Paul Klee (1879-1940), a quien gustaba “llevar de paseo a una línea”, vivió los movimientos principales de la pintura moderna, sin sumarse o confundirse con ninguno de ellos: con humor, agilidad, inocencia erudita, gracia y penetración, creó siempre una obra impar, como todas las obras de los grandes, más allá de cronologías y clasificaciones.
Por la profundidad y la sutileza de tal profundidad, esencialmente plástica, todo parece juego. Su vocación se manifestó temprana, así como por la música: fue sobresaliente violinista. Su personalidad, para mí de las más fascinantes de la pintura moderna, es tan nítida como compleja y transparente. A ella podemos acercarnos también por su extenso Diario, rico de humanidad, de ironía, de opiniones y atisbos: uno de los más destacados documentos de los artistas contemporáneos. Y entre las virtudes del Diario descuella la singular de que no lo escribió para su publicación. Es denso de intimidad, de movimientos sorpresivos del ánimo, de jocundidad, de angustia, de fervor. Se diría surgido a despecho de él, como escape, por necesidad de fijar sus marejadas. Siento su sonriente autocrítica al ironizar sobre sí y sobre otros, con su inmensa cultura, con bondad y lúdica lucidez sorprendente.
Cuando digo que su personalidad es compleja y transparente, quiero decir eso: su transparencia, su definición de lírico transfigurador de cosas y emociones, es compleja pero no la advierto ambigua. Para mí es ostensible su coherencia. Klee es la ambigüedad para muchos ensayistas. Lo clasifican (manías clasificadoras y cronológicas) entre los expresionistas, los románticos, los dadaístas, los surrealistas, los abstraccionistas o los realistas líricos, y aun (tales son los excesos) entre cubismo-futurismo, y lo ligan con la obra de su amigo Kandinsky, más allá de sus vínculos en “El jinete azul” (1911) y en la Bauhaus, donde enseñó de 1921 a 1931.
De esta pluralidad de propensiones imputadas infiero, allende la complejidad de Klee, la invalidez de tales sospechas o videncias aleatorias. Su obra no tolera, a lo largo de su vida, tan cuantiosas e inútiles bifurcaciones. Es todo a la vez. La más obesa tautología nos dice más y mejor que éstas: Klee es Klee. Y hemos adelantado con tal repudio porque damos prioridad eminente a su genio poético y no al pueril prurito clasificador.
Indudablemente, su viaje al norte de África (primero a Túnez, con Macke y otros amigos, en 1914; después a Egipto) le causó considerable impresión. El músico, el pintor, el grabador, el dibujante y el poeta que fue Klee se congregan en una expresión única y mal conocida entre nosotros. Por su origen, padre alemán y madre suiza (de ascendencia francesa meridional), por su vida en Berna y sus años de Múnich, centro artístico en esa época, se le quiere vanamente “explicar” con determinismos y con probables condicionamientos. Su Diario está escrito en alemán, también su correspondencia. Se enlistó en el ejército del Káiser en la Gran Guerra. Su vida de pintor y de músico excelente transcurrió alejada, en cierto modo, de la Escuela de París, aunque haya sido influido por ella y haya visitado Francia en varias ocasiones. Pintó un “Homenaje a Picasso”.
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