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Vivir del narco, vivir como narco, eran las únicas cosas que sabía hacer Amado Carrillo. Es la certeza que nos queda después de leer estas páginas intensas que nos muestran los usos y las costumbres de uno de los mitos del narcotráfico en México. Amado Carrillo aparece aquí como lo que fue: el “jefe de jefes”, el Señor que compraba y disponía de voluntades y vidas ajenas.


En junio de 1997, después de poner punto final a sus obras completas, el joyero Tomás Colsa McGregor renunció a la condición de testigo protegido de la PGR y se perdió entre una multitud que recorría el Paseo de la Reforma. Ignoraba que acababa de firmar su sentencia de muerte: dos semanas más tarde fue localizado y ejecutado en la ciudad de México. Sus obras completas eran, en realidad, una larga de serie de declaraciones ministeriales que involucraban a varios políticos en el narcotráfico y revelaban el organigrama del cártel de Juárez, la organización criminal más poderosa del país, luego de la detención en 1996 de Juan García Abrego.

El cadáver de Colsa presentaba las huellas de dos días de tortura indecible: el “sello de la muerte” que la organización comandada por Amado Carrillo solía dejar en sus víctimas. Su ejecución había sido tan brutal, tan sádicamente minuciosa, que de acuerdo con fuentes de la DEA debió ser realizada por un sicario apodado El Manotas, “un enfermo mental que trabajó en el Instituto Nacional para el Combate a las Drogas, que suele ser llamado para hacer el trabajo sucio de los narcotraficantes, y que estrangula a sus víctimas con una bolsa de plástico y un alambre acerado que se desenrolla de un tubo de metal, con el cual corta la sangre y la respiración, y causa síncope nervioso, muchas veces degollando la tráquea”.

Figura secreta en la historia del tráfico de drogas, Colsa había sido un artífice del art narcó, esa estética de relumbrón que caracteriza tanto a policías como a narcotraficantes. De hecho, dominaba el arte de la joyería con tal virtuosismo, que “incluso alcanzó el grado de doctor en esa materia”. Al local que a finales de los años setenta montó en la ciudad de Guadalajara no asistían más que políticos, policías y empresarios, “las únicas personas con suficiente dinero para comprar este tipo de joyas”.

En 1982, sin embargo, su bolsa de trabajo se amplió. Sucedió la tarde en que un sujeto que se hacía llamar Sergio Sánchez Ramos atravesó las puertas de la joyería y encargó la confección de varias piezas, por las que pagó entre doscientos mil y trescientos mil dólares. Sánchez Ramos se llamaba en realidad Gabino Uzueta Zamora y era uno de los jefes más conspicuos del narcotráfico en Jalisco. Le decían El Pico Chulo, pues dominaba como pocos el arte de la conversación. La relación comercial que durante los tres años siguientes entabló con Colsa, terminó por convertirlos en compadres.

Cuando El Pico Chulo fue asesinado en 1985, durante un enfrentamiento con el ejército, Colsa había presenciado varios desembarcos de cocaína realizados en Cancún. y participado en fiestas amenizadas por la banda El Recodo, “que duraban hasta cuatro días”, y a las que asistían los capos principales del tráfico de drogas en México. Su agenda comercial se amplió con una extensa nómina de clientes distinguidos. Narcotraficantes como Manuel Salcido, Rafael Caro Quintero. Pedro Lupercio Serratos y Rafael Aguilar Guajardo, y jefes policiacos como Guillermo González Calderoni, Miguel Silva Caballero y Fernando Ramírez, entre otros.

En 1986, un comandante de la Policía Federal de Caminos, Fernando Ramírez, lo presentó con un hombre que se dijo interesado en adquirir varios lotes de joyas. Se llamaba Amado Carrillo. Y no estaba tan interesado en las joyas: quería, en realidad, contactar a los jefes policiacos con los que Colsa tenía tratos comerciales, “quería que le brindaran protección en el tráfico de drogas”.

Amado Carrillo tenía entonces 32 años de edad y una larga experiencia en el narcotráfico. Solía bromear sobre su nacimiento: “A mí me cortaron el ombligo de un balazo y todavía me huele a pólvora”. Lo cual era cierto: según la biografía realizada por José Alfredo Andrade Bojórges (La historia secreta del narco. Desde Navolato vengo, Oceáno. 1999), el encargado de apadrinar el bautizo de Amado Carrillo —celebrado en Guamuchilito, Sinaloa, en 1954— había sido nada menos que su tío, Ernesto Fonseca Carrillo, Don Neto, quien amenizó el festejo lanzando ráfagas de metralleta al aire “y haciendo que un cantante tocara la canción Bala perdida’ en medio de balazos”.

Cuando Colsa vio por primera vez al capo, la Operación Cóndor había desterrado a los grandes narcotraficantes de Sinaloa, empujándolos a la constitución del cártel de Guadalajara, cuyo titular indiscutible, a la sazón, era Miguel Angel Félix Gallardo. Amado Carrillo figuraba entre las trece cabezas regionales que dirigían la organización, y empezaba a poseer un poder semejante al que tuvieron Rafael Caro Quintero, Manuel Salcido Uzueta, Pablo Acosta Villarreal y Juan José Esparragoza.

El joyero quedó impresionado con el nuevo cliente: le entregó sin dudar los secretos de su agenda, e incluso organizó reuniones a las que asistieron los comandantes Guillermo González Calderoni y Raúl Fuentes, entre otros. De ese modo pudo atestiguar “cómo todos estuvieron de acuerdo en brindarle protección a Amado Carrillo a cambio de recibir cantidades de entre cien a quinientos mil dólares, dependiendo de la cantidad de droga que se lograra pasar”. Las reuniones se prolongaron durante varias semanas. Ninguno de los convocados podía imaginar lo que el capo sinaloense sería capaz de lograr durante los diez años siguientes.

En 1986, sin embargo, muchas cosas habían cambiado para los jefes del cártel. El asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena, ocurrido un año antes, había desatado intensas presiones de parte del gobierno norteamericano. Miguel Angel Félix Gallardo entendió entonces “que alguien tenía que comerse esa podredumbre”, que era necesario realizar una sangría dentro del cártel, y decidió preparar las condiciones para entregar a los gringos una pieza clave: Rafael Caro Quintero, que ocupaba el tercer sitio en la organización.

Lo que Félix Gallardo ignoraba era que ni el escándalo que rodeó la captura de Caro, ni las cinco mil toneladas de marihuana que fueron decomisadas en el rancho El Búfalo, bastarían para poner fin a sus problemas. Un hecho fortuito —desatado cuando la policía descubrió un puñado de armas a través de las ventanas de un inmueble en Puerto Vallarta— provocó ese mismo año la detención de Ernesto Fonseca Carrillo, Don Neto, considerado el número dos del cártel. Por si fuera poco, doscientos agentes federales encabezados por Guillermo González Calderoni ametrallaron un año más tarde, en un rancho de Ojinaga, a Pablo Acosta Villarreal. Aunque parecía que el cártel había quedado deshecho, las circunstancias estaban beneficiando secretamente a una sola persona. Amado Carrillo lo entendió de inmediato. Adoptó el alias de Juan Carlos Barrón Ortiz, constituyó la empresa Taxi Aéreo del Centro Norte —que operaba en Torreón— y adquirió cinco aviones Lear Jet y Cessna con los que, para empezar, introdujo por su cuenta cuatro toneladas de cocaína en los Estados Unidos.

Fue precisamente entonces cuando Colsa lo conoció. Mucho tiempo después, al rendir su declaración ministerial, el joyero recordó la tarde en que se vio obligado, por primera vez, a solicitar la ayuda del narcotraficante. Era el 25 de marzo de 1986. Colsa se encontraba en su casa de Guadalajara, acompañado por Javier García Morales —hijo del político Javier García Paniagua—. De pronto recibió un telefonazo de un capitán del ejército apellidado Vega, quien “le manifestó que se salieran de su domicilio inmediatamente, ya que los iban a matar elementos del Ejército”.

—Tras la muerte de mi compadre El Pico Chulo, Pedro Lupercio Serratos quedó al frente de la plaza de Jalisco —explicó Colsa—. Los mandos militares, sin embargo, creyeron que el que estaba al frente de la plaza era yo, y armaron un operativo para detenerme.

El joyero introdujo cinco millones de dólares en una maleta y se trasladó a la casa que Amado Carrillo tenía en la colonia Country. Mientras el operativo hacía caer a diecinueve personas, el joven capo ponía al joyero en un automóvil “con radio y teléfono para comunicarse en momentos urgentes”, y hacía que los comandantes Fernando Ramírez y Lucio Puente lo escoltarán hasta Zacatecas. Colsa se movió por sí solo a partir de entonces. Finalmente logró abordar un avión rumbo a España, y recaló en Marbella.

“Dedicado a gastarse los cinco millones”, permaneció ahí hasta 1988. Ese año emprendió el regreso y se instaló en Cuernavaca, donde lo detuvo la policía: todavía estaba fresco “el asunto relacionado con el operativo militar”. Aunque se le acumularon cargos por delitos contra la salud en todas sus modalidades, Colsa sólo pasó diez meses en prisión. Un millón de dólares y un ejército de abogados capaces lo sacaron del penal de Puente Grande diez meses más tarde. En la calle lo estaba esperando una mala noticia: Miguel Ángel Félix Gallardo, Juan José Esparragoza y Amado Carrillo acababan de ser detenidos.

En 1989, tras un tortuoso historial de ceses y nombramientos —que incluía una comandancia de brigada en la DIPD, bajo las órdenes de Francisco Sahagún Baca—, el ex policía Adrián Carrera Fuentes se convirtió en jefe de seguridad del Reclusorio Oriente. Poco después de tomar posesión de su cargo, fue invitado a un convivio que iba a celebrarse en el Reclusorio Sur, y en el que participarían internos y autoridades de la Dirección General de Centros de Readaptación. Mientras recorría las instalaciones, el jefe de seguridad del reclusorio, Víctor Manuel Patiño Esquivel, quiso presentarlo con “un agricultor muy rico que había ayudado en los gastos del convivio”. El agricultor se llamaba Amado Carrillo y estaba detenido, “al parecer”, por “un delito de portación de arma prohibida”.

Carrera cruzó sólo unas palabras con él. No volvió a recordarlo sino meses después, cuando, recién ascendido a subdirector de la Dirección General de Centros de Readaptación, tuvo que volver al Reclusorio Sur para una visita de rutina.
Entonces el agricultor muy rico logró acercarse hasta él para saludarlo y le pidió, de paso, “que no lo fueran a cambiar de celda, ya que gozaba de algunas comodidades que le eran permitidas por el jefe de seguridad. Víctor Manuel Patiño Esquivel”.

—El cambio de celda no se realizó y Amado me regaló un reloj de oro marca Rólex, de color dorado, con carátula de color negro —recordó Carrera tiempo después, cuando los beneficios del Programa de Protección a Testigos le hicieron recobrar la memoria.

No fue un Rólex, sin embargo, lo único que el funcionario se llevó a su casa al finalizar la tarde: recibió también un Piaget de oro blanco, con que el narcotraficante Miguel Angel Félix Gallardo le agradeció “el haber accedido a que el cambio de celda no se verificara”.

El cártel de Guadalajara recibía en ese tiempo el sobrenombre de cártel de la Noria (por la colonia donde fue construido el Reclusorio Sur): Félix Gallardo había caído en manos de la justicia a principios de 1989; Amado Carrillo, el 27 de junio de ese mismo año, mientras apadrinaba una boda en un rancho de Badiraguato. El encargado de su captura fue nada menos que el general José Gutiérrez Rebollo, quien le aseguró seis aviones y un arsenal de armas de alto poder. De acuerdo con Andrade Bojórquez, el hecho de que lo destinaran al Reclusorio Sur, donde se encontraba el número uno de la organización, Miguel Angel Félix Gallardo, permitió a Carrillo “estar en el centro de las decisiones” y al mismo tiempo evitar la notoriedad, cobijarse en el anonimato que propiciaba la sombra convertida del gran capo.

Esa ausencia de reflectores, así como un soborno de varios millones de dólares que, asegura Andrade Bojorges —abogado que trabajó durante años para la organización de Carrillo y fue “desaparecido” hace unos meses—, fueron a parar a los bolsillos del ex Fiscal de Hierro, Javier Coello Trejo, permitieron que Amado fuera liberado exactamente un año más tarde.

“Ni Miguel Angel Félix Gallardo ni Juan José Esparragoza podían creer lo que estaba pasando —explica Andrade—. Al salir por la puerta principal del Reclusorio Sur, el 9 de junio de 1990, Amado sabía que estaba destinado a ser el amo y señor del narcotráfico”.

Cuando sus propios sobornos le permitieron abandonar el penal de Puente Grande, el joyero Colsa realizó los trámites necesarios para entrevistarse con Amado Carrillo en el Reclusorio Sur. Después de viajar a la ciudad de México, y esperar en una habitación del Hotel Radisson a que la cita le fuera concedida, logró visitar al capo para solicitarle un nuevo favor: dinero para comprar un lote de joyería y retomar las riendas de su negocio. Carrillo estuvo de acuerdo. Le pidió que viajara a Ciudad Juárez y localizara a cierto ex comandante de la Dirección Federal de Seguridad, Rafael Aguilar Guajardo, quien habría de entregarle cien mil dólares. La relación entre El Señor de los Cielos y Aguilar Guajardo se remontaba a 1981, año en que Ernesto Fonseca Carrillo envió a su sobrino a controlar la plaza de Ojinaga, que manejaban Pablo Acosta Villarreal y el jefe policiaco que, desde la Dirección Federal de Seguridad, le brindaba protección: el propio Aguilar Guajardo. Desde entonces, aprovechando la cercanía que tenía con Fernando Gutiérrez Barrios, Aguilar Guajardo protegía las actividades que Amado Carrillo realizaba en la frontera. De acuerdo con la declaración ministerial de Colsa, el ex comandante de la DFS le entregó el dinero sin reparos.

Colsa pudo así viajar a Nueva York y adquirir un lote de joyería que más tarde revendió en trescientos mil dólares al narcotraficante Pedro Lupercio Serratos. En esos años en que los jefes principales del cártel estaban detenidos, una nueva generación de narcotraficantes se disputaba el control de las drogas. Debido a las relaciones comerciales propias de su oficio, Colsa pudo servir como puente entre ellos. Ayudó, por ejemplo, a limar la rivalidad que de tiempo atrás tenían Aguilar Guajardo y Pedro Lupercio Serratos, e incluso agendó una reunión en la que nació “una gran amistad entre ambos jefes”.

La semilla que hizo nacer el cártel de Juárez quedó sembrada durante una fiesta en la que Aguilar Guajardo bautizó al hijo de Lupercio Serratos, y a la que Amado Carrillo —libre ya por falta de méritos— llegó con una escolta formada por cuarenta hombres.

En 1992, el joyero presenció una reunión que los tres jefes del cártel celebraron en un hotel de Cancún, para esperar la llegada de cuatro toneladas de cocaína procedentes de Colombia. Según su declaración, Guillermo González Calderoni, entonces director de Intercepción Aérea de la PGR, simuló un operativo en el aeropuerto para encubrir la descarga y escoltar el traslado de la droga. Afirmó Colsa: “Abordaron tres camionetas Suburban de la PGR, llevando el control del convoy un comandante de apellido Ituarte, con aproximadamente diez agentes federales, teniendo comunicación en todo momento dicho comandante Ituarte, por el radio, con el comandante González Calderoni, quien viajaba en un Cadillac blanco convertible último modelo”.

Mientras esperaban que la cocaína llegara a Ciudad Juárez, Colsa y Lupercio Serratos, acompañados por sus respectivas esposas, pasaron tres días en Manzanillo. Colsa viajó después a Nueva York para comprar joyería, y moverla entre los capos: Amado se interesó en un brillante de 19 kilates, “el cual puede ser montado en anillo y esclava” y adquirió joyas por un total de tres millones de dólares, “los cuáles fueron pagados en efectivo”. Para no quedarse atrás, Lupercio Serratos compró un lote por la misma cantidad: deseaba hacer regalos de Navidad entre sus familiares. Pero como andaba corto de recursos, prometió pagar en febrero siguiente. Por alguna causa, comenzó a retrasar el pago de la deuda. Esto provocó que, durante una comida, Colsa le mentara la madre “y le manifestara que era un ratero”. Lupercio se limitó a encogerse de hombros. Y luego lo amenazó de muerte.

Le cumplió la amenaza un mes más tarde, cuando las esposas de ambos habían hecho arreglos en pro de la reconciliación, Colsa fue invitado a comer a un restaurante de Guadalajara que era, al parecer, propiedad del narcotraficante. Lupercio había prometido pagarle en ese sitio los tres millones de dólares. Lo que hizo, en cambio, fue ponerle una emboscada: a una cuadra del restaurante, la camioneta de Colsa fue interceptada por dos automóviles y acribillada con “cuernos de chivo”.

—Pude salir con vida, pero el chofer de la camioneta no —recordaría después el joyero.

Como pudo, emprendió la huida a Ciudad Juárez e imploró la protección de los otros dos jefes del cártel. Aunque éstos “se comunicaron con Lupercio para calmarlo, y decirle que iban a mandar a una persona para que arreglara sus pendejadas”, el joyero advirtió cierta tirantez entre ellos. No supo qué tan grave era el asunto hasta cuatro días más tarde, cuando Amado Carrillo llegó al restaurante El Rodeo en busca de Aguilar Guajardo, y le indicó mediante señas que se acercara. Sentado a ocho metros de distancia, Colsa notó que los jefes discutían acaloradamente. De pronto, Aguilar Guajardo cruzó la cara de Amado Carrillo con una bofetada.

“Amado se dio la vuelta inmediatamente y se retiró con su escolta”, recordó el joyero.
El 12 de abril de 1993, mientras vacacionaba en la ciudad de Cancún, Aguilar Guajardo fue masacrado desde dos automóviles negros, por un comando equipado con armas largas. Unos buzos que presenciaron la balacera le acercaron un tanque de oxígeno. El narcotraficante se sintió reconfortado. Murmuró: “Ya la libré”, pero murió al minuto siguiente.

Amado Carrillo, El Señor de los Cielos, había alcanzado la cima de su gloria.

No sólo Amado Carrillo había progresado. También su viejo conocido, el ex jefe de seguridad del Reclusorio Oriente, Adrián Carrera Fuentes, iba haciendo su propio camino. En 1993, por recomendación de José Francisco Ruiz Massieu, logró que el gobierno de Carlos Salinas de Gortari lo nombrara director de Aprehensiones de la Policía Judicial Federal. El país se hallaba conmocionado por el reciente homicidio del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y el reacomodo que, en medio de la persecución contra Joaquín Guzmán Loera y los hermanos Arellano Félix, estaban atravesando los otros cárteles de México.

La prensa recordaría ese tiempo como “el año del Cártel de Juárez”: el momento en que Amado Carrillo vislumbró como nunca antes la posibilidad de consolidar su imperio. Precisamente por eso, a través de otro viejo conocido, el ex jefe de seguridad del Reclusorio Sur, Víctor Manuel Patiño Esquivel, buscó una entrevista con el funcionario recién nombrado.

En medio de cortes argentinos y botellas X-O, el reencuentro se llevó a cabo en el restaurante Las Espadas, de la calzada de Tlalpan. Carrera Fuentes acudió a la cita sin escolta; Amado Carrillo, acompañado por seis personas que fueron presentadas “como de confianza”. No hubo preámbulos. El Señor de los Cielos solicitó al jefe policiaco que lo apoyara, “brindándole protección para facilitarle las actividades del narcotráfico”.

Carrera se disculpó. “Tenía poco tiempo en la policía” y “no podía tomar decisiones que sólo correspondían al director general de la corporación”.

—Lo mejor es esperar a que los jefes me tengan confianza —le dijo.

—Apóyeme en lo que pueda —insistió Amado, antes de que uno de sus lugartenientes pusiera en manos del funcionario un portafolios con “cien mil dólares americanos”.

Carrera fue ascendido a director general de la Policía Judicial Federal dos meses más tarde y su primer acto oficial consistió en designar como director operativo al hombre por cuyos oficios había contactado a El Señor de los Cielos: el ex custodio Víctor Manuel Patiño Esquivel.

Fue precisamente este colaborador quien se le acercó una noche para decirle que Amado Carrillo deseaba verlo de nuevo. La declaración ministerial de Carrera Fuentes indica que la entrevista “se llevó a cabo en el domicilio de Amado Carrillo, ubicado en la colonia Pedregal de San Angel”.

En esa ocasión, el capo exigió algo más que simple apoyo: deseaba que Carrera Fuentes designara como subdelegados de la PGR a las personas que él le indicaría; deseaba, también, un comando de agentes judiciales “para que lo protegieran y le sirvieran de escolta”. El jefe policiaco volvió a disculparse: no podía hacer nada en el asunto de los subdelegados, “pues carecía de facultades para ello”. Accedió en cambio a proporcionar varios agentes y se comprometió “a no perseguirlo, y a no mandar ningún operativo desde la ciudad de México para dejar que siguiera trabajando”.

Amado Carrillo sonrió complacido. Después “le gritó a una persona a la que llamó El Doctor”, y le ordenó que comprara un Cadillac, “el más lujoso y equipado”, para regalárselo al funcionario.

—¿De qué color quiere el carro? —preguntó El Doctor.

—Guinda —respondió Carrera Fuentes.

El capo volvió a sonreír. Antes de despedirse, puso en manos del funcionario una pequeña maleta. Contenía “trescientos mil dólares americanos”.

El Cadillac llegó al poco tiempo, con los atentos saludos de Amado Carrillo. Un mes más tarde, hubo otra invitación: El Señor de los Cielos esperaba a Carrera Fuentes en un edificio de apartamentos ubicado en Las Lomas. Se lee en la declaración ministerial: “(En aquella ocasión) Amado Carrillo le manifestó al declarante que lo había mandado llamar porque se había enterado de que se encontraba enfermo, a lo cual el declarante manifestó que sí se encontraba un poco enfermo, y fue ante esto que Amado Carrillo manifestó que había traído un médico de Suiza y que dicha persona estaba utilizando un tratamiento muy costoso que servía para regenerar las células y limpiar las arterias, y que era una oportunidad única, porque la otra era ir a Suiza y pagar muchísimos miles de dólares, por lo que deseaba regalarle al de la voz el tratamiento”.

Lo único que Carrera debía hacer era “practicarse unos análisis en algún laboratorio para que, cuando el médico llegara, supiera exactamente qué era lo que tenía que combatir”.

El tratamiento fue aplicado en una habitación del hotel Radisson, reservada a nombre del funcionario. Carrera Fuentes esperó durante un rato en la habitación vacía, hasta que alguien tocó la puerta. “El médico no era suizo, sino mexicano. Iba acompañado por una mujer que dijo ser su esposa (…) Sacaron de unas hieleras unas vacunas y procedieron a aplicar al de la voz como treinta inyecciones, quince en cada glúteo, y le indicaron que el tratamiento era para limpiar el organismo”. Cuando la sesión terminó. Carrera, con los ojos cerrados, guardó reposo durante tres horas, durmió bajo el manto del hombre que para entonces se había convertido en el narcotraficante más poderoso de México. El 24 de noviembre de 1993, un comando de los Arellano Félix intentaría rasguñar aquel manto. Amado Carrillo, al parecer, había filtrado a las autoridades la entrevista que los Arellano estaban sosteniendo con el nuncio apostólico Girolamo Prigione. Y aunque, como se supo después, una decisión política impidió que éstos fueran aprehendidos, los cabecillas del cártel de Tijuana no tardaron en preparar su venganza. El 24 de noviembre mientras Amado Carrillo cenaba con su esposa y sus seis hijos en el restaurante Bali Hali, ubicado en la avenida Insurgentes, el comando enviado desde Tijuana intentó penetrar a sangre y fuego en el restaurante. Carrillo solía desplazarse en medio de un sistema de seguridad aparatoso, pero efectivo. Un doble muro, a cargo de dos células de seguridad compuestas por tres elementos, custodiaba la entrada. Otro doble muro, escoltado por dos automóviles blindados, guardaba la salida. El comando de los Arellano se estrelló contra ellos. El resultado fue un reguero de muertos. Carrillo y su familia escaparon con dificultad. Semanas después, el capo le contó a uno de sus compadres, el piloto aviador Manuel Bitar Tafich:

—Mi hijo Juan estuvo escondido en la azotea del edificio hasta el día siguiente. De no ser porque Ramón Alcides Magaña se portó como un hombre, ninguno de nosotros habría podido salvarse.

Alcides Magaña era uno de los agentes federales comisionados para proteger al capo. Aunque se convirtió desde entonces en “una de sus gentes más cercanas”, nada pudo hacer, años más tarde, cuando las cartas quedaron echadas. Manuel Bitar Tafich solía preguntar a su compadre:

—¿Por qué no se retira de todo esto?

Carrillo le respondía:

—Yo no sé hacer otra cosa. Y no le veo nada de malo. Es más ingrato el que se roba el dinero en México y se lo lleva a Suiza. Yo, por lo menos, hago que el dinero regrese en los mismos aviones que se llevan la droga.

En una de sus declaraciones ministeriales, el ex director de la Policía Judicial Federal Adrián Carrera Fuentes afirmó que, al menos desde 1993, Carrillo estaba en tratos “con unos generales”. A mediados de 1997, durante un viaje a Chile, Bitar Tafich volvió a preguntarle a su compadre:

—¿Y cuándo se retira por fin?

El capo le contestó:

—Me siento un poco cansado. Créame que ya lo estoy preparando.

En julio de ese mismo año, el doctor Ramón Pedro López Saucedo ingresó en el Hospital Santa Mónica, de la ciudad de México, a un paciente identificado como Antonio Flores Montes, de 41 años de edad. Iban a aplicarle una cirugía plástica verdaderamente agresiva: cambio de nariz, prótesis de mentón, liposucción de abdomen y tórax, modificación de párpados y cambio de color en los ojos. Todo en una sola sesión.

La operación comenzó a las 9:30 de la mañana y terminó ocho horas más tarde. El paciente fue intervenido por tres médicos “de confianza”, mientras un equipo de seguridad custodiaba la sala de operaciones. Después de pasar un tiempo en recuperación. Flores Montes fue conducido a la habitación 407. A las 23:30, el médico de guardia lo encontró consciente, y reportó sus signos vitales como normales. Al poco tiempo, sin embargo, el paciente se quejó de dolores intensos y demandó que se la administrara un analgésico. Le aplicaron una dosis de Dormicum.

Al día siguiente, exactamente a las 6:06, alguien descubrió que Flores Montes había muerto. “Presentaba vidriasis, hipotermia y palidez cadavérica”. Los intentos por resucitarlo fueron inútiles. Ninguno de sus vigilantes, ninguno de sus hombres de confianza, estaba presente. Todos habían abandonado el hospital.

Flores Montes fue velado en una modesta funeraria de la colonia Juárez y despachado en vuelo comercial hacia Culiacán. El féretro aún estaba en el aire cuando una filtración sacudió a los medios de comunicación: la carrera del mayor traficante de drogas en México había terminado.

Durante los cuatro meses siguientes la bolsa de plástico y el alambre acerado de “El Manotas” estuvieron más activos que nunca. Un mero detalle anecdótico que ayudaba a pulir el mito con que culminó el siglo XX mexicano.

 

Héctor de Mauleón
Escritor. Acaba de aparecer su libro El tiempo repentino.