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Alan García —acusado por corrupción y enriquecimiento ilícito al final de su mandato— busca una vez más la presidencia del Perú. En estas líneas personales José Miguel Oviedo responde a esa ambición y trae a la memoria el legado de hambre y miseria que dejó Alan García.


Señor Alan García:

Por recientes informaciones de la prensa peruana e internacional, me he enterado que usted es uno de los abundantes candidatos a la presidencia del Perú en las elecciones del próximo 8 de abril. Le escribo para hacerle saber que no sólo no votaré por usted, sino que haré todo lo que esté a mi alcance —esta carta abierta es el primer esfuerzo— para impedir que otros peruanos voten por usted. Todos sabemos que sus posibilidades electorales son por ahora remotas, pero prefiero no correr riesgos en el siempre imprevisible escenario político y que usted aparezca como un candidato viable. En las líneas que siguen trataré de explicarle mis razones.

La primera es que yo ya voté por usted en 1985 y mi arrepentimiento y sentimiento de culpa todavía me persiguen. Debo aclararle que nunca tuve (ni tengo ni tendré) simpatía alguna por el Partido Aprista que usted representa: nunca me gustó la autoritaria estructura interna de la organización. que eternizó como único e indiscutido caudillo a su fundador, Víctor Raúl Haya de la Torre: tampoco el estilo fascistoide de sus manifestaciones populares, su retórica y su ideología gaseosas; y sobre todo el tortuoso historial partidario, lleno de componendas y pactos con el diablo hechos en nombre de la sobrevivencia táctica del partido.

Usted, sin embargo, parecía significar una renovación dentro del Apra, con otro lenguaje y otras perspectivas. La misma posibilidad de que, después de más de medio siglo de luchas, persecuciones y frustraciones, su Partido estuviese a las puertas de un triunfo gracias a un joven líder y no del viejo jerarca, me pareció una oportunidad histórica para sellar largos agravios y heridas y comenzar de nuevo, sin rencores ni atavismos. Sopesé todos los pros y contras, y decidí que, si bien usted no era “mi candidato”, representaba el mal menor y voté por esa mínima esperanza. Mi desencanto —y el de muchísimos peruanos— comenzó muy pronto. Aunque sus floridos discursos, sus gestos telegénicos ante las cámaras y sus habilidades como guitarrista le otorgaron un índice de popularidad muy alto —en verdad, nunca antes visto— como presidente, usted mismo se encargó de defraudar a los que habíamos, ingenuamente, depositado en sus manos nuestra confianza. No sólo su gobierno demostró total ineficacia en un momento de aguda crisis, sino que, con una odiosa insensibilidad, usted decidió aprovechar el caos y desgobierno para enriquecerse ilícitamente y hundir al país en el más negro abismo financiero de nuestra historia.

¿Recuerda usted que durante su régimen la inflación llegó a casi el 10,000%, cifra que es casi imposible de concebir? ¿Recuerda usted que en un discurso oficial llegó a legalizar el mercado negro del dólar callejero llamándolo “mercado paralelo” y a declarar que era el que verdaderamente regía? (Usted tal vez no, porque tomó todas las precauciones necesarias para no ser sorprendido sin dólares), pero yo sí, igual que todos los que tuvieron que sufrir sus consecuencias.

Lo peor de todo esto es que, con su irresponsabilidad y cruda ambición de lucro, usted condenó a millones de peruanos al hambre y a la miseria. Muchos, como último recurso, tuvieron que alimentarse —aunque parezca increíble— con lo que encontraban en la basura, con los productos destinados para la crianza de animales o con lo que, en otras épocas, se desechaba en la cocina. La revista Caretas y otras publicaciones en la época tuvieron que recomendar, como prácticas medidas de sobrevivencia, las virtudes alimenticias de las hojas de la zanahoria y de la remolacha.

Esa generación de fantasmas subalimentados son sus auténticos herederos, señor García. Lo que usted hizo equivale a una forma lenta e indirecta de genocidio; ésa es la mayor acusación que le hago. No contento con eso, usted les pide ahora sus votos. ¿No acaba de invocar acaso las necesidades del pueblo peruano, no ha declarado también su deseo de luchar por los pobres? ¿De dónde saca usted tanto descaro? Una de sus estratagemas es la de presentarse como un mártir de la democracia perseguido por Fujimori y forzado al exilio. Es cierto que desde 1992 usted vive en confortable exilio, alternando su residencia entre Bogotá y París, donde tiene un departamento de su propiedad que no es precisamente une chambre pour étudiant. Es cierto también que la corrupción que usted desató, permitió y aprovechó ha sido largamente superada por la del gobierno fujimorista, que ha hecho empalidecer la suya. Pero no se aflija ni se sienta disminuido: en su época usted hizo al respecto todo lo que pudo y si no pudo más es porque no hubo más que usufructuar. Me aterra la idea de que usted, con espíritu deportivo, esté buscando alcanzar un nuevo récord.

Usted ya ha ejercido su derecho de regresar a su país y a participar en las elecciones. Pero hay una condición previa: antes de presentarse a comicios, usted debería presentarse ante la corte que aguarda su retorno para proseguir el juicio por corrupción y enriquecimiento ilícito abierto en su contra, a la cual tendrá que explicar cómo y por qué durante su gobierno las finanzas del país anduvieron tan mal y las suyas tan bien. Usted dirá que lo acuso sin pruebas. Parte de la sutil habilidad con la que usted actuó —según expertos financieros internacionales que examinaron minaron su caso al término de su mandato— está en el esmero y la destreza que usted tuvo para borrar huellas y hacer muy difícil detectar sus movimientos secretos con el dinero público. De eso se trata, precisamente: de justificar lo que pasó con un dinero hoy gastado, evaporado o discretamente invertido. Por eso, tal vez obtenga una sentencia que lo declare inocente y ayude a su candidatura. Recuerde sin embargo que una cosa es ser absuelto por falta de pruebas y otra, muy distinta, ser inocente.

Demuestre —si puede— ante los jueces que la miseria del país y su riqueza personal en esos años tienen el mismo origen divino e inevitable, al que tenemos que reasignarnos. Como dice el refrán, quien no la debe, no la teme. Eso sí, le reitero que, sea cual fuere el resultado judicial, no cuente ni con mi voto, ni con mi absolución, ni con mi silencio.

 

José Miguel Oviedo
Escritor.