Ayer, la voz cortándose de nuestra amiga común me avisó que había muerto la hermosa señora Conde. Hace ochenta años la llamaron Patricia, como si hubieran adivinado, quienes le dieron nombre, el destino de elegancia interior y lujo de alma que le esperaba.

Descanse en paz, que paz daba verla vivir como quien sueña. Hace ya dos décadas que la conocí. Quiero decir la vi entrar al salón de belleza donde, hasta la fecha, han seguido acogiéndonos cada semana. Empecé a quererla bien mucho más tarde. Porque durante años ella entraba en silencio escondida en un libro y en silencio se iba sin notarse más que por la fineza de su andar y la sobriedad de su gesto.

Era bonita entonces y siguió siéndolo hasta el día de su muerte. Esa mañana, como quien se va de pinta, entré en busca del solaz que puede ser un salón de belleza por ahí de las once y media. La estaban peinando y ella veía hacia el espejo con desacuerdo.

—iQué guapa estás!— le dije porque al verla me subió a la lengua una alegría. Estaba maquillada con mesura, tenía sobre el regazo las delgadas manos de un greco con las uñas recién pintadas de rojo.

Movió la cabeza de un lado para otro como si mis palabras no hicieran sino confirmar su certeza de que la vejez desbarajusta cualquier belleza. Alguna tarde me había respondido a un elogio parecido:

—A estas alturas, con no asustar tiene uno.
Se habían ido muriendo sus amores.

—Ya no dan ganas de contestar el teléfono. Sólo llaman para avisar de un entierro —dijo otro día.

Nos encontrábamos a cada tanto, y cada vez descubríamos que era grato quererse. Yo acabé necesitando de su figura para pensar con claridad a un personaje excepcional al que quiero dedicar parte de la novela que me anda por dentro y con la que lidia en desorden mi desordenada cabeza. Ahora no me quedará sino inventarle la vida que ella había prometido contarme. Tengo para mí el conocimiento de que a la una y media le entraba el antojo de un tequila, de que a las cinco, los martes, jugaba bridge, de que oía mal y lo confesaba, de que era tan coqueta y perfeccionista que murió el mismo día en cuya mañana nos encontramos frente al espejo.

—Estoy leyendo un libro espléndido sobre la vejez —le dije, porque yo sabía que era una lectora apasionada.

—¡Qué tema! —contestó.

—Te lo voy a regalar. Está escrito por un sabio italiano llamado Norberto Bobbio que tiene ahora noventa y un años. Tres más de los que tendría mi padre si no se hubiera muerto.

—¡Qué horror vivir tanto tiempo!

—A él se le nota en paz. Dice que es pesimista, pero yo no creo que uno pueda vivir tantos años siéndolo.

—Quizá por eso ha vivido tanto. Los pesimistas nunca se decepcionan.

—Y tú crees que uno se muera de decepciones. Porque yo soy optimista hasta la idiotez y quiero vivir muchos años.

—Yo no sé de qué se morirá uno. Quizá de cansancio —dijo otro día. A veces es cansado vivir siendo viejo. Nada más anda uno de un achaque para otro.

—Pues no los luces. ¿Cómo te fue en Acapulco?

—Muy bien. Todavía me deslumbra. Por eso fui a despedirme. Ya no voy a regresar.

—Todos tenemos una puerta que hemos cerrado hasta nunca. Eso ya lo escribió Borges. Pero a tu mar has de volver.

—No creo —dijo y cambió de tema.

Días después la visité en su casa. Llovía como llueve en agosto, como si el cielo quisiera herirnos. Me alivió entrar a su estancia cobijada por una luz tenue.

—Siéntate de este lado porque de este otro no oigo nada y ya aprendí a decirlo. Así no le agrego al lío de no oír el de tener que inventar lo que no he oído. Si vieras las conversaciones inventadas que llegué a tener con mi marido. Horas y horas de adivinarnos y contestar sin saber ni uno ni otro de qué estábamos hablando. ¿Quieres tomar algo?

Le pedí un té y me lo sirvió con misericordia. Ella prefirió beber whisky. Nos acomodamos a conversar hasta que la noche se hizo alta.

De nuestra conversación de aquella tarde obtuve mi certeza de que le hubiera gustado leer a Bobbio. Por eso la recuerdo mientras releo:

El dudar de mí mismo, y el descontento por las metas alcanzadas, inesperadas e imprevistas muchas de ellas, siempre han brotado si no cabalmente de la convicción, sí de la sospecha de que la facilidad con que logré recorrer mi camino, para muchos de mis coetáneos inaccesible, se debía más a la buena suerte y a la indulgencia ajena que a mis virtudes, cuando no incluso a algunos de mis defectos vitalmente útiles, como saber retirarme a tiempo.

O cuando leo:

Al no haber estado en paz conmigo mismo, traté desesperadamente de estar en paz con los demás.

Le conté de mi padre que vivió en Italia veinte años y sólo volvió al finalizar la Segunda Guerra.

—Nunca dijo una palabra sobre el pasado —le comenté. Volví a pensar en eso cuando leí en Bobbio:

El fascismo fue una vergüenza en la historia de un país que se contaba hacía mucho en la historia de las naciones civilizadas. De esta vergüenza sólo nos libraremos si logramos comprender a fondo el precio que el país hubo de pagar por la prepotencia impune de unos pocos y la obediencia aunque forzosa y no siempre bien soportada de muchos.

Ya no pude prestarle el ensayo sobre la vejez a la señora Conde. Me hubiera gustado compartir con ella los subrayados que ahora quiero dejar en este puerto, para compartirlos con quienes piensan que la vejez es triste, para los que piensan que no es sabia, para los que no quieren ni pensarla o para los que como yo la imaginan como un lujo y se atreven a anhelarla como parte de su futuro. Siempre me han atraído los viejos. Desde niña quise verlos como quien mira por una esfera de cristal. Pero tras leer las reflexiones de Bobbio en torno a su vejez y la vejez, he querido atreverme a soñar que pasaré los cincuenta y ocho años en que murió mi padre, que estaré a los setenta y siete tan viva como ahora mi madre y que tendré en mi voluntad el arrojo que ella tiene en la suya cuando me promete sin más este domingo que vivirá para alcanzar los noventa y uno en que Bobbio dice al recordar a su abuelo que murió a los noventa y siete: “Nunca hubiera imaginado que yo viviría tanto”.

De senectute y otros escritos biográficos es un libro elocuente y lleno de pensamientos sabios. Un libro complejo que a ratos tiene la bondad de parecer sencillo. La primera parte, que es la que me parece una lectura imprescindible, se llama “De senectute” y es un ensayo dividido en varios, como su nombre lo prevé, sobre la vejez.

No voy a desglosarlo, porque me llevaría un espacio del que carezco y porque tengo la pretensión de convocar a su lectura. Sólo quiero, como quien dice una plegaria, transcribir algunos subrayados en homenaje a los viejos que he perdido, en invocación de los viejos que hemos de ser y en franca reverencia por el viejo sabio que los escribió.

• No siempre quienes hablan uno con otro hablan de hecho entre si: cada cual habla para sí y para el patio de butacas que lo escucha. Dos monólogos no constituyen un diálogo.

• Podría hacer mía aunque en forma paródica la autodefinición de un poeta japonés: “No poseo una filosofía sino solamente nervios”.

• El elogio del diálogo y el elogio de la templanza pueden perfectamente ir unidos y sostenerse y completarse el uno al otro.

• Hablar de sí es un hábito de la edad tardía. Y sólo en parte cabe atribuirlo a la vanidad.

“Biológicamente, yo sitúo el comienzo de mi vejez en el umbral de los ochenta años. Pero psicológicamente siempre me consideré un poco viejo. Incluso cuando era joven. Fui un viejo de joven y de viejo me consideré todavía joven hasta hace unos años. Ahora creo que soy un viejo-viejo.

• No conviene generalizar. Pero estoy dispuesto a reconocer que hay gran cantidad de obras filosóficas, literarias y artísticas que ya no logro entender y que rehúyo porque no las entiendo.

• El viejo satisfecho de sí de la tradición retórica y el viejo desesperado son dos actitudes extremas. Entre estos dos extremos hay otros infinitos modos de vivir la vejez.

• El mundo de los viejos, de todos los viejos, es de forma más o menos intensa el mundo de la memoria. Se dice al final: eres lo que has pensado, amado, realizado. Yo añadiría: eres lo que recuerdas… Que te sea permitido vivir hasta que los recuerdos te abandonen y tú puedas a tu vez abandonarte a ellos.

• Diré con una sola palabra que tengo una vejez melancólica, entendiendo la melancolía como la conciencia de lo no alcanzado y de lo ya no alcanzable. La melancolía está atemperada, no obstante, por la constancia de los afectos que el tiempo no consumió.

• La sensación que experimento al estar todavía vivo es sobre todo de estupor, casi de incredulidad.

• La fortuna tiene los ojos vendados, pero el infortunio nos ve perfectamente. Hasta ahora he estado bajo la protección de la invidente, cuyos protegidos, precisamente por ser elegidos a ciegas, no pueden jactarse de nada. Pero no estoy en condiciones de responder a la pregunta: ¿hasta cuándo?… No lo sé ni quiero saberlo. El azar explica demasiado poco, la necesidad explica demasiado.

• Pero, aunque nadie en general quiera morir, la muerte llega igualmente para todos. Que sea por azar o por necesidad carece de toda importancia para quien muere.

• Mi muerte es imprevisible para todos, mas para mí también es indecible.

• Los hombres son muy distintos entre sí. Se suele distinguirlos sobre la base de mil criterios. Imposible e inútil enumerarlos todos. Pero siempre me ha asombrado que se dé tan poca importancia a un criterio que debería marcar más profundamente su irreductible diferencia: la creencia o no en un más allá después de la muerte.

• Que los hombres son mortales es un hecho. Que la muerte real que hemos de constatar día tras día a nuestro alrededor y sobre la cual no cesamos de reflexionar, no es el fin de la vida sino el tránsito a otra forma de vida imaginada y definida de distintas maneras según los distintos individuos, las distintas religiones, las distintas filosofías, no es un hecho, es una creencia.

• Desde que empecé a reflexionar sobre los problemas últimos, siempre me he sentido más cerca de los no creyentes.

• Para el no creyente el argumento principal es la conciencia de la propia poquedad frente a la inmensidad del cosmos, un acto de humildad ante el misterio de los universos mundos.

• La respuesta del no creyente excluye cualquier otra pregunta.

• Siento curiosidad por saber cómo se imaginan la vida después de la muerte quienes creen en ella.

• Tomar en serio la vida significa aceptar firme y rigurosamente, lo más serenamente posible, su finitud.

• Todo lo que ha tenido un principio tiene un final. ¿Por qué no iba a tenerlo también mi vida? ¿Por qué el final de mi vida iba a tener, a diferencia de todos los acontecimientos, tanto los naturales como los históricos, un nuevo principio?

• Cuando leo los elogios de la vejez que proliferan en la literatura de todos los tiempos, me asalta la tentación de sacar del proverbio erasmiano (en torno a la guerra) esta variante: quien alaba la vejez no le ha visto la cara.

• Dicen que la sabiduría consiste para un viejo, en aceptar resignadamente sus límites. Mas para aceptarlos es preciso conocerlos. Para conocerlos es preciso tratar de explicárselos. No me he vuelto sabio. Los límites los conozco bien, pero no los acepto. Los admito únicamente porque no tengo otro remedio.

• He llegado al final sin ser capaz de una respuesta sensata a las vicisitudes de las que fui testigo me plantearon de continuo. Lo único que creo haber entendido, aunque no era preciso ser un lince, es que la historia, por muchas razones que los historiadores conocen perfectamente pero que no siempre tienen en cuenta, es imprevisible.

• Cuantos de la historia hacen una profesión y con mayor motivo los políticos que son asimismo actores de la historia de un país, harían bien en comparar de vez en cuando sus previsiones, en las cuales entre otras cosas se inspira su conducta, con los hechos realmente acaecidos y en medir la magnitud y la frecuencia con que se corresponden unos con otros. A menudo realizo ese control sobre mi mismo. Es muy instructivo y. considerados los resultados del cotejo, mortificante.

• Ahora ya es demasiado tarde para entender todo lo que hubiera querido entender y me he esforzado por entender… ahora he alcanzado la tranquila conciencia, tranquila pero infeliz, de haber llegado solamente a los pies del árbol del saber.

• El gran patrimonio del viejo está en el mundo de la memoria. Maravilloso, este mundo, por la cantidad y variedad insospechable de cosas que encierra… No te detengas. No dejes de seguir sacando. Cada rostro, cada gesto, cada palabra, cada canto por lejano que sea, recobrados cuando parecían perdidos para siempre, te ayudan a sobrevivir.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.