A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Ya se nos fue Niquitín. En los años que siguieron a la caída del comunismo, había emigrado de Europa Oriental a Francia, y allí obtuvo una beca de doctorado en una de las buenas universidades de ese país. Mi jefe de departamento lo invitó a México, aprovechando la disponibilidad de una beca post-doctoral.

Niquitín se adaptó rápidamente al país, y al finalizar el año de su beca solicitó integrarse a nuestro instituto. El jefe de departamento se apresuró a gestionar una plaza permanente para Niquitín. En la UNAM esto es relativamente sencillo, pero no existían plazas. De todos modos, el jefe no cejó. No fue fácil lograr esa plaza para Niquitín, pero se logró. A partir de esa fecha se podía observar diariamente al pálido joven deslizarse silenciosamente por los pasillos del instituto. Le decíamos “el fantasma de la ópera”. Mi jefe de departamento lo apreciaba y lo consideraba indispensable. Más que su mano derecha, era el investigador estrella del instituto.

Un buen día Niquitín desapareció. Sin decir agua va, se había conseguido una chamba en una universidad de Estados Unidos. Allá vive ahora con su familia. El instituto perdió una plaza valiosa, y el jefe del departamento perdió a su más valioso colaborador.

El caso es bastante común. El otro día, en la televisión alemana, entrevistaron a unos estudiantes extranjeros que sólo se distinguían de Niquitín por su mayor franqueza. Todos admitían que pensaban utilizar la universidad como trampolín para aterrizar en Estados Unidos. Y los alemanes, tan tranquilos.

No tengo nada contra ningún país y mucho menos contra su gente. Me encanta el ritmo de la vida americana y, sin duda, allá se hace ciencia seria. El problema es el famoso “Catch-22”, el travieso y omnipresente obstáculo de la novela de Heller. Siempre hay alguna jugada que no se vale. Te dan un buen sueldo y parece que vas bien, pero cuando piensas que ya la hiciste, ¡zas!, te quedas con las ganas. En México, en cambio, el sistema eres tú. Los defectos del sistema son tus propios defectos. Si tienes originalidad, autenticidad, valor, amplitud de criterio y un grano de locura, éste es tu país. Basta con que te entregues a México en forma completa y total. Te pagarán menos que en Estados Unidos pero vivirás mejor, harás buena ciencia y disfrutarás tu vida con plenitud. Y con suerte te casarás con una mexicana.

Ciencia y seguridad

Decía Mark Twain que en la vida pública hay tres clases de engaños: las mentiritas, las mentirotas y las estadísticas. Esto viene al caso porque, según las estadísticas, la comunidad científica mexicana tiene una productividad per cápita comparable a la de Europa y Estados Unidos. No diré aquí cómo se llegó a esta conclusión, pero la realidad es algo menos brillante.

Basta pensar que la Ciudad de México tiene la mayor población de científicos del país, y sin embargo es la ciudad más insegura, más contaminada y con mayor incidencia de desastres naturales del país. Si el objetivo principal de los científicos es garantizar la seguridad de la nación, ¿en qué consiste nuestra contribución?

Costa Rica no tiene ejército pero disfruta de un grado de seguridad nacional superior al de México. Cierto, Costa Rica no tiene un EZLN (no hay indígenas), ni enfrenta una guerrilla potencial de Internet desde Europa. No tiene una economía de 100 millones de personas. No le afecta un problema de corrupción administrativa que anula cualquier medida de control, ni lo amaga el cártel criminal más poderoso del mundo. Sus instituciones democráticas son relativamente firmes y seguras; su ciudad capital no está en manos de la oposición; no tiene frontera con Estados Unidos, y no ha despertado los apetitos o los afanes revanchistas de ningún país. Además, hace un siglo Costa Rica prohibió las casas de adobe y des de entonces su riesgo sísmico ha sido manejable.

Entonces, ¿qué debe hacer la ciencia mexicana en materia de seguridad nacional? Ante todo, informar al público. Actualmente casi no hay información sobre los verdaderos riesgos para México, su proveniencia, su armamento, su financiamiento o, en su caso, las causas de las principales amenazas contra la salud, el ambiente y la estabilidad económica y social. Las decisiones que afectan la seguridad nacional se toman por grupos restringidos que no tienen asesoramiento científico: las consideraciones son exclusivamente políticas.

Por otra parte, las ecuaciones de riesgo están cambiando con rapidez debido al enorme impacto de las nuevas tecnologías. Lo que importa en los enfrentamientos militares ya no es la potencia de fuego sino la precisión en los aspectos de armamento, navegación, vigilancia, mando y control. Los científicos contribuyen a resolver problemas novedosos: crear zonas de exclusión, lograr una capacidad de combate ilimitada (operaciones nocturnas y en mal tiempo), extender el alcance de la artillería de precisión más allá del horizonte, penetrar el follaje en terrenos de selva, neutralizar las minas terrestres, asegurar comunicaciones seguras y sin interferencias, manejar sensores robóticos en el campo de batalla, y desarrollar unidades de combate teledirigidas. Son problemas científicos de avanzada. Un país como Irak es el enemigo ideal ya que presenta un terreno descubierto de escaso relieve, con mínima concentración urbana y una excelente visibilidad desde el espacio. Su principal recurso, el petróleo, es vulnerable. Además, su gobierno es autoritario y subordinado a un jerarca de instintos predecibles. En cambio, un hipotético ejército enemigo atrincherado en la selva lacandona y manejado por asesores militares europeos sería otra cosa.

Actualmente México posee escasa capacidad para detectar movimientos de tropas en una situación de enfrentamiento militar. Los científicos de otros países están trabajando en sistemas de información teleguiados en tiempo real con control GPS de precisión. El Lincoln Lab trabaja en un radar de gran longitud de onda y de gran penetración desde plataformas espaciales, para operaciones en terreno boscoso o urbano. Las dificultades técnicas son serias, sin duda. Por otra parte, el ejército de Estados Unidos ya está desarrollando robots del tamaño de un ratón que se orientan por GPS y transmiten información o destruyen objetivos urbanos. Tales avances se desarrollan en equipos pluridisciplinarios de académicos, técnicos industriales y oficiales de inteligencia.

Un elemento crucial de las nuevas tecnologías es la comunicación segura, tanto para la información como para la navegación remota. Antes se pensaba que bastaría contar con la capacidad mundial de servicios comerciales de telefonía por satélite, pero resulta que la cobertura no ha crecido con el ritmo esperado. La transmisión por fibra óptica resulta ser más económica y más confiable. Ya existen fibras ópticas de 128 colores.

Entonces las comunicaciones militares tendrán que basarse en nuevas opciones eficientes y seguras. En muchos casos, el piloto ya no despegará con la nave sino que se quedará en tierra y dejará que su cerebro viaje a bordo del misil. Aun en los aparatos tripulados, gran parte de las funciones de vuelo ya se manejan por robots. El trabajo se distribuye según la capacitación operativa, ya que el cerebro humano supera al robot en la asimilación rápida de información procedente de sensores muy diversos y en la toma de decisiones en situaciones complejas; en cambio, el robot supera al hombre en la capacidad de realizar tareas rutinarias con increíble eficiencia y rapidez.

La anti-política de los anti-misiles

También hay novedades en el aspecto nuclear. México es uno de los treinta países firmantes del Tratado de Prohibición de Pruebas Nucleares (CTBT). Se nos considera un país nuclear en potencia, por tener una planta nuclear. Un mexicano, el sismólogo Gerardo Suárez de la UNAM, dirige el organismo internacional de verificación del tratado, que comporta un complejo sistema mundial de redes de detección.

Sin embargo, el CTBT aún no ha sido ratificado por Estados Unidos ni por varios otros países que poseen armamento nuclear y bioquímico. Los americanos se consideran especialmente vulnerables a un ataque por sorpresa con misiles, debido a su gran extensión territorial. El alcance de los misiles chinos, rusos, norcoreanos o iraníes puede abarcar a Estados Unidos.

El sistema de defensa anti-misil que actualmente contemplan los políticos en Washington es de elevado costo económico y diplomático. Infringe el tratado anti-misil que los americanos firmaron con la entonces Unión Soviética en 1972; pero en esa época el riesgo era diferente. Se consideraba que cualquier sistema de defensa podría ser abrumado por la sola cantidad de misiles ofensivos. Hoy la situación ha cambiado y se teme un ataque de uno o hasta una docena de misiles viniendo de algún país “espontáneo”, como Norcorea.

Hay dos complicaciones para la defensa: una tecnológica y la otra diplomática. Supongamos, por ejemplo, que el país enemigo lance un cohete con cabezas biológicas múltiples. Para cuando el cohete sea detectado por el futuro sistema de radar y de satélites antimisiles sobre el Océano Pacífico, y se lancen misiles interceptores del tipo EKV para destruirlo, el misil atacante ya se habrá dispersado en cien o más cápsulas independientes y será imposible  destruirlas todas. La dispersión de los agentes biológicos hasta favorece al atacante. Peor, si el misil fuera dirigido contra el norte de México, el efecto biológico sobre los estados americanos fronterizos podría ser igual de devastador.

Pero no es ese el único escenario posible, ni el más probable puesto que el atacante dispondría de medios efectivos y baratos para disfrazar su misil mediante globos de “antisimulación”. Una vez que abandona la atmósfera, el misil suelta docenas de globos idénticos con cubierta de aluminio. Hasta ahora no existen sensores capaces de detectar cuál contiene el dispositivo nuclear. Además, hay otras maneras de disfrazar el misil atacante. Una cubierta exterior que contenga nitrógeno líquido enfriaría el misil hasta una temperatura de 77 grados Kelvin, reduciendo la radiación infrarroja a tal grado que el misil se tornaría invisible. El cohete interceptor no podría detectarlo hasta que fuera demasiado tarde. Algunos de estos escenarios han sido analizados detalladamente en una discusión publicada hace un año por un grupo de once físicos e ingenieros americanos.

Al margen de si es efectivo o no, los rusos sostienen que la sola existencia de un sistema de defensa antimisil podría propiciar un ataque nuclear por parte de la potencia que lo poseyera. El atacante siempre lleva las de ganar: con o sin razón, podría sentirse inmune a cualquier represalia. En efecto, los políticos que promueven este sistema argumentan que otro país se tardaría años en desarrollar un método efectivo para disfrazar sus misiles, y que este plazo daría la oportunidad a Estados Unidos para perfeccionar nuevos métodos de detección o de disuasión. Eso es precisamente lo que temen los rusos y los chinos, quienes dudan que Estados Unidos invertiría miles de millones de dólares en un sistema que no funciona.

Lo siento, pero así es el mundo en que nos tocó vivir. ¿Y la ciencia mexicana? Bien, gracias.

 

Cinna Lomnitz
Geofísico. Investigador de la UNAM.