“Hoy, en todo el mundo, la atmósfera predominante es de apertura. La gente quiere estar tranquila. Nadie quiere conflicto. Se quiere vivir en paz y sin muchos ajetreos. La gente desea cooperar en otros territorios y a través de las fronteras, incluidas las fronteras entre civilizaciones”, escribe Ryszard Kapuscinski en este ensayo publicado originalmente en New Perspectives Quarterly.


Las fronteras solían significar guerras y odio. Significaban una división entre territorios y separaban a la gente. El Muro de Berlín era la frontera del miedo, la posibilidad de una guerra.

Hoy tenemos un nuevo concepto de frontera. En Europa, en Africa, se ha convertido en un lugar de intercambio, de comercio e interacción, de gente yendo y viniendo a sus anchas.

Hoy la frontera es una posibilidad de paz —incluso en tiempos de guerra—. Lo he visto recientemente con mis propios ojos en Liberia. Los miembros de dos ejércitos enemigos —que en realidad no eran más que niños con rifles— dejaban sus armas junto a la línea que delimita su territorio para cruzar a comprarse unos a otros Coca-Colas o verduras.

Paradójicamente, son los mismos guardianes de estas divisiones territoriales, los soldados y las autoridades aduanales, los que las están borrando del mapa, aunque de un modo corrupto.

“¿Quieres una visa? Son veinte dólares”.

De algún modo la idea de territorio ha dejado de ser un concepto de poder. Fuerza y prestigio solían acompañar a un territorio extenso. Ahora a nadie le sorprende que Sudán sea el país más grande de Africa, pero también el más débil. Hoy lo importante es la riqueza de un país, qué tanto comercia con otros.

En Africa, los estados que ocupaban grandes extensiones territoriales se están ahora desintegrando pues el concepto de poder en el que estaban sustentados ya no tiene importancia. Prácticamente no hay estados en Zaire o en Chad, en Somalia o en Liberia. Donde había un poder de estado ahora sólo hay una sensación de crisis.

Lo más sorprendente es que la gente subsista. Las cosas marchan. Las tiendas están abiertas. En Somalia, se puede obtener todo lo que uno necesita. Para hacerse la vida más fácil, la gente está regresando a patrones de conducta que prevalecieron hace siglos. Están reorganizando sus mercados naturales, así como las rutas de comercio y migración, que no son más que las vías de acceso menos difíciles entre un lugar y otro pues, ahora como entonces, tienen que ser transitados sin tecnología.

Cuando la rebelión de los tutsis de 1996 en Zaire obligó a los hutus que ahí estaban refugiados a huir de regreso a Ruanda —lo que no pudo lograr Naciones Unidas después de años de presión—, vimos un ejemplo extraordinario de esto. Recuerdo claramente la fotografía que publicó un periódico en la que aparecía una fila ordenada de decenas de miles de refugiados, vistiendo sus ropas tradicionales de colores brillantes, llevando canastas en las que iban todas sus pertenencias; y la fila se extendía por millas a lo largo del horizonte oscurecido por nubes cargadas de agua. Ninguna autoridad estatal o de alguna agencia internacional de auxilio los organizó. Ellos solos se armaron de valor y siguieron su destino por la vieja ruta de regreso a casa, justo como lo pudieron haber hecho hace cientos de años. Después de todo lo demás, persiste un increíble sentido de unidad y de propósito común entre esta gente, construido sobre su lenguaje, su cultura específica y la creencia en los dioses locales.

En el oeste de Africa no hay banco central que funcione. Sin embargo, en Mali y en los países que lo rodean, Camerún, Ghana y Senegal, la gente en los mercados locales ha encontrado la manera de comerciar con monedas de bloques completamente distintos, basándose en el franco y en la libra esterlina. Ninguna autoridad fija el precio de las divisas; se trata de un mercado puro y autorregulado.

Claude Levi-Strauss, el antropólogo francés, propuso en su “teoría del intercambio” una manera de entender el cemento que une a los grupos sociales. Para Levi-Strauss, era la entremezcla de gente y mercancías en una sociedad lo que daba lugar al interés mutuo, y, así, al sentido de identidad común. Ahora esta teoría se está manifestando en la práctica por todas partes —pero cruzando fronteras territoriales y no sólo al interior de éstas.

Hoy, en todo el mundo, la atmósfera predominante es de apertura. La gente quiere estar tranquila. Nadie quiere conflicto. Se quiere vivir en paz y sin muchos ajetreos. La gente desea cooperar en otros territorios y a través de las fronteras, incluidas las fronteras entre civilizaciones.

Todo en la historia se mueve en esta dirección. Si se lee la prensa europea de la primera mitad de los treintas, todos los comentarios son en torno a “la guerra que viene”. Prácticamente todos pensaban que la guerra era inminente. Nada de esto se puede leer en la prensa mundial de hoy. A pesar de algunas zonas aisladas de conflicto y de odio, la atmósfera general tiende hacia un mundo basado en la “teoría del intercambio” de Levi-Strauss.

Un choque al interior de las civilizaciones

No veo hoy el famoso “choque de civilizaciones” en el mundo como el que teorizó Samuel Huntington; existe un choque más grande al interior de ellas.

A estas alturas de la historia no veo a ninguna civilización amenazando a otra. Casi por definición, las civilizaciones son creadas para mirar hacia dentro y formar sus propias maneras de ver y de vivir. Sólo alguien con ascendencia intelectual europea es capaz de concebir un conflicto global de esta naturaleza pues la civilización occidental ha sido la única que ha tenido una tendencia hacia la expansión, provocando así resistencias. Después de todo, los chinos nunca trataron de conquistar Europa.

Hoy el Islam tiene fundamentalistas que se oponen a la mayoría. Pero sus esfuerzos están dirigidos hacia sus propios gobiernos y a sus propias poblaciones. Los fundamentalistas egipcios no se están peleando con el catolicismo polaco, sino con el gobierno egipcio. Gracias a los medios y a diferencias en el lenguaje, la imagen del Islam se ha estereotipado. El Islam está muy dividido, empezando con el conflicto entre sunitas y chiítas. Los musulmanes del mundo árabe son diferentes de los africanos, quienes son a su vez distintos de los que viven en Malasia. Todos ellos tienen interpretaciones contradictorias del Corán.

Podría haber un conflicto aparente con el mundo occidental en el sentido de que las tradiciones que se suponían desplazadas por el colonialismo de Occidente resultaron estar profundamente enraizadas en los corazones y las mentes de las personas.

Cuando visité Africa por primera vez en las décadas de los cincuentas y los sesentas, la presencia europea era muy fuerte. Ahora los europeos han abandonado Africa. Sus instituciones ya no existen. Africa ha regresado a sus orígenes. La vieja mentalidad y los viejos hábitos han regresado. No se puede organizar nada. Todo es un lío. Es algo que nos hace rabiar porque parece no existir el sentido del tiempo. Nadie le pone atención a su reloj. Uno nunca llega tarde a una reunión porque llegar es, por definición, llegar a tiempo. Eso es Africa.

Lo mismo se aplica cuando hablamos de la ex Unión Soviética, donde las viejas raíces están otra vez manifestándose. Hemos descubierto que comer en un McDonald’s y beber Coca-Cola, o erigir una estatua de Lenin en la plaza principal del pueblo, no es suficiente para cambiar a un hombre.

El mundo que tenemos hoy es un mundo multicultural y multirreligioso. La gente no puede vivir sin raíces. Pero quieren sus raíces, no las de otros. En algunos lugares rezar será más importante que trabajar. En otros, el materialismo lo será todo. Las civilizaciones coexistirán.

Un mundo resignado a la desigualdad

Los africanos pueden haber regresado a su vieja mentalidad de sentir que llegan “a tiempo” a cualquier hora a la que lleguen, pero otras regiones del mundo estan adelantándose a un ritmo acelerado. Podemos estar entrando en la era del intercambio y saliendo de la del conflicto, pero, en una escala global, ese intercambio está llevándose a cabo a muy diferentes velocidades.

Existen excepciones, claro, pero en la práctica estos dos mundos nunca se tocan. Una vez que usted deja los nichos de los hoteles internacionales, los aeropuertos y los bancos, el resto del planeta es un lugar muy calmado, muy aburrido, en donde todo se mueve muy despacio. La mayoría de la gente está vigilando sus rebaños y viviendo de sus pequeñas hortalizas.

Velocidad y riqueza van de la mano. Esto es desastroso porque significa que la brecha entre ricos y pobres, que a mediados de este siglo se pensaba ver disminuir, está, en realidad, ensanchándose y volviéndose más permanente. Todas las teorías sobre el crecimiento desde los cincuentas, las que hablaban de un mundo en vías de desarrollo o despegue, no llegaron a nada.

Parece que el hecho principal de esta era no tiene nada que ver con las armas nucleares ni con el choque de civilizaciones. Se trata, más bien, de la desigualdad en la escala global. Y, sin embargo, curiosamente en contra de las viejas suposiciones marxistas, esta desigualdad no ha producido rebeliones violentas en lo que hemos llamado el “Tercer Mundo”. Se trata de una desigualdad que la mayoría acepta hoy como parte de la realidad.

En los cincuentas y los sesentas, durante la euforia de la independencia de las últimas colonias, los líderes del Tercer Mundo y sus seguidores imaginaron que podían atacar y desmantelar la división entre ricos y pobres, Norte y Sur, en una gran revuelta antiimperialista. La amarga experiencia de los últimos treinta años nos ha enseñado que esto es un callejón sin salida. Los líderes han sido desacreditados y la gente se ha desilusionado.

Así, la táctica se ha cambiado por una de penetración lenta por la vía de la migración. Individuo por individuo, familia por familia, busca y encuentra un lugar en el mundo desarrollado. Hacen la limpieza en las casas o recogen fresas en California, venden baratijas a los turistas frente al Pantheon romano o junto a la Torre de Pisa.

Estas pequeñas acciones de penetración que se suman hasta la migración de masas no son un asunto ideológico, responden a un instinto de sobrevivencia.

Y cuando estas personas llegan al mundo desarrollado tienden al aislamiento. No se organizan para buscar poder en el seno de las sociedades que los reciben. Ya se trate de polacos en Canadá, turcos en Alemania o coreanos en Estados Unidos, atienden sus pequeños negocios y hacen su trabajo. Son obedientes, tranquilos, están felices con sus vidas en un lugar extraño.

Esta penetración está cambiando la complexión de Europa como lo ha hecho en América. En París, en una noche calurosa de verano, tomé el autobús del aeropuerto a la ciudad. Al pasar por la sección africana de París pensé que bien podría estar en Lagos. En 1996 estuve en la estación ferroviaria de Rotterdam como a las diez de la noche. Había dos blancos, el que atendía la casa de cambio y yo. Todos los demás eran negros. Era como estar en la estación de Nairobi.

Este fenómeno marcará nuestro futuro. Estas gentes llegaron para quedarse. Tendrán hijos, y éstos irán a la escuela y más adelante a sus puestos de trabajo. Su penetración se hará permanente y resultará en una sociedad de civilizaciones mezcladas.

Ciertamente, la migración es una de las vías disponibles para el Tercer Mundo. Pero en el Irán islámico de la revolución de Khomeini, o Sudán, ¿no se está rechazando todavía a Occidente y tratando de construir sociedades alternativas?

Cuando cubrí la revolución en Irán y escribí mi libro sobre todo eso, Shah de Shahs, me di cuenta de que la idea de revolución islámica que Khomeini predicaba causaba más revuelo fuera de Irán que en la misma sociedad iraní. Para la mayoría no se trataba más que de las palabras de un viejo, y nadie, en realidad, prestaba mayor atención. Todo su proyecto de difundir la revolución islámica tuvo muy pocos seguidores auténticos.

Necesitamos revisar nuestros puntos de vista con la velocidad con la que se mueve la historia, cambiándolo todo. Hoy no hay rastro alguno de Khomeini dentro de Irán. Es un país muy pragmático.

No hay nada que se pueda llamar solidaridad continental en lugares como Africa o Latinoamérica, y tampoco existe la solidaridad islámica. En el mundo, sólo hay intereses étnicos, fidelidades culturales e individuos que buscan su bienestar por la vía de la migración.

Lo que el escritor mexicano Carlos Monsiváis ha dicho de su propia sociedad es verdad para muchas más. En las sociedades donde la estructura política es corrupta e indigna de confianza, y donde además la economía está estancada, la gente hace lo que tiene que hacer para sobrevivir. Todo mundo, como dice Monsiváis, es un oportunista. Esta es la respuesta inevitable de la gente que no tiene esperanza.

Para la mayor parte del mundo, realmente no hay futuro. La desesperanza es la compañera de la gran división que hay entre los ricos y los pobres del planeta.

Parece que no nos queda ya imaginación para resolver el problema de la pobreza de la mayoría. Todo lo que se ha intentado al respecto no funciona. Los Tigres Asiáticos son un pequeño grupo de países con circunstancias especiales que no se aplican a otros. Y seguramente el hambre se puede paliar aquí y allá con ayuda humanitaria.

Pero todas las computadoras del mundo, con todos sus datos, no contribuyen en nada para eliminar la pobreza de las masas. Uno está tentado a concluir que la imaginación del ser humano es limitada. Alguna vez esta imaginación pudo construir catedrales espléndidas. Pero está exhausta ante el problema de la pobreza.

Los chinos se han apoderado del mercado de las cosas menudas en Africa.

¿Sabe usted cuál es la causa principal de que persista el analfabetismo en Africa? La falta de plumas. Hay escuelas. Pero la gente no tiene con qué escribir.

Cuando viajo a lugares remotos de Africa, a menudo me veo rodeado por los niños cuando entro a alguna aldea. No me piden comida, a pesar de que están hambrientos, ni dinero. Me piden mi pluma para poder escribir en la escuela.

Hace algunos años se hicieron grandes planes, elaborados en el MIT y en París, para llevar computadoras a Africa y así cerrar un poco la brecha entre los que tienen y los que no en esta era de la información. Los planes no consiguieron nada. Los chinos, en cambio, llegaron con plumas. Plumas que cuestan tres o cinco centavos.

China ha llegado a las aldeas más alejadas al producir cosas menudas para los pobres del mundo. Recientemente en Senegal, quería llevarles un regalo a unos amigos. Decidí llevarles una lámpara puesto que no tenían luz. Todos los días, después de las seis de la tarde, se veían obligados a vivir en la oscuridad. Me dirigí al único mercado que hay en la aldea más grande de la zona y ahí encontré una pequeña lámpara china de baterías. Pagué muy poco por ella. Esa noche la aldea celebró la llegada de la luz a ese rincón de la tierra.

Plumas, lámparas, una camisa o zapatos de plástico que cuestan 50 centavos: eso es todo lo que estas personas pueden gastar. Un individuo pobre de Africa casi no maneja dinero. Tiene una pequeña parcela en donde cultiva algunos jitomates, algunas cerezas. Los lleva al mercado y los vende por 50 centavos. Y con esos 50 centavos se compra algo hecho en China.

Se fueron los franceses de Africa. Se fueron los británicos. Llegaron los chinos.

Nómadas sin televisión

En el norte de Nigeria vive un pueblo seminómada que alguna vez visité. Se van a cualquier pastizal en el que su ganado encuentra agua. Cuando vienen los tiempos de secas se van a las aldeas, en donde encuentran agua y trabajos varios que los ayudan a mantenerse hasta que vuelve la lluvia.

En una ocasión, unos oficiales de una agencia de ayuda internacional les llevaron una televisión. Vieron la televisión hasta que se le acabaron las pilas. Después de esto regresaron a la misma vida nómada que su tribu ha conocido durante los últimos mil años. Nada cambió.

Así es esto para la mayor parte del mundo pobre. Algo extraño, algo interesante pero artificial se mete en sus vidas. Luego se va. Y la vida sigue como antes.

Una vez, en una aldea de Uganda cerca del Lago Victoria, visité a una familia en su solar de dos chozas. Todos dormían juntos en el piso en una choza de un solo cuarto; la otra choza era la cocina. Cuando en esta última vi los utensilios de arcilla y las tres grandes piedras dispuestas en forma de triángulo para albergar el fuego, tuve la sensación de haber visto eso antes. Al pensar en ello me di cuenta que cuando era yo un estudiante de arqueología vi esa misma cocina en un libro que ilustraba cómo vivía el hombre hace 5,000 años.

El sentido del tiempo es diferente para quien quiera que viva en este tipo de medio. No hay absolutamente ninguna conexión entre ese mundo y el nuestro. Absolutamente ninguna.

No hay atajo al futuro

Si existe alguna lección que se derive de todas las revoluciones fallidas del siglo XX, del comunismo, de los socialismos pan-africanos o del mundo islámico, es que no hay atajo al futuro. La senda ideológica hacia la utopía nos engaña. No es posible; no es práctica.

Consecuentemente, la historia ha llegado a su Momento Práctico. La gente trata de hacer lo que funciona. Hace lo que puede.

El vacío de ideas enmarcadoras puede ser peligroso porque puede llenarse de odio y suspicacia. Pero el mundo en general, ricos y pobres, se ha movido a un lugar más allá de la ideología. Parece imposible que en nuestro estado de desilusión una masa de gente pueda ser movida por un puñado de ideas. Y esto es algo positivo. La gente esté así destinada a quedarse en un curso medio, en una forma de ser práctica que lleva a tomar pequeños pasos hacia adelante dependiendo de lo que funcione y lo que no funcione. La era de los grandes saltos y los sueños fútiles se acabo.

Los intelectuales en una sociedad pragmática

¿Qué será, entonces, de los intelectuales en las sociedades pragmáticas? Los intelectuales son los que hacen la cultura. Y en medio de toda la desilusión del siglo XX, la cultura de un pueblo determinado es lo que ha sobrevivido, el pilar que queda en medio de las ruinas del estado y las ideologías.

El papel de los intelectuales también será importante como vigilantes de la manipulación de los medios, de la selección y sentido de la información. Su papel esencial será decir lo que no se dice, señalar lo que no se señala, hablar de las partes de la realidad que no lleguen a estar representadas en las películas o que no puedan reducirse al tamaño de la pantalla de televisión.

Cualquier selección de la información es censura. Puede ser autoritaria o administrativa, como lo fue en la Unión Soviética o lo es en la China de hoy. O puede venir como consecuencia de la opción del consumidor, o de las estratagemas de los productores por cultivar el gusto de masas que garantiza éxitos en las taquillas.

Ambas formas de selección destruyen la verdad de la realidad. El papel de los intelectuales es rasgar el velo de la censura en cualquiera de sus variedades.

Ryszard Kapuscinski.
Periodista. Escritor. Es autor, entre otros libros, de El imperio y El emperador.

Traducción de René Rabell