En el marco de la última edición de la Feria del Libro de Guadalajara, la casa Gallimard, una de las empresas editoriales que han asumido con mayor brillo y constancia la difusión de la cultura universal en Francia, fue objeto de un homenaje. Ofrecemos la intervención de Carlos Fuentes durante aquella velada.


En 1961, atravesaba yo por primera vez el augusto portal de Gallimard, entonces, como hoy, la primera, la más prestigiada, la más literaria de todas las grandes editoriales del mundo.

No era necesario saberlo para dejarse impresionar por la fachada clásica del número 5 de la calle Sebastien-Bottin, con su doble insignia como un escudo que, a un tiempo, simbolizaba, advertía e invitaba: Gallimard —NRF— Nouvelle Revue Francaise.

Yo tenía 31 años y mi primera novela, La región más transparente, iba a ser publicada por Gallimard, con prólogo de Miguel Ángel Asturias.

Por todos estos motivos, llegué con cierta temblorina a la mesa de la adusta recepcionista y di mi nombre.

—¿Y quién es usted?— me espetó la formidable cerbera.

—Un novelista mexicano— contesté con toda dignidad.

Sans blague? exclamó la recepcionista, lo cual, traducido formalmente, significa, “¿De veras?”, pero más coloquialmente “¿A poco?”.

Bueno, no era yo el primer mexicano o latinoamericano —especie exótica— en ser acogido por la noble casa Gallimard. Creo que esa distinción le pertenece a Ricardo Güiraldes, cuyo Don Segundo Sombra —novela de repercusión mundial— apareció con el sello de la NRF en 1932.

Más tarde, gracias a la inteligencia cordial —cordial, de corazón— de la magnífica e inolvidable Monique Lange, gracias a la percepción aguda del patrón, Claude Gallimard, y gracias al empeño del escritor Roger Caillois, que vivió el exilio de la Segunda Guerra mundial en Argentina, se creó la colección La Croix du Sud —La Cruz del Sur— entre cuyas tapas amarillas con letra verde —como la bandera brasileña— se podía leer a Martín Luis Guzmán y a Mariano Azuela, a Jorge Luis Borges y a Alejo Carpentier.

Pero fue gracias a Julio Cortázar —cuyo aspecto de niño eterno y hombre bondadoso escondía una voluntad fiera— quien exigió que los latinoamericanos saliésemos de nuestro ghetto verde y amarillo. La Cruz del Sur, para ingresar, normalmente, sin más y sin menos, a la colección de tapas blancas, Du Monde Entier: la colección de la literatura universal, alegaba Cortázar, a la cual pertenecía por derecho propio la nuestra, la de la América Latina.

Es sólo un pequeño capítulo —esta evocación latinoamericana— de una historia prodigiosa en el mundo editorial. Piensen ustedes: la casa Gallimard se origina en 1908 con la idea de André Gide: una literatura fuera de los “ismos”, una literatura que abreva en los clásicos para no tener sed, sino gusto, del mundo.

La revista se extiende hasta convertirse en editorial en 1911 y, desde entonces, durante los noventa años siguientes, enriquece y consolida su posición a través de los tres Gallimard: el abuelo Gastón, el hijo Claude y el nieto Antoine.

Al abuelo sólo lo vi de lejos, almorzando puntualmente todos los días en el Hotel Montalembert de la Rué du Bac, al lado de la editorial. Pero en su paso elegante, su mirada velada y rápida y su vestimenta un poco pasada de moda, se percibía una inteligencia que se sobrepuso a algunos errores —rechazar El camino de Swann de Proust como obra de “mero entretenimiento”: en todas partes se cuecen habas, al mejor editor se le escapa la liebre y en este caso, la Magdalena—; errores prontamente reparados con la publicación de Swann en 1917 y el Premio Goncourt a A la sombra de las muchachas en flor en 1919. Pero el pequeño error es abrumadoramente superado por el gran éxito de incluir a Claudel y a Valéry, a Bretón y Aragón, a Malraux y a Sartre; y el dominio extranjero, en presentar a Faulkner y Hemingway, a Joyce y a Nabokov, a Thomas Mann y a Alfred Doblin, a los lectores francófonos.

Al lado de este dinamismo y receptividad frente a la actualidad, Gallimard inicia la serie de clásicos franceses y extranjeros más bella y más prodigiosa del mundo: La Pleiade, La Pléyade, dirigida hasta su exilio en 1940 por Jacques Schiffrin y cuya lista va de la Biblia a Borges. Creo que no hay volúmenes en el mundo más bellos, más deleitables al tacto, a la vista, al olfato y a la inteligencia, que éstos de La Pléyade. Abrirlos es, como diría José Emilio Pacheco, abrirse al amor de una mujer. Y demás combinaciones posibles. Palabra.

Los años sombríos de la guerra y la ocupación alemana ponen a prueba la capacidad de la editorial para resistir, esquivar la censura, introducir en la sombra un poco de luz e iniciar a los nuevos autores que, por desconocidos, no son objeto de sospecha: Albert Camus es el mejor ejemplo, publicado en 1942, como lo serán Georges Bataille y Simonne de Beauvoir en 1943- Años de prueba: Drieu la Rochelle controla la revista pro-alemana. Gastón Gallimard. las ediciones de libros libres.

Exenta de toda culpa por los comités de depuración de la Francia liberada en 1944, la familia Gallimard retoma el vuelo primero con Gastón y a partir de 1961. con Claude, un hombre de extraordinaria seriedad y reserva al lado de extraordinaria cordialidad y apertura al mundo. El conduce Gallimard a formar parte del Premio Eormentor que dio su gran espacio internacional a Beckett y a Borges. El llevó a las literaturas del Nuevo Mundo a un sitio de honor en la lista de Gallimard: Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, William Styron y Philip Roth. El se dio cuenta primero de la importancia de las literaturas del centro de Europa y trajo a Gallimard a Milán Kundera, a Tilomas Bernhard y a Peter Handke. El acentuó el carácter europeo abierto e integrador de la literatura: Fernando Pessoa el portugués, Elias Canneti el búlgaro cosmopolita, los suizos de expresión germana Durrenmatt y Frisch.

Esta es la extraordinaria herencia recibida por el joven editor al cual, en nombre propio y de su prosapia, honramos hoy en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Antoine Gallimard. a partir de 1988. le ha traído modernización, desarrollo y salud fiscal a la casi centenaria editorial. Ha extendido las actividades de Gallimard al sector juvenil. a la literatura de viajes, a los textos paraescolares y al audiovisual. Se ha hecho presente en los multimedia y lo ha hecho con fondos propios, sin enajenar la editorial a consorcios sin rostro y a barcos sin bandera. Como Vicepresidente del Sindicato Nacional de la Edición, ha defendido el precio único del libro contra la desleal competencia de los supermercados libreros. Ha luchado por esas pequeñas librerías indispensables al bibliófilo que quiere husmear, encontrar los tesoros perdidos, darle sol a las sombras literarias. El mismo, desde muy joven, entró a los sótanos de Gallimard y encontró las ediciones agotadas de libros indispensables, lanzando la colección Lo imaginario, que rescató de los subterráneos obras de Faulkner y Rulfo, de Rómulo Gallegos y Hermann Broch.

Se rodeó de un extraordinario equipo de jóvenes, entre los cuales quiero destacar, esta noche, a aquellos con los que mantengo un trato más frecuente: Teresa Cremisi, directora editorial, Jean Mattern, director de derechos extranjeros; y las dos vestales del templo de la promoción, Pascale Richard y Helene de St. Hipolite. Reforzó la colección Folio, acaso la mejor, la más bella colección de bolsillo del mundo, que hoy cuenta con más de dos mil títulos a precios asequibles, abriendo aun más la invitación a la lectura de una editorial, Gallimard, cuyos títulos más vendidos no son Daniel Steele ni John Grisham ni Tom Clancy, sino El principito de St. Exupery (nueve millones de ejemplares), El extranjero de Camus (ocho millones), La peste, otra vez de Camus (seis millones) y para redondear el quinto bueno, La condición humana de Malraux con cuatro millones. ¿Quién habló del fin del libro y el entierro de Gutenberg?

La condición humana: Permítanme recordar que Antoine Gallimard participó como estudiante en el mayo parisino de 1968 y fue conducido al “tambo” en una “julia” a la cual se subió, reclamando la misma suerte que los estudiantes, Jean Genet, desde entonces amigo de Antoine Gallimard.

Su abuelo Gastón dijo una vez que amaba los libros, las mujeres y el mar.
Antoine, más discreto, dice amar los libros y la amistad. Lo cual incluye, digo yo, el amor y las mujeres.

Incluye también el mar. Antoine es un experto surfer. ¿Por qué?, le pregunto. Porque me gusta conocer los límites, responde.

Límites de Antoine Gallimard: la independencia como garantía de la calidad y la calidad como garantía de la independencia.

Límites de Antoine Gallimard: el arte de la memoria. Recordar a los escritores, para que los escritores recordemos a Gallimard.

Que es lo que hacemos esta noche en Guadalajara.

Felicidades, Antoine, felicidades, Gallimard. 

 

Carlos Fuentes
Escritor. Su libro más reciente es Los años con Laura Díaz.