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Señora transición

Una democracia en busca de actores

Por Luis Salazar C.

La incultura cívica ha reforzado la creencia de que el tránsito a Ia democracia es un proceso aún en marcha. No, dice Luis Salazar.

La democracia ya está aquí; lo que falta son actores políticos.

Quizás habría que decirlo dogmáticamente: las elecciones federales de 1997 marcaron la culminación de nuestro singular tránsito a un régimen democrático. A un régimen, entiéndase bien, sustentado en el sufragio universal, secreto y directo de los ciudadanos, es decir, en el poder de los votantes trabajosamente reivindicados por una serie de reformas que desembocaron en la construcción de unas leyes y unas instituciones capaces de otorgar transparencia, credibilidad y equidad a los comicios y a sus resultados. Por ello, seguir pretendiendo que la transición apenas se inició en aquel año o, peor todavía, que sólo comenzará cuando el PRI sea derrotado (y si es posible exterminado), no pasa de ser un recurso táctico de partidos y fuerzas incapaces de reconocer las verdaderas dificultades que afronta el país y el Estado. Un recurso, además, que revela una concepción pobre y en el fondo autoritaria de la democracia misma, a la que se identifica con el triunfo de los buenos sobre los malos.

Si este infantilismo seudodemocrá- tico encuentra eco en importantes franjas de la opinión pública e incluso del electorado, ello se debe en parte a nuestra incultura cívica y en parte a la más insatisfactoria calidad de esta nuestra incipiente democracia. Como señalara alguna vez Bovero, una cosa es la vigencia de las reglas procedimentales que caracterizan a la democracia como forma de gobierno, y otra, muy diferente, es la calidad y productividad política de los juegos que se desarrollan bajo estas reglas, que depende, en lo fundamental, de la capacidad y representatividad de sus protagonistas fundamentales, es decir, de los partidos y de las organizaciones de la sociedad civil. (Si se me permite la analogía, ni el mejor arbitraje logrará nunca, por sí sólo, que los Tuzos del Pachuca o el Irapuato jueguen como el Milán o el Barcelona. Pero, sin duda, jugarán futbol.)

Que como resultado de una transición regateada y accidentada hoy contemos con un lamentable sistema de partidos lamentables, así como con instituciones estatales desprestigiadas y debilitadas, que nuestra «sociedad civil» se vea dominada por medios, por jerarquías eclesiásticas, y por líderes de opinión francamente impresentables desde la perspectiva de los más elementales valores cívicos, todo ello son cosas que abonan la necesidad urgente de una reforma pactada del Estado mexicano que permita consolidar y dar sustancia y horizonte a nuestra democracia formal, tan difícilmente construida. Pero que ya no tienen que ver realmente con la sustitución de un régimen autoritario por uno democrático, sino con la configuración de una gobernabilidad nueva, cabalmente compatible con una pluralidad y una competitividad electoral que llegaron para quedarse.

Una segunda razón por la que muchos se resisten a aceptar que la transición ha terminado (o incluso ha empezado) es la persistencia en el gobierno de ese extraño animal político que es el PRI. Que a diferencia de sus supuestos congéneres, los partidos de Estado del «socialismo real», este partido haya sobrevivido hasta ahora al ácido de la competencia electoral libre, es algo que parece avalar la idea de una continuidad del sistema autoritario y conducir a la pretensión de que sólo la derrota nacional y la consecuente extinción del priismo permitirá alcanzar la tan deseada democracia.

Ahora bien, es razonable sostener que la anomalía del PRI como organización partidaria (esto es, que carezca de dirección y reglas propias y que por ende dependa esencialmente del titular del Ejecutivo en turno) condiciona buena parte de nuestra anormalidad democrática, contaminando negativamente nuestro espacio público. Por más que se renueven las formas para designar a sus candidatos, por más que sus triunfos sean legales y legítimos, esa anomalía constitutiva seguirá alimentando nuestra mala conciencia democrática, tanto por las tradiciones indignas que genera como por las fobias delirantes que suscita. De ahí que en abstracto también resulte sumamente deseable la alternancia al nivel del gobierno federal, lo que obligaría al priismo a normalizarse (o morir) y al mismo tiempo forzaría a las oposiciones a madurar (es decir, a dejar de definirse como meras oposiciones al PRI-gobierno).

Pero, por deseable que pueda parecer, esta alternancia ni puede identificarse con el arribo a la democracia ni por supuesto va a resolver los problemas concernientes a la creación de una nueva gobernabilidad democrática. Peor aún, la pobreza organizativa, programática e ideológica de los principales partidos opositores, expresada en el predominio aberrante de unos candidatos convertidos en «hombres providenciales» que sólo ofrecen un antipriismo elemental como propuesta política, y el hecho de que parten de dos lecturas incompatibles de los problemas nacionales, todo ello convierte el proyecto de una coalición opositora en una farsa irresponsable cuyo único sentido real consiste en eludir las dificultades ligadas a su manifiesta debilidad política.

En efecto, el PAN y el PRD se oponen al PRI-gobierno pero por razones básicamente contrapuestas e incompatibles. Cualquier revisión de sus tesis programáticas y de sus posiciones en el Congreso debiera bastar para hacer evidente las dificultades de una coalición fundada exclusivamente en el deseo de sacar al PRI del gobierno federal. Pero esto es curiosamente lo que las direcciones y candidatos de ambos partidos no quieren poner a discusión, contentándose con un aburrido intercambio de acusaciones para convencernos de que, si no hay coalición, es por culpa de los otros. Bajo esta extraña lógica, todo ocurre como si cada partido se dedicara denodadamente a socavar su propia credibilidad ante sus potenciales electores, bajo el entendido de que el desprestigio rampante de los demás será suficiente para llevarlos al triunfo.

El grosero menosprecio con que Cárdenas maltrata a su propio partido (que sólo parece existir para él como mera plataforma para su candidatura eterna), las inverosímiles maniobras de Muñoz Ledo para desprestigiar a cualquier costo al ingeniero, las estridencias huecas de Fox, convencido igualmente de que el PAN sólo debe servir para sus ambiciones, y las disensiones y recelos que amenazan convertir a la selección del candidato priista en un pretexto inmejorable para las escisiones, todo ello coadyuva a generar la sensación en amplios sectores de que la democracia y las elecciones lejos de ser la fiesta cívica en la que los votantes pueden determinar el futuro del país, son más bien los pretextos para una estridente lucha sin principios por el poder. Democracia tenemos, sin duda, pero sin actores democráticos.  n

Luis Salazar C. Filósofo. Profesor e investigador de la UAM.