Nélida Piñón, miembro del Comité Internacional de nexos, es una de las voces más poderosas de la literatura brasileña de nuestros días. Sus preferencias, sus querencias, como ella misma lo ha dicho, van de la mano del caos y el desenfreno imaginativo. Sus cuentos y novelas son hijos de una doble cultura: la de Europa y la de América. Este cuento, inédito en español, arrebata por su fuerza y destreza narrativas.


Benito llegó el miércoles. Un día antes del final del mes. Mi hijo envejece y sus trajes me parecen sombríos. Aunque no lo confiese, pertenece a la pandilla de González, que recorre las rías y el Minho, por el lado de Tuy, cerca de la frontera portuguesa, contrabandeando mercancías. Algunas veces se lo han llevado a la cárcel, pero pronto la policía lo devuelve a las calles. Evito leer los periódicos. Es el propio Benito quien me filtra las noticias. Sabe lo que puedo soportar. No quiere pinchar el globo de mis últimos años con un alfiler oxidado. Me deja, pues, entretenida con mis devaneos.

A veces llega alborotado a la aldea. Se sienta en la banca de la cocina, mientras corto la col para el caldo. Me pide la bendición a su manera. Confía en que mi mirada distraída lo pueda absolver. Cuando se enfurece, alza la voz.

—Nunca deshonré esta casa, madre. Sólo quiero no morirme de hambre. O cagar viento y semillas de los frutos que los ricos escupen.

Nunca se le olvida dejar el dinero del mes en el frutero. Evita también mencionar a los hijos y a la mujer. El sol, en la sala, incide sobre las frutas y el dinero. En esta época, por cierto, maduran más de prisa.

Me siento aliviada cuando decide irse. Alega que tiene mucho trabajo, que quiere comprar una casa la semana entrante. Ante su codicia, guardo silencio. ¡Cómo amparar a un hijo que brilla por la mentira! Desde la infancia prometía traer a casa una cornucopia abarrotada de monedas.

—No quiero ser como mi padre— así era como reprobaba al marido que yo había escogido, humilde y tímido.

Repetía estas jactancias con frecuencia. A mí no me importaba. Siempre me olvidé de la familia en las tareas de labranza. Sólo mucho después presentí el origen espurio de su dinero. Sin embargo, no me asusté de tal oficio. Seguramente obedecía a las urgencias del propio destino. Había jurado huir de la pobreza. Y, además, no era el único que transgredía la ley. También Ventura, el vecino, llegaba a casa de madrugada, gritando y proclamando su amor por la riqueza.

¿Te acuerdas de cómo les arrancaba, afligido, el dinero a los que estaban en la taberna, y les robaba los pollos que les había vendido en la víspera? Sin embargo, Ventura juraba que jamás había matado. También Benito tiene las manos limpias de sangre. Paciencia. No sé dónde están el bien y el mal.

Dios se llevó a dos de mis hijos. Sus muertes me fueron anunciadas a través de cartas lacónicas. Pero incluso antes de que murieran, ya me habían olvidado. Ahora es fácil fingir que todavía siguen vivos. La vida me ahorró el disgusto de enterrarlos, de desgranar frente a la caja un rosario de cuentas empapadas por mis lágrimas. También me enseñó los méritos del olvido. El amor, para seguir queriendo, necesita palpar el rostro del otro, cerciorarse de las trepidaciones de la carne.

Y tú, Eugenia, ¿cuantos hijos tuviste? Si me lo contaste, ahora ya se me olvidó. Extraño destino el nuestro. Al parir, mugimos como vacas, berreamos como ovejas. Tanto escándalo para que los hijos nos lo paguen más tarde con visitas apresuradas. Absortos con el mundo, apenas llegan, la mirada en el reloj, y luego quieren irse. Como si el destino del hombre fuera huir del establo donde a final de cuentas fue parido.

Mis otros hijos raramente le ponen el sello a una carta que se pose en mi jardín. A veces envían una postal, simulan un viaje. Quieren probar que el dinero les sobra, que pueden entregarse a las pequeñas orgías. Mienten tanto como Benito.

Mis dedos se atoran en el trato con la pluma. Envidio a aquellos doctores que escriben libros, orientan al mundo con palabras. No sé lidiar con ellas. Me gustaría, sin embargo, que las palabras, aquí registradas, emergieran de mi miedo, de mi soledad.

Cuando te escribo, Eugenia, me siento renacer. Cada palabra opera un milagro. Y aunque la letra y las ideas tiemblen, sé que salimos del mismo útero. ¿Te acuerdas todavía de los rostros de nuestro padre, de nuestra madre, de los abuelos? Por más que me esfuerce, se esfuman delante de mí. De ellos guardo sobras sólo de gestos, rala memoria. ¡Si al menos tuviera de ellos un retrato! Mis ojos azules, por ejemplo, ¿a quién se los debo? ¿Acaso serviría recoger de su rostro la revelación de mi origen?

Nunca más nos vimos. Al principio, quería tanto abrazarte, envolver a la infancia, a los muertos, y a ti, en un único abrazo. Recuperar el calor de nuestra madre en tu cuerpo. Saber así quién de nosotras heredó su olor.

No olvido nuestra despedida. Tú, con aire burlón, arrastrando a tu marido de las manos. El siempre te obedeció. En tu vestido de algodón casi no escondías el placer que provenía de ser la primera en dejar la casa. Te odié, tú que te proponías encerrarme en casa con mil llaves, sólo para ser feliz lejos de mí. Apenas podía respirar al saber que el tren te llevaría lejos; tal vez nunca más volverías. De repente, sentada en mi cama, comenzaste a llorar, mientras deslizabas los dedos afligidos a lo largo de tu brazo. Sin embargo, fue tu iniciativa llevarme al huerto, querías mostrarme el anillo, regalo de tu marido.

—Entre las hortalizas, parecías triste. No es del anillo que pretendo hablarte. Es de una vida que no sé cómo comienza, y nunca sabré dónde va a acabar. Prométeme que un día me vendrás a ver.

Examiné el anillo comprado con tanto sacrificio. La pobreza es insolente, se pierde en falsas ilusiones. Me lo puse en el dedo, teníamos manos idénticas. Bien te podría prestar mi mano derecha, en caso de que te amputaran la tuya. Nadie notaría la diferencia, siempre imité tus gestos.

—Sí, te visito, si es un día feliz. Si no, me quedo aquí. Somos tan pocos ahora en esta aldea.

En los primeros años recibíamos escasas noticias. Los que parten olvidan el camino de vuelta. Ambicionan regresar bajo el mando de la esperanza y del oro. Una que otra voz nos decía que Eugenia andaba por Alicante, Málaga, siempre más al sur, cerca de los moros. Iban dejando atrás el sudor, jirones de sueños, huesos calcinados. Olvidados ahora de nuestra lengua, de nuestro tocino. Prescindían, pues, de la risa y del llanto de Galicia. Empeñados en un cotidiano capaz de construir recuerdos que rápido borraran las marcas de memorias vencidas. Querían soterrar ciertos sentimientos a cambio de arrebatos más recientes. ¿Habrá sido así? Ah, Eugenia, no pasamos de roedores de avellanas, nueces, de pupilas humanas. El hambre es el norte de nuestro rumbo.

Me cuesta imaginarte pegada al mar. Siempre mirando, a cada ida al mercado, la línea del horizonte. Alguna vez tentada a sumergirte en las aguas de este mar, que es el Mediterráneo. Mientras que yo, prisionera hasta hoy de las montañas gallegas, no tengo a dónde ir.

Ya no sé también si quiero volver a verte. Si no pude verte mientras eras bella, ¿por qué habría ahora de ser castigada con la visión de tu vejez? ¡Si al menos hubiéramos hecho el esfuerzo de visitarnos! De encontrarnos a la orilla del río donde antes nos bañábamos vestidas, con temor de que nos vieran las piernas, los pechos brotar. Galante, me ofrecías las piedras del río, las hojas arrastradas por la corriente. Oía atenta tus historias, algunas venidas del fondo de las aguas. Me decías entonces que aquellas historias, que susurrabas allí, brevemente irían a recibir, en la aldea vecina, una nueva versión.

—Estaré allá, en persona, contando esta misma historia a una hermana que no serás tú.

Tus gestos me recordaban los de una sacerdotisa celta entregada a rituales que el tiempo consumió sin apelación. Es difícil, pues, saber ahora lo que quedó de nosotras. Si lo que guardamos una de la otra cabría dentro de los límites de un hermoso cofre. A pesar de todo, Eugenia, ¿serías aún capaz de reconocerme? ¿De gritar el nombre de la hermana que no volviste a ver hace casi sesenta años?

Sigo en la misma casa. Desde mi cama, escucho a las vacas en el primer piso. Todavía son ellas las que en el invierno calientan las paredes de los cuartos. Nuestra aldea creció, invadida por extraños. No sé cómo se llaman, confundo sus caras. Fingen, sin embargo, que son ricos. Aumentan el sonido de la televisión para que los juzguemos sofocados por la prosperidad. Ya no guardan como antes los centavos de la pobreza. Cuando reclamo, Benito me censura. Para él, destilo amargura, mastico los alimentos sin piedad.

¿Qué es lo que mi hijo podía esperar de mÍ? Enterré a mi marido antes de los cuarenta años. Aquel sábado, de vuelta del cementerio, traté de olvidar el lecho vacío, las sábanas frías, los lobos hambrientos y sueltos en la montaña. Como si hubiera sido viuda incluso mientras mi marido vivía. El cuerpo, a final de cuentas, siempre fue una trampa. Al principio, provocaba sobresaltos, congestiones, parálisis, placeres todos fugaces. Pronto llegaba el desgaste, la vida amordazada. Como si sólo el alma pudiera triunfar. El alma, sin embargo, es violácea y triste. No comulga con los demás. ¿Acaso existió en nuestra aldea quien me hubiera hecho sonreír, bajo la promesa de seguir sonriendo en el futuro? ¿Alguien me enseñó que las aflicciones ceden el paso a la ventura?

Sola, cebé hijos y animales. Todavía estaba oscuro cuando comenzaba a trabajar. El frío me prendía a la cama, pero yo fustigaba a la flojera con vaticinios trágicos. Que los hijos y los animales se desperezaran. Prendía velas, linternas, más tarde la energía eléctrica. La vajilla se iba rompiendo, pero yo resistía la fuerza de la miseria. Nunca nos faltó el pan. Y los cerdos, en el primer piso también, estaban espléndidos, algunos alcanzaban trescientos kilos. Les preparaba peroles con una mezcla de maíz, papa, col, e incluso mi mirada, que hacía mucho se había despedido de los sueños.

Tus cartas, aunque discretas, me conmueven. Entiendo los sentimientos resguardados con tal pudor. Es penoso exponer historias que la escritura quiere inmediatamente aprisionar. Cualquier historia sólo podría ser contada a la orilla del fuego, con voz pausada, sin prisa, por quien confiase en el futuro. Y cuando esta voz muriera vendría otra a sustituirla. De tal forma que hablaríamos ininterrumpidamente de los muertos, de los fracasos diarios.

Manuel, el primer hijo que perdí, amaba las fiestas, el vino rubro. Las emociones se le escapaban sin control, todo parecía condenarlo a la intensidad de lo fugaz. Cierta noche, irrumpió casa adentro, quería asilo.

—Protégeme, por favor, del invierno y de mis sentimentos, madre.

Hacía frío. Bajé las cortinas del cuarto, lo envolví con la manta. La fiebre lo consumía. Le apliqué en los pies un ladrillo caliente envuelto en hojas de periódico. La vida también comienza por la planta de los pies.

Ambos sabíamos que la fiebre no siempre nacía del cuerpo.

—El espíritu es libre para enfermarse, Manuel.

Se rió de su madre, que pretendía siempre ordenar el mundo según una horma inventada por sus frustraciones personales. Una mujer taciturna, siempre que la realidad la contrariaba. Diferente del hijo que sólo deseaba salar sus propias heridas, concederles honras reservadas a los dolores notables. Y embarrarse de miel en los amores fortuitos, atribuyéndoles la grandeza de que carecían.

—Soy una criatura de Dios, madre. Sin esta filiación, el amor humano no resiste. Sólo Dios puede prestarme la locura del amor terreno.

La negra pasión lo impulsaba a vencer obstáculos, a brincar muros, a arrancar mujeres de las camas, donde simulaban dormir al lado de los maridos.

Manuel abortó la fiebre de aquel año con el auxilio de las fiestas. El vino le subía al mismo tiempo a la cabeza y al corazón. Me habitué, pues, a sus desatinos. Aquel hijo, que fino carpintero, ejercitaba su paciencia haciendo casas de muñecas. Un oficio que contrastaba con su cuerpo, bella mezcla de toro y de misterio encarnado en gente. Lo enterraron lejos de la casa. No sé qué hembra le reclamó el cuerpo como último acto de pasión.

La semana pasada, le pedí a Benito que viniera. Entró en la sala trayendo a Sara. Me costó reconocer a aquella hija recién llegada de Caracas.

—Vine a darte una sorpresa, madre. Te traigo regalos de la nueva patria —dijo, efusiva.

Observé a la extraña. Si de hecho era mi hija Sara, ¿a dónde había ido la niña que temprano vi partir a América? Y que ahora nos traía oro, incienso, mirra, personajes nosotros de un nacimiento sin vida.

—Sorpresa, les voy a dar yo —repliqué impaciente—. Vamos al cementerio de Sobreira.

Saqué del armario el paraguas amarillo, recuerdo de una kermesse. Mi marido, confiando en la suerte, le había apostado al número once. El premio fue aquel paraguas. Al llevarlo al cementerio, iba acompañada por mi marido.

Sara se sentía incómoda con la escena. Era difícil volver al pasado del cual se sentía expulsada. El regreso a casa es siempre evasivo. Sobre todo cuando nos faltan las paredes que guardaron otrora las evidencias de un cotidiano banal.

Benito inició el viaje. Sentada en el asiento delantero del carro, el paisaje me llevaba a un hemisferio familiar. Al mismo tiempo, me susurraba la naturaleza de las plantas y la vida íntima de sus entrañas.

Las vacas, en el pasto, descendían de otras que conocí en la adolescencia. También los árboles, mucho más viejos ahora, habían sido contemplados por los seres de mi raza. Allí estuvimos siempre. Cada invierno prorrogaba nuestra presencia en aquellas tierras.

Después de la curva, el puente. El corazón se contrajo. ¡Cuántas veces, en el verano, en tiempo de fiestas, habíamos cruzado el monte a pie, hasta Sobreira! Con el pretexto de celebrar a los santos patronos, a reyes, a soldados. Hartos todos nosotros de devaneos, sardinas fritas, empanadas de bacalao.

Benito aceleró el carro, para vencer la subida. Las aguas corrían tranquilas bajo el puente. El universo aldeano se distinguía por la modestia y las iras secretas. Le faltaba el horizonte que la Señora, acostumbrada a las dimensiones de América, cargaba en la mirada.

—A veces, tú y yo buscábamos abrigo detrás de las lápidas, con las piernas heridas por las espinas de los arbustos, sabiendo que nadie vendría allí por nosotras. Los perfumes que entonces emanaban de la tierra son los mismos.

—Quiero que me entierren aquí— le ordené a Benito, ignorando a Sara. Hacía mucho qué ella no formaba parte de nuestras tradiciones.

Benito atrajo hacia sí a su hermana. Quería incluirla en el radio de mi mirada.

—Debe de haber lugar aquí para mí. No me conformaría con una sepultura prestada por el vecino.

Sara comenzó a llorar. Actuaba como si me estuviera enterrando justo en aquel momento. Segura de que no estaría presente en mi velorio, anticipaba las lágrimas, nutría su memoria con detalles indispensables para cuando supiera, en Caracas, de la muerte de su madre.

Pasé la mano por la losa.

—¡Qué ingratos somos con los muertos! No planté ni siquiera un arbusto. Nunca busqué tener una sombra.

Benito me arrancó el paraguas de la mano y, al abrirlo, formó una sombra generosa.

—¿No es el árbol que querrías? —dijo Sara, aliviada por estar presente en la despedida de su madre.

—Los árboles deberían llevar el nombre de mi padre, de mi madre. El mío también.

No mencioné tu nombre, Eugenia. No podía privarte del convivio de tu grey. Hace mucho que tú no nos perteneces. Benito, sin embargo, demostraba impaciencia. Me pedía las últimas instrucciones. Le confirmé que no quería flores, que me serviría una caja sencilla. Sólo habría aceptado una caja de cedro, de adornos rebuscados, si fuera obra de mi hijo, Manuel. Sobre todo le pedía a Benito que no se olvidara, en el último viaje, de reducir la velocidad del carro un poco antes de la curva, de donde se veía el campanario. Aun muerta, tal vez me restara la gracia de evocar por instantes el pasado. De sentir de nuevo el pecho herido frente al paisaje que amé por encima de cualquier otro.

—Les recomiendo que tengan cuidado y guarden corrección —enfaticé—. Simplemente tendrían que agrupar los huesos familiares, encontrados en la fosa, como si formaran parte de un único esqueleto. Después deberían devolverlos al nido donde habían estado, por tantos años, en silencio, en la más densa oscuridad. El último gesto sería cubrirlos con mi propio cuerpo.

—Después de la resurrección de Cristo, no se puede extraviar un solo hueso.

Cerré el paraguas. Temía que una inesperada ráfaga dañara el armazón. Aquellos vientos que, venidos del norte, habían antes azotado los barcos pesqueros, lanzándolos contra las rocas del Finisterre. Aquel rincón donde desafortunados fantasmas reclamaban nuevos habitantes.

Me siento cansada, Eugenia. La respiración descompasada hincha mi nariz. Préstame, por algunos momentos, una sensualidad que nunca tuve. La vejez es maestra en cancelar ilusiones. Desde el balcón, ahora, aprecio la huerta. Me acuerdo de ti a tus dieciocho años. Tu cuerpo entonces jadeaba con rara suavidad durmiendo a mi lado. Apenas se estremecía con el contacto de la brisa que venía por las rendijas de las ventanas.

Me quedo sola por largos días. Cuando necesito compañía, cuelgo la toalla bordada en el tendedero, frente a la casa de Filomena. Ella adivina mis llamados. Me ofrece sopa de pescado, que le traen fresco de Pontevedra, los viernes. Los días de fiesta, se exalta con los mensajes que le envían los hijos. Su bondad se origina en su temor del futuro. Como yo, también ella se pierde en los laberintos de la pasión.

—Usted por lo menos tiene a su hijo Benito.

Le explico los sacrificios que hice por él. En la infancia, su delgadez hacía que tropezara fácilmente. Lo salvé con mucho empeño.

—Él me debe favores. El más grande de todos, su propia vida.

Mi marido, por cierto, me recriminaba por renunciar a la comida, en favor de Benito.

—Si Dios nos trajo hijos, que ni pedimos, es natural que se lleve a algunos de vuelta, para aliviarnos de esta carga —decía al regresar extenuado del campo. Mientras tragaba el humo del cigarro, tenía la mirada fija en el firmamento.

—Mis hijos sólo morirán lejos de mi vista. Cuando cambien el hogar por el mundo. Le he de ganar este desafío a Dios.

Sara describe los bibelots de su casa de Caracas. Las cortinas de la sala le cuestan bastante trabajo debido a la contaminación. Habla, indiferente a que yo la siga en sus pensamientos. A final de cuentas, ¿de qué sala y de qué tejado está hablando? ¿Cómo espera que yo legitime su vida, si no concibo un país fuera de los límites de mi aldea? Ella insiste. Me quiere persuadir de que los sacrificios valieron la pena. El ser humano es esclavo de las travesías, sólo ancla definitivamente en la tierra bajo los augurios de la muerte.

—¿Por qué entonces regresó después de tantos años de silencio?, le clavé el cuchillo en el corazón. ¿Aquella mujer de formas redondeadas, de cabellos pintados, que trajo Benito, sería realmente la hija de mi ubre abundante?

Recibió la recriminación con mansedumbre. Quería a fuerzas probarme que pensaba en mí cada mañana. Aunque, en la práctica, su marido y ella habían tenido que acallar sus sentimientos. La mano ignoraba, seguramente, las aristas de la ciudad. Allí, en el campo, protegida, las propias vacas le traían la leche a la puerta, mientras los cerdos se rendían a la abundancia de sus obesidades.

—Nada te faltó en esos años, madre. En cuanto a mí, para comprar un simple vestido, en aquella América, casi vendí el alma.

Ella quería probar que cada moneda que había ganado llevaba el nombre de un sueño. Pobre Sara. Afortunadamente, Benito llegó, para estar con ella. El le miente también a su hermana. Le cuenta de los negocios en ascenso, piensa incluso en jubilarse, volver a pescar, como cuando era un niño frágil. Tal vez venir a vivir cerca de su madre.

No me mira. Confía en mi reserva. Pero si Benito miente, Sara también se sumerge en la fantasía. ¿Necesitaba la vida ser así de monótona, Eugenia?

En tu última carta, no me dijiste nada del viaje que tus hijos te prometieron. No sé bien por qué querían llevarte a Africa, para que vieras de cerca cómo viven esos pueblos oscuros y exóticos. Y se te olvidó, igualmente, enviarme el retrato de la casa, para que yo te imagine moviéndote entre los muebles, del cuarto a la cocina. Invítame a visitarlos, a esa casa, como a las otras, pues les daría gusto recibir a la hermana que aún hoy vive en el hogar donde nacieron todos los de nuestra sangre.

Benito engaña a Sara con falsa alegría. Reza, sin embargo, para que se vaya de España rápido. Teme que la policía venga de repente por él, su nombre en los periódicos, otra vez acusado de prácticas criminales.

—Háblale a Sara de la tía Eugenia, que todos consideraban la más bella muchacha de los alrededores —dijo Benito.

Sara y él habían envejecido también. Sería fácil ahora convencerlos de la magnificencia de cualquier belleza. Los años nos hacen nostálgicos y desesperados. La evocación, pues, de la hermosura de otrora se vuelve consuelo indispensable en estos periodos crepusculares.

—Éramos pobres. Eugenia no tenía un solo traje elegante y tampoco se perfumaba como las princesas. Sin embargo, cada gesto suyo despertaba amor y envidia. Por eso, su nombre era nombre de reina, dije, mientras observaba el prado a la distancia. En la primavera, todo parece nacer de las manos de Dios.

Sara examinó curiosa el rostro de su hermano, feo como el de ella. Ambos se engañaban con inesperadas simetrías.

—¿Qué se hizo la tía? —dijo, ansiosa.

Fingí no oír. Traje de la cocina rebanadas de morcilla y de pan. Raramente obsequiaba a las visitas con tales manjares. Sara, con la boca llena, insistía en posesionarse de los recuerdos que yo guardaba de mi hermana. Indiferente a mi suerte, había cruzado el Atlántico para empobrecerme.

Solidario con la madre, Benito prácticamente instó a la hermana a partir. No le convenía extorsionar las mutuas esperanzas. Sara no se movía, entretenida con el emparedado. Cobraba parte de su herencia.

En la sala, estaba el retrato de mi marido, desvaído con los años. A Sara, sin embargo, no le importaba mirarlo, te quería a ti, Eugenia. Tal vez planeaba visitarte, recoger en su propia piel el sol moro de África, que de tu casa se tocaba con el brazo extendido.

—Eugenia es conmigo un libro abierto. Me da constantes pruebas de amor —desafié a mi hija. En seguida, me aproximé a la salida, casi le pedía a aquella alma crispada que nos dejara.

Benito asintió con la cabeza. Le garantizaba que entre los miembros de aquella familia, especialmente entre las dos hermanas, no había ningún secreto. La llave que abría la puerta de la casa, descubría sus corazones campesinos.

—¿Y tía Eugenia aún vive, o se limita a mandarte tarjetas postales en Navidad? —dijo Sara irritada.

Benito me amparó, casi caí al suelo. Pensé que no resistiría la estocada. Sara, sin embargo, me trajo un vaso de vino, ligeramente ácido. Al sorber las primeras gotas, temí el regreso a la vida. Había perdido las razones para seguir con mi historia. A final de cuentas, Eugenia, ¿hace cuántos años te escribo sin saber a dónde enviar estas largas canas? Hace cuántas noches pienso en nosotras dos. niñas, pastoreando las ovejas de la casa, montaña arriba. Convencida, sin embargo. de que cada carta depositada en el cajón de la cómoda correspondía a una respuesta que tú, de hecho, escribiste, pero que jamás llegó a mis manos. En estas cartas confesaba que tu belleza, por un milagro, se había repetido íntegramente en tu nieta. De tal forma que te bastaba, para recuperar la juventud, traer a tu nieta junto al espejo y atribuir a ti misma la armonía perfecta que aquella joven reflejaba en el cristal.

Sigo pensando en ti como si aún continuaras a mi lado. Estoy segura de que vives y de que mis cartas, acomodadas todavía hoy en el calor del cajón, llegan a tu regazo gracias al soplo indivisible de mi capricho y de mi afecto.

—Y cuál es la dirección de la tía —Sara se aprovechó de mi pronta recuperación.

Saqué del cajón un papel arrugado. Leí con dificultad.

—Es lejos de aquí, pero no es imposible llegar. Eugenia vive en Alhambra, número 35, bien en el corazón de Granada.

Sara no anotó la dirección. Comenzó a oscurecer. Confesó que al día siguiente partiría para Madrid, camino a Caracas.

—Fue bueno haber venido, madre —se sentía aliviada.

Benito se dirigió al patio, apresurando la despedida. Acepté el abrazo de mi hija. El olor inocuo, sin memoria, de su cuerpo. Prometió regresar en cuatro años. Me juré a mí misma que ya no estaría aquí para recibirla.

—Salúdame a la tía Eugenia —dijo Benito, atemperando mi espíritu.

Le prometí a mi hijo que te escribiría por la mañana. Es lo que hago ahora, Eugenia, después de tomar la sopa de pan embebido en leche caliente. Cada palabra que te escribo se queda en el papel que voy doblando dentro del sobre, de tal modo que me engañe con la seguridad de que dos manos temblarán de emoción mientras estiran la hoja contra la mesa. Y que tan pronto como te acomodes en la mecedora habrás de sonreír como en la tarde en que confesaste estar lista para dejarnos para siempre. Había llegado el momento de abandonar la casa, la aldea, los afectos. Tierras extranjeras te estarían aguardando. El sueño nunca está al alcance de la mano, me dijiste, iluminada por el brillo de aquella lejana primavera, que apenas había iniciado. Entonces fingí que no sufriría con tu partida. La tierra, siendo redonda, yo rápidamente iría a buscarte donde quiera que estuvieras. Y es lo que hago hoy, ahora, cada día de estos largos e interminables años.

Rio, 8 de octubre de 1991.

 

Nélida Piñón
Escritora. Entre sus libros, La fuerza del destino y El calor de las cosas. Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo 1995.

Traducción de Regina Crespo y Rodolfo Mata