LAS LEYES DEL NARCO

LA PLATA, EL PLOMO Y SAN JUDAS TADEO

POR JULIÁN ANDRADE JARDÍ

La complicidad entre policías y narcotraficantes responde a una consigna básica que así se expresa: “plata y plomo”. Julián Andrade revela algunas de esas complicidades, un círculo perverso donde el dinero sucio siempre termina por imponer su ley.

Estoy convencido de que la leyenda de “la plata o el plomo ‘ no es sino eso, una historia no confirmada que tiene muy poco que ver con la realidad. Las cosas en el mundo de la policía son mucho menos elaboradas y se reducen a “la plata y el plomo”, en un ensamblaje irrompible. Si se acepta dinero del narcotráfico, al final alguien terminará muerto. Así son las reglas. Queda la opción, en efecto, del botín de guerra y el dinero frío.

Muchas fortunas se han forjado con lo que queda de las guerras, con el dinero que acompaña, como un imán, a los narcos en sus propiedades y en sus viajes. Hay reglas básicas, sin embargo. Si el narco muere, la mitad es para la viuda, en un contrato sagrado. Para quien viole el acuerdo, están Los Cobradores, sujetos encargados de mantener el orden y el respeto a ciertas tradiciones.

La tarde que tuve esta revelación fue ante un San Judas Tadeo de tamaño natural, a sus pies una manzana y medio vaso de agua, adornado, todo, con una decena de veladoras.

El santo patrono de policías y narcos se enseñoreaba en un rincón de las oficinas de la PGR en Ciudad Juárez. Chihuahua. Detrás de él, la imagen de un águila daba cuenta de dónde estábamos y a dónde íbamos. La subdelegación se encontraba en la que fuera la casa de un conocido narcotraficante, el Güero Chabelo. Dividida en chalets, la oficina contaba con alberca, en ese tiempo vacía, y con canchas de frontón que hacían las veces de bodega.

Habían matado a un jefe de grupo, en una de las agrestes colonias de la ciudad, en Lomas de Poleo, lugar que años después saltaría a la fama por los crímenes en contra de cientos de mujeres, cuyos cadáveres eran —y aún son— arrojados en ese lugar, a unos metros de la frontera con Texas.

Ahí, en Juárez, las historias son tan duras como sencillas. Días antes, la judicial del estado interrogaba a un joven acusado de homicidio:

—¿Por qué la mataste?

—Por bruja.

—Pero era tu mamá.

—Era puta.

Jesús Roberto Gil quemó a su madre luego de matarla clavándole un desarmador en el cráneo. La autopsia reveló, también, el desgarre total de la vagina.

El tipo de la judicial tenía un balazo en la frente. El polvo del desierto cubría la sangre y la convertía en una especie de pasta, como el pegamento cuando se le echa brillantina, aunque de un color morado, casi negro. Su pistola, una Baretta .9 milímetros, estaba a un lado, con el cartucho cortado (señalarían después los expertos), dando cuenta que la velocidad es asunto de vida o muerte.

—Se quiso comer todo —me dijo un jefe de servicios periciales de la procuraduría del estado.

Horas después y con un trauma que poblaría mis pesadillas durante años, el subdelegado de la policía judicial federal me explicó, ahí, ante San Judas:

—No se mama y se da de topes. Las líneas son frágiles. Combates al narco o estás a su servicio, y no se trata sólo de dinero, porque lana hay por todos lados, sino de lo que uno pacta y a lo que se compromete. Estaba chavo, agarró el dinero, se arrepintió y quiso remediarlo. Así de pinche es este trabajo.

El jefe de grupo tenía una maleta con dólares en su apartamento. En fajos de veinte, las cuentas dieron la cantidad de 20,000. ¿Cuánto vale una vida?

El error era pequeño, comentarían policías de más oficio y de piel a prueba de cualquier resentimiento, el problema era, como siempre, que existen modalidades en la vida que requieren de una precisión milimétrica.

Me llamaba la atención el santo, porque mi tía abuela, de 96 años, tiene una teoría que acaso es la más cercana a la realidad, y para ella Judas Tadeo es un tipo confundido entre el bien y el mal:

—Cuando le rezo le digo que no creo que esté de parte de los malos, que eso son calumnias, pero quién sabe.

La tía, forjada en la dureza de la guerra civil española y el exilio, hermana, además, de militares republicanos, lo dice por la dicotomía que hay entre autoridades y narcotraficantes. La traición no está en asumir cualquiera de los oficios, sino en querer tener ambos.

Quizá la policía se explique en la propia paradoja del santo, en su capacidad de proteger a ambos, de tomarse las cosas con calma y de asumir que el tono gris es el que impera, aunque la publicidad y el discurso quieran otra cosa.

—¿ La ley, comandante? —alcancé a preguntar.

-—No mames, vamos a echar un trago y a tratar de olvidar toda esta porquería —me respondió el Yankee.

Lo yankees son los jefes indiscutidos de la policía federal. Encargados de pactar o no pactar, reparten el dinero y hacen que la institución funcione, en un círculo perverso donde el dinero sucio se impone.

Los jóvenes policías, recién salidos del instituto de capacitación, son enviados a las distintas plazas del país, sin armas y sin dinero. Ahí se acaba el romanticismo, sobre todo cuando los narcos los reciben con dólares, teléfono celular y alojamiento. Uno de ellos era el jefe de grupo con el balazo en la frente. Hay cosas, ni hablar, que no pueden aprenderse en la escuela.

El Yankee, Issac Sánchez Pérez, moriría de un balazo en la nuca en 1996. Investigaba, para la Secodam, la corrupción en la PGR. Nada se sabe, hasta ahora, de los asesinos. El Yankee tenía a su cargo, según se informó, el rastreo de algunas cuentas en dólares, sobre todo en San Diego y en las Islas Caimán.

—En la policía no se puede ser descuidado —me había dicho alguna vez el comandante ante mi pregunta sobre la necesidad de las escoltas—. Recuerda siempre que a estos tipos les gusta la sopa fría.

Dos sicarios le dispararían a quemarropa. La firma, inconfundible: los AK-47. Sin escolta y de espaldas, entraba confiado a su casa, en las cercanías del Instituto de Combate a las Drogas.

El dinero sucio, el de la droga, no se cuenta, se pesa. Toneladas de dólares cambian de manos y circulan por todo el territorio nacional. Es el aceite de una maquinaria pervertida y corrupta.

Alguna vez, un general de los militares más prestigiados del país, comentaría entre divertido y preocupado:

—Recibí la llamada de un encargado de zona, para decir que habían detenido a dos sujetos que traían una cantidad impresionante de dólares. Ordené, de inmediato, que se contara el dinero para dar parte a las autoridades civiles. Eran las diez de la noche. A las doce hablé para saber si ya tenían el dato. Me informaron que no. Me retiré. A la mañana siguiente, como a las diez, pedí el parte, no estaba. Furioso, me comuniqué con el encargado de hacer las cuentas: “¿Qué no saben contar?”, les dije. “General”, me respondieron, “no es pretexto, pero ¿ha intentado usted contar dos millones de dólares?”.

Es la danza del dinero, el capital que dificulta, hasta lo imposible, cualquier intento de depuración. Ese, y no otro, es el esqueleto de la Procuraduría, esa “institución maldita”.

En el aeropuerto de Ciudad Juárez, diez hombres armados, vestidos con uniforme negro, hacen guardia en la escalinata de un avión privado. El Yankee, Hernández Robledo, recibe a su invitado. El Chapo Guzmán lo abraza, se saludan y suben a una camioneta. Una escolta de tres autos más lo sigue para viajar a El Paso. El narco está de vacaciones.

El grupo de inteligencia de la policía estatal informa a la delegación de la PGR. Se inicia la averiguación previa y el comandante es concentrado en la Ciudad de México. La contraloría no avanza y Hernández Robledo es asignado a una plaza codiciada: Cancún.

Cuando el Chapo es detenido, a raíz del crimen del cardenal Posadas, el comandante se da a la fuga, antes, incluso, de que su nombre apareciera en los documentos que contenían, en clave, la nómina del narco. Esa misma tarde,Ciudad Juárez se convierte en un escudo, organizado por la policía, para proteger la huida de colaboradores del cártel de Guadalajara. Decenas de coches con placas de Jalisco están estacionados en el Hotel del Rey. Toda la noche llegaría gente de Jalisco para pasar la frontera. Era el retrato no sólo de la colaboración de la policía judicial con los barones de la droga, sino la evidencia del derrumbe de un emperador.

Detenido el gran jefe, colaboradores y sirvientes optaron por emprender una larga marcha para esperar tiempos mejores. La danza de jefes policiacos involucrados con este narco es impresionante. Uno de ellos, Edgar Antonio García Dávila, sería detenido por su participación en el crimen de Posadas: los hermanos Arrellano le habían ordenado vigilar una de las entradas del aeropuerto, por si las cosas se ponían feas, ya que tenían pensado “levantar al Chapo Guzmán”. Las cosas no sólo se pusieron feas sino tétricas y en 25 segundos la historia del país había sufrido un golpe tremendo, cuando El Tarzán, gatillero del cártel de Tijuana, drogado, decidió rociar de plomo a propios y extraños.

García Dávila moriría, años después, en un enfrentamiento en el municipio de Zapopan. y su hermano Oscar Benjamín García sería detenido por la protección que le daba al encargado del cártel de Cancún, Alcides Ramón Magaña, mejor conocido como El Metro, en una historia que no termina y de la que ya hay varios damnificados, entre ellos el exgobernador de Quintana Roo Mario Villanueva, quien se encuentra prófugo.

En Guadalajara el ejército catea las propiedades de los dos grupos de narcos, asegurando propiedades y armas, incluso el “niñero” de los hijos del Chapo es puesto a disposición de las autoridades.

Hay policías malos, muy malos, casi de cuento o de espectáculo nocturno. Una noche se le informó al delegado de la PGR en Chihuahua que tenía una llamada; la voz, de una mujer consternada, no quería dar razón a alguien que no fuera él en persona.

—Tienen a un empresario secuestrado en un hotel en Parral; lo van a matar si no se hace algo.

Eos datos, escuetos, fueron por lo visto suficientes para desatar la ira del funcionario que organizó un rápido operativo rumbo al pueblo donde murió Francisco Villa.

El hotel de paso era pequeño e inmundo, por lo que fue fácil llegar a la habitación indicada, después de los datos obtenidos con informantes y chismosos, de esos que siempre aparecen en el lugar indicado y que ganan con su conocimiento algunos cientos de pesos.

La escena, macabra: un tipo amarrado en la regadera y tres policías judiciales federales vigilándolo con sólo una distracción: su juego de poker y la música de El Príncipe de la Canción, José José, que salía de un aparato para discos compactos.

Uos oficiales fueron detenidos de inmediato y confesaron que estaban al mando del comandante Crescenciano Liceaga, hombre fogueado en los tiempos de la Operación Cóndor y de la persecución de la guerrilla por las sierras de todo el país.

El delegado se encaminó a donde se hospedaba el comandante y lo detuvo sin mayor problema.

—Es un pinche narco, no es empresario, ya sabe que yo nunca le pego a los buenos.

—El tipo está muy golpeado, ya ni la chingan —le alcanzaron a decir.

—Es de piel delicada, cualquier cosita le queda marcada.

En efecto, el secuestrado tenía fama de ser puchador de droga y contaba con órdenes de aprehensión en su contra, por las que fue remitido al juez. Crescenciano, por su parte, vivió algunos meses en la penitenciaría de Chihuahua, acusado de secuestro y tortura, hasta que por la magia y el dinero pudo abandonarla para ingresar en otra corporación policiaca.

Las historias se pueden mezclar en una sucesión interminable y aún poco explorada de la vida privada de la policía y sus grandes fechorías. Es un mundo que está al acecho, cerca de todos, en la última línea de fuego, donde se ganan y se pierden las guerras.

La ley ahí es otra cosa, sujeta a reglas armadas durante décadas, que tienen muy poco que ver con nuestro marco legal, pero que al mismo tiempo hacen funcionar una maquinaria impresionante de hacer dinero.  n

Julián Andrade Jardí. Subdirector de información del periódico La Crónica de Hoy.