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Cuando yo era pequeña, se utilizaba mucho esta palabra, “convalecencia”. Era el indeterminado periodo que seguía a las enfermedades, más largo cuanto mayor hubiera sido la gravedad de la enfermedad. Si se había tratado de una operación —por ejemplo, de amígdalas, operación muy en boga en aquella época—, la convalecencia podía medirse en meses. En el querido diccionario de María Moliner, se nos dice que este verbo, convalecer, que proviene del latín “convalèscere”, se deriva de “valere”, que significa, entre otras muchas cosas, todas apreciables, disfrutar de salud, quizá la más apreciable de todas.

La convalecencia es el tiempo que se dedica a la recuperación de la salud. Convalecer, define María Moliner, es: “Estar recuperando las fuerzas perdidas en una enfermedad, después de curada ésta”. ¡Qué maravilla de definición!, ¡qué de sugerencias encierra! Novelas, ensayos, reflexiones… Convalecer parece, una vez que nos detenemos a pensarlo, algo esencial en nuestras vidas, dado que las enfermedades existen, dado que, por fortuna, muchas de ellas se curan, dado que las fuerzas se nos van en las enfermedades, dado que podemos recuperar esas fuerzas…

Convalecer parece un estado esencial, consustancial al ser humano. Convalecer puede ser una lenta espera o una denodada lucha. Hay fuerzas que se recuperan de forma natural, dejando que el tiempo actúe, que se sucedan los días y, como con el paso de las estaciones, regrese el soplo de la vida en primavera. Hay fuerzas a las que hay que invocar, que convocar, que perseguir, fuerzas, que no vienen solas; ambas se contienen en la vida humana por mucho que a veces no sepamos distinguirlas. No sabemos dónde debemos aplicar la paciencia, dónde el empeño y el afán; pero en esta incertidumbre consiste la vida, éstas son las preguntas que nos hacemos en cuanto caemos en la cuenta de que no estamos solos en el mundo. ¿Nos amarán los otros sin que nosotros tengamos que hacer nada?, ¿debemos nosotros ofrecerles, darles nuestro amor, primero? Esperar o buscar. Ese dilema nos posee muchas veces. Lo resolvemos como podemos: corremos, descansamos, dormimos, nos ponemos en pie, echamos a andar… La manera en que cada persona se enfrenta a este dilema y le va dando diferentes soluciones moldea su historia. Construimos nuestra vida a lo largo de una serie de decisiones sucedidas en el tiempo, basadas en las emociones y también en las ideas, en las lecciones que vamos aprendiendo.

Convalecer es vivir, es recuperarse de la primera enfermedad, de la primera herida, del primer atisbo de dolor, la primera intuición de la pérdida. Vivir es concederse tiempo. El tiempo que existe fuera de nosotros, el tiempo objetivo e implacable ha de ser vivido, ha de ser interpretado, comprendido. Es un objetivo imposible. No creo que comprender el tiempo, comprenderlo en profundidad, explicarlo, esté al alcance de los seres humanos. Pero concedernos tiempo, sí. La concesión es interna, se la hace cada persona a solas.

Es hermoso pensar en todo esto cuando hace una mañana soleada después de un largo periodo de lluvias. Es hermoso mirar hacia dentro cuando el exterior vibra y se ilumina. Es hermoso saber que la belleza no está únicamente fuera, sino dentro, en este camino que abrimos con nuestros pensamientos.

Me pregunto si esta hermosísima oportunidad de convalecer sería posible si no hubiésemos caído enfermos, si no hubiéramos sufrido la menor desilusión, si no hubiéramos atisbado el dolor y el fracaso. “Valere”: disfrutar de salud. Eso leímos en el diccionario. ¿Se disfruta de la salud cuando jamás se ha perdido?, nos preguntamos. Porque en la convalecencia tenemos dos propósitos, dos objetivos: disfrutar de salud y disfrutar de la salud, y este “de” añade un matiz riquísimo a nuestra capacidad de goce y de disfrute.

No se trata de mitificar el dolor. El sufrimiento anula y puede envilecer. Nadie se merece una vida de penalidad y dolencia continuas. Pero ¿qué vida no contiene una pequeña parte de dolor, de frustración? El dolor en sí no nos hace más dignos, el fracaso tampoco. Pero en nuestra condición de seres humanos no podemos eludirlos siempre. Y a veces ocurre que en nuestro rechazo del dolor causamos daño a otros. Si conseguimos salir de la situación de dolor con cediéndonos, como un derecho, ese periodo de convalecencia, quizá la enfermedad no haya sido del todo inútil, del todo destructiva. Hemos tocado fondo y estamos dispuestos a seguir, a recobrar la vida, las fuerzas perdidas.

Pienso en todo esto no sólo porque el sol que ilumina esta mañana de primavera me haga mirar hacia dentro con alegría, sino porque, a raíz de la publicación de un libro sobre la enfermedad, en el que han colaborado varios escritores, me han preguntado qué me sugería esta vieja palabra, convalecencia. Me he quedado pensando en ella. Lo cierto es que he respondido de forma bastante tajante a la pregunta del entrevistador. No me interesa en lo absoluto estar enferma. Si para disfrutar de la convalecencia debo pasar por la enfermedad, declino la oferta. Quiero la convalecencia sin la condición previa de la enfermedad, sin el doloroso preámbulo.

Y es así como he concluido que vivir precisamente consiste en eso, en convalecer. Desde el mismo momento en que esto se entiende, ya no es preciso el dolor, ya no sobra la enfermedad. Tenemos ese deber para con nosotros mismos: cuidarnos, disfrutar de nuestra salud, no caer enfermos, aliviar el dolor de los otros, curar las enfermedades de los otros. Socialmente, es uno de los puntos fundamentales de un programa de gobierno, de un plan político. La parte del presupuesto que un Estado debe destinar a asegurar la salud de las personas ha de ser, proporcionalmente, una de las más altas.

Y quizá, cada persona, en nuestras vidas, debiera hacer lo mismo. Deberíamos concedernos tiempo. Disfrutar de salud y disfrutar de la salud sin pagar el peaje del dolor. ¿No podríamos aprender a vivir sin dolor?, ¿aprender a recuperar las fuerzas que hemos ido perdiendo desde que padecimos la primera decepción, desde que nos dieron el primer golpe? A lo mejor, en eso consiste la vacuna contra el sufrimiento, si es que la hay… A lo mejor, podemos cerrarle, de vez en cuando, una puerta. Al menos, de vez en cuando. Quizás haya puertas que sí se le pueden cerrar.

Me quedo con esta acepción de la palabra “convalecencia”, con este espíritu: el de la recuperación de las fuerzas perdidas. Intuyo que, dentro del amplio campo que trazan esas fuerzas perdidas hay una parte que no sería tan difícil de recobrar, si nos concediésemos tiempo… Quizá consista en eso, en cambiar de actitud ante nosotros mismos y, por tanto, ante los otros, ante la vida. Concedernos tiempo. Vivir en una perpetua y luminosa convalecencia, inspirados por la voluntad y el deseo de alcanzar belleza y plenitud.

 

Soledad Puértolas
Escritora. Entre sus libros, Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.