La neblina

Despertó. La luz matinal se colaba tímida por una rendija muy delgada debajo de las dos persianas automáticas que parecían un par de ojos a medio abrir. La luz que penetraba apenas era suficiente para anunciar el comienzo del día.

Así le gustaba la claridad a Liliana. Tenue, apagada, no invasiva. Saboreaba vivir en ese inmenso limbo de silencio, iluminación y temperatura controlada. Era lo más parecido que podía encontrarse al vientre materno, o al menos, así debía de serlo. No es que ese efecto fuera garantía de nada, pero se recibía bien. Ayudaba a permanecer en un estado vegetativo: a no sentir, no pensar, a ¿vivir? en una especie de pecera. Esa sensación la llevó a asociar el pensamiento de que su elemento preferido siempre había sido el agua. Ella lo supo desde su temprana infancia. Sus momentos más felices los había pasado sumergida en ella: en el mar, en los ríos,

en las piscinas. Debajo del agua el silencio era proverbial. El agua dejaba penetrar la luz, pero no el sonido; era como estar en un lugar acorazado, pero fluido; protegido, pero sin sentirse preso; consciente, pero viviendo en un mundo sin gravedad, donde se podía flotar con libertad absoluta, sin la pesadez fastidiosa del cuerpo y permaneciendo lejos del mundanal ruido, un mundo acuoso donde se podía encontrar la paz y los pensamientos fluían sin estorbo alguno. En pocas palabras, un estado ideal.

Sus padres eran arqueólogos y durante varias temporadas la llevaron consigo a Creta, y mientras ellos trabajaban en el calor y la aridez de la tierra, ella se asoleaba y nadaba en las maravillosas piscinas de los hoteles de Heraclión o de Agios Nikólaos, o esnorqueleaba en las playas rocosas de la isla griega. Pasó los veranos de su temprana adolescencia ahí, contemplando los primigenios, fundacionales atardeceres, como si cada uno de ellos diera pie al nacimiento de un nuevo dios o diosa del Olimpo en el horizonte encendido del Mediterráneo.

Fue ahí, en esa tierra seca bendecida por el brote abrupto de los frondosos y contundentes olivos, donde conoció el amor. Pier Paolo había besado sus labios y su cuerpo por primera vez. Casi podía revivir la sensación de lo que había sido el recorrer de sus dedos por encima de su piel bronceada y sensibilizada por el sol. Era bueno que ese recuerdo hubiera llegado a su mente. Que hubiera llegado algún recuerdo diferente. Decidió que pasaría toda la mañana recordando a aquel muchacho italiano que había conocido en Creta. No lo había vuelto a ver después de aquel verano mágico, en el que se hizo mujer, a pesar de las promesas que se hicieron y que nunca se cumplieron. En aquel momento dolió, ardió como una quemadura en el alma, pero qué más daba ya; al final, lo importante era que había traspasado la barrera, que a momentos sentía infranqueable, entre la niñez y la adultez. El conocimiento del sexo de primera mano le otorgó otro estatus, le permitía otear en el mundo de los adultos, asomarse por encima de la barda para ver el mundo, como si fuera una mujer mayor, con experiencia, que entendiera la complejidad de las relaciones humanas, aunque en realidad, en aquel momento, no las comprendiera del todo.

Liliana pensó que desde ese instante tendría la posibilidad de amar a sus anchas a todos los hombres que deseara; había pasado ya por la puerta milagrosa de un conocimiento ancestral y ella también sería deseada por todos los hombres del mundo, y habría a quienes les dijera que sí por mero gusto y a los que les dijera que no, también por el mero gusto de decir que no, y su mundo se abriría entonces como un universo vasto de posibilidades infinitas. Eran tantas… En aquel entonces, luego, las cosas en verdad se complicaron y eso no quería recordarlo. Sólo permitiría recuerdos agradables.

Se dio vuelta en la cama. Miró el reloj. Había transcurrido casi una hora. Miró la Esfera en un rincón del cuarto, empolvándose, y sintió repulsión. Una oleada de asco hizo que todo su cuerpo vibrara. Casi de inmediato sintió una punzada de hambre en el estómago, pero ignoró la señal. Volvió a concentrarse en el angosto haz de luz que se colaba por las ventanas, la única señal que le indicaba que era de día, pues las persianas bloqueaban la luz prácticamente en su totalidad. Sólo bastaba que diera una orden de voz para descorrerlas, pero Liliana no pensaba molestarse en eso. En realidad, le daba igual que fuera de día o de noche.

Inquieta se revolvió en la cama. Intentó dormirse de nuevo, pero no lo logró. Le dolía el cuerpo de estar acostada, pero no podía levantarse. Su cuerpo era demasiado pesado. Era de un plomo insoportable. Estaba hecho de tristeza insondable, de una carga que pesaba como toneladas de fierro. En la médula de esa tristeza algo oscuro y malévolo anidaba. Una serpiente venenosa parecía enroscarse en la raíz de su corazón y no estaba dispuesta a salir de ahí. Había construido su hogar permanente. Era, en realidad, la expresión de un dolor que echaba raíces que crecían y se ramificaban horadando las células, los tejidos sanguíneos, las capas de lípidos, y que, de algún modo, se abrían paso hasta la superficie de su piel y salían por sus poros. El dolor también puede ser una barrenadora que excava sin parar hasta las honduras más recónditas del alma. Un gusano trepanador.

El cuerpo de Liliana sólo era, en tiempo pasado. Hacía meses que no se miraba en un espejo. Los había desprogramado todos. Sólo le quedaba uno, pequeño y antiguo, que su madre le había regalado en alguna ocasión porque, a su vez, se lo había regalado su madre y era un recuerdo adorable. Los llamaban: espejos de mano. Estaba en el fondo de su bolso. Como un ojo delator latía como una tentación difícil de dominar en algún rincón de su mente. Sólo que Liliana no recordaba dónde estaba su bolso de mano, ni cuándo había sido la última vez que lo usó, y tampoco tenía intención de volver a usar uno nunca más.

Fue entonces cuando a lo lejos, muy a lo lejos, escuchó un timbre. Pero el timbre no provocaba reacción alguna en su mente, en su experiencia pasada. Sonó otra vez ese ruido extraño: ¡ring, riiing! Qué molesto es ese ruido, pensó, fastidiada, pero a

la vez se sobresaltó. Se dio cuenta de que era el timbre de su casa. ¿Quién osaba molestarla en la tranquilidad opaca e inalcanzable de su nido? ¿En su fortaleza privada? Liliana se tapó los oídos con la almohada. Chilló una vez más esa cosa tan molesta, el ruido continuó, con una insistencia tortuosa, por ¿tercera, cuarta vez?, no lo sabía. Su corazón adormecido se alteró. Comenzó a latir más rápido y fuerte de lo normal. El sonido de la puerta y el de su corazón se intercalaban. Temió que su frágil órgano no resistiera la presión de ese estrés que le provocaba la insistencia de la campanilla. Logró incorporarse un poco y alcanzó a ver por el visor de intercomunicación a una mujer y a un robot canino.

Pidió a un ente invisible que le concediera la gracia de dejarla sorda. “¡Sería ideal!”, consideró. Pero en el mismo instante recordó que ese ente invisible al que la humanidad recurría instintivamente por algún error de programación genética, en realidad no existía, ni escuchaba, ni se molestaba en hacer nada por nadie. ¿Por qué los seres humanos siempre pedíamos cosas a la nada, cosas idiotas que nunca sucedían y a pesar de eso seguíamos pidiendo, en un impulso del todo incomprensible?, se preguntó.

La señorita Udanga llegó al domicilio indicado en su pantalla de trabajo. Calle de Buganvilias número 30. La casa indicada era igual al resto de las demás casas en la calle. Todas pintadas de blanco, con techos rojos y macetas de flores en la entrada. La casa número 30 era la única cuyas flores estaban secas: alguna anomalía delataba. Conocía el caso de Liliana Spert por los archivos de la oficina de Servicios Comunitarios, del Departamento de Cuidados a Personas en Estado de Vulnerabilidad. Ya dos agentes especiales asignados al caso se habían dado por vencidos y le habían advertido que lo más probable era que la mujer no acudiera a abrir la puerta, por eso traía consigo a un cud (Canine Utilitarian Device), por sus siglas en inglés. Estacionó en el frente de la casa el pequeño vehículo plateado, impulsado por energía solar.

 

Los cud eran una especie específica de perros robóticos que tenían una serie de habilidades, entre otras, el poder abrir toda clase de cerraduras, puertas y ventanas, podían leer mapas, funcionar como GPS, alcanzar objetos en lugares difíciles, abrir latas o conservas y, además, funcionar como mascotas de compañía para la gente mayor que viviera sola y, a la vez, realizar labores, como una clase de mayordomos. Por supuesto, no cualquiera podía tener un cud. En general, eran utilizados por la policía, por trabajadores sociales y por personas mayores que tuvieran una necesidad especial y que después de una investigación exhaustiva, les fuera aprobada la solicitud para poseer una unidad. Los cud podían ser intimidantes, pues sus movimientos se asemejaban más a los de una araña que a los de un perro, pero en general eran muy útiles y amigables, y de acuerdo con la primera ley de la robótica, no atacaban a seres humanos; además, tenían la ventaja de que no ladraban, lo que era muy conveniente para los vecinos que no les gustara el ruido y el escándalo de unos ladridos; en caso de detectar un intruso hostil, lo anunciaban por medio de una alarma.

Sin embargo, este cud en particular pertenecía a una nueva camada de un proyecto piloto. Estas unidades tenían incluidos otros programas mucho más ambiciosos y complejos que los hacían mayormente útiles, pues podían fungir como remplazo de otros profesionales, es decir, como psicólogos o terapeutas, no sólo como unidades caninas. Ellos a su vez serían monitoreados y estudiados por un supervisor para ver qué tantos éxitos podían lograr en la práctica con los pacientes y sujetos necesitados de apoyos especiales. Sobre todo los que habían presentado alguna resistencia a recibir ayuda de otros humanos, como era el caso de Liliana Spert.

Después de tocar el timbre cinco veces y no obtener respuesta, la señorita Udanga le ordenó al cud que abriera la puerta. El cud se paró en dos patas y de la pata derecha sacó un decodificador para encontrar la combinación de una cerradura numérica.

El cud abrió la cerradura en un minuto. Udanga empujó la puerta y se encontró con la resistencia adicional de una cadena de seguridad. Era un aditamento bastante antiguo y rudimentario, pero no sería problema. El cud sacó de su pata izquierda una pequeña sierra eléctrica con la que cortó la cadena en un santiamén.

Entraron. La casa era una caja fuerte llena de una luz densa, consolidada y silenciosa, que recién había sido vencida. Casi se podía cortar con cuchillo aquella niebla luminosa y espesa. El aire se sentía viciado. De inmediato se sabía —la señorita Udanga lo supo— que era una caja desordenada y desajustada. A leguas se notaba que algo no funcionaba como debía, algún mecanismo de la vida “normal” estaba fallando. En la cocina, de plano abierto al pequeño comedor, se esparcían algunos platos sucios con restos de comida por todos lados. Había alguna ropa tirada encima de las sillas y se notaba que la casa no se ventilaba desde hacía largo tiempo, pues un olor a suciedad y humedad flotaba por todos los rincones. El polvo se había acumulado como un discreto testigo de la inactividad higiénica de la dueña de la casa. Udanga accionó el sistema de succión para sustraer el polvo y renovar el aire de la casa. Se escuchó un siseo apagado y de inmediato se percibió una brisa refrescante en el ambiente. Se echó a andar automáticamente un proceso de deo-

dorización y un olor floral inundó las estancias. La densa niebla se fue disipando. El cud, inmóvil, esperaba indicaciones.

—Quédate aquí mientras subo —ordenó Udanga.

El cud obedeció.

Udanga, quien supervisaba el programa experimental de los cud, subió las escaleras hasta el dormitorio principal. Tenía el mapa de la casa en su memoria. De todos modos, la morada no era muy grande.

Encontró a Liliana aterrada y congelada en la cama. Ella sabía que alguien había entrado a su casa y su cama era su última trinchera. Y no había nada que pudiera hacer. Estaba impotente ante el invasor.

Udanga accionó el mando a distancia con su voz para abrir las persianas y, luego, las ventanas. La luz inundó la habitación desterrando las tinieblas que habían señoreado el lugar por tanto tiempo. Implacable, entró en un santiamén con la fuerza de un ejército conquistador, deslumbrando a la única habitante permanente de la habitación.

Inmediatamente después, la visitante accionó el succionador de polvo y el filtro de aire de la planta alta. Activó el controlador del agua caliente y después de realizar todas esas operaciones prácticas detectó, en la boca del estómago, un dolor inconcluso que se esparcía por aquella habitación. Era usual en estos casos. Había aprendido a detectarlo por experiencia. Lo llenaba todo, era como las esporas malignas de un hongo que se hubieran metido hasta en el último rincón. Comprendió de inmediato lo que tenía que hacer, pero debía tener paciencia y mucha compasión. No siempre resultaban adecuados los protocolos indicados y, según su experiencia, cada persona era única, a pesar de lo que dijeran, una y mil veces, los protocolos de procedimiento. A veces los formulismos resultaban en casos de éxito, pero otras veces, fracasaban; y este caso, lo sabía bien, era difícil, persistente. La paciente se había negado a tomar las drogas antidepresivas que se le habían recomendado y el pronóstico de su recuperación era, por lo tanto, lento y aún impredecible. Cuando el pronóstico no era optimista, a veces el Estado no se afanaba demasiado para intentar la recuperación. Eran muchos los recursos que se gastaban para nada. La paciente no lo sabía, pero éste era el último intento de recuperación que se aprobaría, aunado al proyecto experimental de los nuevos cud.

Galván, K., Las mansiones de Zatar, Fondo de Cultura Económica, México, 2025, 236 pp.

Kyra Galván

Poeta y escritora.

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Publicado en: En la mesa