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El núcleo atroz de la historia es el siguiente: a las 22:15 horas del día 5 de diciembre de 1999. personal del Hospital Pediátrico Moctezuma hizo constar que un niño de cuatro años de edad, interno en ese sitio, tenía serias lesiones en el ano causadas por abuso sexual. Se apuntaba en una nota: pérdida de la relación anatómica del ano… con alta sospecha de lesión, a descartar abuso. Olivia (no es su nombre real), la madre del niño, vio que la vida añadía a la suerte de su hijo, y a todas las estridentes confusiones previas, el mayor, o el más intolerable de los silencios con esta noticia.

Dos días antes, el 3 de diciembre de 1999, el hijo de Olivia había ingresado al Hospital Pediátrico Iztapalapa bajo un cuadro clínico que hablaba por infección en la garganta, diarrea y vómito. Y otro síntoma: dolor en el abdomen, o distensión abdominal. Esto habría hablado también por una apendicitis o una inflamación en los ganglios.

El Hospital Pediátrico Iztapalapa no podía determinar si el niño necesitaba una cirugía. Por eso el niño fue trasladado un día después, el 4 de diciembre, al Hospital Pediátrico Moctezuma. Este hospital consideró quirúrgicamente inatendibles o desestimables los síntomas del niño, quien fue devuelto al hospital anterior. No era —concluyeron los médicos, técnicos y administrativos del hospital— apendicitis; habían igualmente desatendido el hecho de que el niño (llamémosle Daniel) mantenía una fiebre inmune a la prolija cantidad de antibióticos y analgésicos que le habían suministrado en el Hospital Pediátrico Iztapalapa.

Para el 5 de diciembre las condiciones de Daniel se habían agravado y fue remitido de nuevo al Hospital Moctezuma. Transcurrieron más de cinco horas entre el nuevo arribo del niño y la elaboración de la nota correspondiente de (re)ingreso. Daniel pasó todas estas horas sin tratamiento; el expediente justificaba la tardanza por la ausencia de un familiar, necesaria para proporcionar los datos y los antecedentes del paciente. El hecho es que en el Hospital Moctezuma Daniel había sido atendido ya, y este hospital contaba con la hoja de referencia del Hospital Pediátrico Iztapalapa.

La nota de ingreso dijo por fin: se ingresa paciente masculino proveniente de Unidad Iztapalapa para valoración por cirugía, se descarta proceso quirúrgico y se ingresa al servicio de pediatría con diagnóstico de neumonía… El diagnóstico era éste: preescolar hipertrófico, neumonía focos múltiples, anemia clínica, acidosis metabólica, insuficiencia cardiaca y Pb intox, medicamentosa (metanizol). Ahora había desaparecido del diagnóstico el dolor abdominal; se afirmaba que Daniel sólo presentaba dolor al ser palpado en el abdomen y, por lo demás, nunca había referido dolor, en esa zona, hasta ese día. Un día antes, Daniel había regresado a Iztapalapa por juzgar los médicos que su dolor abdominal era inasociable con una posible apendicitis y, por tanto, se descartaba un problema quirúrgico.

Aparecieron también los primeros apuntes de un deporte extendido: vetear la realidad con insinuaciones de que la culpa ha sido, está siendo, de otros. La nota del Hospital Pediátrico Moctezuma apuntaba que ese mismo hospital había hecho lo correcto al descartar un problema quirúrgico: y entonces el dedo empezaba a señalar en cierta dirección: como en su unidad (la previa, Iztapalapa) nunca se diagnosticó el problema respiratorio, su estado de salud ha ido hacia el deterioro.

La salud de Daniel fue tan hacia el deterioro que Daniel murió a la una de la mañana del 6 de diciembre, tres días después de haber sido internado en el Hospital Pediátrico Iztapalapa. El reporte ampliado dice que entre otras cosas Daniel falleció (por una) sobreingesta de dipirona (pb intoxicación medicamentosa)… neumonía de focos múltiples, acidosis metabólica en corrección, anemia leve y dificultad respiratoria. Regrese el lector a los puntos suspensivos: ahí, como al paso, el reporte incluye las palabras abuso sexual (estigmas). El informe previo hablaba de una pérdida de la relación anatómica del ano… con alta sospecha de lesión, a descartar abuso. El nuevo reporte se “completaba” con las palabras abuso sexual (estigmas).

Ahora reconozcamos el talento literario, o dramático, de aquellos veteadores de realidad. En un caso increíble, por absurdo, de muerte, la idea del abuso sexual nos hace más accesible, o inteligible, lo insoportable. Mejor dicho: sólo una explicación insoportable puede o podría explicar lo insoportable: en este caso, la muerte de un niño. La realidad, el melancólico modo que tiene la realidad para concluir sus cosas, no es así.

Las vetas de abuso sexual en los reportes buscaban, simplemente, hacer de la víctima el depositario de la culpabilidad. Al paso, al soltar en los informes unas cuantas palabras, los médicos del Pediátrico Moctezuma habían montado un atendible escenario, y una, en principio, sutil línea argumental, de transculpamiento. De alguna manera Olivia, la madre de Daniel, sería la culpable por no haber cuidado bien a su hijo puesto que el niño presentaba estigmas de abuso sexual. A los responsables se les venía encima un caso brutal de negligencia médica. Ahora los negligentes no negligían en insinuar —hasta volver la insinuación un hecho: hasta volverla parte del informe— que Olivia era buscable, digamos, por “negligencia materna”.

La necropsia indicó que Daniel había muerto por un cuadro séptico generalizado, complicación determinada por la perforación de colon ascendente. Tal perforación no era debida al abuso sexual, sino a la acción de salmonela y o amibas, y a las múltiples evacuaciones que Daniel había tenido.

 

Luis Miguel Aguilar
Escritor. Su más reciente libro es Nadie puede escribir un libro.