Este diciembre se cumplen 150 años del nacimiento de Rainer Maria Rilke. Rescatamos aquí el texto que José María Pérez Gay escribió para presentar la traducción de las cinco primeras Elegías de Duino que hizo José Joaquín Blanco. Aquí se publica la tercera, a la que Pérez Gay se refiere especialmente. Todo apareció en el número 207, 8 de mayo de 1994, de El Dominical (entonces dirigido por Rafael Pérez Gay), suplemento de cultura del periódico El Nacional. La traducción completa de José Joaquín Blanco a las Elegías de Duino puede encontrarse en duinojjb.blogspot.com.
El ángel de Rilke
El castillo de Duino se encontraba en la costa adriática, muy cerca de la ciudad de Trieste, en un acantilado frente al mar; una construcción del siglo XVI, cuyos jardines recordaban a los del castillo de Lautschin en Bohemia del sur. Sus salones guardaban una selección de pinturas del Renacimiento, varios cuadros del Greco y Murillo y dos o tres óleos de los pintores ingleses del siglo XIX. El castillo de Duino pertenecía a Marie von Thurn und Taxis, princesa de la casa Hohenlohe-Waldenburg-Schillingsfürst, uno de los linajes más antiguos de Europa.
En su autobiografía el periodista Mathias Menzel describió a esta extraña mujer: “Marie von Thurn und Taxis era, como dice Rudolf Kassner, lo que llamamos una gran dama. Nacida el año de 1855 en Venecia, cuando esta ciudad era parte del Imperio austriaco, pasó su juventud en los castillos de Duino, Sagrado y en la Toscana. La familia italiana de su madre, cuyo patriarca, Aquileja della Torre, dominaba la corte de Milán, contó con un cardenal, Franz von Hohenlohe, consejero áulico de Pío IX. La princesa Marie era una austriaca del Imperio que desapareció después de la Primera Guerra Mundial, esa colmena de pueblos y culturas irrepetibles en la historia europea. A principios de junio de 1934, dos meses antes de su muerte, su amigo Rudolf Kassner me consiguió una entrevista. Marie von Thurn und Taxis me recibió en su silla de ruedas en la terraza del castillo de Lautschin. Cuando le pregunté cómo se encontraba, me dijo que había perdido la memoria.
“—Si el perdón es una ratificación moral del olvido —me dijo la princesa von Thurn und Taxis—, no he perdonado, ni perdonaré, a Rainer Maria Rilke. En estos días he vuelto a ver a Rilke escribir en los salones de Duino. Vea usted: el castillo de Duino, uno de los lugares que guardaban mi infancia, desapareció durante el bombardeo de los ejércitos italianos; pero las Elegías de Duino siguen viviendo no sólo en mi memoria sino en la de muchos. Por aquel entonces, en junio de 1912, Rilke estaba convencido de que sus Elegías significaban un asalto a la revelación poética, y de que él no era sino el instrumento de un dictado superior. Nos escribimos durante quince años, ahora he vuelto también a leer sus cartas. El recuerdo de Rilke llena todas mis noches y mis días”.
En la historia de la literatura alemana las Elegías de Duino remiten a las Elegías romanas de Goethe, su verdadero antecedente en el género.
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