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Ciudad sin muros

Este mes comienza la tradicional temporada de toros en la Plaza México. Vale la pena un repaso a las mitologías de la tauromaquia.

El pasello ya vale la corrida. Aunque el rito empieza antes; en el camino dilatado a la plaza, en el trago que lo precede, en los rápidos puestos de comida, en la vestimenta del torero, en su arribo a la puerta de cuadrillas. Existenmitologías en las cuales la tauromaquia no puede prescindir, en las que la inquietud de la incertidumbre no es menor que la certeza de que algo va a suceder, incluso el tedio.

Luis Procuna decía que «el torero tiene tres enemigos: el toro, el público y el miedo» (algunos agregarían el viento). Pero también el espectador corre riesgos; uno de los más comunes es el del aburrimiento. Y, sin embargo, el movimiento en los tendidos ya es suficiente recompensa, representando la casi inminencia de un acontecimiento: la conversación entrecortada, los preparativos en el ruedo y el paso de mujeres guapas, porque, como decía el Ribereño, «la mayoría de las mujeres que van a los toros son guapas. Las feas van a la lucha libre».

El peligro existe siempre, pero no hay que exagerarlo. A Antonio Bienvenida lo mató una vaquilla en un tentadero, aunque no practicaba el alarde de valentía, que es un torpe artificio. Sin embargo, cuando la hostilidad del público de Madrid lo obligó a exponerse en exceso ante un toro manso de Juan Corbaleda, que terminó pegándole una cornada en el cuello, se puso de pie para enfrentar de nuevo al toro, mientras miraba a quienes lo habían hostigado, hasta que la abundantísima hemorragia lo obligó a recurrir a la enfermería. Ese no fue un alarde; fue un mero acto de dignidad. Para José Bergamín el efectismo es una trampa. Yo lo considero un recurso malamente cirquero, una extorsión sensiblera para engañar incautos, una mentira con la que se regatea el aplauso fácil.

En El arte de birlibirloque, Bergamín aclara que lo que más entusiasma a los públicos, en un arte cualquiera, es tener la impresión de un esfuerzo en quien lo ejecuta, la sensación constante de su visible dificultad: esto les garantiza la seguridad de que pueden aplaudir justamente, premiando el mérito. Pero al espectador inteligente lo que le importa es lo contrario: las dotes naturales extraordinarias, la facilidad, que es estética y no moral; ver realizar lo más difícil como si no lo fuera, discretamente, con gracia, sin esfuerzo, con naturalidad. Es ésta, en todo arte, la supremacía verdadera: vital. 

A eso se debe que Pepe-Hillo recomiende ver el toreo en religioso silencio, con la profunda quietud del que se sabe testigo de algo trascendental, con el respeto que merece quien burla a la muerte.

Un buen torero no persigue la celebración fácil, el entusiasmo desmedido que festeja a gritos cualquier ramplonería, el elogio del público siempre dispuesto a regalar orejas a pañuelazos, como si el fin del toreo fueran los trofeos y no la belleza misma.

Ya Juan Belmonte consideraba al toro en decadencia, llamándolo incluso «una pobre bestia vencida». Más allá del cumplimiento de la edad reglamentaria o de la frecuente manipulación de las astas, el toro moderno parece mostrar menos bravura y tener una lidia menos complicada, casi previsible, asemejándose cada vez más a una carretilla. 

Quizá la tauromaquia devenga en aquel simulacro electrónico que imaginó Salvador Elizondo en el Cuaderno de escritura, fundado en «la concepción de un toro manejado absolutamente mediante una programación de azares computables y la concepción de una muleta electrónica de rapidez variable». Quizás aspire a la pureza del torero de salón, más difícil, para Camilo José Cela, que torear un Miura, pues «el toreo de salón no tiene ayuda. Se necesita, sobre ser torero, ser un gran actor dramático para torear de sa-lón. Decir ¡pasa toro! a una silla que se queda quieta es mucho menos normal que decírselo a un toro que, a lo mejor, pasa tan de prisa que no da tiempo ni a terminar de decírselo».