La traición, escribió Montaigne, es un vicio, ordinario. Para Francisco Martín Moreno, cuyo reciente libro Las grandes traiciones de México goza de un gran éxito de ventas, la traición es moral y políticamente condenable. Jesús Silva-Herzog Márquez opina en sentido contrario. Sin traición no hay gobernantes, sólo mártires o tiranos.

José Vasconcelos, a pesar de sus pasiones, era un solemne. Por eso decía muy sentencioso que había libros que debían leerse de pie. Yo no he leído ningún libro parado ni he sentido en momento alguno el impulso de ponerme en posición marcial con la lectura de un libro. A decir verdad, si de acomodos corporales se trata, prefiero los libros que dejan leerse desde una cama a los libros que exigen ser leídos frente a un escritorio, con lápiz en mano para forzar la concentración. Pero creo que lo que define la experiencia literaria es la disposición de la mente más que la colocación de las piernas. Hay libros que uno lee como deslizándose en un tobogán. Libros frente a los cuales uno llega a soltar amarras y dejarse llevar río abajo en el flujo de las letras. Pero hay otros libros que uno lee como salmón. Libros que invitan a la resistencia, libros que nos llaman a nadar contra sus letras, sus ideas, su tono. Advierto que no encuentro razón alguna para preferir los libros que me hacen tobogán a los que me convierten en salmón. De hecho, entre los libros que más aprecio están estos últimos: letras con las que me peleo. Pienso en ese patético monstruo sentimental que fue Jean Jacques Rousseau. No hay una letra de este demócrata exaltado que no me produzca el impulso de saltar con un “pero”. Y, al mismo tiempo, siento la necesidad de regresar una y otra vez a su lectura.

De ahí nace el disfrute del reciente libro de Francisco Martín Moreno Las grandes traiciones de México, que ha tenido un gran éxito de ventas. Me interesa porque me desafía, porque menea la silla desde la que veo la historia, porque cuestiona mis intuiciones, porque pone a prueba la imagen que tengo de la política y quizás hasta del hombre. Martín Moreno aborda un tema fascinante, el asunto principal de la política: la cuestión de la lealtad y su revés, la traición. Lo hace, por cierto, desde un mirador que se ubica en el extremo opuesto a mi ventana. Reconstruye el tema de la traición en clave épica. Yo quisiera entenderla como un giro moralmente ambiguo dentro de la conversación política.

No  hay duda de que la traición excita pasiones. Pocos insultos tan punzantes como “traidor”. Nadie tan despreciable como él, nadie tan abominable, tan monstruoso, tan inhumano, tan indigno. ¿Por qué tanto encono contra el personaje? Porque, según Judith Shklar, la traición enciende un temor primigenio: el temor a ser abandonado y a ser entregado a los enemigos. Porque rompe un juramento de lealtad, el traidor merece el castigo de los dioses. Quizás es el cuento de Hansel y Gretel el que mejor describe ese miedo originario que está en el subsuelo de nuestro odio.

Erase una vez un pobre leñador que vivía en una humilde cabaña junto a un bosque en compañía de sus dos hijos y la madrastra de éstos. Se trataba de un niño y una niña, el primero llamado Hansel y la segunda Gretel, y la madrastra se ocupaba poco de ellos. La familia apenas tenía qué comer, pues aquel año la cosecha había sido muy mala, por lo que el leñador no siempre lograba procurar a los suyos el pan de cada día. Una noche en que el pobre no podía pegar ojo y se agitaba suspirando en la cama, dijo a su mujer:

—¿Qué será de nosotros? ¿Qué daremos de comer a los niños, cuando ningún dinero nos queda?

—Desembaracémonos de ellos —respondió la madrastra, que no quería nada a los dos pequeños. Mañana, al amanecer, los conduciremos a lo más espeso del bosque, encenderemos un fuego para que se calienten y les daremos un trocito de pan; después nos iremos a nuestro trabajo y los dejaremos solos de modo que no puedan encontrar el camino de vuelta a casa.

—¡Nunca haré tal cosa! —respondió llorando el leñador—. ¿Crees que iba a ser tan duro de corazón que abandonase a mis hijos en el bosque? Las fieras no tardarían en destrozarlos.

—Necio, más que necio! —exclamó la mujer—. Nos moriremos todos de hambre. Ya puedes ir preparando los ataúdes… Y siguió insistiendo, hasta que al final el hombre no tuvo más remedio que acceder a lo que ella quería.

De ahí viene la peste del traidor, nos dice Shklar. La traición despierta el primer terror. Poco tiempo después del abandono Hansel y Gretel estaban en casa de la bruja. Si es cierto lo que dice Elias Canetti en el pórtico de Masa y poder y el primer temor del hombre es ser tocado por lo desconocido, hay un temor paralelo que es igualmente intenso: el miedo a ser abandonado por lo conocido; el dejar de ser tocado por lo querido. El traidor nos abandona y nos entrega al enemigo. Por eso los traidores deben sufrir eternamente en el pozo del infierno. A los traidores, nos recuerda Francisco Martín Moreno, no hay que castigarlos solamente, no hay que expulsarlos de la ciudad, no basta con encerrarlos en un calabozo. No, a los traidores hay que torturarlos lenta y placenteramente, a los traidores hay que cortarles la cabeza, mutilarles el cuerpo, exhibir sus restos en la plaza pública hasta que se pudran y se los coman los perros y los buitres. Son traidores, lo peor de la raza humana.

Me resisto a seguir este retrato del traidor como un perverso simple. Me convence una visión muy distinta, la del sabio Montaigne que en su ensayo sobre los caníbales ubicó la traición dentro de la categoría de nuestros vicios ordinarios. “La traición, la deslealtad, la crueldad, la tiranía son nuestros vicios ordinarios”. La traición, sugiere Montaigne, es un acto común que hay que analizar sin pretensiones moralistas. Eso trató de hacer el padre del ensayo con estos vicios habituales. Lo que me interesa subrayar en defensa del traidor es que su conducta es, por definición, moralmente ambigua. La traición no es simple deslealtad; la traición es un desplazamiento de lealtades. Nunca es llana una situación social. Por eso es debido hablar de complejos conflictos de lealtad que mueven a la traición de algo o de alguien: mi amigo o mis ideas, mi partido o mis convicciones, mi esposa o mi amante, mi iglesia o mi patria. El traidor suele ser leal a algo.

El amor y el Estado atraen traiciones porque ambos aspiran a la lealtad. Pensemos en la odiada razón de Estado, una terrible forma de la traición. Leo a Judith Shklar:

En su forma más sencilla (la razón de Estado), es la doctrina de que los gobernantes no deben seguir sus inclinaciones o sus lealtades personales, sino tan sólo los intereses fríamente calculados de aquellos a los que gobiernan. (…) La pura razón de Estado sólo puede existir cuando un actor político tenga una elección que hacer entre la traición personal y la pública, y no sólo cada vez que algún principio moral público entre en juego en las relaciones de estados. El conflicto ha de ser entre dos tipos de razonamiento dentro de un solo espíritu. No es una lección de política, sino de lealtades personales o impersonales, una de las cuales será traicionada.

Una traición es el desenlace de una disyuntiva de lealtades. Y es por eso que me parece extraño que se pretenda retratar a México como un país de traidores. Que lo fuera, no dice mucho del país, porque a cada paso la historia demanda de los hombres lealtades en rivalidad. En un bellísimo libro reciente, el gran pensador polaco Leszek Kolakowski subraya la ambigüedad de la traición.2 En política nunca puede trazarse fácilmente una línea que separe el bien del mal, en política se escoge siempre entre males, en política el bien absoluto no existe. El traidor absoluto es una invención de los inquisidores. Ya lo decía Talleyrand, que mucho sabía del tema: la traición es un mero asunto de fechas. Un héroe es un traidor oportuno.

Quiero poner un ejemplo de mi resistencia frente al impulso moralizante de los caza traidores. En el capítulo sobre la traición de los mexicanos a México en tiempos de la invasión norteamericana de 1847, Martín Moreno escribe lo siguiente: ¿Qué hicieron los capitalinos cuando vieron desfilar a los contingentes poblanos al lado del invasor? Simplemente los ofendieron, les lanzaron chiflidos y alguno que otro epíteto que en nada lastimó el pudor de los traidores. Los hubiéramos querido ver saltando por encima de sus cabalgaduras, cuchillo en mano, para degollar a estos apóstatas. Hubiera sido muy gratificante saber que les hubieran disparado a quemarropa tiros en pleno rostro o que los hubieran derribado para patearlos hasta hacerlos estallar por dentro. Uno a uno se les debería haber colgado de las fornidas ramas de los ahuehuetes del bosque de Chapultepec. Uno a uno deberían haber perecido fusilados de espaldas a un paredón improvisado asestándoles, acto seguido, varios tiros de gracia para dejar clara constancia de los alcances y de la irrevocabilidad del castigo. La chusma, los léperos en masa, la alta sociedad, la baja, la mediana, toda la sociedad debería haber dado cuenta de estos traidores en lugar de enróstrales el malestar mediante el lanzamiento de un par de cáscaras de naranjas que, además, erraron el blanco.

En otras palabras, los mexicanos no solamente son traidores sino que tienen pésima puntería. Me sorprende la crueldad con la que Francisco Martín Moreno quiere dar castigo ejemplar a los perversos. Me asusta este patriotismo vengador frente a lo que se considera una deslealtad imperdonable. Pienso que la actuación de los mexicanos frente a la desgracia de 1847 es más compleja histórica y, sobre todo, moralmente. Llamar traidores a estos mexicanos que observaron pasivamente el desfile de los invasores me parece un abuso moralista. Recuerdo aquí lo que decía Mariano Otero, en diciembre de aquel año.

Parece por demás inútil el que los escritores extranjeros se calienten la cabeza, buscando en la afeminación o degradación de la raza mexicana, ese indiferentismo que ha manifestado esta nación en la guerra actual, así como es ridículo el que los mexicanos se empeñen ahora en hacerse inculpaciones unos a otros por lo que ha sucedido. Nosotros, por nuestra parte, creemos que todo está explicado en estas breves palabras: en México no hay ni ha podido haber eso que se llama espíritu nacional, porque no hay nación. En efecto, si una nación no puede llamarse tal, sino cuando tiene en sí misma todos los elementos para hacer su felicidad y bienestar en el interior, y ser respetada en el exterior, México no puede propiamente llamarse una nación. (…) Una nación no es otra cosa que una gran familia, y para que ésta sea fuerte y poderosa, es necesario que todos sus individuos estén íntimamente unidos con los vínculos del interés y de las demás afecciones del corazón. En México no es posible esa unión, y basta para convencerse de ello, echar una rápida ojeada sobre las diversas clases que componen esta desgraciada sociedad.

No es asunto de traidores. Es la fragilidad social, económica, cultural del lazo nacional lo que explica nuestra mala puntería. Lo dice muy claramente Judith Shklar, “cuando no hay un consenso acerca del régimen legítimo, la traición es sicológicamente difusa”. ¿Cómo exigir lealtad en una sociedad que no encuentra materialmente razones para la fraternidad imaginaria de la nación?

Diría entonces que la traición siempre tiene sus razones, que no es siempre mala y agregaría que es, en ocasiones, políticamente provechosa. Invito ahora a dos autores que han hecho un brillante elogio de la traición que comparto. Las autocracias se alimentan de héroes, la democracia vive gracias a los traidores, dicen los franceses Denis Jeambar e Yves Roucaute.3 Los cito:

No traicionar es perecer: es desconocer el tiempo, los espasmos de la sociedad, las mutaciones de la historia. (…) El déspota, hijo de la traición, aterrado por las conmociones de la vida, se apresura a proscribirla y, con ella, a todo el movimiento de la libertad. (…) La traición es la expresión política —en el marco de las normas que se da la democracia— de la flexibilidad, la adaptabilidad, el antidogmatismo.

¿Cómo puede construirse una democracia, preguntan los autores, si no se hace desde la traición? El desplazamiento de la lealtad originaria es el origen del consenso. España es un país democrático hoy porque tuvo la bendición de contar con grandes traidores: Juan Carlos traicionó al franquismo, Felipe González abandonó el marxismo, Santiago Carrillo traicionó el proyecto republicano. De ser leales a su causa, la democracia española no habría tenido ese feliz parto. “Gobernar es traicionar”. Y si no es traicionar, gobernar es inmolarse o devastar. El gobernante que no es capaz de traicionar es porque está dispuesto a ser mártir o tirano.      n

Jesús Silva-Herzog Márquez Analista político.

1 “Las ambigüedades de la traición”, en Vicios ordinarios. Fondo de Cultura Económica, México, 1990, p. 260.

2 Freedom. Fame. Lying and Betra- yal. Essays in Everyday Life. West- view Press, Boulder Colorado, 1999.

3 Elogio de la traición. Sobre el arte de gobernar por medio de la negación. Gedisa. Barcelona, 1990.