PALOMAR.

MARCOS DESPUÉS DEL ZÓCALO

POR RAÚL TREJO DELARBRE

Marcos y los 23 comandantes del EZLN ocuparon el Zócalo. Fue una ocupación de paso, antecedida por una entrevista para la televisión y ciertas señales de apertura. Las dudas, sin embargo, continúan presentes La interrogante centraI de estos días es saber hacia dónde Va en realidad Marcos.

“Llegamos y aquí estamos”. No dijo “ya ganamos”, ni ofreció horizontes sobre la lucha que sigue. Enclaustrado en el pasamontañas que empeoraba el calor de 27 grados y después de cruzar la ciudad bajo el sol dominguero, el subcomandante Marcos se encontraba en el momento culminante de su larga marcha. Una década y media preparando la guerrilla y siete años con dos meses manteniéndose en armas desembocaban, al menos por lo pronto, en esa incursión al Zócalo.

Ni el entusiasmo de sus incondicionales, ni el desconcierto de los medios, ni siquiera la previsible indumentaria que forma parte de una mitología que quizás ahora comience a declinar, sorprendieron en ese mitin al mediodía del 11 de marzo. Pero para quienes lo escucharon (que no son necesariamente aquellos que lo vitorearon) el discurso de Marcos fue apagado, repleto de la retórica enervada que enaltece la pobreza de los indios como si fuesen los únicos pobres de México. Fue un discurso de escasa miga política: ni un balance de lo que hasta ahora ha sido el zapatismo, ni el horizonte que se le abría con esa llegada al Zócalo.

“Aquí estamos”, repitió el dirigente del EZLN para regocijo de quienes acudieron dispuestos a aplaudir cada gesto, silencio o monosílabo. Hallarse allí era el asunto central, el medio convertido en fin. No se trataba de recapitular los años en la selva y la Internet, ni de otear los nuevos tiempos del país. Simplemente era el momento: “Llegamos y aquí estamos”.

Pues sí. Vinieron, los vieron y se quedaron. Varios días después de la entrada al Zócalo nadie sabía, ni siquiera ellos, cuánto tiempo habrían de permanecer en la ciudad de México Marcos y los 23 comandantes. La víspera de aquel mitin aseguró que se quedaría todo lo que hiciera falta hasta que el Congreso aprobase la Ley de Derechos y Cultura Indígenas cuya defensa ha sido el objetivo principal de la presencia de los zapatistas en la capital del país.

En ese interés puede identificarse el gran viraje que, para muchos, ha experimentado el Ejército Zapatista que se alzó en armas contra el Estado mexicano y ahora invierte todas sus energías y capital político en la aprobación de una ley. Si ese es el afán del EZLN, en efecto ha tenido un cambio muy drástico. Marcos ya no habla de revolución sino de rebelión social. Asegura que ni a él ni a su grupo les interesa ser parte del poder, pero advierte y busca usufructuar la influencia que su movimiento tiene sobre quienes sí ejercen el poder.

Está por verse, de cualquier manera, de qué dimensiones es el giro de la sublevación en la selva a la circunspección de la vida política institucional en la que ahora ha querido intervenir el EZLN. Marcos dijo que para iniciar negociaciones con el gobierno exigía el cumplimiento de tres “señales”: la liberación de militantes zapatistas encarcelados por diversos motivos, la salida del Ejército Mexicano de la zona de influencia del EZLN y la aprobación de la iniciativa que los legisladores y la Comisión de Concordia y Pacificación elaboraron en 1996. Esas tres demandas no son la negociación sino el requisito que Marcos estableció para comenzarla.

Varias docenas de presos fueron excarcelados especialmente por decisión del gobierno de Chiapas y el presidente de la República ordenó el repliegue del ejército de la mayor parte de las posiciones que tenía en esa región. La aprobación de la Ley Indígena no era tan sencilla. En el proyecto de la Cocopa hay aspectos discutibles como el relativo a las autonomías de los pueblos indios, y poco después de la marcha al Zócalo el EZLN mudaba el activismo de las semanas anteriores por el juego de regateos y presiones con el gobierno y el Congreso para impulsar esa iniciativa.

Seguramente en esos días iniciales de la negociación (que comenzó. como suele ocurrir en estos procesos. por establecer las reglas de la negociación misma) los zapatistas echaron de menos el fragor de la caravana hasta la ciudad de México y la soledad de la selva. El subcomandante parecía irritado al enfrentarse con cartabones distintos a la emergencia y el ultimátum, prácticas que hasta ahora le habían sido tan eficaces. La política institucional es distinta, aunque jamás está exenta de presiones.

Allí se encontraba una de las pruebas más importantes para la nueva vocación que Marcos dijo sostener. Si el contexto que busca ya no es el de la rebelión armada sino el abrigo democrático, antes que nada tendría que reconocer la existencia de intereses distintos a los suyos. Negociar es reconocer al otro. Pactar implica admitir que no sólo nuestros afanes prevalezcan. La aptitud para aceptar ese entorno diverso y exigente se advierte en la tolerancia de la que se sea capaz. Y Marcos, al menos hasta su llegada al Zócalo, fue todo menos tolerante.

La misma divisa que el zapatismo ha enarbolado recientemente, la reivindicación de los indios, junto con todo el significado justiciero que tiene, ha llegado a ser profundamente antidemocrática. La alabanza de quienes tienen “el color de la tierra” es retóricamente atractiva pero encierra el riesgo de un racismo heterodoxo aunque tan excluyente como cualquier otro.

Esa vertiente de su discurso no es nueva en Marcos. Antes ensalzó a los “hombres verdaderos” como si quienes no descienden de las tradiciones indígenas no fuesen ni lo uno ni lo otro. El afán por proponer la superioridad de los indios respecto del resto de la sociedad busca aprovechar los sentimientos de culpa de mucha gente dentro y fuera de México, pero es una actitud notablemente autoritaria. Si uno de los rasgos del proceso civilizatorio tanto en la cultura como en los valores sociales radica en el reconocimiento de la igualdad, lo mismo para ejercer que para recibir derechos, el alegato de los hombres verdaderos y del color de los escogidos constituye una involución cultural y política. Sea cual sea nuestro color, origen étnico o preferencia de cualquier índole, todos tenemos los mismos derechos. El tema de la igualdad para todos los efectos habrá de ser uno de los más importantes en la reflexión mexicana de estos tiempos.

Marcos reivindica a los desamparados pero con un discurso autoritario. Quiere influir en la política institucional aunque todavía con estilos de la política insurreccional. Esgrime y padece el pasamontañas como signo de una identidad mediáticamente intensa sin reconocer que la nueva política se hace sin máscaras. Quizá supere esas contradicciones. Quizás esté realmente dispuesto a cambiar la selva por un nuevo destino. Tiempo al tiempo. Por lo pronto, el subcomandante ha transitado vertiginosamente del festejo en la muchedumbre a la realidad del regateo político. Llegó al Zócalo pero esa, como todas las plazas, es sitio de paso. Al Zócalo nadie llega para quedarse allí. El dilema de Marcos, ahora, es saber a dónde quiere arribar. n

Raúl Trejo Delarbre Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM Director de Etcétera.