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Poco más de quince minutos tardó el EZLN en ocupar de nueva cuenta las primeras planas de la atención pública. En pocos días Marcos llegará, a la ciudad de México. ¿Estrategia política, acción por la paz? Jorge Javier Romero se plantea estas interrogantes que sólo se explican cuando vuelve a valer la vieja práctica de negociar con la desobediencia.


Para los apologistas del gobierno de Vicente Fox, y para algunos seguidores acríticos, la actitud del gobierno en torno al conflicto con el EZLN ha sido una estrategia meticulosamente planeada que pretende que la opinión pública note los esfuerzos gubernamentales por lograr la paz y que, en caso de que todo el asunto quede en agua de borrajas, sean el inefable Marcos y su ejército los que paguen los costos de aparecer como intransigentes y necios. Si, por el contrario, se llegara a un acuerdo que condujera a que el EZLN depusiera las armas, entonces Fox habría cumplido con su ofrecimiento de lograr la paz en Chiapas, si no en quince minutos, sí en relativamente poco tiempo. Un triunfo más de la voluntad política.

Será porque soy un malpensado, pero para mí que el asunto se les salió de madre a los estrategas del gobierno. Desde hacía ya muchos meses, pero sobre todo después de la elección del 2 de julio, el asunto del EZLN, si bien estaba enconado, ocupaba apenas algún rincón entre los asuntos que llamaban la atención pública. En Chiapas hubo, por fin, elecciones y el resultado era inmejorable para tomar la iniciativa política, no necesariamente la mediática, e impulsar, juntos, gobierno federal y estatal, un conjunto de reformas —nueva municipalización, que hiciera coincidir en lo posible las comunidades con un espacio de decisión inherentemente autónomo, posibilidad de que los municipios tuvieran sus cartas en las que se consagraran prácticas tradicionales (los famosos usos y costumbres), reforma educativa para impulsar la educación en lenguas indígenas— que dejaran sin sustento ético y político a los insurrectos. A la vez, el gobierno federal pudo haber mandado una iniciativa de derechos indígenas al Congreso que superara el despropósito jurídico del viejo proyecto de la COCOPA. Todo esto sin demasiados reflectores pero con eficacia. Sin embargo, lo que se buscaba era el golpe de efecto, como si los días de la campaña no hubieran quedado atrás.

El hecho es que, por tratar de llamar la atención, la estrategia gubernamental resultó no sólo en el resurgimiento de Marcos, sino de buena parte del movimiento pro EZLN que se había desinflado, sobre todo después de los excesos cometidos durante la huelga de la UNAM por grupos afines. Hasta el repudiado y execrable CGH tuvo un nuevo aire a partir de que la intención del gobierno por atraer las luces hizo que éstas se desviaran hacia los pasamontañas casi olvidados. El subcomandante, especialista en el asunto, supo aprovechar la oportunidad para salir de su aletargamiento y de inmediato retomó el protagonismo perdido: el gobierno le había puesto un bombón.

Las reacciones —en todo el sentido de la palabra— no se hicieron esperar. Buena parte de los aliados del presidente con botas salieron a mostrar su santa indignación. Los empresarios le llamaron la atención a su valido, el obispo del rictus peroró y el gobernador de Querétaro les recordó a los olvidadizos que eso de la derecha pura y dura existe. La estrategia gubernamental había despertado a los polos y hubo que rectificar para no perder el centro.

Y fueron los tiempos de parar el retiro de tropas en Chiapas, de decir que el gobierno ya había tenido gestos y que ahora le tocaba al EZ, de la campaña para que todo mundo coincidiera en que el bando gubernamental estaba haciendo más que los marquistas, etcétera. Con todo, parece que los grandes estrategas lograron sacar la pata a tiempo y le salieron al paso al asunto.

Mientras todo lo contado ocurría, la izquierda democrática —en la que incluyo sobre todo al PRD, más que nada porque no encuentro otra forma de calificarlo en este momento —se quedaba calladita o, más bien, su voz apenas parecía un susurro que llamaba a que se respetaran los acuerdos de San Andrés, como si eso quisiera realmente decir algo en la práctica. Nada de una visión progresista de la cuestión indígena. que haga coincidir los derechos particulares con la ciudadanía universal; nada más allá de las buenas intenciones que han hablado de autonomía sin decir con qué se come eso, ninguna idea de cómo impulsar el desarrollo y la igualdad de oportunidades entre los pueblos marginados. Nada de nada.

Marcos viene y dice que quiere convencer. Eso sí, sus mínimos son inamovibles: para él no hay más que una razón. Erigido en el paladín único de la causa india, no acepta —por algo es un revolucionario— la existencia de razones distintas, de intereses contrapuestos a los que la política debe armonizar. El Congreso deberá, si es que quiere lograr la paz. aceptar su razón armada, dogmática. Dejémonos de discusiones parlamentarias complejas: aquí nada más hay una voz y una forma unívoca de entender la cuestión de los derechos indígenas.

El EZLN llegará a la ciudad de México. ¿Cómo los recibirá la capital, tan proclive a agasajar a tirios y troyanos? ¿Con guirnaldas como a Maximiliano, o con café con leche de Sanborn’s, como a los auténticos zapatistas? ¿Finalmente darán la cara o seguirán detrás de su mítico pasamontañas, emblema de su clandestinidad revolucionaria? ¿El Congreso los admitirá encapuchados? Mientras todas estas incógnitas se resuelven, el hecho es que la construcción de un orden jurídico democrático y válido para todos se sigue aplazando, mientras que la negociación con la desobediencia sigue siendo la práctica. Ni modo: las inercias son las inercias.

 

Jorge Javier Romero
Politólogo. Profesor de la UAM-Xochimilco.