EL ÚLTIMO DE LOS PLACERES

BRILLAT-SAVARIN

POR ALMA GUILLERMOPRIETO

Su nombre es famoso. Su único libro es una obra cumbre de la civilización a la que aún pertenecemos, y se ha vendido de manera continua desde su primera edición en 1825. Algunos de sus aforismos —Dime qué comes y te diré quién eres, y Aporta más a la felicidad de la raza humana la invención de un nuevo platillo que el descubrimiento de una estrella— son tan parte de la cultura que ya nadie se acuerda que fue él quien los formuló. Para sus auténticos herederos, que son todos aquellos que comen o guisan con la convicción de que el buen alimento es un placer trascendental, su texto debería de ser libro de cabecera. Y sin embargo la obra de Jean Anthelme Brillat-Savarin la conocen pocos, porque le puso un título —La fisiología del gusto— digno de un ladrillo teórico, un ejercicio ele pedantería. ¡Qué desgracia para todos los que se han perdido su lectura!

Brillat-Savarin nació en 1755 en el seno de una próspera familia burguesa. Generoso, entusiasta, bien instruido a la manera de su ciase, dotado de una gran modestia y al mismo tiempo de una pequeña vanidad encantadora y coqueta (sobre todo cuando presume, con una serie de seudoanglicismos y palabrejas medio españolas, de su dominio de los idiomas), nuestro héroe tuvo una vida tan accidentada como cualquier otra en tiempos de la Revolución francesa. Monarquista liberal, se auto-exilió en Suiza y posteriormente en Estados Unidos hasta que con la muerte de Robespierre le dieron ganas de volver a Francia. Se estableció en París, donde trabajó y fue conocido hasta el final de sus días no como autor sino como un cumplido juez del Tribunal de Casación.

Poco antes de morir decidió pagarse él mismo la edición de una serie de textos que había ido elaborando a lo largo de varios lustros. Antes había escrito y publicado algunas monografías sobre arqueología y administración pública, entre otros temas, pero ni él ni ninguno de sus muchos amigos consideraban que eso le mereciera el título de “autor”. (En cambio todos sabían de su amor por la comida, y respetaban su exigencia de que, cuando hablara del tema, se dirigieran a él como “profesor”.) Con su gran modestia, afirmó que al armar en forma de libro una colección de meditaciones, anécdotas y ensayos sobre la alimentación “me he dado una satisfacción propia. He mencionado a varios de mis amigos, quienes difícilmente esperaban tal cosa; he vuelto a algunos recuerdos agradables, y renovado otros que estaba a punto de olvidar; y me he permitido algunas humoradas”. Con su pequeña vanidad, le colocó al todo ese título fatal, que intentaba reflejar la pasión francesa por desmenuzar y categorizar todos los aspectos de la experiencia humana. A Brillat-Savarin le ha de haber parecido un título digno de una gran obra, y del intelectual que aspiraba a ser.

No vivió para enterarse de que su libro causó inmediato deleite y asombro. En un siglo constreñido aún por las formas y las pretensiones aristocráticas, Brillat-Savarin escribió con total correspondencia entre intención y efecto, con amplio dominio del idioma y, sobre todo, con una sencillez que parece milagrosamente espontánea (aunque no dudo que haya pasado noches desveladas rehaciendo y puliendo sus ensayos). Leyéndolo, Balzac proclamó que “ningún escritor francés, desde el siglo XVI y si exceptuamos a La Bruyere y La Rochefoucauld, ha dado a la frase tanto relieve ni tanto vigor”.

Es bueno saber todo lo anterior, pero no nos prepara para la experiencia de leer a Brillat-Savarin, pues recogerse en un sillón con su libro y una tasa de té y galletitas, o con una buena copa de vino, es sentarse en el mejor banquete al lado del gordo más conversón, ocurrente, glotón, afable y candoroso que uno pudiera desear como compañero de mesa. Es feliz de estar a nuestro lado. Es feliz de recordar que una tarde le sirvieron a su prima, Madame Recamier, un omelette tan perfecto que esa misma noche a lo largo de toda la cena no pudo hablar de otra cosa. Es feliz de contemplar a una parisina sentada a la buena mesa (“brillan sus ojos, sus labios están suaves y húmedos, su conversación es grata y todos sus gestos son graciosos”). De hecho, el libro entero —no muy largo— es una divagación meditabunda sobre la suerte que ha tenido el ser humano (“capaz de experimentar el deleite sólo pasajeramente”) de haberse topado con el fuego y una sartén.

De sus aforismos me quedo con el que, según yo, se parece más a su entrañable autor: El universo no es nada sin la vida, y todo lo que vive come. Pero no es menos sabio el que inspiró el título de esta columna: El placer de la mesa es para todas las edades, clases, naciones y épocas; puede combinarse con todos los demás placeres, y subsiste hasta el final, para consolarnos de la pérdida de los otros.

II

(N. de la t.) A la hora de pensar en qué fragmento del libro valdría la pena presentarle a un lector que no lo hubiera leído nunca, dudé interminablemente entre su loa a las mujeres gourmandes (solterón, nuestro autor sin embargo adoraba al sexo opuesto), y el pequeño diálogo con que empieza el libro. Opté finalmente por el segundo, puesto que es la presentación de sí mismo que Brillat- Savarin quiso hacer para sus lectores. Vale la pena aclarar que el término de gastronomía apenas comenzaba a circular por aquel entonces, y que las palabras gourmand y gourmanderie están tan profundamente arraigadas en la esencia de la cultura francesa que no pueden tener traducción exacta. Las he dejado en cursivas, pero sugiero que al leerlas los lectores piensen en una especie de glotonería instruida.

Diálogo entre el autor y su amigo

(Terminados los primeros saludos) El amigo: Esta mañana durante el desayuno mi mujer y yo sabiamente hemos decidido que usted debe publicar sus meditaciones gastronómicas cuanto antes. El autor. Lo que la mujer manda, Dios lo quiere. En esas ocho palabras se encuentra el mandamiento parisiense. Pero yo mismo no soy parisino. Y además, siendo soltero… El amigo: ¡Válgame! Si los solteros están hasta más sujetos a esta regla que nosotros, y a veces para nuestra gran desventaja. Pero en este caso ni el celibato podrá salvarlo: mi mujer está convencida de que está en todo su derecho de darle órdenes con respecto al libro, puesto que fue en nuestra casa de campo que usted escribió las primeras páginas.

El autor. Conoces bien, querido doctor, mi deferencia frente a las damas. Más de una vez has alabado mi sumisión frente a sus órdenes. Eres incluso de aquellos que dicen que yo sería excelente marido. Y sin embargo, no voy a publicar el libro. El amigo: ¿Y por qué? El autor. Porque, comprometido como estoy con una vida de estudios serios, temo que los que no conocerán mi libro más que por su título crean que no me ocupo más que de perifollerías. El amigo: ¡Terror pánico! ¿Treinta y seis años de servicio ininterrumpido no son suficientes para afirmar la reputación contraria? Por otra parte, mi mujer y yo creemos que todo el mundo deseará leerlo. El autor. ¿De veras? El amigo-. Los eruditos lo leerán para aprender más, y para completar por sí mismos el entendimiento de aquellas cosas que usted apenas ha señalado.

El autor. Eso podría muy bien suceder.

El amigo: Las mujeres lo leerán, porque se daran cuenta que… El autor. Querido amigo, estoy viejo, hasta me he vuelto sabio: Miserere mei.

El amigo: Los gourmands lo leerán porque usted les hace justicia, y les ha asignado por fin el lugar que se merecen en la sociedad. El autor. En eso sí tienes razón. ¡Es inconcebible que hayan pasado tanto tiempo en el anonimato estos queridos gourmands! Siento por ellos como si fuera su padre; ¡son tan simpáticos! ¡Les brillan tanto los ojos!

El amigo: Ahora sí que he logrado atraparlo. Ya mismo lo voy a llevar con un editor. Que es más: le cuento que ya le he contado su secreto a más de uno.

El autor. No te arriesgues a tanto, porque yo a mi vez hablaré de ti, ¿y quién sabe cuántas cosas podría decir?

El amigo: ¿Qué podría decir? No crea que me intimida.

El autor. No diré que nuestra patria común se vanagloria de haberte visto nacer: que a los veinticuatro años ya

habías publicado una obra fundamental que con el tiempo se ha vuelto clásica; que merecidamente gozas de la confianza general; que tu presencia es tal que inspira confianza en los enfermos; que tu habilidad los asombra; que tu sensibilidad los consuela; eso lo sabe todo el mundo. Más revelaré a todo París (poniéndome de pie), diré a Francia toda {arreciando la voz), al universo entero, el único defecto que tienes. El amigo: (en tono serio) ¿Y cuál sería, por favor?

El autor. Un defecto crónico, que con todo y mis advertencias no has logrado corregir.

El amigo: (con gran espanto) Dígalo ya: ¡es excesivo este tormento! El autor. Comes demasiado rápido. (Aquí el amigo toma su sombrero y sale de escena, sonriente, bastante seguro de que con sus prédicas ha logrado un converso.) n

Alma Guillermoprieto Escritora. Su más reciente libro es Los años en que no fuimos felices.