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La Red ha transformado nuestra relación con la palabra escrita. Si antes el texto se leía de forma lineal, hoy el hipertexto ofrece la posibilidad de una lectura no-lineal, carente de extensión, conformada por vínculos múltiples entre pantallas de texto. Robert Coover, consciente de la ruptura cultural e histórica que implica la World Wide Web, recuerda la edad dorada del hipertexto y reinventa el lugar que ocupa la literatura en esta híper ficción multidireccional donde imagen, sonido y texto se fusionan para crear un nuevo lector.


Hace más o menos una década, en el tiempo anterior a la Red y la revolución digital, comenzó a surgir una nueva forma literaria que fue posible gracias a la capacidad de las computadoras de evadir el mecanismo lineal, con vuelta a la página, de los libros, y disponer vínculos múltiples entre pantallas de texto para una obra en red (webwork) no lineal, con elementos narrativos o poéticos. Los primeros escritores experimentales de ese tiempo trabajaban casi sólo en el texto, como hacían los estudiantes de nuestros talleres pioneros de hipertexto en la Universidad Brown, debido en parte a una elección (eran escritores que de manera tentativa se desplazaban de la página hacia este dominio radicalmente nuevo, llevando ahí lo que mejor sabían hacer), pero sobre todo porque las capacidades tan limitadas de las computadoras y los diskettes de aquellos días así lo establecían. De vez en cuando se trazaba la línea de un gráfico en blanco y negro (o, más tarde, se escaneaba), tal vez como un elemento en la página del título o como un mapa de navegación, pero los archivos de audio y animación eran, de hecho, inexistentes. Esos primeros hipertextos fueron en su mayor parte objetos únicos, como libros transportados a floppies de baja densidad (esto, recordemos, fue antes de la Red y sus navegadores, antes todavía de los cd- roms) que eran distribuidos por empresas incipientes y pequeñas como Eastgate Systems y Voyager, o bien se pasaban de mano en mano con amigos o a través del correo antiguo.

En retrospectiva, esto es lo que podríamos considerar como la edad dorada del hipertexto literario, pues con el surgimiento de la World Wide Web algo nuevo está sucediendo. Para quienes acaban de trastabillar al entrar al torrente del hipertexto, literario o de otro tipo, puede resultar desalentador enterarse de que han llegado cuando la época dorada ya pasó, pero así es la naturaleza de toda época dorada: sólo aparece ahí hasta que es vista por las generaciones posteriores.

Se dice que las épocas de plata suceden a las épocas doradas —como el matrimonio y la familia suceden al romance— y duran más, aunque no para siempre. Se caracterizan por el abandono de las ideas radicales y el regreso a elementos distintivos de la tradición previa (al mismo tiempo que sostienen una fascinación por los elementos superficiales de las innovaciones de la edad dorada) mediante una vasta divulgación y popularidad de sus principios diluidos y su organización institucional, así como a través de una producción prolífica y muy difundida en nombre de lo que sucedió. aun cuando ya no sea la misma cosa exactamente. Este parece ser el tiempo en el que nos encontramos con relación al hipertexto literario.

Las nuevas épocas suelen llegar a propósito de —o al menos estimuladas por— rupturas culturales o históricas definitivas o por una secuencia de estas rupturas, lo cual también ha sucedido en este dominio que se acostumbraba llamar hiperficción o hiperpoesía. y al que ahora se hace referencia más en general como literatura electrónica o composición electrónica, ya con el “híper” no del todo adecuado para eso en lo que se ha convertido, y con la literatura, cuya raíz son las letras, deslizándose también de algún modo desde el centro impulsado por las imágenes.

Cuando iniciamos la enseñanza en nuestros cursos de hipertexto literario en la Universidad Brown, nuestro foco se centraba en la idea radical y novedosa de obras en red textuales, complejas, de narrativa multilineal y, en un grado mucho menor, obras en red líricas o poéticas. El taller ardía en preguntas relacionadas con arquitectura, mapas, diseño y procedimientos de navegación; con la centralidad y variedad de los vínculos y cómo hacerlos más o menos transparentes; con el sentido de integración orgánica, problemas para concluir la lectura y de incertidumbre; con el papel interactivo del lector, redes delimitadas y la redefinición del “autor”. Estas preocupaciones afectaron también a los creadores de los primeros clásicos, hiperficciones como Afternoon, de Michael Joyce; Its Name Was Penelope, de judy Malloy; Victory Garden, de Stuart Moulthrop; y la que tal vez sea la verdadera obra paradigmática de ese periodo, Patchwork Girl (Muchacha de pedacería), de Shelley Jackson, diseñada con elegancia y compuesta con belleza.

Estos hipertextos narrativos pioneros exploraron la tentadora y novedosa posibilidad de plantear una historia en un orden espacial, en vez de lineal, invitando al lector a explorarlo como uno podría explorar su propia memoria o vagar por un territorio geográfico de senderos múltiples; al ser tentativas arriesgadas, al borde de una frontera literaria nueva, con frecuencia fueron intensamente introspectivas. Así. en la ventana de un texto titulado “Esta escritura”, sepultada en lo profundo del corazón de Patchwork Girl y las supuestas meditaciones de un monstruo femenino creado por un doctor Frankenstein llamado Mary Shelley. o Shelley Shelley. como a veces se llama a sí misma. Jackson escribe:

Al ensamblar esta pedacería de palabras en un espacio electrónico me siento ciega a medias, como si la totalidad del texto estuviera a mi alcance, pero que debido a una miopía sólo me resultara asequible en sueños, sólo puedo ver la parte más cercana a mí y no tengo idea de cómo esa parte se relaciona con todo lo demás. Cuando abro un libro sé dónde estoy, lo cual es una tranquilidad. Mi lectura se mide por el espacio y hasta por volumen. Me digo a mí misma que estoy a un tercio del trayecto que desciende a través del sólido rectángulo, estoy a una cuarta parte en el descenso de la página, estoy aquí, en esta página, este renglón, aquí. aquí. aquí. ¿Pero dónde estoy ahora? Estoy en un aquí, un momento presente que no tiene historia ni expectativas ante el futuro.

O, más bien, la historia sólo es una rayuela errática a través de otros momentos presentes. La manera en que voy de uno a otro no está clara. Aunque podría enlistar mis momentos pasados, seguirían inconexos (y seguirían combinándose en potencia, si no de hecho) y en consecuencia sin forma, sin final, sin historia. O con tantas historias como yo quiera reunir.

El hipertexto, como Shelley Jackson escribe en otra parte, “es el cuerpo proscrito. Su principio de la composición es el deseo. Provee de un altavoz a la rodilla, de una trompeta sonora al codo… El hipertexto es el cuerpo que se despliega con languidez hasta sus límites, contenido sólo por su propia carencia de extensión”.

La elección misma de la metáfora central de Patchwork Girl fue en si un golpe de genio: la reunión de pedazos de un cuerpo nuevo, sea de carne o de texto, a partir de fragmentos vinculados de otros cuerpos, también de carne, también de texto, alguna vez muertos y ahora dotados de vida nueva, forma nueva, aunque un tanto extraña y “monstruosa”. La obra está dividida, como los sentidos, en cinco secciones vinculadas, y una de éstas es el asalto al cementerio en busca de partes corporales —y de las historias ligadas a sus antiguos dueños—. Así, desde el principio, esta reunión de pedacería en un cuerpo físico, con partes dispersas y no obstante armónicas, se hallaba vinculada a una reunión equivalente de pedacería de materiales narrativos: el cuerpo deviene texto, texto cuerpo, un tema tradicional que adopta su configuración hipertextual genuina en esta Patchwork Girl, de códigos múltiples y más vasta que la vida. “Uno podría decir que todos los cuerpos son cuerpos escritos” —escribió Jackson—, “todos son piezas vivientes de escritura”:

En primer lugar, porque nuestras formas, variadas hasta el infinito, se componen con un número limitado de elementos similares, una especie de alfabeto, y tenemos pautas según las cuales las uniones son aceptables, son palabras válidas, enunciados legibles, y cuáles son los errores tipográficos o gramaticales: “monstruos”.

Hay una especie de pensamiento sin pensadores. La materia piensa. El lenguaje piensa. Cuando tratamos con el lenguaje somos poseídos por sus sueños y demonios, intimamos con monstruos. Nos convertimos nosotros mismos en híbridos, quimeras, centauros: flotas de vapor y pezuñas contundentes temibles a galope bajo una maquinaria volátil.

Desde esta ventana de texto puede activarse el vínculo hacia otras meditaciones introspectivas, pero al activar “intimamos con monstruos” uno se descubre en la cama, con la creadora y su monstruo. Como la mayoría de los autores, Mary, su creadora, casada con un tipo llamado Percy, se ha enamorado de su creación:

Anoche estuve en brazos de ella, mi monstruo, y por primera vez puse mi mano en su piel. Sus pieles, debería decir, más bien, o sustituir el posesivo por completo. Otros poseen también un derecho tan legítimo como el de ella —si no es que más— para llamar suya esa piel. Estos pensamientos temblaban en mi mano y sin embargo yo no me apartaba. Su cuerpo estaba caliente. Febril, podría decir, pese a que yo no sabía qué termostato interno podría mantenerse estable y constante en esa forma contundente y sobrenatural.

Y esta ventana, a su vez, conduce a través de un lento despliegue de segmentos vinculados hacia:

Moví entonces mi mano y toqué una de sus cicatrices, esas protuberancias que me habían colmado de tal disgusto e incomodidad al ver desnudo por primera vez su cuerpo vivo. Incluso esas porciones que su creadora había cosido con un pulso más fino y cierta consideración hacia el espectador, su rostro y sus manos, mostraban surcos atravesados por las huellas de innumerables pliegues, uniones y los pequeños lunares blancos donde las suturas precisas y uniformes fueron retiradas en su infancia monstruosa. Pero los largos cordones de tejido coagulado y pálido dividían su torso en sectores tan diferenciados como los pedazos de un edredón. Con las yemas de mis dedos recorrí una cicatriz que surcaba su costado. Era dura, protuberante y al mismo tiempo resbalosa. Y estaba caliente, en vez de la frialdad que yo había anticipado sin saberlo. Lo cierto es que estaba más caliente que los trozos de piel lisa que dividía, como lo comprobé al acariciar ambas regiones. Cuando por un momento dejé mi mano extendida y quieta en su costado, la cicatriz era una cuchillada ardiente a través de mi palma, y me pregunté si le dolía. Mi compasión se desbordaba. Al parecer ella notaba un cambio en mí.

He citado en extenso esta obra, como un recuerdo de lo que se sentía antes, en la antigüedad previa a la Red, al leer una hiperficción clásica. Estas primeras obras en red, multidireccionales, de espacios textuales que padecían la supuesta desventaja —una desventaja que casi ya no existe— de tener que activar un mouse y leer en una pantalla, experiencias relativamente nuevas en aquel entonces, pero que desafiaban las convenciones y exigencias de siglos de lectura impresa, con recursos muy estimulantes que ofrecían al escritor posibilidades formales inéditas e inmensas, y que replanteaban la relación del lector con el texto. De pronto, como muchos de mis alumnos de escritura electrónica observaron, podíamos leer y escribir como pensamos, creando y/o accesando los elementos diversos de un relato como uno accesa los fragmentos de la historia de la vida propia, tal como se conservan en la memoria, digamos, o como uno vaga a través de un país desconocido, haciendo del hipertexto no el último artefacto de la fantasía sino una especie de neorrealismo. Y una vez que nos acostumbramos a eso, no hubo razón para que no pudiéramos lograr esa clase de experiencia: “perderse” en la lectura concentrada, profundamente imaginada, que tanto atesoramos en los libros, para encontrar, como el hiperpoeta Stephanie Strickland ha dicho, “un espacio individualizado, reflexivo, cuyo principio admite garabatos mentales, reposo, exploración tranquila en un lugar seguro, como nos habituamos a encontrarlo en los libros”.

A decir verdad, Patchwork Girl de Shelley Jackson ofrece al lector paciente, si acaso queda alguno en el mundo, justo esa experiencia de perderse a sí mismo en un texto, pues así como uno se sumerge más y más hondo en la búsqueda propia y personal de las relaciones, en este caso, entre el creador y lo creado y entre el cuerpo y el texto, uno jamás deja de ser recompensado y por eso es atraído cada vez con mayor profundidad, hasta que activar el mouse se vuelve un acto tan inconsciente como dar vuelta a la página, sólo que mucho menos restringido y más apremiante.

No fueron muchos quienes leyeron estas obras con el cuidado o el detalle que merecían, pero eso también sucede con la lectura de libros. Siempre hemos insistido en que los buenos libros impresos necesitan lectores muy comprometidos para saciar su potencial oculto. Ahora, con el hipertexto, este papel de la lectura se manifiesta y pasa a un primer plano. El autor no desapareció, como se esperaba o se temía, pero se convirtió en una especie de diseñador o arquitecto o paisajista, además de escritor, que construye o dispone un espacio estructural o geográfico en el cual un lector podría vagar como si se tratara de una búsqueda propia, conducida o no por su artista-creador. En su mayor parte, estas fueron obras singulares de arte literario, en diskette o cd-rom. cuyo lugar en la repisa no las diferenciaba del libro, de suerte que si concluirlas era a veces un problema, al incluirlas no sucedía lo mismo.

Entonces, al parecer casi de la noche a la mañana, junto con las nuevas aplicaciones de IBM en Windows, el auge de las computadoras portátiles con memoria expandida, así como los dispositivos de cd-rom, zip y jaz, la mención del Netscape y otros navegadores, la creación de los lenguajes Html, Java, VRML y el veloz desarrollo de la hipermedia, tuvo lugar la repentina estampida mundial hacia la Red. un fenómeno ante el cual todos estamos todavía perplejos. Su impacto en la comunicación, la expresión, el comercio, el sexo, la política, y de hecho en todas las formas del intercambio humano, ha sido en verdad fenomenal y es perceptible que ese impacto apenas comienza a sentirse.

En términos de nueva literatura seria, la Red no ha sido muy hospitalaria. Su tendencia es ser escandalosa, turbulenta. oportunista, superficial, determinada por el comercio electrónico, un reino caótico dominado por escritores mercenarios, charlatanes e impostores, donde la voz serena de la literatura no puede ser oída con facilidad o. en caso de ser oída, no más de uno o dos momentos. La literatura es contemplativa y la Internet se encuentra fragmentada por enlaces y habladores incesantes. La literatura tiene forma, el Internet es informe. El objeto singular ha desaparecido y sólo hay esta vasta y desordenada dispersión, casi tan atrayente como un puñado de revistas viejas en la mesa de la antesala del dentista.

Por tradición, la literatura ha sido lenta, reflexiva y low-tech; la Internet es rápida, activa y high-tech. En cuanto a la hiperficción. el texto ha desaparecido en su mayor parte de las obras en red de la vieja Edad Dorada: ahora, el hipertexto se usa más para acceder a la hipermedia que intensifica narraciones más o menos lineales, cuando no lanza a su lector hacia el espacio exterior y laberíntico de la World Wide Web. donde no será visto nunca más. Nociones de arquitectura, mapas, diseño: liquidadas en su mayor parte. También la verdadera interactividad: ahora el lector, por lo común, es obligado a ingresar al abundante e inevitable flujo de recursos mediáticos como si estuviera bajo la dirección del autor o los autores: en cieno sentido, es como regresar de nueva cuenta al cine, la más imperativa y pasiva de las formas.

Inclusive la palabra, que es la materia misma de la literatura y a decir verdad de todo el pensamiento humano, enfrenta una ofensiva y cede terreno día con día al surfeo de imágenes, hipermedia, iconos que son vínculos. En verdad, cada vez más, la palabra misma se reduce a un icono o un título. Algunos hablan esperanzados de la combinación de imagen y palabra; muchos, quizá también esperanzados, de la sustitución de la palabra por la imagen. Hay un temor genuino —o una esperanza— de que nuestro antiguo lenguaje intelectual, el discurso sistemático y la metáfora poética puedan muy pronto ser tan ajenos y esotéricos como las antiguas tablas cuneiformes de Sumeria.

En cuanto a los autores en sí, hay todas estas herramientas nuevas que aprender. Escribir lo consume a uno mismo por completo. Pero aprender estas nuevas aplicaciones también lo consume por completo, y siguen cambiando. a veces tan radicalmente que lo que fue escrito en el viejo envase ya no puede ser leído en el nuevo. Muchos escritores electrónicos parecen hoy desconcertados y desilusionados por lo que el autor Jay David Bolter ha denominado “la angustia de la obsolescencia”, ya que sus herramientas y formatos, aprendidos con esfuerzo, son reemplazados unos por otros sin cesar, y se encuentran más desalentados todavía por la creciente hostilidad de la Red hacia el texto y por la fuga de los lectores hacia las tiendas virtuales y las salas de chat.

Entonces, ¿significa esto que la literatura agoniza en la Red? Al contrario. Si acaso, en fidelidad con la naturaleza de las épocas de plata, estamos ante un pequeño auge de las revistas electrónicas y los premios proliferan. surgen nuevos editores electrónicos, aparecen organizaciones para desarrollar lectores en línea y ponerlos en contacto con los nuevos escritores. No: pese a que la mayoría de los literatos del mundo continúa evadiendo este medio novedoso y cada vez más dominante, y por lo tanto continúa desviándose más y más del centro, aquí es donde se está fraguando la nueva corriente principal de la literatura. Pero si me equivoco y esto no es así, entonces la literatura misma se encuentra a la deriva y deslizándose aún más en la contracorriente. Como sabemos, está surgiendo una generación nueva de lectores, una audiencia entrenada desde la escuela primaria para leer, escribir —y sobre todo pensar— en este modelo nuevo, y ellos serán el público que los artistas literarios buscarán alcanzar, pues de no ser así. tal vez no tendrían ninguno.

¿Y la nueva literatura, será parecida a la antigua literatura? No. no será así. Las tecnologías cambiantes remodelan siempre la naturaleza misma del proyecto artístico. Los géneros narrativos predominantes en nuestro tiempo, la novela y el cine, por ejemplo, no habrían sido posibles sin las tecnologías que inventaron. no tanto a los géneros en sí. sino al público nuevo al cual los artistas dirigieron sus esfuerzos, algunos al traducir los modelos clásicos a las nuevas tecnologías, otros al explorar en las nuevas tecnologías formas nuevas y adecuadas a ellas. Este entorno expresivo emergente, propiciado por la computadora y la World Wide Web, muestra impaciencia ante la monomedia y las secuencias simples, cerradas en sí mismas. La Retórica, en esta Era de los Nuevos Sofistas, sigue siendo la ruta al poder, pero el vínculo hipertextual y todos los medios visuales y auditivos ahora son parte de su gramática. Como los compositores, artistas y cineastas que los antecedieron, los escritores aprenderán a entenderse con la tarea de conocer los nuevos instrumentos, o a colaborar con otros artistas, diseñadores, cineastas, compositores, y los instrumentos en sí serán más fáciles de aprender y usar, y su interacción será más tersa.

La poesía se ha beneficiado en verdad con este nuevo medio, aun más que la ficción: o para decirlo con otras palabras, va que las distinciones de género se disipan en este nuevo medio: siendo la narrativa un lance literario que se mueve típicamente de la A hacia la B —la continuidad del relato— ha debido adaptarse a la naturaleza opuesta y paradójica de la hiperficción multidireccional de las obras en red: mientras tanto. el tono lírico, donde el tema único se convierte típicamente en el centro de numerosas consideraciones periféricas, ha encontrado a menudo que las obras en red son por demás compatibles. Con la hipermedia ha surgido todo un movimiento poético nuevo, llamado poesía kinética o poesía “móvil”, en la que el texto del poema experimenta transmutaciones incesantes en la pantalla: surgen, desaparecen, evolucionan formas, movimientos y modelos que “imitan” al poema en sí, que interactúan en lo visual con otros elementos del poema, o con el audio al incorporar archivos de sonido. En ocasiones, los artistas visuales llegan a insistir en llamar “poemas” a sus trabajos en hipermedia, aun si contienen unas cuantas palabras o ninguna en absoluto; conservan las estructuras poéticas intactas pero sustituyen al lenguaje con imágenes visuales. Estas obras pueden ser muy bellas, al menos en términos visuales, a pesar de que la kinesis parece en ocasiones como una manera de vaciar el significado de un poema, lo cual, desde luego, es la amenaza constante de la hipermedia: absorber la sustancia de una obra de arte letrado, reducirla a un espectáculo de superficie. Y entonces, ¿es cierto que nada es nunca sólo superficie o sólo espectáculo?

A estas alturas, será obvio que sigo enamorado de las palabra, casado con el texto y aún fiel, en especial con el texto literario. La lectura de esos textos sigue siendo para mí la cosa más interactiva que hacemos como seres humanos: convertir estos pequeños garabatos negros sobre fondos blancos en paisajes inmensos, campos de batalla de la antigüedad y galaxias remotas en acontecimientos más vividos que los de las noticias o las calles, con personajes que conocemos mejor que a nuestros amigos o nuestras familias. Eso es lo que los escritores inventaron: esta expansión de nuestras facultades imaginativas. Sigo sintiendo que con todas las invasiones maravillosas y provocadoras de la imagen y el sonido en el texto, con todas sus articulaciones íntimas y sus fusiones irresistibles, la contribución literaria más radical y singular de la computadora sigue siendo la obra en red hipertextual. de espacios textuales multilineales o, como podría uno decir, la articulación y fusión íntima de una espacialidad y temporalidad imaginadas. En mis talleres sigo insistiendo en el texto, a menudo en contra de la voluntad de los estudiantes, ansiosos de abandonar a la palabra lenta, exigente, y apresurarse a las visiones y los sonidos.

Pero entonces, quizás es aquí donde yo estoy detenido en el tiempo y me he vuelto anticuado, ya que uno podría bien preguntarse: la narrativa de estas obras en red de la Edad Dorada, ¿no es una simple extensión de la cultura agónica del libro, tan retro en su tecnología como a su modo los libros electrónicos? ¿Podría ser que el texto en sí sea el instrumento agotado de una era agónica de la humanidad, un recurso tal vez necesario en un mundo técnicamente primitivo, pero un recurso que ha distanciado siempre al usuario del mundo en que ella o él vive, una especie de bastidor de tinta espesa entre individuos conscientes y su realidad? Inclusive los alfabetos, herramientas ingeniosas en su tiempo, hoy se hallan limitados por la naturaleza sin vínculos de su tiempo original, y ya han dado paso a nuevos alfabetos y pictogramas multilinguales denominados iconos. En el principio fue el verbo, pero tal vez sólo para los escritores, los escribas, un medio con aptitudes singulares, convertido en realidad por los sumerios y tal vez ya irrelevante para el mundo electrónico en el que vivimos o estamos a punto de vivir. Es posible que la imagen, y no la palabra, habrá de dominar todos los intercambios culturales en el futuro, incluida la literatura, si para entonces aún puede llamarse así. Al menos hasta ahora, el texto se puede reflejar a sí mismo con mayor precisión y complejidad que la imagen, y así domina sus propios excesos, aunque en la actualidad desconocemos la sutileza que puede alcanzar el lenguaje de la imagen. Sabemos de la fuerza que puede contener. A las épocas de plata, como recordarán, les suceden por lo general las épocas de hierro, en las que el martillo es el martillo y la cabeza es la cabeza.

Pero ésta es aún la edad de plata, o quizá tan sólo el final, como dirían algunos, del tiempo de la oscuridad, ese dulce periodo de verborrea. Cierto que el mundo sigue estando lleno de escritores subversivos y escandalosos que no aceptarán postrados su reclusión en lo superfluo. Al despuntar este milenio, el texto permanece como nuestra fuente tradicional de contenido, de sentido, el dispositivo original de la imaginación, y los escritores seguirán usándolo como su instrumento elegido, si no el único, a pesar de que no suceda lo mismo con los lectores. Así como nosotros, en este tiempo, a horcajadas entre las dos épocas, seguimos fusionando el texto con toda la hipermedia a nuestra disposición, también seguimos hambrientos de la experiencia ancestral de la lectura, hasta que alguno de los dos (generaciones van, generaciones vienen) se olvide y se convierta en una leyenda del pasado, y esta fusión mágica de imagen, sonido y texto, y quizá también de aromas y de tacto, ocurra en realidad y la Edad Dorada, que se creía ya transcurrida, inicie.

 

Robert Coover
Escritor. Entre sus libros, Sesión de cine y La fiesta de Gerald. Miembro de la National Academy of Arts.