A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Fatigador de la literatura mexicana y autor, entre varios libros de ensayo, de Elogio de la calle (Biografía literaria de la Ciudad de México. 1850-1992), de reciente publicación. Vicente Quirarte es también un poeta del combate diario por la vida.

Razones del samurai reúne su obra poética publicada entre 1978 y 1999.


Me quedo en tus pupilas,
sin convite a tu fiesta de fantasmas.
—Gilberto Owen, Sindbad el varado

I

La mañana de mayo en que te fuiste
era el viento un tenaz enamorado
embriagado en las copas
de árboles que crecieron con nosotros.
Un grupo de niñas prófugas fumaba
a la orilla del lago,
junto al cuerpo vacío de una lancha,
un animal inerte sin sus risas.
Mientras el sol pulía
con su lengua de luz las calles nuevas,
una joven señora enseñaba a su hijo
a beber un atole sin quemarse.
Esas breves cosas te ataban a la vida
y hacían que tu corazón se iluminara
como cuando de niño destripabas motores
e inventabas el mundo.
Hoy esos tornillos se me oxidan en clavos
y este nuevo caballo de tequila
no electriza mi sangre
ni me monta en la yegua de otros días

II

Mi amigo Robert Jones es transparente.
En una de sus visitas a mi casa jamás tocó las sábanas,
como ángel encima de las nubes.
“La cama estaba limpia”, dije.
“Por eso no la usé”, me contestó.
Cuando volvió a San Diego
me mandó de regalo
una ballena de vidrio
que soportó el naufragio,
estoica en su caja de cartón.
Era un retrato suyo, la ballena:
translúcida y enorme,
en inminente riesgo de quebrarse.
Por eso su libro de poemas se titula
Cebolla de cristal: cada uno de sus gajos
sirve para llorar o acitronar la vida: usted elige.

Mi amigo Robert Jones es transparente.
También cuando vivía.
El día en que supimos de su muerte
(y de su empleo en la tienda de fotocopias
y de la soledad y el sobrepeso),
abrí su libro al azar y miré la ballena:
su aleta dorsal estaba rota.
De ahí en adelante ya nada impidió
su invalidez creciente.

El último día
en que mi hermano Ignacio vino a casa,
compré caballos nuevos.
Todos de alzada grande.
Todos de vidrio rústico, soplado.
Que el tequila tuviera continente
y aliviara el dolor en siete tragos.

La ballena de Robert Jones,
los caballos de mi hermano Ignacio,
dejaron lo mejor de sus fantasmas.
Que la vida se cuide y que se rompa
y alguien quede para contar la historia.

III

With hope in ourhearts
And wings in our heel
Chariots of fire

Nos citábamos afuera del estadio.
“En la astas”, desnudas de banderas,
como el puro esqueleto de ese día:
instrucciones para armarlo
como si fuera un barco
que no sabe qué hacer con su velamen.
Te descubría de lejos, en postura
del ángel tenebroso de Durero,
puntual, como los grandes melancólicos
que pesan cada instante
en que son, en que están, en que no pueden.

Pero entonces no había más remedio
que trazar el camino
y hacer de nuestro cuerpo
un sol agavillado.
A veces, en días claros,
los volcanes flotaban
y nosotros con ellos.
Doblábamos el ritmo, como si pudiéramos
aspirar a su reino.
El cielo nos armaba,
seguro de que no le cumpliríamos.
Lavábamos, humildes, sus cristales.
Nos pelaba los dientes la amargura.
No cortábamos el aire:
éramos el aire. Los pulmones
prestaban su tam-tam a los oídos.
Eramos la vida.  

 

Vicente Quirarte