LA SEGUNDA CAÍDA. UNA HISTORIA DE LOS PRÓXIMOS DOS SIGLOS

POR ANATOL LIEVEN

A la vuelta del segundo milenio, la humanidad parecía instalada en un camino ascendente. ¿Cómo es que todo se fue al traste en justos 200 años? El texto que sigue es un memo sobre la caída del homo sapiens, entre los años 2000-2200 de la Era Cristiana, escrito por un miembro de la tripulación de la tercera misión colonizadora interestelar en el año 2759 de la Era Cristiana, como un registro y como una advertencia.

Ahora él empieza sus guerras contra Dios; Al dar la medianoche. Dios será el ganador. —W. B. Yeats, “Las cuatro edades del hombre”.

Mientras más alto suben, más duro caen, dijo un poeta hace tiempo; y el capitalismo liberal ascendió tan alto y cayó tan duro que partió en dos a la humanidad. La civilización en la Tierra está arruinada; la civilización en los planetas también da muestras de haber perdido su humanidad. Quizás el mayor signo de humanidad entre los inmortales que se encuentran en los satélites y las estaciones espaciales (aparte de nuestro cultivo de los tradicionales vicios aristocráticos), sea nuestro lamento interminable por lo que pudo haber sido si la humanidad se hubiera comportado de manera un poco más sabia, si sus líderes hubieran visto un poco más allá, si el sistema, como un todo, se hubiera restringido más en sus ambiciones devoradoras.

Pero esto no tiene sentido. Muchos sistemas sociales se han fundado en restricciones deliberadas, desde la abstinencia que practicaban los cazadores-recolectores para suprimir sus tasas de natalidad, al Japón de Tokogawa que abandonó el uso de armas de fuego para preservar el orden samurai. Pero, por su propia naturaleza, el capitalismo liberal no podía conocer límites en el avance tecnológico, y apenas conocía unos cuantos límites en conducta social.

Y sí hubo alguna oportunidad de poner tales frenos, tal oportunidad fue minada por la combinación del capitalismo y la democracia. La sociedad humana en la última, y más capitalista de sus formas, se ubicó en la misma franja de sociedades previas —como los aborígenes de Tazmania o los anglosajones después de la caída de Roma— que experimentaron una gran regresión tecnológica y cultural. En el caso de los sajones, tal regresión fue voluntaria. Pudieron imitar a los francos e irse a vivir a las ciudades romanas, pero no quisieron. La regresión del capitalismo no fue, sin embargo, voluntaria. Y, porque al inicio de este milenio el capitalismo era el mundo, se llevó al mundo consigo. No hubo bizantinos o árabes que preservaran la civilización.

Todo sistema cultural, económico y político creado alguna vez por la humanidad, tarde o temprano se encontraba con un desafío al que no podía superar, y que llevaba a la creación de algo nuevo. (La alternativa es la atrofia, que es lo que ahora enfrentamos los inmortales, conforme nuestras vidas se extienden más allá de la capacidad humana para el amor, la lealtad, incluso para las reacciones humanas básicas.) La mayoría de los sistemas fueron derrotados por los defectos de sus propias fuerzas. Para el sistema capitalista, el haber aceptado restricciones severas a la creación de la riqueza, lo mismo que para disminuir las diferencias sociales y los cambios climáticos, habría sido desafiar a su propia naturaleza. Para el capitalismo habría sido tan imposible hacer esto como lo habría para el sistema confuciano en China aceptar el capitalismo liberal de occidente en el siglo 19.

En cualquier caso, no fueron ni el desastre climático, ni el avance del cambio tecnológico, ni la sobrepoblación. ni las revueltas sociales lo que acabó con el capitalismo —y con la humanidad previa a esa caída—. Lo que destruyó el sistema fue la perspectiva de un cambio en la naturaleza de la humanidad misma: la transformación de las más ricas de las elites humanas en lo que es, en efecto, una nueva especie. Y este fue un don que muy pocos seres humanos de cualquier época habrían rechazado: el don glorioso, letal, de la vida. Fue el logro de este don lo que trajo aquello que se conoce como “la segunda caída” (a partir del mito fundador judeo-cristiano).

Hay una creencia entre aquellos inmortales que aún conservan cierto interés por nuestros antecedentes humanos, según la cual todo esto pudo evitarse mediante el comunismo o alguna otra forma de colectivismo surgida de las ideologías de los siglos 19 y 20. A mi ver, esto es profundamente erróneo. La única cosa que pudo preservar a la humanidad anterior a la caída habría sido un rechazo fundamental del materialismo consumista. El comunismo era sólo otra versión, mucho menos exitosa, del materialismo “moderno”.

Gracias a la alta proporción de la gente más rica del mundo que vivía en Estados Unidos en el tiempo de la caída, la mayoría de nosotros los inmortales descendemos de humanos que vivían en esa región; sólo los americanos combinaron la riqueza y la tecnología para escapar del pozo de la gravedad hacia la seguridad de los orbiteros. Tanto por este motivo como porque los Estados Unidos estuvieron en el centro de la civilización humana a lo largo de este periodo, es natural que gran parte de nuestro análisis de la catástrofe se enfoque en la naturaleza de los Estados Unidos, y en el modo en que este país ejerció su poder desde el final de la segunda guerra mundial en 1945 hasta las más grandes guerras del medio oriente que empezaron en 2032.

Si algún país en la historia parecía tener el derecho de sentirse complacido consigo mismo, ese país era Estados Unidos al inicio del milenio. Ese país había jugado el papel central en la derrota de los grandes males políticos del siglo 20, y la adopción de su modelo político y económico trajo un mayor bienestar material a amplias partes de la humanidad. Detrás estaba la derrota en Vietnam; sólo hasta décadas futuras vendría la derrota en el medio oriente. Desde entonces este periodo nos ha parecido como algo cínico, codicioso y egoísta a extremos intolerables; pero las elites occidentales fueron más bien altruistas en comparación con otros periodos.

Sin embargo, los primeros signos de que había problemas aparecían ya a finales del siglo 20. Había crecientes diferencias económicas, sobre todo en Estados Unidos, donde la mayor parte de la nueva riqueza fue a un sector ínfimo de la población. Los esfuerzos cada vez más grandes que necesitaban hacer las familias de clase media para mantener sus ingresos condujeron a la movilización progresiva de toda la fuerza de trabajo femenina y a la erosión de la familia, el único bloque fundamental de construcción social desarrollado por el homo sapiens. Sobre todo —fue la primera sombra de la caída— había una crisis en aumento en los servicios de salud, ya fueran públicos o privados, conforme los fondos eran absorbidos por tratamientos cada vez más costosos, de manera especial por el elevado número de viejos y por la batalla contra los virus mutantes.

Todo esto se fue dando muy lentamente; muy lentamente, y de pronto a una terrible velocidad, de modo que a unos cuantos años del fin aún parecía que un “rally democrático” mezclado con la nueva tecnología podía rescatar al sistema. En las primeras décadas del nuevo milenio, la tenacidad del sistema era visible por las crisis a las que se sobreponía. La crisis financiera asiática de fines de los mil novecientos noventas echó a andar el proceso que eventualmente condujo a la desintegración de Indonesia y a las muertes de 6 millones de personas, pero no fue más que un hipo en el occidente. (Quizá no se recuerde qué era un hipo: era un ligero desorden digestivo de la humanidad previa a la caída.)

La “gran corrección” del 2007 fue más seria. En sí mismo, el crash del mercado accionario causado por el hundimiento de las acciones en internet y software fue sólo una corrección tardía, con limitados efectos directos en las economías occidentales. Barrió con la mayor cantidad de compañías en este sector, pero —igual que con los ferrocarriles en los mil ochocientos setentas o los automóviles en los mil novecientos treintas— todo el desarrollo tecnológico siguió adelante, sin ser afectado.

De modo indirecto, sin embargo, los efectos del crash fueron considerables. El desempleo en aumento contribuyó a una nueva oleada de proteccionismo estadunidense, y las tensiones en Taiwán y la desintegración de Corea del Norte volvieron un hecho el que tal proteccionismo se dirigiría particularmente contra China. Las compañías chinas que atendían a su mercado interno habían sufrido severamente por su apertura a la competencia occidental; ahora, aquellas compañías que se concentraban en exportar a los Estados Unidos empezaron a colapsarse. Esto mutiló el apoyo político interno hacia la liberalización y alimentó una nueva oleada de nacionalismo anti-americano.

Mientras tanto, el orden conducido por Estados Unidos en el medio oriente empezó a desmoronarse, conforme el crecimiento de la población imponía cada vez más tensiones sobre los suministros de agua y la existencia de empleos, al tiempo que la caída en la demanda por el petróleo reducía los ingresos. Las condiciones impuestas por Israel sobre el nuevo estado palestino eran tan severas como para hacerlo inviable. Los levantamientos por todas partes llevaron al colapso de ese estado en el 2019, con una nueva ocupación militar israelí y una nueva oleada de asentamientos judíos. Esto a su vez condujo a nuevos ataques terroristas en los Estados Unidos. No fue sino hasta 30 años después que un grupo terrorista musulmán tuvo éxito en llevar a cabo un ataque de veras catastrófico en los Estados Unidos; pero incluso la limitada atrocidad sarina ocurrida en Nueva York en el 2027, y al parecer planeada desde Afganistán, fue suficiente para traer una intervención militar de Estados Unidos en ese país.

La operación posterior fue sorpresivamente exitosa, aunque el uso de mecanismos robóticos, si bien redujo el número de víctimas estadunidenses, produjo también varios horrores y vergonzosas confusiones. Luego de que miles de animales que pertenecían a tribus amigas fueron barridos por los robots cuando las bestias se acercaban a posiciones militares estadunidenses, los robots fueron reprogramados para que atacaran solamente bípedos. Esto sin embargo condujo a la destrucción del cuartel general del General Talcott, cuando una fuerza de mujadines traspasaron el perímetro disfrazados de cabras.

Aunque espectaculares, las guerras en el medio oriente, y el terrorismo que engendraron, fueron en realidad meros epifenómenos. Como una gran hinchazón detrás de ellas, estaba la crisis verdadera surgida de la naturaleza del nuevo orden mundial, liberal, capitalista y pseudodemocrático. Este orden, y sobre todo la nueva universalidad mediática, mostraron a todo el mundo los estilos de vida de las clases más altas estadunidenses, lo cual condujo a personas, que antes estaban satisfechas con muy poco, a un frenesí de ambición y ansias de adquirir. El efecto de mostrar tales estilos de vida sin ser capaz de ofrecerlos era algo ya visto en los guetos negros de los Estados Unidos durante las últimas décadas del siglo 20; ahora este patrón se repitió por todo el mundo.

Mientras tanto, gracias a la tecnología las elites se habían liberado de todo lazo hacia cualquier sociedad en particular. De hecho, durante estas décadas, la idea alguna vez poderosa de “ciudadanía nacional” se vació poco a poco de todo significado real (un proceso al que exacerbó la inmigración masiva sin asimilación). Las nuevas elites ya no necesitaban a las masas ni como soldados ni como trabajadores, y durante muchas décadas no parecieron amenazadas por sus protestas débiles e incipientes, de modo que no tenían ninguna necesidad de contribuir al “bien común” —justo en el tiempo en que la nueva tecnología hizo de la evasión fiscal algo muy simple de realizar—. Cuando una sociedad en particular se revolvía o desintegraba, sus elites simplemente se cambiaban a una de las grandes metrópolis occidentales donde una gran parte de su riqueza estaba ya resguardada. Mientras tanto, la desproporción entre los castigos legales para los crímenes de la elite y los de las masas regresaron a niveles del siglo 19 o 18, minando la creencia en la idea de una justicia común y objetiva.

Las crisis alimentarias, causadas por una mezcla de sobrepoblación y devastación ecológica, fueron contenidas por el desarrollo de nuevas cosechas genéticas —aunque con reveses enormes causados por el surgimiento de plagas universales y hongos—. Conforme la población global se estabilizó en 11.5 mil millones alrededor del año 2050, surgieron esperanzas de que la mezcla de nueva tecnología, estándares de vida más altos y la ausencia de guerra entre los grandes poderes, había ganado en efecto la carrera contra la crisis.

Y así pudo ocurrir, de no ser por el calentamiento global. Excepto en el sur de Asia, los efectos físicos de esto no fueron tan grandes como suponían los pronósticos. Algunos países incluso se fortalecieron con el desafío, conforme en los Estados Unidos la amenaza común condujo a nuevos sentimientos de solidaridad y propósitos comunes, y en China el estado neo- confuciano redescubrió su antigua raison d’etreen la batalla contra los ríos.

El subcontinente indio, sin embargo, estaba casi condenado, ocurriera lo que ocurriera. Cuando Pakistán se colapso en una revolución como resultado de la intervención estadunidense en Afganistán (como culminación del efecto de la sequía), la India también quedó desestabilizada, y las relaciones internas entre hindúes y musulmanes se deterioraron. El fracaso continuo para lograr el despegue económico minó el apoyo para todos los grandes partidos políticos. Conforme la elite se recluía detrás de muros de seguridad, la clase media en el norte de la India se entregaba a un consolador fascismo religioso, lo mismo que un número inmenso de migrantes rurales, expulsados de sus granjas por las secas del Ganges y el Brahamaputra.

La antigua India era tan tolerante del desorden y el desgobierno que pudo seguir tambaleándose durante años. Pero conforme los campesinos de Uttar Pradesh y Bihar fueron arrojados a las ciudades a causa de la sequía, hicieron su ataque directo contra los bengalíes y los bangladeshis que a su vez se apartaban del delta por el aumento de los niveles del mar. Hacia los años dos mil ochentas, unos 600 millones de personas habían dejado sus casas, el estado bangladeshi se había colapsado, y el estado hindú se había vuelto un fantasma. En las últimas elecciones democráticas de la India (descritas por una revista llamada The Economist como “la prueba convincente de que son exageradas las preocupaciones sobre el futuro de la democracia y el mercado libre en los países emergentes”) las milicias Yadav de Bihar “votaron” utilizando como boletas electorales las narices y las orejas de los bengalíes. Conforme los refugiados aparecían aquí y allá, generando un conflicto étnico o religioso tras otro, el subcontinente entró en el Manthan-yug, el Tiempo de la Batidora. A principios del siglo 23 la población había disminuido tanto que llegó a una octava parte de los 2.2 mil millones que habían vivido ahí a mediados del siglo 21.

La debacle hindú (y otras debacles en áreas pobres del mundo) significó esto: al tiempo en que los países occidentales desviaban cada vez más de sus recursos a la construcción de sus propias defensas contra las inundaciones, tuvieron igualmente que levantar nuevas defensas contra la ola humana de migrantes. Las defensas contra las inundaciones fueron bastante exitosas: de las principales ciudades estadunidenses, sólo Miami y Nueva Orleans debieron evacuarse por completo. Sin embargo, los efectos de la inmigración, y las medidas que se tomaron contra ella, empeoraron las relaciones étnicas a todo lo largo del mundo desarrollado. El mayor descontento no se dio entre las resentidas minorías étnicas de Europa, ni entre las clases más bajas de los Estados Unidos, sino entre los restos de las clases medias bajas, blancas, que vieron su seguridad amenazada por migrantes mejor educados que llegaron del subcontinente indio.

Los contornos del colapso eventual de la democracia estadunidense fueron por tanto visibles un siglo, o más, antes de la caída. En un principio, las nuevas demandas en la batalla contra las inundaciones dieron pie a otras tendencias, al revivir habilidades y virtudes tradicionales. Pero tales virtudes habían sido muy golpeadas por tantas décadas de hedonismo. Y la profundización de las crisis económicas y ecológicas hacia el fin de siglo coincidieron con el invento de la adicción más poderosa conocida alguna vez por la humanidad: la realidad virtual, mejor conocida en ese tiempo como los “feelies”, nombre sacado de una obra futurista hecha a principios del siglo 20.* (Mi abuelo, Anatol Lieven II, fue una de las primeras víctimas de esta tecnología en los años dos mil cuarentas. Se murió por no comer, a la edad de 85, con una mirada de vacío beatífico sobre su cara, mientras estaba pegado a un programa que le daba la impresión de que él era un ruso de la nobleza en la corte de Catalina la Grande.)

A la larga, esta tecnología acabó por transformar las vidas tanto de la humanidad posterior a la caída como de los inmortales. Se convirtió en el núcleo de la mayoría de los futuros empeños artísticos, y rescató a muchos de ellos del estado moribundo en que habían caído durante el siglo 20. Realidades virtuales como la recreación de escenas naturales de la América precolombina (desarrolladas por el “El Loco Tom” Goltz, el jefe militar chamán de Montana, entre los años 2277- 2294), dio alivio al sufrimiento de generaciones de estadunidenses después de la caída.

Más importante aún fue el papel de la realidad virtual en facilitar el camino para la teoría de la transmigración y sus vastagos tecnológicos en el siglo 25. La capacidad para proyectar la inteligencia y la personalidad humanas en los cuerpos de otras creaturas empezó a cerrar la grieta en la conciencia que se había abierto en el amanecer de la inteligencia humana. Bajo la forma de tecno- chamanismo, ayudó también a crear una nueva religión con las más antiguas de todas las raíces humanas.

Todo esto, sin embargo, estaba en el futuro. Hacia los años dos mil ochentas, fueron tan severos los efectos económicos de la extendida adicción a los feelies, y tan perversos algunos de los programas en oferta, que se intentó una prohibición de amplio espectro. (La combinación de las experiencias en la oferta y los avances en afrodisiacos químicos condujo a que esta era fuera bautizada como la era Priápica.) El equipo electrónico requerido para los feelies indicaba que la prohibición sobre ellos tendría más éxito que cualquiera de los intentos previos de Estados Unidos en prohibir placeres dañinos: la prohibición del alcohol en los años mil novecientos veintes y de los narcóticos hasta los años dos mil sesentas. Pero por ese motivo, los efectos de la prohibición en términos de resentimiento social y violencia fueron incluso más grandes que las guerras de gangsters de los mil novecientos veintes o las batallas por las drogas de fines del siglo 20 y principios del siglo 21. La policía clausuró los feeliódromos públicos, pero no tuvo la fuerza suficiente para incursionar en las casas de los ricos —quienes, en todo caso, podían pagar para que se hiciera una excepción con ellos—. Las masas se sintieron privadas de esta maravillosa forma de escapismo, al tiempo en que el empeoramiento de sus condiciones económicas les daba más cosas de las cuales escapar.

El resultado fue la oleada de disturbios y pogroms, que empezaron en el año 2087, donde las turbas destrozaron y saquearon los suburbios de los ricos. Típicamente, tales turbas estaban integradas tanto por extremistas religiosos que buscaban destruir a “los tentáculos del diablo”, como ellos llamaban a los feelies, como por elementos con un objetivo mucho más simple, que era saquear los feelies para su propio uso. La novedad fue que en estos disturbios se unieron blancos y negros, lo mismo que cristianos y musulmanes —estos últimos habían sido objeto de pogroms salvajes en los años dos mil cuarentas, después de los ataques biológicos terroristas hechos por el grupo Habbibulá—. Disturbios similares ocurrieron en muchos otros países.

La crueldad grotesca exhibida por muchos de los alborotadores puede explicarse en parte por la influencia de los mismos feelies. muchos de los cuales remitían a los peores aspectos de los entretenimientos populares en la Roma imperial. Esto fue sólo la última etapa en un largo proceso de la degeneración moral de la cultura popular, que empezó con el desarrollo de la difusión televisiva en los años mil novecientos cincuentas. La eroticidad, la pornografía y, en los extremos, la violencia sádica, ya habían hecho grandes avances mediante la popularidad del film y el video en el siglo 20.

Más importante en el rumbo que tomó la violencia fue una mezcla de penuria económica, caída del estatus social y desplazamiento social y sicológico. Esto fue una reminiscencia de los factores que ayudaron a que se dieran el comunismo y el fascismo en el siglo 20; pero a los viejos patrones de anomia se añadió la disolución general de las familias durante la era Priápica, que condujo a sentimientos de aislamiento y soledad que ninguna sociedad podía soportar por mucho tiempo. Así, la revuelta religiosa que echó abajo el sistema de Estados Unidos en el año 2146 fue precedida un año antes por el Gran Viento, un tornado que destruyó a Omaha y que de modo inevitable fue visto por los creyentes como algo que representaba la ira de Dios.

Los disturbios por los feelies a fines del siglo 21 fueron los primeros golpes internos en el trastorno que llevó a la caída. Pero la causa más importante de la caída fue la ingeniería genética. La irrupción de la “inmortalidad” no fue tan repentina como a veces se piensa. La precedieron décadas de cambios económicos, sociales y médicos que crearon una inmensa brecha entre entre las elites y las masas en los países desarrollados, y entre los países desarrollados y el resto. En muchas partes del mundo, la “democracia” había sido siempre una impostura. Para finales del siglo 21 esto fue también cierto y en general para los países desarrollados, o al menos así se percibía.

Así que en el año 2110, en vísperas de la caída, una mezcla de avances en tecnología médica y genética aseguró que el promedio de vida esperable entre el cinco por ciento más rico de la población estadunidense se había elevado a los 127 años (en Inglaterra, el 2.3 por ciento de la población tenía expectativas de vida de más de 120 años; en Brasil, la cifra era de un 0.9 por ciento; en Egipto, de 0.6 por ciento). La concentración del dinero en salud y en extensión de vida significó también que un 65 por ciento de los 10,000 americanos más ricos eran ahora ejecutivos, doctores y científicos en los terrenos de la salud y la ingeniería genética.

La vasta y más grande expectativa de vida de los ricos no se debió simplemente a su capacidad para pagar tratamientos costosos contra el envejecimiento, sino a su capacidad para aislarse ellos mismos de las muchas plagas nuevas y de los mutados viejos virus y bacterias, resistentes a los medicamentos, que ahora atormentaban a todo el mundo. En particular, la expansión de estos virus fue a dar en que los hospitales públicos (o privados con seguros financieros baratos) estaban sujetos a convertirse en trampas mortales.

Hacia los años dos mil setentas, las enfermedades surgidas en los hospitales y resistentes a los medicamentos habían regresado la mortalidad infantil en Europa a los niveles que tenía en el año de 1850. El nivel general de salud estaba aún por encima de sus niveles anteriores al siglo 20, y en las partes menos desarrolladas del mundo la mayoría de la gente aceptó sus nuevos sufrimientos con el mismo fatalismo con el que había soportado a sus viejos sufrimientos. Pero en los países desarrollados, las masas, y sobre todo las clases medias, veían a los servicios de salud garantizados por el estado como su derecho democrático; se habían vuelto parte de la “economía moral” sobre la cual descansaba el sistema democrático capitalista.

La tensión sobre los servicios de salud pública fue hasta cierto punto compensada por el enorme avance hecho para desarrollar medicinas preventivas baratas contra enfermedades comunes como el cáncer y las enfermedades del corazón. No menos importante, el promedio de expectativa de vida del 80 por ciento de la población estadunidense se había estabilizado en unos 65 años, un poco más que sólo la mitad de la extensión de vida de los ricos. En China, el promedio de expectativa de vida para la masa de la población era de 55 años; en Brasil era de 47. Para este tiempo no se podía disponer de cifras confiables al respecto en países del subcontinente indio y la África sub-sahareana. Estos descensos se habían prefigurado más de un siglo antes, en el descenso en picada de los índices de natalidad rusos luego del colapso de la Unión Soviética y la quiebra de su sistema público de salud (cuando la expectativa de vida para la población masculina cayó de 66 a 59 años). La nostalgia de los rusos y de otros pueblos, antes soviéticos, por sus beneficios perdidos fue una de las razones por las cuales —a pesar de la recuperación económica a principios del siglo 21— el nuevo orden capitalista nunca, en realidad, se estabilizó, ya fuera bajo una forma democrática o autoritaria.

En el año 2112 la Corporación Clinton anunció que sus laboratorios habían logrado la Total Regeneración del Cuerpo (TRC) —algo que parecía ser la inmortal i- dad. Lo que en principio fue desechado como una maniobra publicitaria para una extensión menor de tratamientos ya existentes, fue luego un hecho aceptado por la mayoría de los científicos durante los siguientes cinco años—. Este proceso casi se había logrado en los años dos mil treintas, pero la investigación fue interrumpida luego de que los primeros experimentos en humanos condujeron a cánceres horripilantes. (Por supuesto, como sabemos ahora, nada ni remotamente cercano a la “inmortalidad” es de veras posible para el cuerpo o la mente del homo sapiens. Las regeneraciones repetidas cada 50, o cada cincuenta y tantos años, destruyen eventual- mente la integridad de todo el sistema, y después de unos 300 años —en muchos casos antes— se presenta toda una variedad de degeneraciones. Más aun. como lo sabemos por la gran mayoría de los inmortales que vivieron sus primeras décadas en el planeta Tierra en el siglo 21, la educación inadecuada y la mera imaginación conducen de modo eventual al socavamiento de la resistencia física y psicológica a causa de un ennui terminal. El primer ejemplo que se registra de esta condición fue el caso del antes petrolero millonario texano, Walter Hackenfurz, que cayó en cretinismo incurable en el segundo orbitero de Marte en el año 2372. luego de ver el mismo juego de béisbol unas 16,000 veces.)

De modo predecible, la primera acción de los gobiernos en todo el mundo fue el de imponer estrictas prohibiciones a la TRC; de modo igualmente predecible, estas prohibiciones fueron violadas de inmediato, empezando por los ricos más viejos que se aproximaban al final de sus trechos de vida. Debido a que la TRC fue sólo una extensión (con una diferencia importante) de aproximaciones ya existentes, era muy difícil evitarla sin desmantelar a toda la tecnología de extensión de vida a la que las elites mundiales estaban ahora firmemente agarradas. Conforme se regó la especie de que había quienes evadían a las prohibiciones en este terreno, la inquietud de las masas creció.

Los electorados en los países desarrollados comenzaron a insistir en que la “inmortalidad” debía ofrecerse a todos, y los gobiernos empezaron a acceder al poder haciendo de esto su programa. En algunos cuantos estados como Suiza y Suecia, con un esfuerzo titánico de solidaridad social y unidad nacional, pudo lograrse algo al respecto. Pero incluso en estos casos, tal cosa no fue cierta para un inmenso número de inmigrantes; y en Estonia, un intento de excluir a la muy sufrida minoría rusa dio paso a la tercera y última revolución en la Rusia misma.

Los movimientos religiosos en todo el mundo empezaron a movilizar a sus seguidores en defensa de la humanidad que se acogía al orden divino; y como se hizo evidente que la mayoría tendría que vivir y morir como humanos, les gustara o no, sus integrantes crecieron muchísimo. Los extremistas cristianos lanzaron una andanada mortal de ataques contra las clínicas de regeneración, siguiendo el patrón establecido por los Compañeros de la Imagen Divina en el medio oriente, los Auto-Sacrificadores de Japón y los Humanistas de- Francia. En el año 2146 una gran multitud de fundamentalistas cristianos, al grito de “Larga vida a la muerte”, se abalanzó sobre el Capitolio en Washington, dando como resultado que la mayoría ele las instituciones se mudara a Boulder, Colorado.

Mientras tanto, el azote simultáneo ele la desintegración ecológica, social y económica, y la promesa occidental ele regeneración, habían puesto en marcha a inmensas poblaciones. En el año 2149. la guerra irrumpió en los Balcanes cuando el ejército turco intentó acceder por las armas a los beneficios médicos estadunidenses. En el año 2152, luego de que un numero calculado en 90,000 mexicanos y centroamericanos fueron asesinados por minas y rifles automáticos en la frontera ele Estados Unidos y México, estas defensas cedieron, al quedar casi literalmente sepultadas bajo los cadáveres. El sur de los Estados Unidos se disolvió en la anarquía. (Los principales estudios-feelie de Hollywood se salieron a tiempo, y se mudaron a Bournemouth, en Inglaterra. El clima del sur de Inglaterra era entonces tropical, antes ele c|ue los cambios en las corrientes del Golfo sumieran a la Europa occidental en temperaturas canadienses.)

Enfrentados a la necesidad de una movilización total de la nación, los ejecutivos estadunidenses intentaron lanzar una nueva prohibición a las regeneraciones, pero fue rechazada por el senado de Estados Unidos, cuyos miembros estaban ya envejeciendo. Al día siguiente, la 82ava división aérea disolvió el Congreso y poco después en ese mismo año reemplazaron al último presidente de Estados Unidos, Mee Mee Bush IV, con un consejo militar. Otras unidades entraron al pleito, y Estados Unidos se deslizó rápidamente en un torbellino de clanes militares rivales, desde los Mormones de Utah hasta los Bautistas Bush de Alabama y la Legión Tebana de San Francisco.

Igual que sus equivalentes en otras partes del mundo, la mayoría de éstos se dedicaron con feroz determinación a destruir las clínicas regenerativas y a exterminar a sus beneficiarios, fácilmente identificables por la apariencia de cuero, con un débil color naranja, de su piel. También se abocaron a destruir cualquier sociedad que hubiera tenido éxito en lograr que la regeneración fuera algo ampliamente disponible. Japón fue devastado por un ataque nuclear de los Bautistas estadunidenses en el año 2178, y la consiguiente respuesta japonesa, aunque limitada, bastó para reducir a Norteamérica a un estado de barbarie del cual nunca ha vuelto a recuperarse.

La rediviva convención de que los gobernantes debían ser sacrificados ritualmente, o darse muerte ellos mismos, como culminación de sus cargos públicos, fue comenzada por el Emperador de Japón en el año 2145. Tal cosa no estimuló la búsqueda de talento administrativo. Más aún, el conocimiento de la muerte inminente dio en que los gobernantes, no de modo antinatural, desarrollaron un deseo cada vez mayor de pasársela bien mientras estaban en el cargo. Se cree que Boris Williams, el dictador de Boston, llegó a tener 150 concubinas humanas y unas 500 concubinas electrónicas y “cyborg” antes de morir en el año 2386.

Puede parecer sorprendente el que, con instrumentos de control de masas del siglo 22 a su disposición, las elites del mundo permitieran que las expulsaran y coartaran de la inmortalidad de esta manera —aunque algunos miembros de ellas pelearon duro por la inmortalidad—. Uno de los mejores programas de control de multitudes fue lanzado por las corporaciones cibernéticas del noroeste del Pacífico, que bombardeaba multitudes con manipuladores electrónicos, que emitían ondas cerebrales pacificadoras y derivadas de musicales del siglo 20 como, notablemente, The Soitnd ofMusic. Esto salvó de manera temporal a las elites corporativas locales, pero redujo a 11 millones de personas a un estado de imbecilidad. En Texas, el cártel petrolero roció a las multitudes con un gas afrodisiaco para el sistema nervioso, mientras el cielo era cubierto de gigantescos hologramas pornográficos.

Al final, sin embargo, las defensas terrestres de los inmortales fueron socavadas por dos factores principales. El primero puede cifrarse en el viejo dicho: “¿Quién vigilará a los vigilantes?”. Se demostró que era imposible extender la promesa de regeneración a a la mayor parte de los policías, soldados y Guardias Nacionales en los Estados Unidos, ya no se diga en países más pobres, y tarde o temprano acabaron por rebelarse contra sus amos. Más importante fue que por lo menos algunos de los inmortales no necesitaron hacerles frente y pelear —de otro modo, no estaríamos aquí—. Viendo lo que se venía, muchos grupos corporativos y académicos y muchos liderazgos nacionales se habían asegurado de que la regeneración fuera una oferta para las tripulaciones de los principales satélites y bases planetarias y lunares, y de las naves espaciales que les servían. Conforme se intensificó el caos en la Tierra, la gente que podía comprar o sabía comandar una nave espacial huía del pozo de gravedad nimbo a otros mundos.

Los inmortales tenemos una tendencia —enraizada, en parte, en la culpa— a ver la historia humana anterior a la caída simplemente como una crónica de codicia, miopía y locura. Haríamos mejor en tomar, para nuestra aproximación al homo sapiens y su caída, las palabras de un líder negro del siglo 20, WEB Du Bois, sobre el mundo del viejo sur estadunidense que se vino abajo en la primera guerra civil de los Estados Unidos: “Es algo muy difícil vivir asediado por el fantasma de un sueño que no es real; ver la amplia visión del imperio extinguirse en verdaderas cenizas y basura; sentir el tormento que sienten los conquistados, y no obstante saber que pese a todo el Mal que cayó en un día oscuro, se dio fin a algo que merecía vivir, algo que fue asesinado y que en justicia no se había resuelto a morir; saber que con lo Bueno que triunfó, triunfó algo de lo Malo, algo sórdido y amenazante, algo inferior a lo más anchuroso y mejor. Todo esto es de una amargura…”.

Debimos recordar esto conforme nos separamos de nuestro sistema solar rumbo a la libertad y nimbo a nuevos mundos. Porque si en alguna etapa de nuestros viajes nos encontramos con una civilización ajena y más alta, entonces —igual que nuestros ancestros de la era capitalista— nosotros también nos enfrentaremos con un desafío al cual nuestro sistema de vida es incapaz de responder. Quizá se trate de un desafío glorioso en muchos sentidos, un desafío transformador y liberador para algunos, pero también una catástrofe para muchos y el fin de todo lo que hemos conocido. Entonces también nos haremos eco de las palabras del Profeta, repetidas en la última encíclica del Papa católico en Roma, mientras las llamas de la hoguera lo rodeaban en el año 2153: “Un Fin ha llegado, el Fin ha llegado, vino por vosotros, mirad: ha llegado. La mañana ha llegado a vosotros, oh vosotros los que moráis en la tierra”. n

Traducción de Luis Miguel Aguilar

Anatol Lieven. Sénior Associate del Carnegie Endowment for International Peace en la ciudad de Washington. Este artículo apareció por primera vez en la revista Prospect, www.prospect.magazine.co.uk

* El autor se refiere a Brave New World ( Un mundo feliz), la novela de Aldous Huxley publicada en 1932. (N. del T.)