LA IZQUIERDA Y LA ILUSIÓN ZAPATISTA

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

El  discurso del EZLN Y, como el de la izquierda mexicana, pasa por la exaltación de las diferencias. Esa obsesión le impide formular la pregunta adecuada:¿cómo crear mayorías? José Antonio Aguilar Rivera desarma el “nativísimo esencialisla” “del EZLN y llama a la izquierda mexicana a luchar por la igualdad Marcos no es progresista ni revolucionario; tampoco de izquierda, sino romántico y conservador.

En  1935 Jorge Cuesta publicó un notable ensayo, cuyo extravagante título era “Marx no era inteligente, ni científico, ni revolucionario; tampoco socialista, sino contrarrevolucionario y místico”. La diatriba ponía en tela de juicio los dogmas de fe de la izquierda comunista. El marxismo no era una teoría científica, sino una religión. Para Cuesta, “Marx es la reacción; su genio y su grandeza son el genio y la grandeza de la reacción. Anticientífico, irracionalista, subjetivista, antropomórfico, individualista, místico, teológico y dogmático, su pensamiento no podría haber sido, sin la menor duda, sino la más portentosa suma de todas las virtudes reaccionarias”.1 Las verdaderas facultades de Marx no eran ideológicas sino “místicas y dramáticas”. Más allá de la provocación, lo excepcional aquí es la resistencia de Cuesta a la tiranía de la mayoría. A menudo la izquierda está dispuesta a claudicar del pensamiento crítico en aras de causas que despiertan su entusiasmo. Gustosa aplaca el intelecto y sacude la matraca. Me parece que presenciamos un capítulo más de esa especie de seducción colectiva que con frecuencia aflige al pensamiento progresista.

¿Es el programa del EZLN de izquierda? La pregunta se antoja absurda. La respuesta es obvia: por supuesto que el subcomandante Marcos y los indígenas del EZ son de izquierda. Más aún, son la esperanza de la izquierda no india para renovarse en el páramo de la globalización y el capitalismo desenfrenado. Marcos mismo ha afirmado: “optimistamente pensamos que lo que va a ocurrir [la marcha] será un estímulo para los movimientos de izquierda, muy socavados por el triunfo de la derecha el 2 de julio… la movilización puede ser importante para reactivar la izquierda. No la guía ni mucho menos, pero sí un punto importante para ayudar a reconstituir tanto la izquierda parlamentaria como la no parlamentaria”. La rebelión zapatista y su programa de reivindicación de los derechos y la cultura indígenas ha unido y revitalizado a las fuerzas progresistas de México… y el mundo. Cualquier otra respuesta sería tan disparatada como el aserto de Cuesta sobre Marx. Me parece que el propio Marcos se ha encargado de disipar la duda. No en los miles de comunicados y arengas que han sido minuciosamente recopilados en ocho años, sino en sólo tres líneas. El 8 de enero el sub le dijo a Carlos Monsiváis: “No somos iguales, como no son iguales un homosexual y una lesbiana. No luchamos por la igualdad, en el sentido que todos somos iguales y para todos parejo. Hay diferencias y sobre ellas se tiene que construir la nación”. Este discurso —por más que se diga progresista— simplemente no es de izquierda.

¿Cómo puede ser el “derecho a la diferencia” la principal demanda de la izquierda en un país donde la mitad de la población vive en la pobreza? ¿Es en realidad de izquierdas? Norberto Bobbio sostiene en Derecha e izquierda: “el criterio más recurrentemente adoptado para distinguir la derecha de la izquierda es el de la diferente actitud que asumen los hombres que viven en sociedad frente al ideal de la igualdad”.2

Afirmar que la izquierda es igualitaria no quiere decir que sea “igualitarista” a ultranza. No se trata de que exista igualdad de todos en todo. Los individuos son iguales “si se consideran como género y se les compara con un género distinto como el de los otros animales… son desiguales entre ellos si se les considera uti singuli, o sea, tomándolos uno por uno”. Por supuesto que un homosexual y una lesbiana no son iguales en este sentido. Sin embargo, el componente igualitario de la izquierda es crítico: “se puede, pues, llamar correctamente igualitarios a aquellos que, aunque no ignorando que los hombres son tan iguales como desiguales, aprecian mayormente y consideran más importante para una buena convivencia lo que los asemeja; no igualitarios, en cambio, a aquellos que partiendo del mismo juicio de hecho, aprecian y consideran más importante, para conseguir una buena convivencia, su diversidad. (…] Es precisamente el contraste entre estas últimas elecciones lo que logra, en mi opinión, mejor que cualquier otro criterio, señalar las dos opuestas alineaciones a las que ya nos hemos acostumbrado a llamar izquierda y derecha. Por un lado están los que consideran que los hombres son más iguales que desiguales, por otra los que consideran que son más desiguales que iguales” (las cursivas son mías).3

“La derecha”, continúa Bobbio, “está más dispuesta a aceptar lo que es natural, y aquella segunda naturaleza que es la costumbre, la tradición, la fuerza del pasado”. La izquierda, en cambio, parte de la convicción de que “la mayor parte de las desigualdades que lo indignan, y querría hacer desaparecer, son sociales y, como tales, eliminables”. En sociedades culturalmente diversas, donde existen diferentes costumbres, lenguas, religiones, “el contraste entre igualitarios y no igualitarios se revela en el mayor o menor relieve otorgado a estas diferencias para justificar una mayor o menor igualdad de tratamiento”. Aquí no cabe duda: “igualitario es quien tiende a atenuar las diferencias; no igualitario, quien tiende a reforzarlas”. La izquierda históricamente ha tendido a exaltar más lo que convierte a los hombres en iguales respecto a lo que los convierte en desiguales. La ideología del EZ, en palabras de su vocero, tiende precisamente a exaltar las diferencias y a minimizar las semejanzas esenciales. Suplantar a la igualdad por la Diferencia como valor sólo empobrece nuestro vocabulario ético. Como afirma Bobbio: “la categoría de lo ‘distinto’ no tiene ninguna autonomía analítica respecto al tema de la justicia por la simple razón de que no sólo las mujeres son distintas a los hombres, sino que cada mujer y cada hombre son distintos entre sí. La diversidad se hace relevante cuando está en la base de una discriminación injusta. Pero que la discriminación sea injusta, no depende del hecho de la diversidad sino del reconocimiento de la inexistencia de buenas razones para un tratamiento desigual”.4Hasta hace poco pensábamos que las distinciones étnicas, de religión, de lengua no eran criterios válidos para discriminar a las personas. El discurso neoindigenista busca hacerlas otra vez relevantes. Su lucha es, paradójicamente, por la discriminación. Y esta ideología es, por ello, reaccionaria.

El predicamento —extravío— de la izquierda no es exclusivo de México. El discurso zapatista se encadena con corrientes que en otras latitudes han adoptado posiciones similares. Se pregunta Todd Gitlin: “¿qué es la Izquierda sin comunalidad?”. Lo novedoso, afirma, es que el conjunto de reconocimientos grupales consuma mucha de la energía de aquello que pasa por izquierda. La estrategia de exaltar la Diferencia es tan miope para la izquierda en México como lo es en otros países. En lugar de pensar cómo formar mayorías, recluta grupos minoritarios creyendo que éstos se amalgamarán por arte de magia. La idealización de la “cultura de la resistencia” sólo agudiza este problema. El regodeo con lo marginal impide las alianzas y la conformación de una alternativa política moderna. El EZ esboza una crítica al poder, pero no tiene su propia visión de él. Las banderas de la izquierda deberían ser la búsqueda de la igualdad y la lucha contra el poder arbitrario. Como afirma Gitlin, la obsesión con la diferencia impide que nos formulemos las preguntas adecuadas.5 Hay quienes creen que sin el sacudimiento del 1 de enero de 1994 seguiríamos padeciendo el régimen del PRI. Sin embargo, la “toma de conciencia sobre la cuestión indígena” que se le atribuye al EZ tiene muchos rasgos de nativismo esencialista. Y ello difícilmente ayudará al desarrollo democrático de México.

Sobre Marx, Cuesta afirmaba: “se puede reconocer la mediocridad de su entendimiento; pero no se le puede leer con indiferencia. Se puede detestar el carácter espeso, nebuloso y atormentado de su estilo; pero no se le puede leer sin pasión: por mucho que la razón se le resista, Marx arrebata y cautiva. No es posible desconocer la inmensa fuerza sugestiva, los extraordinarios poderes mágicos de su espíritu, el imperio de la fascinación que ejerce; pero no puede menos que observarse que, en la crítica científica y en la doctrina revolucionaria, esa clase de talento no conduce sino a la superchería y al charlatanismo”. Algo parecido podría decirse del sub. Ante Julio Scherer y las cámaras de televisión, Marcos reconoció no ser revolucionario, sino “rebelde social”. También, al asumirse como militar, se caracterizó como irracional. Los militares, dijo, “son irracionales y absurdos porque buscan convencer con la violencia”. En el discurso del líder guerrillero hay una continuidad con el régimen autoritario mexicano pocas veces señalada. La ideología de Marcos, al igual que la de la Revolución Mexicana, prescinde de la ortodoxia. Es flexible, oportunista y no tiene mucho respeto por las ideas. Apela al sentimentalismo y a la Historia mítica —¿mística?— de bronce. Busca convencer conmoviendo. Puede sustentar de igual forma los más diversos programas políticos: la guerra, la paz, el show. Durante décadas, esa flexibilidad fue la fortaleza del PRI, como lo es hoy del EZLN. Las paradojas de Marcos no están muy lejanas de las contradicciones de los políticos que gobernaron el país por más de setenta años. “Ni de izquierda, ni de derecha, sino todo lo contrario”. Hay mucho echeverrismo en el gobierno de Vicente Fox. También, en las arengas del sub, quien ha instaurado su estilo personal de revolucionar. Ha puesto al día la quebrada retórica de la Revolución Mexicana inyectándole una buena dosis de relajo. En ese sentido es un restaurador. Nada edificante hay en todo esto.

Según Marcos, “este debe ser el siglo de las diferencias, y sobre esas no sólo se pueden reconstruir naciones sino realidades, el mundo. Y de ahí nos vamos a soñar, no nos apena”. Creo que tiene razón; espero que se equivoque. n

José Antonio Aguilar Rivera

Profesor-investigador del CIDE. Su último libro es Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville.

1 Jorge Cuesta: “Marx no era inteligente, ni científico, ni revolucionario; tampoco socialista, sino contrarrevolucionario y místico”, febrero 25, marzo 6, 18 y 25 de 1935, reproducido en Ensayos políticos, UNAM, México, 1990. pp. 50-73.

2 Norberto Bobbio: Derecha e izquierda.

Taurus, Madrid. 1998, p. 135.

3 Ibid., p. 146.

4 Ibid., p. 126.

5 Todd Gitlin: The Twilight of Common Dreams. Henry Holt and Company, New York. 1995. Recientemente Brian Barry ha formulado una crítica similar. Véase: Brian Barry: Culture and Equality. An Egalitarian Critique of Multculturalism. Harvard University Press. Cambridge, 2001.