someten a ella. Así, el exterminio de un pueblo, de una nación o de una minoría étnica debe ser condenado como un pecado mortal. Existe la obligación moral de desobedecer aquellas decisiones que ordenan genocidios.
2314) “Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus habitantes, es un crimen contra Dios y contra el hombre mismo, que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones”. Un riesgo de la guerra moderna consiste en facilitar a los que poseen armas científicas, como atómicas, biológicas o químicas, la ocasión de cometer semejantes crímenes.
2315) La acumulación de armas es para muchos como una manera paradójica de apartar de la guerra a posibles adversarios. Ven en ella el más eficaz de los medios para asegurar la paz entre las naciones. Este procedimiento de disuasión merece severas reservas morales. La carrera de armamentos no asegura la paz. En lugar de eliminar las causas de guerra, corre el riesgo de agravarlas. La inversión de riquezas fabulosas en la fabricación de armas siempre más modernas impide la ayuda a los pueblos indigentes y obstaculiza su desarrollo. El exceso de armamento multiplica las razones de conflictos y aumenta el riesgo de contagio.
2316) La producción y el comercio de armas atañen hondamente al bien común de las naciones y de la comunidad internacional. Por tanto, las autoridades tienen el derecho y el deber de regularlas. La búsqueda de intereses privados o colectivos a corto plazo no legitima empresas que fomentan violencias y conflictos entre las naciones, y que comprometen el orden jurídico internacional.
2317) Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y evitar la guerra: En la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra; en la medida en que, unidos por la caridad, superan el pecado, se superan también las violencias hasta que se cumpla la palabra: “De sus espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas. Ninguna nación levantará ya más la espada contra otra y no se adiestrarán más para el combate” (Is 2,4).
La teología de la “guerra justa”
De los anteriores numerales, en la conciencia de que es un tema complejo y abierto a la discusión, y al debate, se puede concluir:
1. La postura general de la Iglesia es evitar la guerra
La Iglesia afirma que toda guerra produce males e injusticias graves, por lo que exhorta a orar y actuar para evitarla. No presenta la guerra como un bien ni siquiera cuando se habla de defensa legítima. Establece que los gobernantes tienen la obligación moral de trabajar para evitar los conflictos armados.
2. La legítima defensa y el origen de la “guerra justa”
La Iglesia reconoce el derecho a la legítima defensa, no sólo a nivel personal, sino también cuando una nación es injustamente agredida. Sin embargo, esta defensa armada es considerada una decisión muy grave, sometida a criterios éticos estrictos. Es necesario fundar su carácter de justa.
3. Las condiciones morales de la “guerra justa”
La Iglesia establece estas condiciones en el numeral 2309. Y afirma que deben cumplirse de manera simultánea para que el recurso a la fuerza militar pueda considerarse éticamente legítimo. Es el fundamento de que pueda ser o no justa.
- Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.
- Que hayan fracasado todos los medios pacíficos para poner fin a la agresión y estos hayan resultado impracticables o ineficaces.
- Que se reúnan las condiciones serias y verificables de éxito. Debe existir la posibilidad razonable de que la defensa armada logre su objetivo y no sea un sacrificio inútil.
- Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.
En el texto se precisa que estos son los elementos históricos del pensamiento de la “guerra justa”, y añade que la valoración concreta de estas condiciones corresponde al juicio prudente de quienes tienen responsabilidad sobre el bien común.
4. Rechazo de la guerra preventiva
La Iglesia en el texto no utiliza el término “guerra preventiva”, pero siempre ha sostenido que atacar primero, ante amenazas hipotéticas, no es éticamente aceptable porque contradice el principio de defensa legítima y la exigencia de daño cierto y actual.
5. Una doctrina de contención, no de justificación
La Iglesia sostiene que el pensamiento de la “guerra justa” no promueve la guerra, sino que busca restringirla lo más que se pueda y advierte, que incluso cuando se cumplen las condiciones que establece, la guerra sigue siendo una tragedia humana y espiritual.
Una tensión siempre presente
La posición teológica de la Iglesia Católica en relación a la “guerra justa” es que reconoce el derecho a la legítima defensa en casos extremos, y al mismo tiempo sostiene la prioridad absoluta de la paz. La guerra es límite, y hay que hacer todo lo posible por evitarla porque siempre trae consigo destrucción y muerte.
En el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), la teología de la “guerra justa” no es una aprobación de la guerra, sino un intento de poner límites éticos muy estrictos al uso de la fuerza armada. La paz es el ideal que debe de construirse al interior de los países y entre todas las naciones.
La guerra siempre debe tratar de evitarse, y sólo puede considerarse justas cuando se libra en defensa y frente a un mal grave, cuando todas las opciones pacíficas para resolver el conflicto han fracasado y cuando existe una posibilidad razonable de victoria sin recurrir a males peores que el mal que se combate.
Rubén Aguilar Valenzuela