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¿Cómo fue, cómo transcurrió la vida de Balzac? La comédie humaine lo fue todo o casi todo en la vida de este hombre que, en 1821, le confesaba a su hermana sus dos únicas pasiones verdaderas: el amor y la gloria. Y que le escribía: “Y nada ha sido satisfecho aún. Y nada lo será nunca”.

Balzac, que siempre creyó vivir mejor, consagró la mayor parte de su obra a retratar pasiones que, casi siempre, agotan la energía vital y conducen a la muerte. La forma en que lleva hasta el fin el proceso de la pasión (cuerpo y alma mezclados en una misma enfermedad, a menudo física), y la forma en que define esta pasión (realización, rechazo y supresión de la vida, a la vez), lo convierten, antes que Zola, en precursor del freudismo: pulsión de vida y pulsión de muerte totalmente imbricados. En resumen, escribe lo que vive y muere de lo que escribe. León Gozlan, en su libro Balzac en pantuflas, nos da una idea muy precisa de la ambición balzaciana. “Todo lo que escribía, artículos, novelas, dramas, comedias, era sólo el prólogo de lo que pensaba escribir”. Monárquico y convertido al legitimismo por una de sus amantes nobles, la marquesa de Castries también llenó, sin embargo, el interminable registro civil de su obra de inolvidables miserables, del dolor de la miseria y de la barbaridad del hambre. Marx tuvo que reconocer que leyéndolo había aprendido más de la sociedad francesa que leyendo a mil economistas o historiadores.

De amante en amante, de quiebra en quiebra, y de viaje en viaje, es una la mujer que espera y que lo espera, imposiblemente, por supuesto, allá tan lejos como está por entonces Rusia de Francia. Balzac se rompe contra el destino y sus deudas se convierten poco a poco en “deudas tranquilas” y deudas “alarmantes, gritonas”. Entre las primeras, su jardinero, por ejemplo, o aquel guarda al que teme encontrar en sus paseos por el bosque. Se siente amenazado, perseguido, convertido en una liebre en su propio jardín. Y cuando la amada rusa, noble y casada, la célebre señora Hanska le reprocha la escasez de sus cartas, responde: “Eran pocas porque no tenía dinero para el correo”.

Poco tiempo después hace, una vez más, el negocio de su vida: un excelente contrato para la edición de todos sus libros con el título de La comédie humaine. Viajes a San Petersburgo para ver a la amada, nuevos viajes por Europa para encontrarla en Italia y recibir, de la que él llama “La extranjera”, noticias nada alentadoras pero que en nada frenarán su loca carrera de amor: la señora Hanska prefiere tomar las cosas con calma. Debido a su alta posición social, a su marido, a su inmensa fortuna y a la temida reacción del zar, que difícilmente aprueba las relaciones de sus súbditos con extranjeros (Balzac está dispuesto a hacerse ruso), hay que darle tiempo al tiempo.

Balzac se consuela con horarios de trabajo de un condenado a las galeras, con nuevos reencuentros viajeros con “La extranjera” y, por supuesto, literalmente desvalijando anticuarios en Italia. Otra vez en la mina, los cambios de dirección, los cambios de nombre para huir de los acreedores. De pronto, también, una amante celosa le roba las cartas de la señora Hanska y lo obliga a cantar. Recuperar las cartas le cuesta una fortuna, es decir otra deuda. Pero llega por fin el día en que puede visitar a su amante extranjera en su tierra natal. Lo esperó todo de ese viaje y regresó colmado: ¡cuarenta mil almas a su servicio! ¡Muchas más que en toda su obra! La revolución de 1848 lo espera en París, a su regreso; algo que, digamos, no es de su agrado. Vuelve a Rusia: la señora Hanska se ha liberado, por fin, de su marido, ha conservado parte de su inmensa fortuna, tiene la autorización del zar para reunirse con Balzac…

La madre de Balzac recibe el encargo de arreglar fastuosamente la vivienda de la rué Fortunée, para acoger a la que será finalmente su esposa. Han sido diez años de espera. Como si sintiera que la vida se le escapa, Balzac multiplica sus compras, sus deudas, sus sueños, sus horarios de trabajo. Pero, para esto último, ya no le sirven de mucho aquellos tazones de cafeína. Presenta su candidatura a la Academia, pero es cruelmente postergado por los nombres del duque de Noailles y el conde de Saint Priest. El pobre Balzac, que siempre había suspirado por un título. Y su estado se agrava, pero la perspectiva de su matrimonio le devuelve la felicidad. Y llega el día soñado, el 14 de marzo de 1850. Balzac ha sido acogido por el zar y el matrimonio con una de sus súbditas tiene lugar ese día.

El 21 de marzo están de regreso a París los recién casados. Y lo que debió ser una apoteosis se convierte inmediatamente en una pesadilla. La puerta de la rué Fortunée está cerrada y el mayordomo, que se ha vuelto loco, ha saqueado y destrozado la casa antes de encerrarse en ella. Agotado Balzac se acuesta para no levantarse más. La gangrena, causada por la artritis, una de sus enfermedades, se ha generalizado. Titánicos dolores y una visita de Víctor Hugo. Balzac le susurra: “Todo esto, sin duda, es la factura que el cielo me ha pasado por mi matrimonio”. Muere el 18 de agosto, pocas horas después de otra visita de Víctor Hugo. Este afirma que estuvo largo rato observando su perfil moribundo y que se parecía mucho a Napoleón.

Balzac creó un mundo destinado a sobrevivirle y a darle todo lo que no le dio en vida, a su recuerdo. Los escándalos continuaron. Rodin, a pedido de la Sociedad de Artistas Independientes, esculpe al titán desnudo. Feroz reacción y rechazo estruendoso. Rodin insiste y esculpe nuevamente al titán, esta vez en robe de chambre. Nuevo rechazo. Balzac lo había escrito, un año antes de su matrimonio y de su muerte: “Yo formo parte de esa oposición llamada vida”. “¿Por qué será necesario que las voces de la esperanza se conviertan en este inmenso coro del fracaso?”, se pregunta Gaetan Picón, en su espléndido Balzac par lui meme.

 

Alfredo Bryce Echenique
Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.