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Enrique Berruga Filloy. Miembro de carrera del Servicio Exterior Mexicano. Embajador de México.

En las circunstancias actuales parece pertinente subrayar el vínculo esencial entre la globalización y el multilateralismo. O como dice el autor mismo: «patrones universales de consumo, de producción y de publicidad compiten abiertamente con formas de vida, algunas de ellas milenarias, que jamás se habían enfrentado al reto de la presencia abierta y ostensible de prácticas y culturas diferentes». 

La humanidad se asoma al nuevo milenio con una población mundial cercana a los seis mil millones de personas. Cuarenta millones de éstas navegan ya por el mundo de Internet, mientras que más de mil millones de seres humanos navegan con dificultades de un día al otro, en el buque enorme de la pobreza, de la carencia de expectativas y de la incesante explosión demográfica. 

Así las cosas, el mundo se ha hecho global —se nos dice con insistencia— aunque las grandes mayorías todavía no se hayan percatado de ello. Frente al selecto grupo de individuos que cuenta con los medios para transitar con su computadora personal a través de las supercarreteras de la información, la globalización se expresa con mayor nitidez en el estrechamiento vertiginoso del planeta, de los recursos que dan sustento a la vida y frente a una variedad de propuestas económicas, religiosas e ideológicas que no alcanzan a brindar los satisfactores mínimos de bienestar y calidad de vida que demanda el grueso de la especie humana. 

Frente a esa cifra de cuarenta millones de personas suscritas al Internet, que en tantas ocasiones se ha utilizado para demostrar la realidad incuestionable del globalismo, uno de cada tres individuos en edad de trabajar en el mundo no cuenta con empleo, y prácticamente uno más engrosa las filas del subempleo. Así, la economía informal y de subsistencia se está convirtiendo, ésta sí genuinamente, en una de las actividades humanas más claramente globalizadas. 

La noción del globalismo adquiere rango de paradigma a partir del fin de la Guerra Fría. De hecho, el concepto del globalismo se encuentra íntimamente vinculado a la idea de un mundo sin barreras, como el que supuestamente dejó atrás y para siempre la caída del Muro de Berlín. Así, el globalismo tiende a sustituir a la estructura del orden bipolar en los terrenos político, ideológico y militar, y a la tesis de la interdependencia, en los planos económico y social. «El globalismo os hará uniformes», pudiera ser el paradigma de fondo que encierra esta tesis, como contraparte a otras épocas en que prevaleció la noción de un mundo dividido.

Con el fin de la confrontación Este-Oeste surgió un sinnúmero de voces optimistas que auguraban la consolidación de un mundo con mercados y sistemas políticos abiertos, de mayor cooperación y seguridad entre las naciones. Se suponía que el dividendo de la paz, la sustitución de la carrera armamentista por una industria de beneficio civil, imprimiría un impulso sin precedente a los programas de desarrollo en el mundo. A menos de una década del fin de la Guerra Fría, esas voces alentadoras se han ido acallando, para ser sustituidas por un sentimiento de creciente confusión y escepticismo frente al futuro. 

Globalismo, fragmentación y unilateralismo

A treinta meses escasos de que termine el siglo XX, las tendencias internacionales que se perfilan con mayor nitidez son las de la integración de un mercado de alcance mundial, las de la fragmentación en el ámbito político y las del unilateralismo y la búsqueda de un nuevo balance del poder, en el sistema internacional. El futuro estará crecientemente determinado por la forma como evolucionen las relaciones entre estos tres elementos principales de la realidad contemporánea. 

Visto a fines de la década de los ochentas, el globalismo encerraba la noción de que los tradicionales bloques antagónicos de la guerra fría se abrirían ahora al comercio, a flujos de inversión y de nuevos avances tecnológicos; bajo esta óptica, los capitales occidentales se apresurarían a posicionarse en los antiguos espacios de la órbita soviética y del campo socialista. En la realidad, sin embargo, los flujos de capitales han mantenido su tendencia habitual, menos preocupados por consideraciones ideológicas que por las posibilidades objetivas de rendimiento y por la estabilidad política de los países a donde se canalizan dichas inversiones. La experiencia del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (BERD) para la Europa Central y del Este ha mostrado, de hecho, las dificultades que persisten para lograr que los capitales de Occidente fluyan sostenidamente hacia las antiguas economías socialistas. Los principales flujos de inversión y comercio mundiales siguen dándose entre los países con más alto nivel de desarrollo y hacia economías de desarrollo intermedio con mercados internos de importancia, principalmente China, Brasil, México y otros del sureste asiático. Estos últimos reciben hoy más del 10% de las inversiones mundiales.1 

Hasta ahora, cuando menos, las ventajas y alcances del globalismo no han sido generalizadas. La globalización ha tenido efectos distintos en las economías regionales y nacionales, dependiendo de su grado de desarrollo y de su inserción en el sistema internacional. De hecho, en las economías menos desarrolladas, la globalización ha significado principalmente enfrentar una mayor competencia en materia de comercio, inversión y nuevas tecnologías. Los rápidos ritmos de liberalización del comercio en algunos países han causado visibles trastornos sectoriales, con el cierre de pequeñas y medianas empresas que no han podido competir con los grandes consorcios transnacionales. Ha propiciado, también, un mayor grado de especialización de las economías pequeñas, las cuales van concentrándose crecientemente en las áreas productivas donde disfrutan de ciertas ventajas comparativas. 

En materia financiera, el fenómeno de los capitales volátiles y especulativos tiende a distorsionar las economías, como le sucedió a México a fines de 1954, y con ello a un control más reducido de las variables macroeconómicas y monetarias. Estos flujos de capital circulan en un sistema globalizado, sin que existan reglas de comportamiento igualmente globales para la canalización, registro y moderación de estos recursos financieros. Paralelamente, el avance tecnológico y la influencia de los medios de comunicación —el llamado soft power—, sobre todo de Estados Unidos, ha permitido ir generalizando una visión del mundo. La proyección de sus valores, su ideología, su cultura, sus instituciones políticas y sociales y su modelo económico ha sido facilitada por las redes de comunicación que ese país ha diseminado exitosamente en todas las regiones. La penetración cultural occidental, predominantemente estadunidense, ha tendido a universalizar su modo de vida, su modelo de desarrollo y sus patrones de consumo. 

El mundo actual es, en distintos ámbitos, más homogéneo que nunca antes en la historia. Ello es particularmente marcado en los terrenos de las finanzas, el transporte, las telecomunicaciones, los servicios, los mecanismos del comercio y de la producción, la publicidad e incluso la cinematografía, donde Estados Unidos ocupa cerca del 90% del tiempo de pantalla adquirido a nivel mundial. Más allá de la homogeneización de esos procesos, la distribución de los beneficios y de los costos de la globalización de la economía ha sido desequilibrada y no ha logrado impedir que la brecha entre los países desarrollados y los países en desarrollo continúe ensanchándose. 

Al interior de las sociedades nacionales se observa un fenómeno similar a lo que acontece a nivel mundial: la riqueza tiende a concentrarse en pocas manos, mientras se amplían las capas más desposeídas. Las tensiones políticas que generan estas desigualdades constituyen, en un mundo crecientemente integrado, una de las fuentes principales de tensión e inestabilidad en nuestros días. 

Democracia y desarrollo

El correlato político de la globalización económica es la tendencia en el mundo a adoptar la democracia como forma de gobierno. El siglo XX terminará con un número sin precedente de países en los que, con mayor o menor eficacia, operan sistemas de equilibrio de poderes y que realizan elecciones con una periodicidad establecida. 

Así, el paquete de organización nacional más extendido a finales de siglo consiste en una combinación de economía de mercado abierta a los flujos con el exterior, con un ordenamiento político en el que el ejercicio del poder se legitima mediante el sufragio universal. 

El auge de la democracia en nuestro tiempo obedece a una compleja serie de razones. En el periodo de la Guerra Fría mucho se esgrimió el argumento de que jamás se había producido una conflagración bélica entre Estados democráticos; de acuerdo a esta tesis, toda guerra había tenido presente un elemento autoritario, llámese la Alemania nazi, el Vietcong o más recientemente el Iraq de Saddam Hussein. Así, desde un ángulo de seguridad internacional, la existencia más o menos homogénea de sistemas democráticos y vigilantes de los derechos humanos llevaría, al menos desde las lecciones de la historia, a un mundo más seguro y menos beligerante que en el pasado. 

También desde el punto de vista de la eficiencia económica se ha asociado la vigencia del ideal democrático con un aparato productivo que garantiza la competencia, el crecimiento y la elevación de los niveles de bienestar social. Esta aseveración es motivo de una polémica mayor. Mucho se argumenta, en sentido opuesto, que el modelo de desarrollo de la República Popular China ha permitido tasas de crecimiento superiores al 8% anual en el curso de la presente década, frente a un panorama político en el que no han madurado las libertades democráticas ni la protección y defensa de las garantías individuales, según las define el mundo occidental. En sentido inverso se esgrimen casos como el de la India, la democracia más grande del mundo, o bien de algunos países de América Latina, donde sus instituciones democráticas no han sido capaces de elevar visiblemente las condiciones de vida y los niveles de ingreso de sus mayorías. 

Una tercera razón para explicar este auge democrático se asocia directamente con el grupo de naciones que «ganaron» la Guerra Fría. Según esta tesis, en la rivalidad Este-Oeste terminó imponiéndose el modelo más viable y más eficaz, aunque no necesariamente el «óptimo», como diría Felipe González. Ante la ausencia de un «tercer modelo», capaz de escapar a la dicotomía entre el socialismo y el capitalismo, se impuso éste último, con sus respectivas instituciones políticas, entre las que se cuenta la democracia representativa. 

Por último, el avance de la democracia también se explica por ser el único modelo capaz de operar con relativa eficiencia en un mundo en el que se ha ido fragmentando la conciencia colectiva para dar paso a una gama amplísima de intereses e inclinaciones. Para profundizar en este tema sería necesario abordar el asunto de la dispersión creciente del mensaje político y su expresión social más acabada; el rechazo al centralismo y a la imposición de una forma de ver el mundo según lo percibe una burocracia ilustrada. Dicho sea brevemente, durante siglos convergieron y lucharon entre sí los mensajes de los agentes religiosos y de los agentes del Estado. En Occidente rivalizaron durante más siglos y con mayor intensidad la cruz y la corona que las dos superpotencias nucleares en la era de la Guerra Fría. 

Sin embargo, en el final del siglo XX se han diluido ostensiblemente los mensajes (o los ideales) y sobre todo la capacidad de movilización, tanto de las corrientes religiosas universales como de los gobiernos y de los partidos políticos. 

Frente a las grandes tendencias globalizadoras, la historia del hombre parece cubrir un ciclo completo para regresar a formas de organización más reducidas y de contacto más directo entre autoridades y gobernados. En el terreno político pareciera que estamos en presencia de un regreso al clan y al club, a la tribu y a la familia (centro del debate electoral, por ejemplo, para la presidencia de los Estados Unidos en 1996), y a rescatar la importancia de la política regional, comunitaria y local. La segmentación tradicional de intereses y valores por niveles socioeconómicos y educativos, se ve hoy alimentada por productos de la comunicación y la cultura, que tienden a romper formas de conciencia nacional y, más claramente aún, las de aspiración universal. Tal pareciera que ya no existen banderas de gran arrastre popular y, menos aún, colores para pintarlas. 

La Cable News Network (CNN), que junto con Internet se ha convertido en una prueba viviente de la existencia del globalismo, convive al unísono con más de 500 canales de televisión solamente en la ciudad de Nueva York. En la misma capital mundial del globalismo moderno se asienta un número inconmensurable de subculturas e intereses especiales en el que prácticamente todos consumen lo mismo, usan los mismos taxis y vagones del metro, pero donde los comunes denominadores culturales, religiosos, de origen nacional y de gremio, prácticamente no existen. 

Este conjunto de elementos ha conducido a una explosión sin precedente de instituciones dedicadas a impulsar intereses especiales. Así, presenciamos hoy desde fundaciones académicas, humanitarias y artísticas, hasta la pléyade de organizaciones no gubernamentales que abogan por causas tan disímbolas como la protección del medio ambiente, la defensa de los derechos humanos, el respeto a las minorías, las reivindicaciones de preferencias sexuales y la multiplicación de sectas y creencias diferenciadas. 

La crisis actual de los partidos políticos es otra muestra palpable de esta fractura de la conciencia colectiva. Como es natural, las plataformas de los partidos están diseñadas para atraer al mayor número posible de electores y, con ello, ganar el acceso legítimo al ejercicio del poder. Por la misma razón, cada día esas plataformas son más vagas, abstractas e, inclusive, ambiguas. 

La oferta política pierde posibilidades de alcanzar el triunfo electoral, en la medida que sea definida y específica. Corre el riesgo esencial de llevar a los candidatos a la derrota. Ello obedece, ante todo, a que las coincidencias de visión en las sociedades más avanzadas distan mucho de ser homogéneas. Así, los partidos políticos que operan en esas sociedades están crecientemente conscientes de que el principal destinatario de sus mensajes de campaña deben ser los sectores más retrasados y, por lo mismo más uniformes, de sus sociedades. Por ello no debe sorprender a nadie que las elecciones en Francia, en Estados Unidos, en México o en Japón se continúen ganando en el sector primario, en los principales cinturones industriales y en el sector de los servicios al público. El anuncio de un recorte en las tasas de impuestos, educación para todos, empleos bien remunerados, combate a la criminalidad o la oferta de sostener subsidios agrícolas, gana todavía más votos que cualquier propuesta de insertar al país en la aldea global o de iniciar cruzadas de alcance universal. 

Ante la fragmentación de la conciencia colectiva, parecería que sólo las amenazas a la supervivencia de la especie serían integradoras de consensos amplios, como los fenómenos del sida, la drogadicción o el deterioro ambiental. 

Coexisten así dos claras tendencias en pugna, de sentido histórico opuesto. De una parte la tendencia a crear unidades económicas ampliadas, sea por la vía de la integración económica o por la de construir áreas de libre comercio, y de otra la de construir sistemas políticos que funcionen adecuadamente al nivel de las localidades, con la consecuente capacidad de adaptarse a la demanda inmediata, de obras y servicios comunitarios. 

Esta dicotomía rompe con la suposición de que la globalización de la economía debería traducirse naturalmente en la construcción de una genuina comunidad política mundial. Sin embargo, apreciamos que mientras los patrones de producción, de intercambio y de consumo se han ido universalizando, las demandas políticas, sociales, étnicas, religiosas e incluso regionales, acusan una creciente fragmentación. 

En esencia, el fin de la guerra fría trajo aparejado un movimiento en favor de la democratización de las sociedades, pero también el resurgimiento de sentimientos nacionalistas y de diferenciación cultural. 

Fuerzas centrífugas que habían estado contenidas al interior de ciertos Estados, para evitar que se convirtieran en escenario del enfrentamiento Este-Oeste, fueron liberadas al término de la Guerra Fría. La crisis de los Balcanes y de algunas ex-repúblicas soviéticas —Rusia incluida— ponen de manifiesto esta tendencia. La fragmentación de algunos Estados y el debilitamiento en la cohesión tradicional de otros ha sido el resultado evidente. Esta tendencia es tan poderosa y se encuentra tan bien arraigada, como el propio globalismo económico. Su capacidad desestabilizadora se ve, eso sí, fortalecida por la existencia de un mundo tendiente a globalizar los fenómenos locales. Los Balcanes son de nuevo una ilustración de libro de texto. 

En ocasiones, el ejercicio de la libre determinación es llevado al límite y surgen entonces movimientos separatistas donde menos podría imaginarse, como en Padania, en Italia, donde la Liga del Norte proclamó su independencia el 15 de septiembre de 1996 por no encontrar ya mayores puntos de conexión con el resto de la península itálica y sede del antiguo imperio romano. 

El rechazo a los poderes centrales se ve sólo paliado por la tendencia a desarrollar un federalismo más profundo y por la necesidad del centro de acudir en busca de votos a la periferia. En países desarrollados prevalece desde hace tiempo una tendencia a limitar a su mínima expresión los poderes centrales, circunscribiéndolos a la política de seguridad nacional y a la conducción de la política exterior. Ni siquiera la moneda, como sucede en Europa, es ya un punto de referencia obligado para el mantenimiento del nacionalismo y la identificación de un pueblo. 

En sociedades que presentan profundas diferencias e inequidades, el mercado es una fuerza insuficientemente aglutinadora. Difícilmente pueden sumarse a una corriente nacional de producción y competencia aquellos que se encuentran marginados o que ganan su subsistencia a través de la economía informal. Este tipo de sociedades corre un riesgo mayor, por lo tanto, de ser presa de los fanatismos y de corrientes fundamentalistas que pretendan llevarlos a los orígenes de la nación, como fórmula para defender un patrimonio ideológico y como manera de enfrentar los retos y desaciertos de la modernidad. 

Para buena parte del mundo político, el globalismo está creando ante todo una crisis de conciencia colectiva, de sentido de pertenencia y de identidad nacional. El globalismo entra en pugna con las tradiciones, las costumbres y los valores que históricamente han dado cohesión a las sociedades. Patrones universales de consumo, de producción y de publicidad compiten abiertamente con formas de vida, algunas de ellas milenarias, que jamás se habían enfrentado al reto de la presencia abierta y ostensible de prácticas y culturas diferentes. 

En caso extremo, como se aprecia esencialmente en el mundo islámico, la reacción ha sido la de cerrar la puerta a esa presencia extranjera, fortaleciendo a cambio los valores, las costumbres y la identidad propias. Al hacerlo así, quizá se estimule esa cohesión política interna, pero con seguridad se cancelan las posibilidades de que sus sociedades influyan en las grandes corrientes internacionales. 

El unilateralismo y la comunidad de naciones

El globalismo económico y la fragmentación política son fenómenos de signo contrario y, potencialmente, punto de origen para importantes fricciones internacionales. La fragmentación política, en el fondo, es una reacción al centralismo y a la toma de decisiones a distancia del destinatario. Los casos de Cataluña, de Québec o de Córcega no sólo se remiten al expediente de la identidad cultural, de las costumbres o de la lengua. Se explican también como un rechazo a formar parte de un conglomerado, llámese España, Canadá o Francia, que naturalmente toma sus decisiones en función del conjunto de las provincias y no, como también es natural, en función exclusiva de alguna de ellas. 

La racionalidad económica conduce a crear unidades más amplias para el comercio, la inversión, el aprovechamiento de las ventajas comparativas y las economías de escala. Ello invita no sólo a mantener la integridad territorial de los Estados sino a incursionar en formas de integración, sea al nivel alcanzado por la Unión Europea o al nivel, por ejemplo, del Tratado de Libre Comercio para América del Norte o del Mercosur. 

En este marco, las unidades políticas más diferenciadas, como el País Vasco, Escocia o el norte de Italia, pueden advertir que su identidad propia ya no sólo se diluye en el conglomerado de un Estado-nación, sino en el universo más vasto de un conjunto político y económico multinacional. La toma de decisiones ya no sólo se remonta a Madrid, Londres o Roma en estos casos, sino a la representatividad multinacional de Bruselas, en el contexto de la Unión Europea. Frente a esta nueva realidad no debe resultar sorprendente el surgimiento de posiciones y actitudes crecientemente extremistas por parte de estos movimientos separatistas. Esta tensión entre el parroquialismo político y la globalidad económica tiene importantes repercusiones sobre las relaciones internacionales. 

El centro principal de la tendencia hacia el globalismo se ubica en los Estados Unidos. La red de sus intereses y de sus empresas se localiza en prácticamente todos los rincones de la geografía contemporánea. Su posición y su capacidad militar expresa un mundo unipolar en el uso potencial de la fuerza. Su economía y su moneda han perdido terreno en términos relativos, pero continúa siendo predominante. Al margen de lo que pueda manifestar el resto de la comunidad internacional, se atribuye a sí mismo haber conseguido la victoria en la confrontación bipolar. 

Frente a este escenario, por primera vez en la historia independiente de los Estados Unidos se está rompiendo la vieja dicotomía de su política exterior, entre el aislacionismo y el involucramiento en los asuntos mundiales. Sus intereses son demasiado elevados en el mundo como para contemplar con seriedad la posibilidad del aislamiento. Esos mismos intereses le empujan a un alto grado de involucramiento en las cuestiones mundiales, con el aval deseable de sus aliados y principales interlocutores, pero sin que ésta sea una condición estrictamente necesaria para actuar unilateralmente, si es preciso. 

La aplicación del perímetro de seguridad en torno a Iraq, la puesta en vigor de la Ley Helms-Burton sobre Cuba (a contrapelo, por cierto, de la postura de sus principales aliados), su disposición a utilizar el veto en contra de la posible reelección del Secretario General de las Naciones Unidas, Boutros Boutros Galhi, y el condicionamiento a cubrir sus cuotas a la ONU dependiendo de la orientación del proceso de reforma de la Organización, permiten atisbar una tendencia a recurrir a la actuación unilateral cuando así lo demandan los intereses de los Estados Unidos. 

El unilateralismo socava los fundamentos mismos de la política multilateral, de la búsqueda de consensos y de acciones colectivas para enfrentar los retos comunes a la paz, seguridad y el desarrollo, según lo expresa la Carta de las Naciones Unidas en su primer artículo. En mayor o menor medida, todos los Estados miembros de la ONU tienen cierta capacidad de actuar unilateralmente. Pero si todos lo hiciesen, se romperían los equilibrios y la normatividad internacional que han permitido al mundo librarse de una conflagración de magnitud generalizada desde 1945. 

La comunidad internacional, como se aprecia en los debates de la Asamblea General de las Naciones Unidas, no está dispuesta a aceptar que el correlato del globalismo económico sea la fundación de un centro de decisión política única, ubicado en Washington, D.C. Menos aún está dispuesta a que el resultado último de la reforma en curso de la ONU sea precisamente convertir esta noción en realidad. 

Quizá tampoco convenga a los Estados Unidos convertirse en el centro exclusivo de la toma de decisiones y por ende en unificador de las opiniones mundiales (quizás en su contra), como no le convino en los años setenta que el sistema monetario internacional se fundamentara en el dólar. 

El cincuentenario de las Naciones Unidas, como su predecesor, el fin de la Guerra Fría, marcó un entusiasmo internacional hacia la reforma del orden mundial que se ha disipado rápidamente. Parte importante de los tropiezos se explica en función de que los análisis se centraron más en una idea del mundo deseable que en el estudio de las tendencias y los escenarios posibles y vigentes. Tanto la reforma de la ONU, como el muy ansiado establecimiento de una nueva estructura internacional, no puede cimentarse más que en las realidades actuales del poder y en el tratamiento de las tendencias fundamentales que hoy rigen al mundo: la globalización económica y la fragmentación de su conciencia y actuación política. 

En ambos casos, la revitalización del multilateralismo, en la que cada Estado contribuya con su visión, sus necesidades, sus responsabilidades y sus esperanzas constituye la única herramienta a la mano para controlar con éxito las fuerzas que al mismo tiempo ensanchan y reducen al mundo. 

1 Estudios del Banco Mundial dados a conocer en el Financial Times, 30 de mayo de 1997.