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I

Yo aprecio mucho el conocimiento acerca de los hombres de mi viejo amigo el doctor Skowronnek. Desde hace más de veinticinco años es médico en una célebre estación termal, donde los manantiales milagrosos pueden curar padecimientos de matriz, la esterilidad y la histeria. Así lo asegura, al menos, mi amigo, el doctor Skowronnek. De cualquier manera, habla con el mismo convencimiento del efecto milagroso —más fácil de explicar— que un número considerable de jóvenes fuertes y sedientos de amor suelen obrar sobre las pacientes necesitadas de consuelo de la estación termal en cada temporada. Como ciertas aves migratorias, los jóvenes llegan puntualmente a la “inauguración de la temporada” y compiten con el poder curativo de los famosos manantiales. De todas formas, mi amigo, el doctor Skowronnek, ha tenido, durante un cuarto de siglo, la oportunidad de conocer las enfermedades físicas y mentales de las mujeres. Supongamos que sólo haya atendido a treinta señoras por temporada. Entonces, después de veinticinco años, habría conocido profundamente a no menos de setecientos cincuenta mujeres. Por lo tanto, creo tener razón al apreciar el conocimiento del mundo de mi amigo.

Por eso también a todos los hombres casados que me hablan de las enfermedades (reales o imaginarias) de sus esposas, suelo mandarlos con el doctor Skowronnek, que trata a los hombres, los cuales tienen que padecer a sus esposas más que las mujeres a sus enfermedades, también como pacientes —y esto con toda razón—. Sí, considero a mi amigo el doctor, más como un médico de hombres casados que como un ginecólogo —aun cuando él mismo no quiere saber nada de ello y sostiene que daña su prestigio—. Pero lo conozco y sé que detrás de una forma de bondad de confesor, con la cual revisa a las señoras del corazón y los riñones, oculta la preocupación por los maridos esclavos de las pacientes. Quien ha examinado a tantas mujeres debe sentir al fin y al cabo una solidaridad ferviente con los hombres.

Un día aconsejé a uno de mis conocidos, el ingeniero M., ir a ver al doctor Skowronnek. Primero solo, sin la enferma, de la cual me había hablado con todo detalle. El ingeniero era un joven con apenas dos años de casado, sin hijos. Después de un año de feliz matrimonio —o lo que por eso se entiende— su mujer se había empezado a quejar de dolores en la cabeza, en la espalda, en el cuello, en la nariz, en los ojos, en los pies. Uno no debe generalizar, pero he visto que los ingenieros —y sobre todo los constructores de puentes como mi amigo— no tienen la más remota idea acerca de la constitución de las mujeres. Puede haber excepciones. Sin embargo, el ingeniero de puentes, del cual hablo, fue asaltado por el pánico que se apodera de todo hombre valeroso cuando ve sufrir o sólo llorar a una mujer. (Es el pánico de los sanos ante los enfermos, de los fuertes ante la impotencia. No hay nada peor que la mezcla de amor, compasión y desasosiego por lo amado y compadecido. Es preferible y más soportable una Jantipa saludable que una Julia enfermiza.) Y por eso aconsejé al ingeniero ir a ver al doctor Skowronnek.

También estuve presente en su encuentro con el doctor —a petición expresa del ingeniero y en contra de lo que yo hubiera querido—. Me encontraba más o menos en la posición de un hombre que detrás de las delgadas paredes de un cuarto de hotel oye a su vecino decir intimidades desagradables —y no puede hacer nada para evitarlo—. Traté de pensar en otra cosa. Pedí que me trajeran periódicos. Sólo la curiosidad profesional del escritor se impuso sobre la discreción personal, y, con oídos profesionales, por decirlo de algún modo, escuché, sin querer escuchar, todo lo que en ese momento y en ese contexto no debió ser contado.

El doctor Skowronnek se quedó callado. Sólo oía. Al final, despidió al ingeniero pidiéndole que enviara a su esposa al consultorio.

El ingeniero se retiró, y como yo no entendía el prolongado silencio de mi amigo, empecé a preocuparme por la mujer del ingeniero y pregunté:

—Dígame, ¿es tan grave lo que nos ha contado de su esposa? ¿Por qué se queda usted callado?

—¡Ni malo ni bueno! —repuso el doctor—. Sólo común. Y si hace algún tiempo no hubiera vivido una historia peculiar, no me hubiera quedado callado. Pero desde que sé de esa historia peculiar, he dejado de compadecerme de los maridos de las mujeres enfermas. A los incurables no se les puede atender. No se puede salvar a quien se quiere matar. Los maridos de determinadas mujeres son suicidas incurables. Y para que me crea, quiero contarle esa historia. Escríbala algún día.

Y el doctor Skowronnek empezó a narrar:

II

Hace muchos años, en la época en la cual todavía era médico general en una ciudad mediana, un día, un joven vino a mi consulta. En ese entonces yo no tenía muchos parientes. Algunos días no se presentaba ninguno. Me quedaba sentado y leía novelas policiales.

Quizás hubiera debido leer libros de medicina, pero mi respeto por las ciencias naturales y los conocimientos de mis colegas célebres era cada vez menor que mi interés por los criminales y la policía. Comprenderá que un médico que tiene poco que hacer, quede fascinado por uno de sus pocos pacientes. Sin embargo, lo dejé en la sala de espera, como hace todo médico desocupado. Sólo después de algunos minutos, lo hice entrar (y puede creerme que en esos minutos yo estaba más impaciente que él). La impaciencia es, como usted sabe, una enfermedad grave; a veces, lleva incluso a la muerte por suicidio. Pues bien, me dominé. Cuando por fin entró, me regodeé en una alegría intensa. Por supuesto, busqué mecánicamente síntomas de una enfermedad reconocible en la apariencia, tanto en su figura y en su cara, como señales de su posible bienestar en su ropa. De inmediato vi que se trataba de un paciente tranquilo. Era evidente que pertenecía no sólo a las buenas, sino a las altas posiciones sociales —y una enfermedad grave, que quizá me hubiera obligado a enviarlo con una eminencia médica, no tenía—. Era saludable, grande, nervudo, guapo, de tez morena; tenía un rostro afilado simpático, ojos claros, un cuello noble, una frente bien abovedada, manos fuertes y largas. Era tímido y seguro de sí al mismo tiempo; es decir, lo que se llama de casta. Lo supuse el funcionario de un ministerio con buenos padres y aptitudes medias, y quizás aquejado de una de esas dolencias, que en la sociedad llaman “galantes”.

«No estaba muy errado. Se trataba de un joven diplomático, adscrito a nuestra embajada en Inglaterra, hijo de un conocido fabricante de municiones; es decir, más rico de lo que hubiera podido pensar y, en efecto, su enfermedad era “galante”. Había ido a verme por azar. No quería llamar al médico de su familia. Por lo tanto, abrió el directorio, marcó con el lápiz un nombre —era el mío— y fue a verme de inmediato. Lo atendí con cuidado y viveza. Me agradó. Le conté anécdotas. Cuando estuvo curado, me confesó que casi lamentaba ya no tener una enfermedad inofensiva mientras duraban sus vacaciones. Lo revisé: por desgracia, estaba rebosante de salud. Le pregunté si, por lo menos, tenía alguna afición. “No”, dijo, “aparte de la música”. La música es, como usted sabe, también mi pasión. Y, en suma, ante todo la música hizo que nos uniéramos, convirtiéndonos más tarde en amigos».

El doctor Skowronnek hizo aquí una pausa. Luego dijo:

—Fuimos buenos amigos hasta su muerte.

—¿Entonces murió joven? ¿E inesperadamente?

—Joven y despacio y de la más grave y común de todas las enfermedades: murió por una mujer, y, por cierto, por la suya…

III

«Nuestra amistad no se acabó cuando se terminaron sus vacaciones y regresó de nuevo a Londres. Al contrario, la distancia fortaleció nuestra amistad. Intercambiábamos cartas casi todas las semanas. Mi consultorio era miserable; con frecuencia, esperaba a un paciente durante horas mientras leía mis novelas policiales. Un día me escribió, diciéndome debería ir a Inglaterra un par de semanas como su invitado.

«Fui a Londres. Yo no entendía una palabra de inglés, por lo cual estaba obligado a recurrir a la ayuda de mi amigo a cada paso. Usted reconoce a un hombre de la llamada “casta” en que a usted le es imposible sentir gratitud por sus pequeñas y más grandes ayudas, y mucho menos expresársela. Usted nunca, o casi nunca, llega a la situación de decirle a un verdadero caballero: “¡gracias!”. Sí, él sabe sofocarlo, de forma que uno cree que sus pequeños servicios y amabilidades lo favorecen a él mismo y que, en realidad, el desamparo personal lo beneficia. Así sucedía también con mi amigo. Nunca he visto a un anfitrión más distinguido. Su comportamiento se volvió con el tiempo de tal manera, que por momentos me parecía como si tuviera un tipo de sentimiento de culpa frente a mí. Sí, me avergonzaba. Pensaba que por una estúpida vanidad profesional lo había dejado sentado en la sala de espera, cuando fue a verme por primera vez, y un día le confesé que lo había hecho esperar sin razón. No me entendió en absoluto, o hizo como si no me entendiera.

«Quizá —dijo, lo recuerdo con precisión— tenía algo que hacer y ya no lo recuerda. A mí, dicho sea de paso, también me sucede que hago esperar gente aunque esté desocupado por completo. Debo reconcentrarme antes de recibir a un desconocido. Eso es lógico.

«Si yo hubiera pensado antes en su mediana aptitud, con el tiempo hubiera adquirido la certeza de que su acentuada medianía era una modestia distinguida, como sucede con frecuencia en los hombres de casta. No poseía la más mínima ambición. Muchas veces, me permitió enterarme de su actividad profesional. Y siempre vi que su mayor y más natural esfuerzo consistía en no sobresalir sobre los demás, sobre sus colegas. Era lo contrario a un diplomático ambicioso. Conocía bien todas las limitaciones de sus compañeros, pero trataba de no parecer mucho más inteligente que ellos. Ambicioso es el plebeyo. El hombre de verdad noble es anónimo. Hay una fuerza en la nobleza congénita que es mayor que la luz de la fama, el brillo del éxito, el poder de los triunfadores. La ambición es, como lo acabo de decir, una característica de los plebeyos. No tiene tiempo. No puede esperar para conseguir honores, poder, prestigio, fama. El hombre noble, en cambio, tiene tiempo para esperar, sí, incluso para ser postergado.

«Así era mi amigo. A pesar de que yo era mayor, empecé a sentir una forma de veneración hacia él. Lo quería y lo respetaba.

«Una semana antes de mi partida, me confesó que estaba enamorado.

«Ahora bien, es normal que un joven se enamore. Yo mismo, que entonces no era el “astuto” ginecólogo que, como usted sabe, soy ahora, ya me había enamorado algunas veces. Pero como se trataba de mi amigo, me asusté. Sentía que ese hombre distinguido podía quedar a merced de un sentimiento profundo, y que era parte de su naturaleza dotar al objeto que creía amar de las más nobles cualidades, que él mismo poseía. Si el amor, como dice el refrán, ciega a todos los hombres comunes, ¡más aún a los distinguidos y elegidos!

«Entonces, me aterré. Y le dije a mi amigo que quería conocer a su amada.

«”Usted también se enamorará” —respondió con la ingenuidad de quienes están enamorados, que creen que el objeto de su amor es irresistible.

«¡Bien! Por lo tanto, una noche nos vimos los tres.

«Se trataba de una joven de la llamada buena sociedad. ¡Guapa, en verdad! Una virgen rubia, con ojos azul cielo, dientes fuertes, una barbilla algo demasiado larga y fastidiosa, y una figura francamente buena. Tenía, por supuesto, buenas “maneras” —lo que llaman así—. Era, como es obvio, de buena familia.

«También estaba, de seguro, enamorada de mi amigo. ¿Por qué no? Tan enamorada como sólo pueden estarlo las muchachas de buena familia. El amor por un joven de posición y categoría es algo así como el pecado sin riesgo, el vicio sin consecuencias punibles o malignas. Las jóvenes de este tipo no son hambrientas, sólo antojadizas. El hambre, que hay que saciar, trae, tal vez, castigos atroces. El antojo no conlleva daños, sólo placer, y la satisfacción de haber corrido un peligro ligero. Es una diferencia como la que hay entre asistir a una casa de fieras e insistir en meter a un león a su jaula. Es obvio que mi amigo no sabía todo esto. El hecho de que la hija de una de las mejores familias inglesas lo besara en secreto, le parecía suficiente prueba de un profundo amor por él. Para él era como si hubiera recorrido mil leguas por los riesgos de algún desierto sólo para darle un beso. La consideraba valiente, temeraria, dispuesta a sacrificarse y, además, astuta.

«Ahora bien, ¡era muy tonta! Lo es todavía. Lo llevó a la tumba. Se volvió vieja y bastante fea, pero ¡todavía es tonta! Así de injusta es también la naturaleza en su malicia de cegar a los hombres cuando se enamoran: compensa esa injusticia cuando hace que el fulgor de las mujeres, que alguna vez cegó a los hombres, se apague muy pronto, y cuando obliga a las viejas a recurrir con los años a la dudosa ayuda de peluqueros, masajistas y cirujanos para que los pechos, vientres, mejillas y muslos flácidos vuelvan a adquirir una forma más o menos aceptable. Las mujeres otrora hermosas descienden a la tumba como un tipo de figuras de yeso mejoradas. Los hombres, sin embargo, que fueron lo suficientemente sabios para no morir a causa de ellas, son recompensados por la naturaleza: llegan al seno de Dios revestidos con la dignidad de la plata y la dignidad no menor de la fragilidad».

IV

En los mejores círculos, la boda sucede al compromiso matrimonial como el trueno al rayo. Mi amigo se casó poco después de que yo me fuera, estuvo de luna de miel y de regreso pasó por la ciudad y me visitó con su esposa. Ambos eran guapos, ofrecían una presencia agradable, parecían hechos el uno para el otro. Por la noche, los llevé a un local frecuentado por oficiales, funcionarios de cierta categoría, nobles y algunos terratenientes. En una ciudad mediana, voltean a ver a cada cliente, sobre todo a los forasteros que no conocen. Pero la sensación que causó mi amigo cuando entró con su esposa, no fue normal, sino parecida a la sorpresa que suele provocar un fenómeno natural extraordinario en los incautos. Era como un cuento de hadas. Toda conversación cesó de repente. Los meseros se detuvieron en su esmerado trajinar. El capitán se olvidó de hacer una reverencia. Fue una noche calurosa al final del verano. Las ventanas estaban abiertas y el viento suave movía las cortinas rojizas. Pero tuve la impresión de que también esas cortinas habían dejado de moverse. Mis amigos causaron un efecto como de dioses. Mi amigo lo sintió y se apresuró a llegar al primer apartado libre. Sin embargo, su mujer parecía no notar en absoluto ese silencio confuso, sí, casi turbado. Llevaba unos impertinentes, entonces era la moda para algunas personas, sin importar que tuvieran buena o mala vista. Se llevó los impertinentes a los ojos, sólo un momento, por supuesto, una fracción de segundo. De inmediato, los bajó de nuevo. Pero mi amigo se había dado cuenta y debe haberle afectado tanto como a mí, pues tocó instintivamente el brazo de su esposa —fue una exhortación amistosa.

«Cuando estábamos sentados en el apartado, la mujer de mi amigo se llevó algunas veces más los impertinentes a los ojos. Estoy convencido de que no le interesaba lo más mínimo lo que ocurría en aquel salón. Quizás observaba la araña a través de la lente. Pero a mi amigo y a mí nos irritó esa manera de llevarse la lente a los ojos. Se trataba de un movimiento altivo. Unos impertinentes son un objeto altivo, y la mujer más discreta, que se sirve de los suyos, parece arrogante. He conocido mujeres de verdad distinguidas y, de hecho, miopes, que tienen una manera muy peculiar, casi vergonzante, de usar los impertinentes, algo así como su muy particular manera de alzarse la falda. Ahora bien, de seguro la mujer de mi amigo no carecía de esos modales, pero le faltaba la verdadera nobleza, la cual no reside en lo que se hace, sino en lo que se omite. Pero, sobre todo, reside en que se intuye lo que puede “molestar” a los otros, en que se percibe algo a tiempo, aun antes de que suceda.

«La mujer de mi amigo hacía lo contrario. Como si fuera una absoluta pequeñoburguesa de Londres, se burlaba de la mediana elegancia de nuestra ciudad, de la conducta indolente de los oficiales, de la apresurada servicialidad del personal, de los sombreros anticuados de las señoras. Mi amigo sonreía, enamorado y preocupado y avergonzado al mismo tiempo. De vez en cuando, trataba de protegernos. En una ocasión, lo recuerdo, se volvió incluso evidente y dijo algo así: “¡Pero Gwendolin! Tienes una pequeña lengua afilada. ¡Si sigue parloteando así, se la tendrás que enseñar al doctor! ¿No es verdad, doctor?”. Y como sintió que su chiste no había sido de ninguna manera acertado, continuó con seriedad: “La estancia aquí no le agrada a mi mujer. Nos iremos mañana por la noche”.

«Para hacerle notar a mi amigo que había entendido el adocenamiento de su broma, intenté, por decirlo de algún modo, seguir sus intenciones, y dije: “¡Enséñele rápido la lengua a su tío el doctor!”. De inmediato, me extendió su delgada lengüita, casi rojo carmín, y, puede creerme, es mi profesión, por desgracia, he tenido que ver muchos miles de lenguas de mujeres: ahí, ante la vista de esa lengüita, tuve la impresión, quizá demasiado primitiva, pero muy convincente, de que se trataba de una víbora.

«A la mañana siguiente, mi amigo vino a visitarme. “Nos vamos hoy en la noche” —dijo—. “Vengo a despedirme”. ”¿Volveré a ver a su hermosa mujer?”—.”Vaya, por favor, a la estación por la noche. Yo vine aquí para, por decirlo de algún modo, despedirme aparte”.

«Me di cuenta de que no estaba muy contento. Le propuse dar un paseo. Sé que los asuntos callados se dicen con más facilidad cuando uno va caminando que cuando uno está sentado. No se dicen cara a cara. Quien habla, como quien escucha: los dos miran al suelo. A veces, una calle ruidosa libera al pecho humano tanto como el alcohol o también, si lo prefiere, como aquel rincón de la iglesia donde aguarda el usual confesionario. Fuimos, por lo tanto, a pasear. Y entonces me contó que ya durante la luna de miel, había habido algunas discrepancias entre Gwendolin y él. Empezó con la música. Ella adoraba a Wagner. El lo denostaba. Nada puede irritar tanto a un músico de su tipo —y también del mío— como el gusto por Wagner. Los amantes de Wagner son ciertamente melómanos. Pero los melómanos pueden dividirse en dos grupos antagónicos: en los amantes de Mozart y en los partidarios de Wagner. ¿Nota usted que ni siquiera puedo decir: los amantes de Wagner? Digo “partidarios”. Hombres con oídos para trombones y timbales —y hombres con oídos para el cello, el violín y la flauta—. Antes se pondrán de acuerdo dos sordomudos que dos melómanos, de los cuales uno adora a Mozart y el estro a Wagner. Según mi opinión, no pueden para nada. Creo que, en el fondo, son sordos los que adoran a ambos; o, si escuchan, son maestros de capilla.

«Ahora bien, no necesito decirle nada más: ellos se llevaban como Mozart y Wagner. Supe enseguida que ese matrimonio estaba roto. Pero le dije: “Toque a Mozart en su casa, ame usted mucho, acuéstese con su esposa, pronto tendrá un hijo. El embarazo, a veces, cambia el gusto musical. Vaya con Dios”.

«Nos abrazamos entonces. Comprendí que nunca hubiera podido abrazarme en la estación, delante de su esposa.

«Me acerqué al tren, Gwendolin me dio la mano para que se la besara y subió con rapidez. Una sonrisa por diez cruzados en la boca graciosa. (Las mujeres sonríen de forma curiosa, como las pobres prostitutas; es decir, cuando se despiden convencionalmente; así sonríen las muchachas cuando traban una relación).

«Mi amigo hubiera bajado al andén conmigo, pero tuvo miedo, era como si su mujer lo tuviera aferrado a su falda. Sólo se asomó por la ventana, me dio otra vez la mano —y yo me fui mucho antes de la partida del tren».

V

«No conozco las leyes y costumbres internacionales de la diplomacia. Creo, sin embargo, en que un diplomático se case con una mujer del país en el cual representa al suyo propio. Hay excepciones, yo he oído ya de algunas. Mi amigo, en realidad, no pertenecía a ellas. Nuestro embajador de entonces debe haber sido un formalista. Debido a que se había casado con una inglesa, mi amigo tuvo que dejar Londres. Su nuevo destino no fue otro que Belgrado.

«No he mencionado que la esposa de mi amigo era hija única. Usted sabe: los ingleses, ciertamente, viajan mucho por todo el mundo, incluso conocen distintos países mejor que otros europeos, pero no les gusta mandar a sus hijas a lugares inhóspitos. Cualquier país merece una visita más o menos larga; también el menos hospitalario. Su residencia permanente, sin embargo, la mantienen en Inglaterra o, por lo menos, en una de las mejores colonias inglesas. Quizá los suegros de mi amigo no hubieran mostrado oposición si, por ejemplo hubiera sido enviado a la India. Serbia, en cambio, les inspiraba un verdadero horror. También la señora Gwendolin tenía un miedo indecible por Belgrado y se negó a irse ahí, aun cuando mi amigo insistió en que lo acompañara. Los protestantes creyentes, versados en la Biblia, que eran sus suegros, le enseñaron la conocida Palabra de que la mujer debe seguir al marido a todas partes; en vano. Aquello se convirtió en el primer conflicto serio. Mi amigo se fue a Viena. En el Ministerio del Exterior intentó lo imposible para conseguir su traslado a París o, por lo menos, a Madrid. En vano. Como usted sabe, en la vieja Austria hay muchos niños protegidos. París, Madrid, Lisboa estaban ocupados. Además, en Belgrado de verdad se necesitaba un consejero de legación eficiente. Ahí se podía sobresalir. El jefe de negocios del ministerio, el Barón S., sabía apreciar las cualidades de mi amigo y también estaba un poco preocupado por su carrera. En resumen: era imposible. Tuvo que irse a Belgrado.

«Por casualidad —o mejor, no por casualidad, pues no creo en el azar—, en abril de ese año debía asumir por primera vez mi puesto como médico en un balneario. Cerré mi consultorio. Entre veinte médicos generales, quizá verdaderos pobres diablos, como yo mismo, la administración sanitaria me había elegido precisamente a mí. Supe valorar esa suerte. Di la noticia a todo el mundo y, por supuesto, también a mi amigo en Londres. Me escribió diciéndome que era magnífico. Como debía irse a Belgrado alrededor de marzo, su esposa podía quedarse en Londres hasta abril y luego ir a verme, estar toda la temporada bajo mi protección y en agosto viajar a Belgrado. Su suerte, por supuesto, no era la mía.

«¡El pobre! ¡No tenía idea del efecto que tienen los balnearios en ciertas mujeres!
«Sólo lo sabría más tarde».

VI

«La mujer estuvo de acuerdo con el plan. En marzo, mi amigo se iría a Belgrado; en abril, su mujer me alcanzaría en la estación termal. Atendida por mí y fortalecida por los manantiales milagrosos de nuestro balneario, quizá cambiaría lo suficiente su sentido y podría —así lo esperaba mi amigo— seguir sin nostalgia ni pesadumbre a su marido a Belgrado.

«Ahora bien, vea usted, hay pocas mujeres con las cuales se puede concertar algo en firme. ¡No es que no quieran mantener su palabra o tengan la intención de engañar! Su constitución no soporta ningún acuerdo fijo. Cuando están decididas a respetar un acuerdo, su cuerpo se resiste sin que lo quieran ellas mismas. Simplemente se enferman.

«A las pocas mujeres con las cuales se puede concertar algo en firme, no pertenecía la esposa de mi amigo. Más bien era de aquellas que se enferman; es decir, de aquellas cuyos cuerpos se rebelan contra los propósitos rectos —y cayó enferma de verdad justo un día antes de la partida de mi amigo a Belgrado—. No ella misma, entiéndame. Su constitución no se quiso someter a lo irremediable. ¿Qué le hacía falta en realidad? Sólo Dios puede saberlo, El, que creó a Eva. Un ginecólogo muy pocas veces sabe lo que le hace falta a una mujer.

«Empezó por el estómago y la matriz aledaña. Los apresurados médicos de Londres coincidían en que, como era común en esos casos, se trataba de una inflamación intestinal. Mi amigo solicitó y consiguió un aplazamiento de dos días. La mujer fue operada. El ciego, como todo segundo intestino ciego operado, estaba obviamente supurado. El suyo, el mío, también está supurado. Los médicos y mi amigo creyeron que habían salvado a la mujer de un gran peligro de muerte.

«Feliz, como todo el que ama, por la salvación de su objeto amado, mi amigo partió a su nuevo puesto en Belgrado.

«Sin embargo, el pacto subsistió. Como a mediados de abril, la señora Gwendolin llegó a la estación termal. Por supuesto, la recogí en la estación. Se veía como una diosa, una diosa sin intestino ciego, una diosa convaleciente. Sufría y, a la vez, triunfaba, y extraía de su convalecencia todo tipo de fuerza para su triunfo. Es obvio que estuve ocupado alrededor de media hora antes de recoger y acomodar todas sus maletas. Eran cerca de doce. Ropa y vestidos suficientes para pertrechar, más o menos, a veinte mujeres durante dos o tres años. Llevé a la señora Gwendolin al Hotel Imperial y le pedí que fuera a verme al día siguiente a mi consulta.

«Acudió a la cita. La revisé. Recuerdo con precisión ese examen, no sólo porque Gwendolin era la esposa de mi amigo, sino porque era mi primer paciente. El ciego había desaparecido. Se veía la incisión, pero la mujer sostenía que habían “olvidado algo adentro”. Tenía hambre, náuseas, cardialgía, palpitaciones, dolor de estómago, espasmos y una y otra vez hambre.

Síntomas de embarazo, como usted sabe. ¡Pero no! ¡No estaba embarazada! Eso es casi lo único que un ginecólogo puede comprobar con alguna certeza. ¡No estaba embarazada! Después de reflexionar, llegué a la más banal de todas las enfermedades. Esa mujer hermosa, elegante —nada de lo que es humano le es ajeno al hombre—, por desgracia, tenía una solitaria.

«Pero ¿cómo podía decírselo sin ofenderla? Empecé a hablar de parásitos, de los inofensivos, primero; luego de los graves, y describí la solitaria como uno de los enemigos más peligrosos de la belleza femenina. Cuando, por fin, llegué al punto en que ella misma debía considerar su lombriz como muy interesante, comencé con prescripciones, dieta y recetas. Y nunca, desde que se padecen solitarias, fue alguna tomada tan en serio. Para la señora Gwendolin se trataba de una personalidad especial. Todos sus deseos y debilidades se avenían a su influencia. De manera que, por ejemplo, una mañana iba a verme y decía: “¡Cree usted que hoy en la noche me despertó porque quería champagne!”. Se refería, desde luego, al parásito. O en otra ocasión: “Yo quería quedarme en casa, como me lo aconsejó usted, pero no quiso, me produjo náuseas y tuve que salir a bailar”. Y así sucesivamente. Quería a su parásito más que a su marido. Era su seductor, su dador de indulgencia, su héroe. Le daba todo lo que necesitaba una mujer como ella: penas, debilidad, placer, deseo. La hacía bailar, beber, comer; este parásito perdonaba todo lo prohibido. Cargaba en su conciencia todos los pecados que ella cometía. Una semana más tarde, incluso un pecado real.

«¿Reconoce usted que debo ser el único médico del mundo que ha atendido a un parásito así de sinuoso?».

VII

«Una semana después, más o menos, mi amigo me escribió desde Belgrado para que no me olvidara del cumpleaños de su esposa. Se celebraba el primero de mayo, una fecha fácil de recordar. Muy temprano, antes de que comenzara mi consulta, fui a ver a mi protegida al Hotel Imperial con un inmenso ramo de rosas rojas. En realidad hubiera querido dejar las flores abajo, con el ujier. No sé si a usted le suceda lo mismo. De cualquier manera, a muchos hombres les pasa algo parecido; me siento ridículo con flores en la mano. Un hombre que se precie, no debe llevar flores. Pero se trataba de la esposa de mi amigo, mi protegida, mi paciente y cumplía años. Decidí, por lo tanto, tomar el ramo de rosas bajo el brazo y subir al elevador. Pedí ir al primer piso. Vi al mozo de librea tocando la puerta de la señora Gwendolin. Una, dos, tres veces. Sin respuesta. “Quizá la señora está dormida —o bañándose—”, dije. “No”, repuso el mozo de piso, “acabo de traerle champagne con dos vasos”. “¿Tiene visita?”. “Así es”, dijo el mozo, “el doctor de la número treintaidós”. “¿Quién es?”. “Un joven abogado de Budapest, el doctor Jenö Lakatos”.

«Pues bien, sabía lo suficiente. Es cierto que era mi primera temporada en ese balneario, pero no era una inocente ovejita, como se dice entre nosotros, y sabía lo que buscaban los jóvenes abogados de Budapest en los balnearios. En general, por principio, por decirlo así, no tenía nada en contra de ello. Sin embargo, se trataba de la esposa de mi amigo, de la cual era, de alguna manera, responsable. Sí, yo mismo ya me sentía engañado en su lugar. He permanecido soltero, pero sé que no necesitamos casarnos en absoluto, si tenemos amigos casados. Es como si, en cierto modo, uno también contrajera matrimonio con las esposas de todos sus buenos amigos, se divorciara de ellas con sus amigos y fuera engañado con sus amigos por sus mujeres —si, por casualidad, no es uno mismo el que engaña a su amigo.

«Me quedé, por lo tanto, ahí parado, perplejo, en el noble corredor del hotel, enjabelgado de un blanco deslumbrante, sobre una alfombra roja, y miré desconcertado al mozo, que vestía un frac azul, yo con el ramo de flores bajo el brazo, muy ridículo, ¿verdad? Era como si sintiera a las hermosas rosas marchitándose en mi cadera, ya sostenía tinas rosas muertas. Decidí bajar de nuevo. Entonces, de pronto se abrió la puerta. Salió, primero de espaldas, Lakatos de la número 32. De modo que al principio lo vi por detrás. Pero fue más que suficiente. Una pequeña cabecita redonda con brillantes pelos negros engominados: como si la misma naturaleza produjera pelucas. Un gran tronco cuadrado, una especie de cómoda forrada. Bajo la parte del cuerpo que no se nombra, pantalones gris claro, por lo menos seis veces más abultados que la cabeza, zapatos de un amarillo chillón. Ese era Lakatos. A través de la puerta entreabierta lanzaba besitos con la mano hacia la habitación, reía para sí, hacía reverencias. Cerró finalmente la puerta, se volteó y se vio frente al mozo y frente a mí. Su rostro, que sólo se componía de injertos negros, una naricita y un bigotillo negro azabache, parecía de cera, de cera rojiza. No tenía color de piel, sino una forma de maquillaje. Por lo demás, no se desconcertó. Nos sonrió, se metió las manos en los bolsillos del pantalón y se dirigió a su habitación, la número 32. Con qué gusto le hubiera pegado en la cara con mi imponente ramo de rosas. Así hubiera sabido, por primera y única vez en mi vida, para qué acarreaba, en realidad, llores. Pero debía ir a ver a la señora Gwendolin y felicitarla por su cumpleaños.

«En un ataque de estúpida perplejidad, le dije al mozo: “¡La señora está muy enferma! ¡Tiene un parásito!”.

«“Sí. doctor”, dijo el patán, “se acaba de ir”».

VIII

El doctor Skowronnek hizo una pausa, vio el reloj, pidió un cognac y dijo:

—Veo que lo estoy retrasando mucho. Tenga paciencia. por favor, mi verdadera historia apenas empieza.

Se bebió el cognac y continuó:

«Los hechos que le referí al final ocurrieron en el año de 1910. Usted recuerda aquella época, en la cual hubo tormentas en los Balcanes. Mi amigo no tenía un puesto sencillo en Belgrado. Sus cartas se volvieron cada vez más infrecuentes. Dos o tres veces al año visitaba a sus padres. Sólo lo veía fuera ele mi temporada; es decir, cuando por casualidad venía en invierno —pues yo todavía vivía en aquella ciudad mediana, en la cual había comenzado mi consulta, y sólo en primavera me mudaba a mi estación termal.

«Las visitas de mi amigo eran tan breves que apenas teníamos tiempo para ir a un concierto y mucho menos para que tocáramos algo. Las pocas noches que nos veíamos, preferíamos pasarlas conversando. Pero, durante ese año, ya no hubo una verdadera conversación entre nosotros. La música nos había hecho amigos. Sin música —entonces lo percibí con claridad— se petrificaba el corazón de mi amigo, discreto por naturaleza. Nos sentábamos juntos pero como separados por una pared de hielo. Nuestras miradas se rehuían. Si, a veces, se encontraban por un segundo, era como un roce casi físico, afectuoso, pero fugaz. Si tan sólo supieras…, parecían decir sus ojos. Y los míos preguntaban: “¿qué pasó?”. No había nada que hacer. Nos hacía falta la música. Ella sola había sido el fuego fecundo de nuestra amistad. Mi amigo se avergonzaba —yo lo sabía—. Nada contiene tanto a un hombre distinguido para hablar y contar, como la vergüenza. Cuando un hombre distinguido se apena, se queda en silencio, calla hasta lo más importante y la vergüenza puede llevarlo a las más vulgares debilidades humanas: la mentira, por ejemplo—. Sí. algunas veces tuve la sensación de que mi amigo mentía. Pero usted me conoce: no soy un moralista. Eso quiere decir que no juzgo a los hombres por sus actos y sus palabras, sino por los motivos de sus actos y sus palabras. Y. por lo tanto, hacía como si tomara sus mentiras por verdades. Sin embargo, él sentía que yo también mentía, como él mismo. Eran conversaciones penosas.

«Su cara había cambiado. Tenía, a pesar de su juventud, sienes ligeramente entrecanas; en lugar de su saludable tez morena, una pálida y amarillenta. Sobre el brillo original de sus hermosos ojos claros, había un velo gris; el velo gris de la mentira. Después de cada nueva visita que me hizo en el transcurso de ese año. me parecía que sus hombros se habían vuelto más esbeltos y decaídos; su espalda, más redonda; sus brazos, más lánguidos. Siempre le preguntaba por su esposa. Entonces, empezaba a hablar ele ellas, a hablar tanto que yo podía pensar con razón que callaba mucho más de lo que hablaba. Era como si un hombre con muchísima ropa, con demasiada ropa y abrigos, quisiera cubrir su desnudez. La señora Gwendolin era —quería creerle a mi amigo— honrada, jovial, fiel, formal y desenvuelta al mismo tiempo, un demonio centellante y un hada bondadosa, un ama de casa y una ágil bailarina, seductora y muy bien enterada, una dama y una muchacha dulce; en resumen: la esposa que podía necesitar un diplomático.

«“¿Y qué hace el parásito?” —preguntaba, a veces, recordando la impertinente respuesta del mozo del Hotel Imperial.

“Mi esposa está muy sana” —dijo mi amigo.

No lo dudaba, nunca hubiera dudado lo más mínimo de su salud».

IX

«Entonces llegó la guerra.

«Mi amigo (era teniente en la novena de Dragones) fue llamado a filas el primer día de la movilización. Su regimiento estaba en la frontera rusa. La señora Gwendolin se vino a nuestra ciudad, a casa de los padres de mi amigo, con una carta de recomendación dirigida a mí. En ella, mi amigo me pedía que en la temporada llevara conmigo a su esposa —y lo decía literalmente— “la cuidara”.

«En aquella época, como usted sabe, se creía que sólo habría una campaña militar de unos cuantos meses. Yo sospechaba que duraría años. También sabía que no me sería posible “cuidar” a su mujer. Pero hice como se me pedía. En la temporada, llevé conmigo a la mujer a la estación termal.

«Ahora, por desgracia, de inmediato; es decir, poco después de empezada la temporada, recibí la orden de enrolarme como médico de la reserva territorial. Y confié la custodia de la señora Gwendolin a uno de mis colegas, que debido a un defecto físico —tenía una joroba— estaba exento del servicio militar.

«Sólo dos años después había trabajado en un hospital de tifo y me había enfermado puede regresar al país. En la mañana, era médico de la reserva territorial en uniforme y revisaba a soldados enfermos. Por la tarde, atendía a las pocas mujeres enfermas, la mayoría de cuyos maridos estaban en el frente, y cuyo poco decente tratamiento hubiera podido abandonarlo por mis soldados convalecientes. Aquella era una época propicia para las señoras. Un Lakatos, del tipo como el que alguna vez había visto salir de la habitación de la esposa de mi amigo, parecía un huérfano en comparación con los robustos campesinos de Bosnia, Herzegovina, Croacia. Eslovenia. Nunca los manantiales milagrosos de nuestros balnearios tuvieron curativos tan espléndidos como en la época de la guerra, durante la cual nuestros valientes combatientes esperaban su salvación.

«La señora Gwendolin, por supuesto, estaba ahí. Parecía haber olvidado a su patria, su procedencia, la hostil Inglaterra. La muy variada virilidad del ejército austro-húngaro quizás había apagado todo sentimiento por Inglaterra en su hermoso pecho. Se había vuelto una patriota austríaca, ¡no era un milagro! —el amor solo determina el comportamiento de las mujeres.

«Cuando la guerra terminó, regresó mi amigo, todavía enamorado y. como todo hombre enamorado, convencido de que su mujer le había guardado fidelidad. Ahora bien, no necesito decirle que la señora Gwendolin estaba bastante enojada con el fin de la guerra, y quizá también con el regreso de su marido. Le echó los brazos al cuello a su esposo con la destreza que había adquirido a lo largo de la guerra y que mi amigo, desde luego, confundió con la pasión por él.

«Ya no había monarquía austro-húngara. Mi amigo, que en la empequeñecida y transformada Austria hubiera podido continuar su carrera (en el fondo era un diplomático aficionado), abandonó su oficio. Tenía suficiente dinero. También los padres de su esposa eran suficientemente ricos. Y decidió dedicar su vida a la señora Gwendolin».

X

«Viajaron por los países que habían permanecido neutrales. Mi amigo quería, según decía, volver a encontrar “la vieja paz”. No la halló en ninguna parte. Regresó a casa. La fábrica de su padre ya no podía producir armas y municiones. Todas las armas existentes debieron ser destruidas o entregadas a las potencias vencedoras. Además, un día se enfermó el padre de mi amigo. De cualquier manera, no podían impedir que la fábrica quebrara. Algunos fabricantes de municiones lograron transformar sus plantas: en lugar de granadas y cañones de fusil, produjeron bicicletas, piezas para maquinaria, coches, ruedas, automóviles. Mi amigo también quiso intentarlo. Con el esmero que le era propio, empezó a estudiar a fondo las especialidades industriales. Visitó fábricas en Inglaterra, Alemania y Suiza. Cuando creyó tener suficiente experiencia, regresó solo —había dejado a su esposa con sus padres en Londres—. Era emprendedor, lleno de esperanza. Era casi como si saludara al destino, que lo había arrojado fuera de su noble carrera. De hecho, tenía aptitudes comerciales, instinto para las personas y las cosas. Por supuesto, tocábamos algunas obras juntos e íbamos a conciertos.

«En una ocasión, fue a verme a una hora desacostumbrada. Sabía que solía irme tarde a dormir. Era la una de la mañana. Dejó un portafolios sobre la mesa, se quedó parado frente a mí y preguntó:

“Dígame la verdad, usted lo sabe. ¿Mi mujer es fiel? ¿Me ha engañado? ¿Con frecuencia? ¿Con quién?”.

Una situación incómoda, comprenderá usted. Forma parte de las leyes de caballería no traicionar a una mujer. Además, algunas veces había visto que la ira de los hombres enamorados no se dirige contra la mujer pérfida, sino contra los amigos monitorios que ponen sobre aviso. Hoy, todavía no sé qué deber es más determinante: respetar a la mujer o decirle la verdad a un amigo. En el transcurso de mi larga práctica como ginecólogo me he vuelto, por decirlo de algún modo, más caballeresco; es decir, he adquirido experiencia en el trato deferente a las mujeres. Pero también me he vuelto más cuidadoso en el juicio de ese sexo débil, a cuyas fuerzas nunca nos podremos enfrentar. Era mi mejor y único amigo. Lo miré, no me levanté y dije con sinceridad:

«“Su esposa lo ha engañado muchas veces”.

«Se sentó, volteó el portafolios y vació su contenido sobre mi mesa: pulimentos militares, escarapelas, Edelweiss, botones de metal, espejitos, distintos utensilios como los que los soldados suelen regalarles a las muchachas durante la guerra.

«Por último, también había cartas de amor, pequeñas, grandes, sencillas, distintas tarjetas y el correo azul de la milicia. Mi amigo estaba ahí parado y miraba ese variado montón. Luego se me quedó viendo algún tiempo y preguntó:

«“¿Por qué no me dijo nada?”.

«“No era mi obligación”.

«“¡Ah!” —exclamó de pronto—. “¡No era su obligación! ¡Me pitorreo de su amistad! Escúchelo, ¡me pitorreo de usted!”.

«Recogió todas las baratijas en el portafolios, lo cerró, ya no me miró y salió de mi casa”.

«“Pues he perdido un amigo”, me dije. Peor, mucho peor que cuando se pierde una mujer. Hubiera podido tener dos semanas más, pero a la mañana siguiente me fui a mi estación termal.

«Ahí recibí un agitado telegrama de la señora Gwendolin. También a ella debía decirle la verdad sin demora: no sabía si su marido se había enfermado o por qué ella tenía que ir a verlo tan súbitamente.

«Remití el telegrama a mi amigo, sin más palabras».

XI

«Cuatro semanas después, los dos fueron a verme de improviso. Es decir: primero mi amigo irrumpió en mi habitación. Había ocurrido algo terrible. Lo contó en frases precipitadas: había sucedido una de las escenas acostumbradas. La mujer intentó negarlo. El mencionó y mostró las llamadas “evidencias”. La mujer decidió, con lágrimas, por supuesto, volver a Londres para siempre. Las maletas estaban hechas, el boleto comprado. Una hora antes de la partida del tren, ella fue a su fábrica. El conocido “último adiós”. Obviamente, llevaba flores. Usted no tiene idea de qué tipo de miserable plagio de una mala novela es la vida. O. como verá en seguida, de manuales de medicina. Ella se comportó de manera extraña. Se arrodilló y besó a mi amigo en la punta de los zapatos. El no pudo defenderse. Ella le pegó en la cara. Después, con torpeza, como una muñeca de trapo, se desplomó en el suelo. No la podían levantar. Estaba aferrada a la alfombra, como soldada. Después cayó en espasmos. Fue llevada a su casa, se llamó a los médicos, la llevaron a Viena a ver al corifeo. Su estado es casi invariablemente malo, pero dentro de la enfermedad hay vivos cambios. De pronto, se paraliza un brazo; de pronto, una pierna. En ocasiones, la cabeza tiembla; otras, un párpado. Durante días, no puede comer nada, vomita al ver alimentos. Un par de veces, tuvieron que llevarla en camilla a la iglesia; quería rezar. Está enojada con su marido; según ella, es el causante de sus dolencias.

«Mi pobre amigo, de hecho, se cree culpable. “Yo la destruí”, decía. “¡Mi culpa! ¡Todo lo que ha hecho fue por mi culpa! Estaba sordo y ciego. A las mujeres jóvenes no se les deja solas. ¿Qué podía hacer, noches y días enteros sin mí? ¡Y con qué brutalidad he aclarado las cosas con ella! ¡En realidad, no me ha hecho nada de daño! Sólo mi orgullo estaba herido. Estúpida vanidad masculina humillada. Ningún doctor puede ayudarla. ¡Sólo usted! ¡Perdóneme tocio!”.

«“¡Yo tampoco puedo ayudarla, mi querido, pobre amigo!”, dije. “Sólo ella misma puede ayudarse, si es que quiere. Pero precisamente está enferma porque no quiere ayudarse. En la medicina lo llamamos la fuga en la enfermedad. Se trata, con toda franqueza, de un ejemplo de ese fenómeno patológico. Sólo puede hacerse una cosa: sálvese usted mismo. Interne a su esposa en un buen sanatorio”.

«“¡Nunca!”, exclamó. “Nunca la abandonaré”.

«“¡Bien!”, dije. “Como quiera. Vayamos por su esposa”.

«Me recibió con una sonrisa encantadora y a su marido con una mirada severa. Una actriz genial no hubiera podido hacerlo mejor. Su ojo derecho brillaba hacia mí: el izquierdo emitía un rayo tenebroso contra mi amigo. “Ayer, sus párpados palpitaban todavía. Hoy sólo pudo darme la mano izquierda, pues la derecha estaba tiesa”.

“¿Las piernas?”. “Hoy estaban bien”. “¡Levántese!”, ordené en el tono en el cual debía hablarle a los soldados como médico militar. Se paró. “¡Venga al piano! ¡Quiero que tratemos de tocar!”. Caminó hasta el piano. Nos sentamos. Y entonces hice un sacrificio inaudito por mi amigo. Piense: yo. yo toqué… ¿Qué cree que toqué? ¡Wagner! ¿Y qué de Wagner? El coro de los peregrinos. Y su mano derecha se movió. “¡Wagner es un gran maestro!”, dijo cuando terminamos. “Sí, señora.

Como remedio para las mujeres enfermas es insuperable”, repuse.

«“¡Es usted un médico único en el mundo!”, celebró mi amigo. Piense usted: ¡no notó en absoluto que había tocado a Wagner por primera vez en mi vida!

«Tanto puede una mujer, y más aún. A partir de ese momento, sólo me dejó un par de descansos al día; mi amigo, ni uno solo. Estábamos sentados día tras día, noche tras noche, junto a ella; mejor dicho, en torno a ella. En los escasos momentos, en los cuales podía estar solo; o sea, cuando atendía a las otras pacientes, mi amigo no tenía una vida sencilla. Yo sentía que con fervor me esperaba. Al llegar, me abrazaba, se quedaba conmigo largo rato en el recibidor. Yo sabía qué tanto ansiaba estar conmigo a solas, dos horas, una tarde, y sentía latir su corazón, su pobre corazón medroso, el corazón de un esclavo, al cual su dueña puede aguardar amenazante. Cuando entrábamos en la habitación, su esposa preguntaba siempre: “¿Qué hacían tanto tiempo allá afuera? ¡Hace calor! ¡El doctor no lleva abrigo! ¿Qué secreto me esconden? ¿Ay, Dios! ¡Siempre me engañan!”.

«No pude abstenerme de responderle un día: “A todos nos llega la hora…”.

«Se vengó aquel día. Su pie izquierdo se entumeció, se enfrió, y tuve que frotárselo una hora.

«Mi amigo se mantuvo de pie junto a su cabecita y le acariciaba el pelo. No dijimos una palabra.

«Cuando el pie izquierdo casi había vuelto a adquirir calor, le pregunté a mi amigo: “¿Y qué es de su fábrica?”.

«“¿Fábrica? ¿Qué fábrica?”, exclamó la enferma.

“Cálmate”, decía el marido. “El doctor se refiere a mi fábrica”. “La vendí hace mucho, querido amigo, vivimos de la cuenta del banco”.

«Día a día se repetían ese tipo de escenas. A veces, los tres salíamos a pasear. Entonces la llevábamos, no, la acarreábamos justo en medio. Colgaba de nuestros brazos, una dulce carga. Comíamos, bebíamos y callábamos.

«Una vez, lo recuerdo, fuimos a un salón de baile. Usted sabe que no soy un bailarín apasionado. Odio todo tipo de exhibicionismo, y eso —dicho con sinceridad— es el baile desde el fin de la guerra. Pero como ya en una ocasión, por mi amigo, había tocado a Wagner con su esposa, decidí también bailar con ella. ¡Todo lo que no debe hacer un cirujano! Bueno, bailamos. A mitad del Shimmy, me susurró: “Te amo, doctor, sólo te amo a ti”. Por supuesto, no respondí. Cuando regresamos a la mesa, le dije a mi amigo: “Su esposa acaba de declararme su amor. Soy el único médico al que quiere”.

Un par de días después, la temporada llegaba a su fin, le aconsejé a mi amigo que se fuera con su esposa a Inglaterra, a ver a sus suegros y, si quería, que volvieran el próximo año.

«”El próximo año vendremos sanos”, dijo. Y se fueron».

XII

«Al año siguiente, llegaron de nuevo, pero de ninguna manera sanos. Hablo en plural, pues mi amigo estaba tan enfermo como su mujer. El tifo es menos contagioso que la histeria, debe saberlo. Un demente no es peligroso porque pueda amenazar físicamente a su entorno, sino porque destruye poco a poco la razón de su entorno normal. La locura, en este mundo, es más fuerte que el sentido común, la maldad es más poderosa que la bondad.

«Durante el invierno recibí pocas noticias de mi amigo. Quizá mi consejo había sido malo. En casa de sus padres, la malignidad de la mujer ganó nuevas fuerzas; fue, por decirlo así, una fragua para sus armas. Médicos, hipnotizadores, ensalmadores, magnetizadores, curas, matronas: nada podía ayudarla. Un día, aseguraba que ya no podía mover las piernas. Y significativamente era poco después de la noche en que su marido —con su suegro, además— había ido por primera vez a un banquete desde la aparición de su enfermedad. Ahora bien, las piernas estaban realmente tiesas. Las muletas, las patas de palo, las prótesis son más flexibles. Las inmóviles, inamovibles piernas adelgazaban con rapidez, mientras el tronco engordaba sin cesar. Y como no soportaba a ningún desconocido, por supuesto que su marido, mi amigo, debía llevarla en silla de ruedas.

«Cuando fue a verme de nuevo, había encanecido y envejecido. Pero peor que eso: ese hombre noble tenía la actitud y el aire de un criado. Qué digo; era como un siervo. Como un recluta ante la llamada de su sargento, se ponía firmes cuando lo llamaba su mujer. La voz de ella se había vuelto más ronca y más aguda al mismo tiempo. Como una sierra zumbante cortando el aire. Además, tenía ojos relampagueantes, risueños, joviales, una sonrisa agradable, mejillas sonrosadas que se redondeaban, un hoyuelo en el mentón, que se hacía más grueso. Parecía un ángel tullido de Navidad, sin alas, sobre piernas miserables, flacas, firmes, inmóviles. Sin embargo, mi amigo, como decía, era como un lacayo. Un viejo cochero hubiera tenido aspecto de príncipe junto a él. Mi amigo se arrastraba con hombros encorvados, sobre rodillas flexionadas. Quizá se debía a que tenía que llevar eternamente la silla con su dulce carga por la vida. Sí. golpeado, esa es la palabra exacta, ¡parecía golpeado! Quizás

«Le pregunté cómo le iba en el amor, me refería al amor físico. Pues piense usted: ese hombre debía desnudar a su mujer noche a noche, llevarla a la cama en brazos y, por supuesto, acostarse junto a ella. El pobre temía que esa mujer fuera a engañarlo de nuevo si no la amaba. ¡Sí todavía se entusiasmaba con su belleza! A mí me habló con entusiasmo de su belleza, de la cual yo había visto su tronco engordado y sus piernas flacas.

«Lo que más le molestaba eran sus celos. No podía estar sola ni un momento, rechazaba a las enfermeras por miedo a que su marido pudiera enamorarse de ellas. Pero también estaba celosa de mí, de la recamarera, del mozo, del portero del hotel, del elevadorista. Juntos la acarreábamos a los conciertos, al café, al restaurante, como tiro de borrico, sujetos al cabo de su miserable y rechinante carretilla, jadeando en las tardes de bochorno, a veces, en la lluvia y el viento, sosteniendo un paraguas sobre su sombrero siempre a la moda, las mantas perpetuamente alisadas sobre sus rodillas. Modistas, costureras, cortadoras, revoloteaban, como mariposas en la luz, por el hotel donde vivía. Se detenía cada tercer ventana. Hacía que la metieran en las joyerías, donde se demoraba buscando la alhaja adecuada. Cada mañana llegaba el peluquero. Cada mañana, mi amigo tenía que acomodarla en la tina y, mientras ella jugaba con animales de goma, le leía revistas y estúpidas novelas inglesas de entretenimiento.

«Mi tratamiento ya no servía para nada. Ya no había, como decimos los médicos, “ganas de vivir” en la mujer. En ella había arraigado demasiado la psicosis. Se reía de mí. Ya no tenía poder sobre ella.

«Nunca logré estar a solas con mi amigo. No nos dejaba solos ni un cuarto de hora. Busqué una salida. Finalmente creí encontrarla: debido a que rechazaba a una enfermera por celos, ¿cómo sería con un cuidador? Conocía a un buen muchacho de nuestro hospital. Hablé con él, estuvo de acuerdo. Lo llevé con la señora Gwendolin. A ella le pareció bien. “Pero no ahora”, dijo, “cuando regresemos; aquí no quiero dejarlos a ustedes dos solos”. En eso quedó. Poco antes del fin de temporada, se fueron a Londres con el joven cuidador.

«Sentía un ligero alivio: quizás ese cuidador podía facilitarle a mi pobre amigo al menos un par de respiros en Londres.

«¡Pero sucedió otra cosa! Apenas dos meses después, recibí una breve carta de mi amigo.

«Yo siempre había tenido razón, me escribió. Ahora, por fin, él lo sabía, pero nunca era demasiado tarde, iba a dejar a su esposa. La había sorprendido, por casualidad. en un abrazo íntimo con el joven cuidador. Pronto escucharía más detalles.

«Pero pasaron dos años. Escribí sin obtener respuesta. Ya no supe nada de mi querido amigo.»

XIII

«Un día viajé a París y fui, más por aburrimiento que por interés, a uno de los muchos centros nocturnos de Montmartre, frente a cuyas puertas montan guardia falsos cosacos tratando de atraer al interior a norteamericanos auténticos. Cansado y casi humillado por mi propia estupidez, me quedé sentado mirando a las parejas que bailaban. De pronto, distinguí a la señora Gwendolin. ¡Era ella, sin duda! Bailaba tina llamada Java del brazo de un gigoló con el pelo negro alisado y engominado. El hombre no podía ser otro que Lakatos. Es decir: Lakatos de Budapest es un tipo, no una personalidad. No tenía que ser necesariamente el viejo Lakatos de la habitación 32.

«De repente, la mirada de la señora Gwendolin cayó sobre mí. Dejó parado a su compañero de baile y vino a mi mesa, jovial, sonriente; una diosa. Me incliné por instinto para ver sus piernas. Piernas sanas, impecables, en medias de seda gris claro.

«“¿Qué? ¿Se sorprende, doctor?” —dijo—. “Me voy a sentar un momento”.

«Se sentó.

«“¿Dónde está su marido?” —pregunté—. “¿Por qué no escribe?”.

«Dos enormes lágrimas resplandecientes aparecieron a la orden, dos guardianes de la tristeza, en el rabillo del ojo.

«“¡Murió!” —dijo—. “Desgraciadamente se suicidó, por una estupidez”.

«De la bolsa sacó un pañuelo y un espejo al mismo tiempo.

«“¿Cuándo?” —pregunté.

«“¡Hace dos años!”.

«“¿Y hace cuánto que está usted sana?”.

«“¡Año y medio!”.

«“¿Y con el que está es su nuevo marido?”.

«“Mi prometido, el señor Lakatos, un húngaro, famoso bailarín, como quizás haya visto”.

«“¡Ay, el parásito!”, pensé y exclamé: “La cuenta!”, y pagué de inmediato y dejé a la mujer sentada y salí sin despedirme de ella.

«Muchas, muchas mujeres pasaron delante de mí. Algunas me sonrieron.

«Sólo sonrían, pensé, sólo sonrían, den vueltas, mézanse, cómprense sombreritos, medias, cositas. ¡Pronto se les acercará la edad! ¡Un añito todavía, dos! Ningún cirujano las podrá ayudar, ningún peluquero. Deformes, afligidas, amargadas, pronto, bajarán a la tumba, y todavía más abajo, al infierno. ¡Sonrían, sólo sonrían!».

 

Joseph Roth

Traducción de Javier García Galiano