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Presentamos al lector ocho historias súbitas de injusticia ejemplar. Se trata de casos rigurosamente ciertos. Las situaciones, los personajes y los nombres provienen de algunas de las recomendaciones que la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal hizo en su momento a la Procuraduría de Justicia del D.F. o a la Secretaría de Seguridad Pública. En su contundente brevedad, estos documentos, recreados, reescritos o transcritos por Aguilar, Pérez Gay y Pliego, son cápsulas inapelables de una vasta zona de la ilegalidad mexicana: abuso de autoridad, tortura, detenciones ilícitas, negligencia médica, arbitrariedad de ministerios públicos, incumplimiento de servidores públicos, corruptelas en reclusorios y otros quebrantamientos de la ley. En la mayoría de los casos, a un delito le sigue otro cielito; a un atropello, una falta aún mayor. Acompaña a estos relatos un poema “A la Borges” basado en una serie de quejas recibidas por la Comisión que no prosperaron pues eran jurídicamente insostenibles aunque no por eso menos terribles en su desesperación y soledad. Damos las gracias, por supuesto, a Luis de la Barreda, Presidente de la CDHDF, y a Angélica Ortiz, Secretaría Particular de la Presidencia de la Comisión, quienes pusieron amablemente a la disposición de nexos las recomendaciones en que se basan estos trazos de violencia, estupor e injusticia ejemplar.


En lugar prohibido

Un mediodía caluroso en el centro de la Ciudad de México, en la esquina de Uruguay y Eje Lázaro Cárdenas. El sol calentaba el asfalto, el tránsito volvía imposible la circulación. el humo de coches y camiones levantaba columnas grises que se desvanecían entre edificios centenarios; los puestos de mercancías de vendedores ambulantes situados a la orilla de la calle sugieren postales dramáticas de Calcuta.

Precisamente en esa esquina los hermanos Valladares estacionaron su coche. Un lugar prohibido. Minutos después de cometer esa infracción, la grúa C-746 de la Secretaría de Seguridad Pública, tripulada por José Luis Avila y Carlos Herrera. se disponía a retirar el coche infractor. Un incidente de tránsito: entre insultos y amenazas, los hermanos Valladares se resistieron a que su coche fuera removido del lugar. Arturo y José Luis Valladares no recuerdan cuánto tiempo pasó, pero de pronto, de la nada, entre la multitud de puestos y la ebullición de los automóviles, aparecieron entre veinte y treinta policías de apoyo para someter a los infractores. Primero sujetaron a Arturo de ambos brazos y. de frente, lo golpearon a puñetazos en la cara y el abdomen, lo patearon en los testículos una y otra vez. Repitieron la acción distintos policías. A losé Luis, quien más se defendía, lo sujetaron del cuello y lo golpearon en la cara con las macanas. Un empellón lo derribó al suelo, ahí fue pateado y golpeado con los toletes en la cabeza, en la espalda, en los antebrazos.

La noche de ese día caluroso, el médico de guardia del Hospital Balbuena leyó dos informes médicos: “Arturo Valladares: contusión intestinal. Edema escrotal. Escoriación en la mucosa oral. Edema y equimosis en la rodilla derecha. José Luis Valladares: herida en la región parietal derecha. Equimosis en el párpado izquierdo. Equimosis en la región supraciliar izquierda. Múltiples equimosis entre el cuello y el hombro derecho. Equimosis en la fosa renal izquierda. Equimosis en el antebrazo izquierdo. Escoriaciones en la espalda.

Los hermanos Valladares no recuerdan aún de quién fue la idea de estacionarse en un lugar prohibido ni el momento exacto en que los alcanzaron los primeros golpes.

Dos billetes de cincuenta pesos

El día en que la suerte abandonó a María de los Angeles Blancarte, el meteorológico de la Ciudad de México indicaba cielo despejado y una temperatura de 21 grados centígrados. La señora Blancarte acompañaba a su amigo David a bordo de su automóvil, en el asiento del copiloto, por la avenida Churubusco. a la altura de la calle Añil. A las 18:15 del 18 de octubre de 1998, una patrulla de la Policía Judicial y una motocicleta conducida por un hombre vestido de civil los interceptaron. Según la versión de los policías judiciales que ejecutaron la detención, la mujer, dentro del coche, veía a contraluz unos papeles. A los policías les parecieron billetes. Cuando los sospechosos se percataron de la presencia de la policía, la mujer tiró por la ventana una bolsa negra y el automóvil aumentó la velocidad. El informe de los agentes judiciales consigna que cuando recogieron la bolsa, encontraron en ella vouchers, cheques en blanco de diferentes bancos y dos billetes falsificados de cincuenta pesos.

Separada de su amigo David, le ordenaron acostarse en el piso del automóvil y le taparon la cabeza con un suéter. Entonces María de los Ángeles Blancarte supo que la suerte la había abandonado. Ella asegura que la llevaron a una casa en las afueras de la Ciudad de México.

Dentro de la casa le preguntaron por las bodegas donde estaba la mercancía. En busca de una confesión, le quemaron las manos con cigarrillos, le introdujeron agua mineral a presión por la nariz, le pusieron una bolsa de plástico en la cabeza, la desnudaron, la golpearon y le dieron toques. En ese lugar la despojaron de su agenda, de ciento veinte pesos, unas llaves, aretes, anillos y cadenas.

En alguna hora de la noche la trasladaron al edificio de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal ubicada en la calle de Arcos de Belén 23. Ocho horas y diez minutos después, a las 2:40 de la madrugada del día 19 de octubre, la detenida María de los Angeles Blancarte entró al consultorio del médico legista. El médico no asentó en su informe ni las quemaduras en las manos ni los golpes en el cuerpo. Sólo informó de un moretón debajo de la oreja derecha. Nueve horas y media después de la detención, a las cuatro de la mañana de aquel 19 de octubre que la señora Blancarte no olvidaría el resto de su vida, la detenida se presentó ante el agente del Ministerio Público.

A las tres de la tarde del mismo día. María de los Angeles Blancarte fue sometida a una nueva revisión. Los médicos José Fernández Cáceres y Rodolfo Rojo, director y subdirector del Servicio Médico Forense del Distrito Federal, consignaron en su relato diversas lesiones que no aparecían en el primer informe. A las diez de la noche, en el mismo edificio de Arcos de Belén, la señora Blancarte fue revisada por tercera vez. El certificado médico, practicado 27 y media horas después de su detención, describía numerosas lesiones que no aparecían en los dos informes anteriores: párpados inflamados, derrames en los ojos, pómulos amoratados, sangre en las comisuras oculares, hematomas en los brazos, inflamaciones oscuras en el tórax y una quemadura de primer grado en la palma de la mano izquierda. Los policías judiciales aseguraron que ella misma se había golpeado durante las horas de su detención. Unas horas después, María de los Angeles Blancarte no recordaba las condiciones del traslado, pero sabía que estaba en la Procuraduría General de la República acusada de “portar dos billetes falsos de cincuenta pesos”.

Arcos de Belén 23

Preguntaban y golpeaban al mismo tiempo:

—Afloja: quiénes son los cómplices.

Bernardo Cifuentes fue detenido cuando volvía a su casa, a las diez de la noche del primero de agosto de 1998. acusado de participar en el robo de una casa de la colonia del Valle. Lo subieron a un Chevy y, un poco después, lo trasladaron a una camioneta Combi donde cuatro agentes judiciales preguntaban y golpeaban al mismo tiempo. El nombre del sospechoso se mencionó en la denuncia de los dueños de la casa. Cifuentes había trabajado con ellos y lo habían despedido por cobrar indebidamente dos cheques.

Los cuatro policías pusieron al detenido a disposición de la 50a Agencia Investigadora, ubicada en Arcos de Belén 23. En un cuarto pequeño del tercer piso del edificio. Bernardo Cifuentes escucha las preguntas, una tras otra, de ocho agentes de la Policía Judicial:

—No seas pendejo, ¿quiénes son los cómplices?

Cifuentes les respondió que no sabía. Primero fueron los golpes en la nuca y las patadas en las costillas.

—Que chingue a su madre de una vez —dijo el agente que dirigía el interrogatorio.

Lo sentaron contra la pared y le pusieron una bolsa de plástico en la cara. Cifuentes mordió la bolsa para jalar un poco de aire. Un agente se encargó de cambiar la bolsa y amarrarle otra en el cuello. Los ocho agentes lo patearon en el abdomen, en las costillas, en la espalda, en los muslos. Un agente le esposó las manos en la espalda y lo acostó boca abajo. Dos agentes jalaban los brazos hacia arriba, otros dos jalaban las piernas hacia atrás. En la operación se le dislocó un brazo a Bernardo Cifuentes. Más tarde trajeron un colchón al cuarto. Lo acostaron. Le sujetaron la cabeza con la funda de una almohada y lo agarraron de piernas y brazos. Dos agentes se sentaron en su estómago, otro le echaba agua por la boca, otros dos lo golpeaban en la garganta y el abdomen.

—¿Dónde están las cosas que te robaste? —preguntaba la misma voz.

Le bajaron los pantalones y lo golpearon en los testículos.

—Este cabrón no afloja. Tráete los toques para que chingue a su madre de una vez —dijo la voz.

Cifuentes sintió un cable alrededor del antebrazo derecho. Su cuerpo se arqueó con la primera descarga eléctrica. En ese momento, Cifuentes mencionó los primeros apodos que le vinieron a la cabeza.

Se quedó solo en el cuarto, esposado y con la cabeza cubierta. Un hombre entró y le quitó su cartera con ciento cuarenta pesos, su licencia de conducir, su credencial de elector, una credencial de la tienda Sam’s Club, el cinturón y su reloj marca Cassio.

Tres horas después regresaron cuatro agentes que Cifuentes no había visto nunca en su vida. Ellos lo presentaron ante el Ministerio Público. Minutos antes de la presentación, uno de lo policías le dijo:

—Vas a declarar que te detuvimos a las cinco de la tarde. Nosotros ni te tocamos. Cuando te revise el doctor, le vas a decir que te caíste en tu trabajo. Aquellos se pasaron de lanza. pero vamos a poner la declaración suavecita para que te vayas rápido. ¿Entendido?

Dos fotografías incomprensibles
 
1. La imagen borrosa apenas permite adivinar la acción: el 24 de noviembre de 1999, un jeep de la Policía Preventiva recibe instrucciones de patrullaje. Al pasar por una calle en la que un grupo de jóvenes juega futbol, los policías les piden que se retiren. Como siempre, desde todos los tiempos, los jóvenes le chiflan a la policía, se burlan, le gritan infamias a lo lejos. De pronto, desde el jeep, uno de los policías dispara contra los jóvenes. Uno de ellos cae al suelo, Fernando Ayala Alfaro, de diecisiete artos de edad, herido en la pierna derecha. Seis días más tarde, dos médicos deciden amputarle la pierna, arriba de la rodilla, a Fernando Ayala Alfaro.

2. Una imagen en penumbras, apenas iluminada por una luz de neón: el 12 de septiembre de 1999 se desata un pleito en una discoteca de la Ciudad de México. A empujones, entre gritos apagados por la música y los ánimos enardecidos por el trago, un grupo de empleados de la seguridad privada del lugar expulsa de la discoteca a los bravucones y a sus acompañantes. En la calle, los esperan los tripulantes de las patrullas 13115, 13239 y 13801 de la Secretaría de Seguridad Pública. Los clientes se niegan a ser detenidos. Jaloneos. Gritos. Empujones. Se escucha el estruendo de dos disparos. Suyapa Josefina Villarreal cae herida en ambas piernas. Tres días después, a consecuencia de las lesiones, le amputan a Suyapa la mayor parte del pie derecho.

 

Rafael Pérez Gay
Escritor. Su más reciente libro es Cargos de conciencia.