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La psicología y la antropología, pasando por la sociología y la etología, han intentado explicar la génesis y las motivaciones de la conducta criminal. Sus conclusiones son tan variadas como sus métodos de análisis. Con rapidez y profundidad, Andrés Roemer describe algunas de ellas. Las evidencias finales sirven para destruir muchos mitos y reforzar la necesidad de políticas públicas capaces de combatir la criminalidad y sus efectos.


Desde su origen, las ciencias sociales han buscado explicaciones al fenómeno del crimen. Los hallazgos son impresionantes y sugerentes. La vida familiar, el clima, la pobreza, el desempleo, la posesión de armas de fuego, el espacio físico, el medio social, la educación, la desigualdad en la distribución de recursos y de poder, el desarrollo psicológico e intelectual del individuo, todos son factores que, de una u otra manera, influyen en la conducta criminal y deben tomarse en cuenta por quien busca entenderla y hallar medios adecuados de solución. La criminología, la psicología, la antropología, la etología y la sociología contemporáneas pretenden explicar las correlaciones y/o causas de la actividad delictiva, y sus observaciones no pueden pasar inadvertidas para los hacedores de las políticas públicas y los interesados en el crimen y sus implicaciones.

¿Más patrulIas = menos crimen?

Junto con el departamento de policía de Kansas City, la Pólice Foundation condujo un experimento controlado para determinar si los cambios en el número de policías preventivos afectaría el índice de criminalidad o la sensación de seguridad de los ciudadanos. El experimento duró 12 meses (octubre 1 de 1972 a septiembre 30 de 1973) en una zona comercial-residencial de 32 millas cuadradas y una población de 148,385 habitantes.

• En cinco sectores llamados “proactivos”, en términos de altos índices de delincuencia, el número de patrullas fue duplicado con dos automóviles asignados a los turnos, en lugar de una.

• En cinco sectores designados como “reactivos” (pocos índices delictivos) se eliminaron las patrullas preventivas. Estas sólo entraban a la zona en respuesta de un llamado y, el resto del tiempo, permanecían fuera de sus límites.

• En cinco sectores “controlados” (moderados índices delictivos), la asignación de policías se mantuvo inalterada.

Los índices de criminalidad y arrestos se monitorearon cuidadosamente. Se realizaron encuestas para medir posibles cambios en el nivel de miedo de las personas, su percepción del nivel de actividad policiaca y su actitud hacia la policía. Los resultados fueron contundentes, destrozando los supuestos en los que la propia policía preventiva ha basado su legitimidad para operar: las rutinas preventivas de la policía tienen poco valor en la prevención de crímenes. El experimento indicó que duplicar o triplicar el número de patrullas preventivas no redujo el número de crímenes cometidos y que éste tampoco aumentó en aquellos sectores donde fueron eliminadas las patrullas policiacas. Lo que se requiere no son más policías sino mejores estrategias de rotación, vigilancia y disuasión.

Crimen y clima

¿Hay alguna correlación entre el clima y la tasa de criminalidad? La escuela cartográfica o estadística, que relaciona la criminalidad con factores geográficos y climatológicos dice que sí. Los dos principales exponentes de esta escuela son Lambert Adolphe Quetelet y André Guerry. Quetelet concluyó que “el delito es un fenómeno social, producido por hechos sociales detectables y determinables estadísticamente”, que los delitos se cometen con cierta regularidad y precisión cada año, y que hay una serie de factores que determinan que se cometan ciertos delitos en relación a factores geográficos y climatológicos (pobreza, geografía, analfabetismo, clima, edad. etc.). Guerry encontró que, geográficamente, los crímenes contra la propiedad son más proclives a ocurrir en el hemisferio norte, y que aquellos contra las personas se concentran en el hemisferio sur. Esto coincide con las conclusiones climatológicas de Quetelet, que señalan que durante el invierno se cometen más crímenes contra la propiedad y durante el verano contra las personas. Guerry notó también que las relaciones raciales, culturales y laborales específicas de cada región geográfica tenían también alguna influencia en el crecimiento de la criminalidad. Por ejemplo, en el sur había menos industrialización que en el norte, lo cual propiciaba que los crímenes contra la propiedad fueran más propensos en el norte.

¿Los gobiernos dictatoriales reducen la tasa de criminalidad?

Un estudio de las Naciones Unidas para 64 países, del periodo 1970-1975, toma en cuenta el número de criminales y los divide por sexo y grupos de edad, analiza el número de crímenes por categoría, los cambios en patrones delictivos y hace diversas observaciones sobre el control y prevención del crimen. Los resultados son muy interesantes. En una primera aproximación, los crímenes a la propiedad superan por mucho los crímenes contra las personas y los crímenes relacionados con drogas (abuso de alcohol o de drogas, así como tráfico de estupefacientes ilícitos). Sin embargo, cuando se divide a los países en desarrollados y subdesarrollados se observa que la proporción de crímenes contra la propiedad es casi igual a la de crímenes contra las personas en países subdesarrollados, pero es mucho mayor en los países desarrollados (casi 8 veces mayor que la proporción de los crímenes contra personas). En los países comunistas aumentaba la proporción de crímenes contra la propiedad respecto a crímenes contra las personas conforme estos países se industrializaban y urbanizaban. También aquellos Estados con gobiernos dictatoriales sufrían de mayores tasas de criminalidad conforme se abrían a procesos de modernización.

El afecto, la familia y el crimen

Los criminales, en general, pueden distinguirse por su impulsividad, agresividad y su bajo nivel de sociabilidad. Estas características podrían ser magnificadas o atenuadas por la familia. dado que ésta juega un papel decisivo en la genealogía de la delincuencia. Con mucha frecuencia, es en una situación familiar conflictiva donde nacen las reacciones delincuenciales. Además, la intervención inadecuada de una familia ayuda a formar la personalidad antisocial del delincuente.

Está la teoría del abandono maternal, que postula dos afirmaciones: la primera establece la necesidad de afecto maternal y la segunda relaciona la falta de afecto con el desarrollo de conductas delictuosas. Es esencial para la salud mental que el niño experimente una relación de calidad, íntima y continua con su madre (o con quien ocupe de modo permanente el lugar de la madre), en la que encuentre cariño y gozo. El abandono maternal se define como un estado en el que el niño no tiene esta relación, y se considera que la separación materna y el rechazo paterno simultáneos explican significativamente casos graves de delincuencia. Sin embargo, Wilson y Herrnstein afirman que no es claro que la privación de la unión madre-hijo sea irreversible. Para ellos, aunque la creación de este lazo pueda ser una condición necesaria, su ausencia no es suficiente para determinar el comportamiento criminal de una persona. Los estudios hacen notar que es posible la transmisión de la conducta delictuosa tanto por el modelaje de actitudes y conductas como por el reforzamiento directo. Lo anterior indica que, en general, la presencia de un delincuente en la familia está asociada con el incremento de la probabilidad de que haya otro. Los estudios que explican la influencia que los padres ejercen en el comportamiento de los niños a través de la crianza coinciden en que no es tan relevante la cantidad de castigos impuestos, sino la forma en que los padres actúan respecto a un comportamiento no aprobado.

Un estudio de William y Joan McCord encontró que los niños delincuentes son dos veces más propensos que los no delincuentes a venir de hogares donde las prácticas disciplinarias eran conflictivas y no cariñosas (indiferentes), laxas y erráticas (permisivas), lo que provocaba que los jóvenes delincuentes tuvieran un horizonte de planeación mucho más corto.

Por supuesto, no todo el comportamiento criminal puede ser adjudicado al trato de los padres respecto de sus hijos. Factores que se relacionan con el comportamiento criminal (que forman una “correlación espuria”, sin llegar a ser parte de una estricta relación de causalidad) son, entre otros:

1. Baja inteligencia de los niños.

2. “Excesivo” número de miembros en la familia.

3. El comportamiento anti-social de los padres.

4. Bajo nivel de ingreso.

5. Prácticas disciplinarias inadecuadas.

6. Un medio adverso al desarrollo personal.

7. Amigos y pandillas proclives a actos delictivos.

Aunque la familia no es el único factor que influye en el comportamiento criminal de un individuo, ciertamente es un factor de suma importancia. Dado que diversos estudios señalan que el comportamiento criminal es algo que surge desde una edad temprana, las políticas orientadas a mejorar el entorno familiar de los niños se vuelven vitales en la reducción del crimen.

¿Las familias desintegradas son proclives a “generar” delincuentes?

El término “familia desintegrada” se puede entender como la ausencia de la figura materna o paterna. Al respecto, existe un gran número de estudios que muestran una relación entre familias desintegradas y el comportamiento criminal y los que no encuentran ninguna correlación. La incongruencia que se presenta en los resultados puede deberse a la existencia de correlaciones espurias y no de causalidad; una familia desintegrada puede ser condición necesaria, pero no suficiente. para el comportamiento criminal; y una familia desintegrada puede actuar como elemento que propicie el comportamiento criminal, pero sólo contando con la existencia de otros factores.

La familia desintegrada no necesariamente producirá condiciones que propicien el comportamiento antisocial. Estas condiciones pueden darse al margen del grado de integración de una familia. Sin embargo, se ha encontrado que los hogares “rotos” de manera involuntaria (por muerte) son condicionantes de actitudes criminales en menor medida que los hogares en que alguno de los padres decidió irse o separarse.

Otro tipo de familia relevante en la materia es aquella que maltrata a los niños. Hay un consenso entre los académicos de que en una relación entre niños maltratados y el comportamiento antisocial, el resultado es un comportamiento agresivo. De algunos estudios se puede derivar que el maltrato disminuye el sentimiento de búsqueda de recompensa o satisfacción en la convivencia social.

La influencia de la educación en el comportamiento criminal

Wilson y Herrnstein, apoyados por la gran mayoría de los estudios que abordan el tema, sostienen que las personas con problemas de comportamiento y de aprovechamiento en la escuela son más propensas a cometer actos delictivos. Los autores citan dos teorías respecto a la relación entre la escuela y el comportamiento criminal.

La primera sostiene que el mal comportamiento en la escuela y el comportamiento criminal tienen causas comunes. Tres posibles causas son:

1. El bajo nivel intelectual. El bajo nivel intelectual induce a los niños a dejar la escuela y a rendir menos. Dado que las personas de bajo nivel intelectual son más propensas a delinquir, se dice que el bajo nivel intelectual es la causa común del mal comportamiento en la escuela y el comportamiento criminal.

2. El temperamento infantil. El individuo con temperamento ansioso, extrovertido y agresivo, tendrá problemas para comportarse en la escuela. Dado que éstas son características del criminal, se dice que el temperamento es la causa común del mal comportamiento en la escuela y el comportamiento criminal.

3. Como se analizó, otro factor es la inexistencia de un lazo de adhesión aunado a la existencia de un horizonte de planeación corto. Estas características, que fueron condicionadas en gran parte por los padres, son la causa de la falta de respeto a la autoridad y ayudan a que no se tomen en cuenta las consecuencias futuras de los actos.

La segunda teoría plantea que el comportamiento criminal se explica, en parte, por la influencia de la escuela. Respecto a esta teoría se pueden considerar las siguientes variables:

1. Teoría del etiquetaje (labeling theory): las personas con ciertos rasgos, como bajo nivel intelectual, pueden llegar a ser excluidos debido a que son catalogados como incapaces. Esto influirá en la autoestima del individuo, que buscará a individuos similares, los cuales tendrán un comportamiento antisocial.

2. Teoría de la subcultura: debido a que la escuela provee un ambiente propicio para expresar el rechazo a los valores de la clase media, el individuo tiende a comportase de manera antisocial.

¿La mayoría de los crímenes se cometen entre gente que se conoce?

La impresión creada por las cifras del cuadro inferior es que la mayoría de las víctimas fue asesinada por gente cercana. Sin embargo, esto se encuentra lejos de ser verdad. En este caso, asesinos que conocen a la víctima es una categoría muy amplia. Un gran porcentaje incluye a miembros de pandillas rivales que se identifican unos a otros como miembros de éstas, aunque en realidad no se conocen.

Porcentaje de casos que involucran una relación con la víctima (homicidio)

Relación

 

Familia

18%

Trato conocido

40%

Extraños

12%

Desconocidos

30%

Fuente: Departamento de Justicia de Estados Unidos, Staff del FBI, DC, 1992.

¿Cómo afecta el espacio físico a la conducta criminal? El sentido común y la experiencia diaria nos señalan que hay una estrecha correlación entre el espacio físico y el crimen. El sociólogo Oscar Newman desarrolló la teoría del espacio defendible, que en esencia dice que las personas se pueden defender dado un espacio físico determinado. De esta teoría se derivan tres factores interesantes para la política pública:

1. Territorialidad. La gente, así como los animales, percibe cienos lugares como su propio espacio, que debe defender. Dado este concepto, un cierto diseño arquitectónico puede establecer barreras reales y simbólicas que promuevan el instinto territorial.

2. Vigilancia natural. La “observabilidad” del crimen puede aumentarse diseñando el uso del espacio para incrementar el número de “ojos en la calle”. Esto ayuda a la imposición de la ley y sirve como desincentivo para cometer actos delictivos.

3. Imagen y medio ambiente. La imagen es importante en tanto que un criminal percibe ciertas áreas (colonias descuidadas, por ejemplo) como vulnerables.

Según esta teoría, el espacio defendible aumenta el control social informal reduciendo el crimen. Sin embargo, no hay evidencia empírica que sostenga que el entorno físico de una ubicación geográfica reduce sustancialmente las tasas de criminalidad. Lo que sí sucede es que se reduce el temor al crimen. La evidencia muestra que los cambios en el entorno sí tienen efectos sobre el nivel del miedo. Sin embargo, es importante recordar que el miedo sirve como medida de precaución, por lo cual una reducción en el nivel del miedo deberá acompañarse por un incremento en la productividad en el uso de los recursos.

¿Más armas = menos crimen?

¿Por el hecho de prohibir el uso de estos productos se reducirá el crimen en la sociedad? ¿Es lo contrario? ¿O no existe correlación alguna? La obra More Guns Less Crime (Lott jr.) ha sido contundente y provocativa al demostrar con una serie de estudios y evidencias que en la mayoría de las ocasiones el que la gente se encuentre armada induce a una reducción de la tasa delictiva. Por otro lado, sociólogos especializados en la materia argumentan que muchos crímenes de pasión podrían haber sido omitidos si no hubieran existido pistolas disponibles en las manos de particulares en el momento del conflicto interpersonal. Por último, es interesante enfatizar que para muchas pandillas delictivas disuade saber que una propiedad o persona cuenta con un arma pero, por otro lado, seduce a delinquir porque el “premio” de robar un arma es a la vez “atractivo”. En síntesis, no se puede concluir que las armas aumenten o disminuyan la criminalidad.

Identificando a las víctimas más comunes

En 1983 fueron cometidos alrededor de 40 millones de delitos en Estados Unidos que iban desde el robo de un automóvil hasta el homicidio. En 1982, cerca de siete millones de estadunidenses fueron víctimas de violación, robo o asalto. Los hombres, principalmente aquellos menores de 21 y los mayores de 51 años, resultan víctimas con mayor frecuencia. Entre las personas mayores de 60 el grupo más afectado resulta ser el de las mujeres.

El índice de criminalidad es mucho mayor en las grandes ciudades.

¿El desempleo es una causa de la conducta criminal?

Se puede asumir que para cada cambio en el nivel de riqueza o de desempleo hay un cambio correspondiente en la tasa de criminalidad. No obstante, estudios que abordan este tema no ofrecen conclusiones contundentes. Aun así, existen cuatro maneras en las que el desempleo y el crimen pueden relacionarse: el efecto “necesidad”, la “no causalidad” (es decir, tanto el crimen como el desempleo tienen causas comunes pero uno no es causa del otro), el efecto “afluencia” (algunas personas encuentran el crimen más rentable que un trabajo estable) y el efecto “envidia” (un individuo considera que su esfuerzo merece la misma recompensa que la de otro por lo que quizá le robe una parte de ella).

Por ejemplo, si opera el efecto necesidad, un aumento en el nivel de desempleo causará un incremento en el nivel de criminalidad y, por ende, los programas dirigidos a reducir el desempleo disminuirán también el crimen. Sin embargo, si el desempleo y el crimen tienen causas comunes, los mismos programas afectarán poco o nada las tasas de desempleo y crimen. Si opera el efecto afluencia, una disminución en la tasa de desempleo, que es parte de un aumento general de “bienestar”, podría causar un aumento en la tasa de criminalidad. Finalmente, si opera el efecto “envidia” y se distorsiona la distribución del ingreso podrían aumentar tanto el desempleo como el crimen, aun si personas con ingresos bajos están mejor en términos absolutos. En este caso los esfuerzos por reducir la tasa de desempleo podrían ser inútiles, y los esfuerzos para mejorar la distribución del ingreso podrían tener algún efecto, ningún efecto o un efecto perverso, según cómo cambien las participaciones en el ingreso y cómo las personas evalúen la relación entre esfuerzo y resultados.

Incidencia de la pobreza en los actos delictivos

Analizando la pobreza como factor causal de la delincuencia, tomo estudios realizados en Londres que encontraron que un 56% de los delincuentes provenía de hogares pobrero muy pobres. Sin embargo, no puede precisarse que la pobreza sea el único factor causal de la delincuencia ya que casi la mitad de los delincuentes provenía de hogares lejos de ser indigentes, lo que llevó a la conclusión de que la pobreza es difícilmente la causa única y más influyente de la conducta criminal.

Sin embargo, si tomamos como referencia al Distrito Federal podemos inferir que los delitos contra la propiedad son los que responden con mayor celeridad y amplitud a las condiciones económicas. En 1994, el año que marcó el inicio de la crisis económica más profunda de la historia reciente de México, los delitos contra la propiedad aumentaron en 35.4%. El siguiente año, una caída del 75% en el PIB correspondió a un incremento de 56.64% en las denuncias por robo entre cada 100.000 habitantes. Es claro que las condiciones económicas ejercen una influencia directa en el comportamiento del crimen, particularmente en la tasa de delitos contra la propiedad.

Todas las necesidades que un individuo enfrentó y no pudo satisfacer en su ambiente pueden motivarlo a comportarse de manera delictiva. Si inferimos que la pobreza es causa de frustración debido a que no permitió satisfacer necesidades, el individuo proyectará esto a través del delito. La conducta delictiva es una salida a todas las presiones internas. aunque sólo alivie temporalmente el conflicto.

Paradójicamente, también se puede concluir que la elevación en el nivel de vida va paralela al aumento de la criminalidad. En apariencia, el desarrollo de la actividad económica no tiene sólo por efecto el mejorar el nivel de vida, sino que es. además, fuente de oportunidades suplementarias de criminalidad, por la multiplicación de intereses que engendra.

¿Hay evidencia de que a menor crecimiento económico mayor tasa de criminalidad?

James Q. Wilson afirma que no necesariamente. De hecho, manifiesta que el periodo contemporáneo (1960-1990) ha sido caracterizado por un crecimiento económico y de urbanización notable; pero que, a diferencia de hace un siglo, estos cambios han sido acompañados de una tasa delictiva mayor. En Estados Unidos, entre 1960 y 1978, el nivel de robo se triplicó y el robo de coches se duplicó. Empezando en 1955, el nivel de delitos importantes aumentó en Inglaterra un 10% al año. El nivel de asesinatos en 1960 se elevó de manera considerable en Amsterdam. Belfast. Colombo. Dublin, Glasglow y Helsinki, y el índice de criminalidad subió en Dinamarca, Finlandia. Noruega y Suecia.

En su obra On Character Wilson sostiene que los niveles de crimen son menores en naciones subdesarrolladas que en naciones desarrolladas. Cuando una nación progresa económicamente aumenta el nivel total de criminalidad, pero los crímenes violentos decrecen.

Hay pruebas de que en el siglo XIX los crímenes contra la propiedad aumentaban durante los periodos de recesión y disminuían durante los periodos de afluencia, pero la conexión entre las condiciones económicas y la criminalidad ya no existen. En Estados Unidos los niveles del crimen bajaron entre 1933 y 1960 a pesar de la fuerte depresión entre 1933 y 1940. Un aumento en la criminalidad apareció en un periodo sin paralelo (1960-1980). Aun los investigadores que encuentran pruebas de que los factores económicos tienen un efecto en el índice de criminalidad, conceden que “los grandes movimientos en el índice de los delitos en el último medio siglo no pueden ser atribuidos a la influencia de la economía”.

La edad en relación con la actividad criminal

Las estadísticas muestran que los jóvenes cometen más crímenes que las personas mayores. La edad parece tener un efecto importante, directa o indirectamente, en la frecuencia y tipo de crimen cometido.

Los hombres de 15 a 19 años tienen el más alto índice de arresto por robo de automóviles y asalto en Estados Unidos. Los homicidios y asaltos son cometidos, en promedio, por personas adultas. Las mujeres, generalmente, cometen crímenes en edades más avanzadas que los hombres. Sin embargo, los delitos sexuales, los delitos de narcóticos, los crímenes contra la familia y los niños, manejar en mal estado, el homicidio y la falsificación, aparecen antes en la vida de las mujeres que en la de los hombres.

El tipo de crimen cometido con mayor frecuencia por personas de diferentes edades varía según la ubicación geográfica. En áreas rurales es probable que los delincuentes de cualquier edad sean convictos por crímenes diferentes a los cometidos en áreas urbanas.

La delincuencia juvenil quizás esté relacionada con el comportamiento criminal de los adultos, pero los delincuentes menores de edad de hoy no necesariamente serán los criminales adultos de mañana. Aunque muchos jóvenes delinquen, no todos se convierten en adultos criminales.

Inteligencia

Ha quedado claro que el crimen en mayor propensidad es tanto masculino como juvenil. Sin embargo, es más difícil entender la correlación entre la falta de inteligencia y la propensión a cometer crímenes. Sin embargo, la evidencia muestra que. dejando todo lo demás constante, los criminales tienden a ser menos inteligentes que los demás miembros de la sociedad (sobre todo los que son detenidos con facilidad).

Dada la relación inversa entre la inteligencia y los arrestos por actividad criminal, podemos inferir que entre mayor sea el grado de inteligencia hay mayor conciencia del riesgo y contingencias que provienen del crimen. Por otro lado, los criminales que cometen crímenes impulsivos usualmente son criminales con bajos niveles de inteligencia, mientras que los criminales más inteligentes planean bien su estrategia criminal, son menos impulsivos y, por lo tanto, hacen más difícil su captura (no incluyo delitos de “cuello blanco”).

La “teoría biológico-genética”

Una nueva era se inicia en el último cuarto del siglo XIX con los intentos por explicar biológicamente el crimen. La criminología biogenética fue desarrollada en sus orígenes por Cesare Lombroso, cuyo argumento radica en la existencia de factores biológicos que determinan las tendencias criminales. Siguiendo a este autor, los representantes de esta corriente buscaron variables y factores que producen la diferencia entre criminales y no criminales.

Lombroso intentó verificar su hipótesis mediante la confrontación de grupos de criminales y de no criminales. Encontró ciertas características parciales: “poca capacidad craneal, frente huidiza, gran desarrollo de los arcos zigomáticos y el maxilar, cabello crespo, espeso, orejas grandes y gran agudeza visual”, y definió al “criminal nato” basándose en estas características. Charles Goring. sin embargo, en un estudio que comparaba a presos con grupos de control no criminales. y tomando en cuenta las características atávicas y degenerativas (manifestación de rasgos característicos de una etapa de desarrollo biológico primitivo de la raza humana), pudo comprobar que no existían diferencias significativas entre ambos grupos, con lo cual refutó la teoría de Lombroso.

Posteriormente, la biología descubrió que ciertas aberraciones de cromosomas (síndrome de Klinefelter, cariotipo XYY) se encuentran más extendidos entre los delincuentes que entre la población normal. Nadie se ha atrevido a afirmar que se ha encontrado un determinismo biológico directo. Más bien se trata, afirman los estudiosos, de un factor que predispone y cuyo alcance no se revela a menos que haya una interacción con los factores sociales.

 

Andrés Roemer
Doctor en Políticas Públicas. Su último libro es Economía del crimen (Editorial Limusa. 2001).