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W. D. Snodgrass es una pieza fundamental de la poesía norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. A su libro Heart’s Needle le debemos la aparición de la llamada ‘poesía confesional”. que adoptaron poetas como Robert Lowell y Sylvia Plath. De W. D. Snodgrass publicamos “Mi padre. Un sketch autobiográfico” en nuestro número de diciembre de 2000


No hay nadie aquí.

Pero los objetos: son reales. No es como si él

Se hubiera quitado o se hubiera ido a otra parte:

No hay otro cuarto y no hay

Regreso. Tu pie o tu dedo podrían

Atravesar esto, como en un agua sin reflejos,

Roja con la arcilla, o como dentro del fuego.

Aún así: los objetos: son reales. Es como si él

Se hubiera quedado inmóvil

En el centro escueto de este piso,

Su mente vuelta hacia una furia concentrada.

Hasta que él se hundió

Como una gran bestia se hunde en las arenas,

Lentamente, sin mirar hacia arriba.

Su propio cuarto se lo bebió.

Qué más podría generar

Esta terracota rabiosa que atraviesa el piso y las paredes,

Que atraviesa las cómodas, las sillas, la mesa y el reloj,

Hasta que todos los ámbitos de vida

Son transformados en energía:

Cruda, definitiva y alegre.

Y  así dio nacimiento a objetos que son reales.

Con qué lentitud tomaron forma, sus hijos, aquí,

Cómo crecieron con solidez y cómo permanecen:

Las crayolas; esas estatuas; el claro jarrón;

El cenicero donde duerme una muchacha, acurrucándose entre las flores;

Este esbelto frasco de vidrio, verde, de donde brota una parra

Y  cuyas ramas rodean a la otra muchacha parda como una rodilla de ciprés.

Y  luego, las pinturas, surgiendo sobre las paredes:

Bañistas, un paisaje; naturaleza muerta con florero;

A la izquierda, una rubia dorada, tendida en magentas con flores dispersas como estrellas;

En el lado opuesto, arriba a la derecha, estas mujeres de terracota, vivas y en un mundo en que se viven los colores;

Y  enmedio, pero con el anhelo de ir hacia ellos, el marino sobre su silla roja-café, él de azul oscuro, ensimismado.

Estos permanecen, exactos,

Dentro del vientre de estas paredes que arden,

Que deben zumbar como la abombada malla eléctrica

Bajo la cual, en la feria, los coches chocadores topan y se dan la vuelta,

Y  hacia la cual, en busca de fuerza, extienden sus varas de hierro:

Como las paredes celestiales de llamas que los viejos magos pudieron ver;

O aquellas etéreas nubes de energía

De donde se forman las constelaciones,

Dentro de cuyo amor ellas giran.

Aquí siguen, reales y últimas. Pero no hay nadie aquí.

 

W. D. Snodgrass

Traducción de Luis Miguel Aguilar