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Divagario

Borges: Una magia postrera

En un número reciente del Times Literary Supplement (junio 11, 1999), Norman Thomas di Giovanni cuenta algunas de sus experiencias como traductor de Jorge Luis Borges al inglés. El caso de Giovanni es que fue el primer traductor de Borges a quien se le ocurrió ir con el mismo Borges y pedirle que participara en la traducción al inglés. Las traducciones de Di Giovanni fueron, así, co-traducciones. Parte del trabajo de Borges como co- traductor fue explicarle a Di Giovanni algunas referencias demasiado locales para un lector no argentino; pero su trabajo mayor consistió en dar pequeñas lecciones de estilo. En el inglés, Borges cambiaba a activas sus construcciones pasivas en español; y a positivas, las negativas. Una de sus frases en español como «marchaban desde el Sur» se volvió, en inglés, «iban al norte». Borges lamentó alguna vez que sus primeros traductores hubieran traducido habitación oscura por «oscure habitation», cuando él se refería a «dark room». Un traductor llegó a plantearle a Borges sus problemas para encontrar en inglés una palabra equivalente a «El hacedor». «Eso era extraño», dijo Borges, «porque yo concebí ese título en inglés. Viene del poeta escocés Dunbar. Mi título en español fue una traducción del inglés (‘The Maker’) desde el principio».

La última y mejor anécdota que cuenta Di Giovanni da una magia postrera de Borges. Di Giovanni se refiere al dominio que Borges tenía del inglés y su sentido de la prosa en lengua inglesa. Cuenta que para una edición de sus poemas completos en 1964. Borges escogió un epígrafe tomado de las cartas de Stevenson, un pasaje que dice (en inglés): «No quiero presentarme como poeta. Sólo como un hombre dedicado a la literatura: un hombre que habla, no uno que canta… Perdonen esta pequeña apología; pero no me gusta aparecer ante personas que tienen una idea de lo que es cantar y dejarles suponer que yo no sé la diferencia». Di Giovanni fue a buscar la cita original en el volumen II de las obras de Stevenson del que Borges tomó el epígrafe. Se dio cuenta de que Borges se había metido con el texto de Stevenson. No decía, como el citado por Borges, «Perdonen esta pequeña apología; pero no me gusta aparecer ante personas» etc. Más bien, el texto original decía: «Perdonen esta pequeña apología por mi casa; pero no me gusta aparecer ante personas» y lo que sigue. Cuando Di Giovanni le preguntó por qué había suprimido las palabras «por mi casa», Borges dijo que esas palabras sonaban tontas y debilitaban el texto. Pero añadió que para la edición en inglés de su poesía, Di Giovanni podría imprimir el epígrafe en cualquiera de las dos versiones.

Unos años después, en Londres, viajando con Borges, Di Giovanni compró una edición de veintiséis volúmenes de la obra de Stevenson. Sintió el impulso de cotejar de nuevo la cita; esta edición se había publicado veinticuatro años después de la que Borges usó, y era una edición corregida. Ahí Di Giovanni encontró que la cita decía: «Perdonen esta pequeña apología por mi musa…». Era entonces «musa» («muse») y no «casa» («house»). Ocurrió que la carta original de Stevenson estaba, claro, escrita a mano, y el editor previo había leído equivocadamente «muse» como «house». Borges, sin haber visto el original, había sentido el error. Por cierto que el epígrafe de Stevenson en la última edición de la Obra poética de Borges (Emecé, 1994) no incluye ni «por mi casa» ni «por mi musa».

Hemingway (1899-1961)

Los litros de tinta que han corrido para alcanzar a la leyenda de Ernest Hemingway (1899-1961) han llegado al centenario de su nacimiento. En su ensayo clásico, En tierra nativa (1840- 1940), Alfred Kasin observó que en 1925, cuando Hemingway publicó sus primeros cuentos, ya era el futuro más garantizado de la colonia literaria norteamericana. Hemingway tenía veintiséis años y la gloria literaria al alcance de la mano. Pero Kasin no cuenta la historia de un éxito, sino una versión del fracaso: un Hemingway sonriente posando como Tarzán, con sus piezas de caza, le disputaba la vida al Hemingway escritor; la parabola de la fortuna que conduce al infierno. Kazin escribió: «En lo técnico y hasta en lo moral, Hemingway ejercería una profunda influencia sobre la literatura de los años treinta. Como estilista y orfebre, su ejemplo fue magnético para los jóvenes que llegaron detrás de él (…) Este es el Dios de Bronce de toda la experiencia literaria de Estados Unidos. Pero en un sentido marca un fin tan claramente como en un tiempo marcó un principio».

El Dios de Bronce asaltó a la literatura con su leyenda el 12 de julio de 1961. Era una mañana de sol en Ketchum, Idaho. Hemingway se despertó antes que su mujer. Se dirigió a su armario y tomó una escopeta Boss de dos cañones. Caminó hacia la sala y cargó dos cartuchos en la escopeta, la apoyó contra el piso, con los cañones apuntando a su cabeza, y jaló de los dos gatillos. La deflagración le voló la tapa del cráneo. Fue imposible saber si apoyó los cañones contra la cabeza o en la boca.

Ese mismo día, por la tarde, algunos amigos lo recordaron en uno de sus descansos en la Finca Vigía, en Cuba, acercando el fusil Marlincher 256 a su boca. Cuando jalaba el gatillo de la carabina sin balas, Hemingway sonreía: «Esta es la técnica del Hara-Kiri con fusil. El paladares la parte más suave de la cabeza». No se ha documentado con suficiencia la desintegración psíquica que sufrió Hemingway en ese tiempo, pero su mujer y sus amigos cuentan que padecía prolongadas temporadas de insomnio y delirio de persecución. Aunque la Clínica Mayo de Rochester se rehusó a abrir su expediente, se supo que los médicos pusieron en la portada una frase: «Candidato al suicidio. Vigilancia». Tampoco se conoce a fondo su relación con el psiquiatra Howard Rome, quien lo dio de alta y lo mandó a su casa el 26 de junio de 1961. «No necesito más psiquiatra que mi Corona portátil #3», le dijo a su exmujer Martha Gelhorn, antes de pronunciar su frase favorita: «Nadie puede vencer a un hombre que ha sido destruido».

Michael Ignatieff

Uno de los libros de la temporada es El honor del guerrero. Guerra étnica y conciencia moderna (Taurus, 1999), de Michael Ignatieff (Toronto, 1947) que empieza a circular en las librerías mexicanas. Ignatieff es una de las firmas fuertes de The New Yorker y de The New York Review of Books; entre sus credenciales académicas, Ignatieff presenta un doctorado de historia en Harvard y ha sido fellow del King’s College de Cambridge y de la Ecole de Hautes Etudes de París. A veces un académico y un periodista producen un ensayista, un buen escritor: es el caso de Ignatieff, quien ha pasado por los infiernos del fin de milenio a través de sus guerras étnicas, sus migraciones multitudinarias, sus crueldades sin fin. Entre 1993 y 1997, Ignatieff estuvo en Serbia, Croacia, Bosnia, Ruanda, Burundi, Angola y Afganistán. Ignatieff se pregunta: «¿Qué está pasando para que el mundo parezca tan peligroso y caótico? ¿Quiénes son los nuevos arquitectos de la guerra postmoderna, paramilitares, guerrillas, milicias, señores de la guerra que están desgarrando los estados malogrados de la década de los noventa? La guerra solían perpetrarla los soldados regulares; ahora la hacen los soldados no regulares. Esta puede ser la razón por la que resultan tan salvajes las contiendas postmodernas, de por qué los crímenes de guerra y las atrocidades son actualmente intrínsecas al propio estilo bélico». Hay en la prosa de Ignatieff algo del impulso de Kapuszinsky y del encuadre analítico de Hans Magnus Enzensberger. Ignatieff recurre con la misma naturalidad a Freud para profundizar en el concepto del malestar en la cultura, que al choque de las civilizaciones de Huntington. En junio, Ignatieff presentó en Madrid El honor del guerrero y la biografía Isaiah Berlin, su vida. Durante la presentación afirmó: «No es que yo sea un periodista, porque a los periodistas les disgusto por demasiado pretencioso. Y tampoco debo ser un académico, porque a los profesores les parezco poco serio y riguroso».

Diálogos

¿Qué podemos esperar de la filosofía contemporánea? En nuestro tiempo, el pensamiento filosófico se ha convertido en una materia académica que conjuga historia y discurso teórico; sin embargo, para los pensadores griegos, la filosofía no era discurso sino un modo de vida, no era un sistema de pensamiento o una teoría, sino una sabiduría práctica. La pregunta entonces era: ¿cómo vivir?

Circula ya en librerías La sabiduría de los modernos, un libro de ensayos breves escrito a dos voces. Sus autores, Luc Ferry y André Comte-Sponville, han rescatado un estilo clásico: el diálogo filosófico, para abordar a la manera antigua las interrogantes más polémicas de este fin de siglo. Primero cada uno de los autores escribe un ensayo sobre su visión del problema y luego retoma la reflexión en un espacio de diálogo, en el cual las preguntas muestran su pertinencia para pensar el porvenir de la filosofía. Sus temas son: el nuevo humanismo, la neurobiología y la bioética, la acción humanitaria, la religión, la esperanza y la búsqueda del sentido, el fin del arte, el reto de los medios, la política y la ciencia. Como los autores aclaran, no sienten nostalgia por el antiguo ideal de la sabiduría, ni tienen como propósito restablecerlo, en cambio, sí piensan que «la vida es demasiado corta, demasiado preciosa y difícil para que nos resignemos a vivirla de cualquier modo. Y demasiado interesante para que no dediquemos un tiempo a reflexionar y a debatir sobre ella». n