PARABÓLICA

A LA MITAD DE LA NADA

POR CARLOS CASTILLO PERAZA

De Boca Iglesia me habló por primera vez uno de mis mejores amigos, aventurero tan generoso cuanto impenitente: Ricardo Gutiérrez López. No recuerdo si supo del lugar cuando le dio la vuelta a la Península de Yucatán en exiguo velero, si se enteró de su existencia durante alguna extenuante gira en bicicleta por la costa del Caribe o si le hablaron del sitio sus compañeros de viaje, pesca y buceo a Chinchorro, banco de coral en el Mar de las Antillas, paraíso de paisajes submarinos y de cardúmenes, 24 kilómetros al norte del litoral quintanarroense. Ricardo me dijo que los más viejos entre los habitantes de Holbox sabían del templo que daba nombre al punto, más allá del Cabo Catoche, y que un día tendríamos que ir a buscarlo. Sin la resistencia física, ni la voluntad férrea ni las destrezas terrestres y marinas de mi amigo, pensé que jamás me atrevería a emprender la odisea.

Pero para eso tiene uno exalumnos. Un grupo de los mejores. que sufrió mis disquisiciones y experimentos durante la segunda mitad de los años setenta en Mérida, me embarcó el verano pasado con rumbo al arrecife de Los Alacranes, extraño oasis de agua transparente y escaso fondo a medio Golfo de México, al norte de Progreso. Yucatán, y casi a la latitud de Tampico, Tamaulipas. Este año, los jóvenes de hace veinte años convertidos en padres de familia decidieron preguntarme antes de organizar la travesía. Pedí Boca Iglesia como destino. Ellos organizaron la expedición. Quisimos que fuera al frente el padre de la idea. Ricardo. No pudo acompañarnos. Me sentí huérfano al salir, por carretera, hacia Chiquilá, puerto de cuyo muelle zarpan los pequeños barcos que atraviesan el estero de Yalahau con destino a Holbox, en la Boca de Conil. Yalahau es un espejo roto de vez en cuando por delfines, tortugas, manatíes y borbotones de agua dulce que viene de las calcáreas entrañas peninsulares.

Salimos de Mérida el penúltimo viernes de agosto a eso de las dos de la tarde. Nos detuvimos a comer en un fonda pueblerina, a la entrada de San Antonio Cámara. Dejamos atrás Tizimín. Entramos en Quintana Roo por Kantunilkín. Dejamos los vehículos en Chiquilá, donde nos pusimos en manos de dos pescadores cuyas lanchas serían domicilio y medio de transporte los días siguientes. Dormimos en Holbox. De aquí zarpamos hacia el Oriente el sábado por la mañana, con las arenas y los manglares a la vista. Atracamos después de dos horas en un refugio de pescadores.  donde conocimos al “Tampico”, un ermitaño de playa, descendiente de españoles, 42 años de edad y tres de soledad al cuidado de una palapa grande, una barcaza llena de hielo, dos gallinas, algunos pollos, un hermoso gallo y un trío de perros. Su choza de láminas de cartón no cuenta con electricidad ni agua dulce. Nos dijo que no resiste ir a la ciudad: lo aterrorizan los automóviles. Apenas si se acuerda de “la Quina”, de Veracruz, de Sisal, de Progreso y de Cancún. Su trashumancia salada —iniciada hace treinta años en el puerto jaibo— parece haber concluido aquí.

Dejamos las mochilas bajo la palapa. Abordamos de nuevo las lanchas. Los fanáticos de la pesca enfilaron mar adentro. Los que queríamos encontrar Boca Iglesia seguimos costeando hasta que don Chicho, veterano de las olas y los esteros, señaló una entrada a la ría. Nos había caído encima la primera lluvia, pero el sol nos secó la poca ropa encima. Estábamos más allá de Catoche, cuyo faro vimos de cerca, deformado por la cortina de agua que vomitaron las nubes. Hugo enrumbó hacia la boca. Entramos a las aguas bajas entre los mangles. Manuel extrajo de su saco plástico los binoculares. De pronto, apareció entre los vidrios y los metales de éstos la espadaña de un templo. Sin campanas. Boca Iglesia.

Bajamos del bote al fango esponjoso de la orilla. Libramos la primera batalla contra los moscos a base de repelentes. Un calor húmedo —el “bochorno” que es la antítesis de la “heladez”, dos términos que sólo entienden los yucatecos— nos ahogó con sus vapores. Caminamos tierra adentro hasta toparnos con un vestigio escrito en piedra y cemento de la presencia del INAH en aquellos lares. Las construcciones añosas dieron su mentís a la agresividad de la selva. Allí estaban, parcialmente destechadas, pero aún enhiestas como a la mitad de la nada. El relato de Ricardo se demostró cierto. Don Chicho nos contó que trabajó en el desmonte de los terrenos aledaños y en la reconstrucción a medias de las edificaciones. Nos dijo que había hasta un pozo. Lo hallamos. Imaginamos a los franciscanos españoles luchando con la vegetación, el clima, los animales y el salitre para alzar allí una misión y emprender su labor civilizadora. Sospechamos que allí cerca debe haber ruinas mayas, pues no habrían encontrado los frailes otra razón para arriesgarse hasta tan lejos si no hubieran estado seguros de encontrar oyentes para sus palabras y cabezas para sus bautismos. Admiramos la fe que los movió a caminar, sufrir, edificar, llamar, aprender la lengua ajena, buscar agua, cargar herramientas y enseres litúrgicos, soportar alimañas y padecer morbos y privaciones.

¿Quiénes fueron los monjes que fincaron aquí? ¿Cómo eran? ¿Qué pensaban? Muy probablemente algunos hijos espirituales de fray Juan Garceto, el franciscano que en 1516 ordenó a sus tropas ensayaladas alejarse ideológica y políticamente de los conquistadores codiciosos para poder sustraer a los indios americanos del “repartimiento” y de la “encomienda”. A él —asegura Mario Cayota en su libro Siembra entre brumas, Utopía franciscana y humanismo renacentista: una alternativa a la conquista— se le ocurrió propiciar el agrupamiento de los nativos en pueblos que, contra las pautas de comportamiento de los europeos, pudieran constituirse en comunidades solidarias y fraternas. No está de más recordar que Vasco de Quiroga, a pesar de ser abogado y luego obispo del clero llamado “secular”, fue hermano de la Tercera Orden o “terciario” de san Francisco.

Los datos disponibles indican que Boca Iglesia —o Boca de la Iglesia, o Boca Nueva— es el ingreso del Caribe a un paso natural y cenagoso que separa a la isla de Holbox de tierra firme y que desemboca sobre la orilla oriental del estero o laguna de Yalahau. Así consta, sobre el poco más o menos, tanto en el Diccionario Porrúa de Historia, Biografía y Geografía de México, cuanto en la muy nueva, cuidada y completa obra Yucatán en el tiempo, fruto de la preocupación cultural del empresario yucateco Raúl Casares G. Cantón y de los afanes de un grupo de investigadores patrocinados por él. El asentamiento colonial data del siglo XVI. pero tuvo lugar en la antigua y maya Ecab. a la que llamó Gran Cairo nada menos que Francisco Hernández de Córdoba. Ya en los mapas del siglo XVIII. templo y construcciones vecinas aparecían como en ruinas. Por estos rumbos se dio el primer mestizaje en el continente: Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, náufragos, fueron arrojados por el mar apátrida y acogidos por los hombres mayas. El primero se horadó narices y orejas, se tatuó y consiguió mujer que le dio hijos y sentido de pertenencia. El segundo, tonsurado, permaneció célibe y se reincorporó a los suyos a la primera oportunidad. La “raza cósmica” germinó por acá.

Las cámaras de fotografía hicieron su trabajo contra el olvido. Muros, cúpula y sacristía enteras, altar, escalinatas y atrio quedaron, luminosos, en las entrañas oscuras de los artefactos ópticos. Vuelta a la lancha. Nos detuvimos en la boca misma, donde se juntan aguas de todos colores sobre lechos blancos de escasa profundidad. Una piscina tibia. A la mano, langostas y cangrejos. En las neveras las cervezas a temperatura polar. Sobre las espaldas, los rayos devastadores de un sol impío. La conversación, un tejido de recuerdos compartidos por el mayor de mis hijos —Carlos, aún azorado por el descubrimiento, los verdes infinitos y las temibles mantarrayas—, como sólo pueden urdirlo quienes compartieron aula, libros, músicas, exámenes, deportes, diversiones, indignaciones, entusiasmos y compromisos, cuando la adolescencia de los escolares evitaba la obsolescencia del maestro. Luis y Manuel evocaron un pasado de papel que los hizo capaces de darse un presente de vida. Todos —Carlos incluido— nos sentimos esperanzados, es decir, dispuestos a recordar el futuro.

Por la noche, en la palapa, los pescados frescos asados a las brasas fueron un placer, pero más tarde los moscos hicieron olvidarlo. Las lluvias impulsaron a los voraces insectos a salir de sus madrigueras y a embestir sin parar a los expedicionarios limosneros de sueño, aprovechando los huecos entre los hilos de las hamacas. Ni los aceites que vinieron de la civilización, ni los humos arcaicos de las cáscaras de coco que puso a quemar el “Tampico” fueron suficientes para ahuyentar a esas diminutas fieras aladas que, si hubieran develado el secreto de la longevidad. probablemente ya habrían aniquilado la vida humana sobre el planeta.

Antes de que rompiera el alba, salimos rumbo a Contoy que es una joya flotante del Caribe. A media mañana, de regreso al refugio, comimos en macum, es decir en caldo picante, los meros que capturaron los adictos al anzuelo. Con la segunda y la tercera tormentas encima navegamos hacia Holbox. a donde llegamos empapados y temblorosos previa escala en Isla de Pájaros, donde el pelícano blanco y el flamenco viven sin zozobras. A la media noche del domingo, todavía húmedos de lluvia, de mar y de arena, llegamos a Mérida.

Boca Iglesia existe. Quienes se lo contaron a Ricardo tenían razón. Allí está, erguida, digna y memoriosa a la mitad de la nada, atalaya del todo.     n

Carlos Castillo Peraza. Periodista. Autor de Disiento.