
En octubre publiqué el artículo “La celebración de los XVII siglos del Concilio de Nicea”, que fue el primer Concilio Ecuménico, celebrado en Nicea de Bitinia, hoy İznik, Turquía, en 325, y convocado por el emperador Constantino.
El pasado 23 de noviembre, el papa León XIV, antes del inicio de su primer viaje apostólico de su pontificado a Turquía y al Líbano, publica la Carta apostólica In unitate fidei (En la unidad de la fe) para conmemorar el 1700 aniversario del Concilio Ecuménico de Nicea.
En el texto, el papa señala que de los muchos temas tratados en este concilio, dos son de gran importancia para el cristianismo; que el credo que ahí se aprueba pasa a ser la profesión de fe oficial de toda la cristiandad, y se unifica, para ese tiempo, la fecha de la celebración de la Pascua.
El mensaje central de esta carta es la unidad de los cristianos. El texto inicia así: “En la unidad de la fe, proclamada desde los orígenes de la Iglesia, los cristianos están llamados a caminar concordes, custodiando y transmitiendo con amor y con alegría el don recibido”. En In unitate fidei, el papa trata los temas centrales que acordaron los obispos asistentes al Concilio de Nicea, que fue el primero de los ocho que se conocen como Ecuménicos, que son aceptados por la gran mayoría de las iglesias cristianas, que incluye a las ortodoxas y a las de la Reforma del siglo XVI.
Los otros siete son: Primer Concilio de Constantinopla (381); Concilio de Éfeso (431); Concilio de Calcedonia (451); Segundo Concilio de Constantinopla (553); Tercer Concilio de Constantinopla (680-681); Segundo Concilio de Nicea (787) y Cuarto Concilio de Constantinopla (869-870). Se reconoce como el último Concilio Ecuménico al Cuarto de Constantinopla, luego, en 1054, se da la ruptura entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas de Oriente. En adelante, cada una por su cuenta, seguirá realizando sus concilios, pero ya no serán reconocidos por una y otra de las Iglesias.
En su carta, el papa dice que “en este Año Santo dedicado a Cristo, quien es nuestra esperanza, es una coincidencia providencial que se celebre también el 1700 aniversario del primer Concilio Ecuménico de Nicea, que en el 325 proclamó la profesión de fe en Jesucristo, Hijo de Dios. Este es el corazón de la fe cristiana”.
Y recuerda que “los tiempos del Concilio de Nicea no eran menos turbulentos. Cuando comenzó, en el 325, aún estaban abiertas las heridas de las persecuciones contra los cristianos”, y “surgieron disputas y conflictos en la Iglesia”, de manera puntual por el planteamiento de la doctrina de Arrio, quien “enseñaba que Jesús no es verdaderamente el Hijo de Dios”.
En respuesta a esta afirmación de Arrio, los padres conciliares en Nicea “confesaron que Jesús es el Hijo de Dios en cuanto es “de la misma sustancia (ousia) del Padre […] generado, no creado, de la misma sustancia (homooúsios) del Padre”, afirma el papa.
Con esta definición se rechazaba la tesis de Arrio, que da lugar al arrianismo. Y para expresar la verdad de la fe, que queda fijada en el Credo, el Concilio usó dos palabras: “sustancia” (ousia) y “de la misma sustancia” (homooúsios). Dos palabras del griego, que daban cuenta del consenso entre los obispos asistentes al concilio.
El papa resalta también del “Credo de Nicea, el verbo descendit, “descendió”, y “la afirmación bíblica “se hizo carne”. Y explica que “Nicea toma así distancia de la falsa doctrina según la cual el Logos habría asumido sólo un cuerpo como revestimiento exterior, pero no el alma humana, dotada de entendimiento y libre albedrío”.
Después, el Concilio de Calcedonia (451) establece de manera clara que “en Cristo, Dios ha asumido y redimido al ser humano entero, con cuerpo y alma. El Hijo de Dios se hizo hombre, sostiene san Atanasio, para que nosotros, los hombres, pudiéramos ser divinizados”.
El papa León XIV advierte que “hoy, para muchos, Dios y la cuestión de Dios casi ya no tienen significado en la vida. El Concilio Vaticano II recalcó que los cristianos son al menos en parte responsables de esta situación, porque no dan testimonio de la verdadera fe y ocultan el auténtico rostro de Dios con estilos de vida y acciones alejadas del Evangelio”.
Y que el credo acordado por los padres que participan en el Concilio de Nicea invita a un examen de conciencia: ¿Qué significa Dios para mí y cómo doy testimonio de la fe en Él? ¿Es el único y sólo Dios realmente el Señor de la vida, o hay ídolos más importantes que Dios y sus mandamientos?, entre otras muchas preguntas.
En la carta In unitate fidei, el papa reconoce que “el Concilio de Nicea es actual por su altísimo valor ecuménico”, y señala elementos que van en esa dirección: “Compartimos de hecho la fe en el único y solo Dios, Padre de todos los hombres, confesamos juntos al único Señor y verdadero Hijo de Dios Jesucristo y al único Espíritu Santo, que nos inspira y nos impulsa a la plena unidad y al testimonio común del Evangelio”.
El papa exhorta a considerar que “la única comunidad cristiana universal puede ser signo de paz e instrumento de reconciliación, contribuyendo de modo decisivo a un compromiso mundial por la paz”, y concluye con una oración que invoca al Espíritu Santo: “Indícanos los caminos que hay que recorrer, para que con tu sabiduría volvamos a ser lo que somos en Cristo: una sola cosa, para que el mundo crea. Amén”.
Visita a Nicea
El 28 de noviembre en İznik, Turquía, la antigua Nicea, en la celebración del encuentro ecuménico, con 28 representantes de diversas iglesias cristianas de oriente y occidente, el papa León XIV dijo: “El 1 700 aniversario del Primer Concilio de Nicea es una valiosa ocasión para preguntarnos quién es Jesucristo en la vida de las mujeres y los hombres de hoy”.
Y advirtió que “los cristianos corren el riesgo de reducir a Jesucristo a una especie de líder carismático o superhombre, una tergiversación que al final conduce a la tristeza y la confusión”.
Aquí, el papa retomó la discusión de los padres conciliares de Nicea, y recordó que Arrio y su doctrina del arrianismo sostenía que Jesucristo no era divino en el mismo sentido que Dios Padre, sino una criatura creada por él: “Si Dios no se hizo hombre, ¿cómo pueden los mortales participar de su vida inmortal? Esto estaba en juego en Nicea y está en juego hoy: la fe en el Dios que, en Jesucristo, se hizo como nosotros para hacernos llegar «a participar de la naturaleza divina”.
El papa invitó a los líderes religiosos a superar el “escándalo de las divisiones” que, lamentablemente, aún existen, y a alimentar el deseo de unidad en Jesucristo: “Cuanto más reconciliados estemos, tanto más podremos los cristianos dar un testimonio creíble del Evangelio de Jesucristo, que es anuncio de esperanza para todos, mensaje de paz y de fraternidad universal que trasciende las fronteras de nuestras comunidades y naciones”.
Invocar a Dios, dice el papa, exige reconocer a todos como hermanos. Y en un mundo lleno de violencia y conflictos, la “reconciliación” no es sólo un deseo religioso, sino un clamor de toda la humanidad y advierte que no es coherente invocar a Dios como Padre mientras se rechaza o discrimina a otros: “En el credo Niceno profesamos nuestra fe “en un sólo Dios Padre”; sin embargo, no sería posible invocar a Dios como Padre si nos negáramos a reconocer como hermanos y hermanas a los demás hombres y mujeres, también ellos creados a imagen de Dios. Existe una hermandad universal, independientemente de la etnia, la nacionalidad, la religión o la opinión”.
El papa al término de su intervención en el evento ecuménico celebrado frente a la excavaciones arqueológicas de la antigua basílica de San Neófito, en Iznik, Turquía, señaló enfático: “El uso de la religión para justificar la guerra y la violencia, como cualquier forma de fundamentalismo y fanatismo, debe ser rechazado con firmeza, mientras que los caminos a seguir son los del encuentro fraternal, el diálogo y la colaboración”.
El nuevo ecumenismo
El ecumenismo entre las diversas iglesias cristianas de oriente y occidente debe entrar en una nueva etapa, en el marco de un “encuentro fraternal, el diálogo y la colaboración”. Los ocho concilios ecuménicos, hablan de una fe compartida, que resulta muy poderosa, para conducir y animar el diálogo. Lo que une a estas Iglesias es mucho mayor de lo que las separa.
Hoy, los cristianos en el mundo son 2 600 millones y de ese grupo los católicos llegan a 1 400 millones, que son un poco más de la mitad. El cristianismo, con sus diferentes expresiones, es la religión más grande de las que existen en el mundo. Esa cifra representa un tercio de la población mundial. Hay Iglesias cristianas que están en una clara etapa de reducción de su fieles, y unirse con otras Iglesias, puede ser la única manera de sobrevivir.
El credo que se acuerda en el Concilio de Nicea en 325, se amplía en el Primer Concilio de Constantinopla, que en 381 cita el emperador Tepodocio, y en 451, en el Concilio de Calcedonia, tendrá una última modificación, para ya quedar como el Símbolo de la Fe propio de todas las iglesias cristianas. El credo es el principio más sólido de unidad de todas las iglesias, y la división, como lo dice el papa León XIV, es un “escándalo”.
Rubén Aguilar Valenzuela