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Napster es un sitio de Internet donde el usuario tiene acceso gratuito a toda la música del mundo. Ciertamente, Napster pone en entredicho la propiedad intelectual. Paradoja de la globalización: más de 40 millones de usuarios del Napster saben que si la música pertenece al mundo, entonces no pertenece a nadie.


Tres mandamientos inventó George Orwell para la tiranía de su novela 1984: guerra es paz, odio es amor, ignorancia es fuerza.

Hoy el fascismo y el comunismo se ven como simétricos fantasmas en un espejo distante. Las frases de Orwell no han perdido su fuerza como slogans de una pesadilla totalitaria, pero para la mayor parte del mundo no son ya una amenaza sino un recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue.

Pero está pasando que para algunos puede ser peor. Casi sin que nos demos cuenta, el capitalismo se está convirtiendo en comunismo. La frase puede sonar a cinismo amargo. Puede ser un chiste cruel para este nuevo siglo carente de utopías. Capitalismo es comunismo. Lo estamos viviendo. Y lo ha traído Internet.

Ejemplos hay más de uno. Partiendo por Napster, el famoso, el infame software para bajar música de Internet. Recuerdo el asombro de entrar a Napster por primera vez y descubrir con gula que toda la música del mundo estaba a un clic de distancia. ¡Y gratis! De Silvio Rodríguez a Peter Gabriel, de Bach a Gyórgy Ligetti, de lajoni Mitchell a la Luz Casal, de Led Zeppelin a Metallica y Creed, de la Billie Holiday a la Diana Krall. de Albita a Salif Keita y a Nusrat Fateh Ali Kahn. Recuerdo esos ya lejanos meses de mediados de 2000 cuando empecé a bajar canciones y al hacerlo empecé a recordar otras canciones que no escuchaba hace décadas: Los Bric-a- Brac, Buddy Richard. Los Angeles Negros, Los Kinks. Cientos de canciones más tarde, había guardado en el disco duro de mi computador la banda sonora de mi propia vida.

Napster y sus clones. Toda la música que quisiéramos tener la tenemos de pronto en nuestro computador personal para escucharla cuando nos dé la gana. ¿Pero nos pertenece? Para tener acceso a toda la música del mundo, los que usamos Napster —somos ya más de 40 millones— hemos abierto nuestros computadores a todos los demás miembros del club. Cuando yo tengo mi computador encendido y Napster activado, cualquiera de los otros 40 millones de socios puede entrar a mi computador y sacar una canción sin pedirme permiso. Quien usa Napster renuncia a la propiedad de su propia música y la entrega a la comunidad. La propiedad se vuelve colectiva. La música no pertenece a nadie porque nos pertenece a todos. Comunismo, puro comunismo.

Y pensar que este asunto lo inventó un estudiante gringo de 18 años, Shaun Fanning, con su gorro de béisbol con la visera hacia atrás, en el garaje o en el basement de un tío. Shaun Fanning, el niño genio de Internet, hoy convertido en estrella pop y batallando contra toda la industria disquera del mundo, apoyado por los millones de una firma de capital de riesgo y la destreza del abogado más famoso de Estados Unidos.

Capitalismo es comunismo.

Lo que está pasando no tiene vuelta, Napster podrá aliarse finalmente a los sellos disqueros y terminará cobrando por su servicio, pero ya han salido decenas de clones imposibles de acallar. La era de la música compartida a escala planetaria seguirá con nosotros. Y a medida que las conexiones a Internet crezcan en ancho de banda, lo mismo va a pasar con las novelas y las películas. Todas se van a poder copiar millones de veces gratis por obra y gracia de Internet. No extraña entonces que la industria editorial y la industria cinematográfica estén preocupadas: están viviendo el cambio más grande de su historia, sienten que se les viene la muerte. Se acabó el negocio de la distribución de información: todas las canciones, todos los libros, todas las películas, están al alcance de todos instantáneamente por culpa de un niñito criado en el corazón del capitalismo.

Muchos tienen miedo, y no sólo los ejecutivos disqueros. Los artistas, los creadores, tienen miedo porque el concepto de propiedad intelectual también está cambiando para siempre. Hay quienes dicen que ahora los músicos tendrán que colocar directamente su música en Internet y extender la mano pidiendo donaciones voluntarias de la misma manera que un artista callejero muestra su arte y pone el sombrero en la calle para recibir monedas de los transeúntes. Sólo que en Internet la calle se convierte en una pantalla a la que pueden llegar miles de millones de espectadores. Es como estar al mismo tiempo en todas las calles del mundo. Y el que tiene dinero paga lo que puede o lo que quiere por una canción, por un poema, por una novela, por una película. El que no tiene dinero no paga nada. Todos tenemos acceso gratuito e instantáneo al fruto de la creatividad humana. Todos somos público para todas las artes, y todos somos mecenas. “Soy una mesera”, dice Courtney Love, la viuda de Kurt Cobain y vocalista del grupo Hole. “Vivo de las propinas”. Hay que añadir, claro, que también vivirá de los conciertos. De la publicidad. De contratos para hacer presentaciones en vivo.

Sea como fuere, Napster está matando la propiedad privada. Todos los seres humanos de pronto tienen acceso potencial a toda la música del mundo, lo cual es otra manera ele decir que la música no pertenece a nadie. Estamos en el paraíso comunista. O puntocomunista.

¿No es paradójico todo esto? Internet, ese producto de la más reciente encarnación de la sociedad capitalista, ese instrumento para ejercer la libertad individual, inmune a toda censura, está dando origen a una criatura colectiva para la que la propiedad privada deja de tener sentido.

Capitalismo es comunismo.

Hace unos meses conversaba con un colega sobre la creciente falta de privacidad que trae Internet. Todo lo que uno hace está siendo registrado por un sistema computacional. Lo que uno compra con tarjeta de crédito está siendo archivado en alguna parte, los sitios web que visitas quedan grabados en una memoria, los e-mails que envías o recibes pueden ser recuperados y leídos.

Era de noche, en las afueras de Miami. Estábamos comprando cigarrillos en un supermercado y de pronto le dije que la red puede saber cuántos cigarrillos compras, y cómo esa cantidad de cigarrillos diarios aumenta tu probabilidad de sufrir un ataque al corazón o de enfermarte de cáncer, y que la red puede transmitir esa información a tu seguro de salud, y que por lo tanto lo que tendrás que pagar cada mes por el derecho a tener atención médica va a subir cada vez que aumentes tu dosis de tabaco.

—Pero eso es una pesadilla —dijo él—. Se termina la privacidad, la libertad individual.
—Pero es por el bien común —le contesté yo—. Es más justo.

—¿Más justo? —me miró incrédulo—. ¿El bien común?

Claro seguí yo, inspirado. Con el sistema actual, nadie sabe cuánto fumas y todos pagamos lo mismo por el seguro de salud. Y los que no fuman terminan subsidiando a los que sí fuman. Tú pagas menos de lo que te corresponde y la persona que no fuma paga más de lo que debiera pagar. Es injusto y además atenta contra las personas porque privilegia a los fumadores a costa de quienes no fuman.

Lo paradójico de esto, una vez más, es que mientras más capitalista o más individualista se pone el sistema, mientras más evalúa a cada uno exactamente por sus acciones individuales, se vuelve más colectivista. El capitalismo, un sistema económico que ensalza la libertad individual, llega a su máxima expresión en una estructura social que al final restringe al individuo y lo diluye en una especie de entidad colectiva. Fumar hace más caro tu seguro de salud. Es el concepto de “mi libertad termina donde empieza la libertad de los demás” llevada a su máxima expresión.

El sistema capitalista llevado a su máxima expresión trae el paraíso puntocomunista.
Y como decía Joaquín Sabina, “uno no sabe si reír o si llorar/ viendo a Trotsky en Wall Street fumar/ la pipa de la paz”.

 

Samuel Silva
Periodista. Editor adjunto de la revista América Economía.