A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE
Creador de una mitología literaria cuyo centro es Nueva York, Paul Auster es un novelista obsesionado con el azar, la soledad y la pérdida del padre, temas que el lector reconocerá en este fragmento del libro Hand to Mouth, que acaba de salir publicado en Estados Unidos.

Al salir de los veinte y entrar a los treinta, atravesé un periodo de varios años en el que todo lo que tocaba se volvía un fracaso. Mi matrimonio terminaba en divorcio, mi trabajo como escritor zozobraba, estaba abrumado por problemas económicos. No me refiero a un déficit ocasional ni a un periódico ajuste del cinturón sino a una falta de dinero continua, implacable, casi sofocante, que me envenenaba el alma y me mantenía en un perenne estado de pánico.

El único culpable era yo. Mi relación con el dinero siempre había sido escabrosa, enigmática, llena de impulsos contradictorios, y ahora pagaba el precio por rehusarme a tomar cartas definitivas en el asunto. Mi única ambición había sido siempre escribir. Lo sabía desde los dieciséis o diecisiete años, y nunca me había engañado pensando que podría vivir de eso. Ser escritor no es una “decisión profesional” como ser médico o policía. Uno no lo elige sino que es elegido, y una vez que acepta el hecho de que no sirve para nada más debe estar preparado para caminar el resto de su vida por un largo y arduo sendero. A menos que uno resulte ser elegido por los dioses (y pobre de aquel que cuente con eso), la escritura nunca dará lo suficiente para sobrevivir, y si se quiere tener un techo y no morir de hambre hay que resignarse a hacer otras cosas para pagar las cuentas. Yo lo entendía. Estaba listo. No me quejaba. En ese aspecto era muy afortunado. En cuanto a bienes materiales no me atraía nada en particular, y la idea de ser pobre no me asustaba. Todo lo que quería era una oportunidad de hacer lo que sentía que debía hacer.

La mayoría de los escritores llevan una doble vida. Ganan buen dinero en profesiones válidas y apartan tiempo para su escritura lo mejor que pueden: temprano por la mañana, tarde por la noche, fines de semana, vacaciones. Mi problema era que no me interesaba llevar una doble vida. Esto no significa que no quisiera trabajar, pero la idea de checar tarjeta en un empleo de ocho horas me dejaba frío, completamente falto de entusiasmo. Entraba a los veinte y me sentía demasiado joven para echar raíces, con demasiados planes como para perder el tiempo ganando más dinero del que deseaba o necesitaba. En lo que se refería a las finanzas sólo quería salir al paso. La vida era barata en aquellos días, y sin más responsabilidad que para conmigo, deduje que podría sobrevivir con un ingreso anual de apenas tres mil dólares.

Poco a poco aprendí a improvisar, entrenándome para afrontar los golpes. Durante mis últimos dos años en Columbia tuve un sinnúmero de empleos como freelance, y desarrollé gradualmente un gusto por el tipo de trabajo literario profesional que me mantendría a flote hasta los treinta años —y que al fin precipitaría mi caída—. Supongo que había en ello cierto aire romántico, una necesidad de afirmarme como intruso y demostrar que podía bastarme por mí mismo, sin comulgar con la idea que alguien más pudiera tener de la buena vida. Mi vida sería buena si y sólo si me mantenía firme en mis opiniones y no me rendía. El arte era sagrado y seguir su llamado significaba hacer cualquier sacrificio que me demandara, llevar un propósito claro hasta las últimas consecuencias.

Saber francés me ayudaba. No era un talento extraordinario, pero conocía el idioma lo suficientemente bien como para que me encargaran algunas traducciones. Textos de arte, por ejemplo, y un documento sobre la reorganización del personal de la embajada francesa cuyo insólito tedio se prolongaba durante más de cien páginas. Una primavera fui el tutor de una estudiante de preparatoria, y tuve que cruzar la ciudad cada sábado por la mañana para hablarle de poesía; en otra ocasión fui embaucado (sin paga) por un amigo para estar en un podio al aire libre con Jean Genet y traducir su discurso en defensa de los Panteras Negras. Genet deambuló con una flor roja detrás de la oreja y rara vez dejó de sonreir en su estancia en el campus de Columbia. Al parecer Nueva York lo hacía muy feliz; manejó la atención que le fue prodigada ese día con gran serenidad. Una noche no mucho después de eso me topé con un conocido en el West End, la vieja charca estudiantil en Broadway y la Calle 114. Me dijo que había entrado a trabajar con un editor de pornografía, y que si quería calentar mano escribiendo un libro sucio me pagarían mil quinientos dólares por novela. Yo estaba más que dispuesto a intentarlo, pero la inspiración me abandonó al cabo de veinte o treinta páginas. Descubrí que no había muchas formas de narrar ese asunto, y mi acervo de sinónimos pronto se agotó. En cambio comencé a escribir reseñas de libros —para una dudosa publicación dirigida a estudiantes—. Pensando que la revista no iba a dar para mucho firmé mis artículos con seudónimo, sólo para hacer las cosas interesantes. Quinn1 fue el nombre que escogí, Paul Quinn. El pago, recuerdo, era de veinticinco dólares por reseña.

El que haya acabado trabajando en un buque petrolero durante varios meses fue una cuestión azarosa. Uno no puede trabajar en un barco sin credencial de marino mercante, y uno no puede obtener dicha credencial si no tiene empleo en un barco. Es imposible entrar a menos que uno conozca a alguien que logre romper el círculo. Ese alguien fue para mí el segundo esposo de mi madre, Norman Schiff. Mi madre se había vuelto a casar como un año después de haberse divorciado de mi padre, y para 1970 mi padrastro y yo llevábamos casi cinco años de ser buenos amigos. Hombre excelente de corazón generoso, había estado continuamente a mi lado, apoyándome en mis vagas y quijotescas ambiciones. Su temprana muerte en 1982 (a los cincuenta y cinco años) es una de las grandes penas de mi vida, pero en aquella época, mientras terminaba mi año como graduado y me disponía a dejar la universidad, su salud era aún bastante buena. Era abogado, principalmente negociador laborista, y entre sus muchos clientes de ese tiempo se hallaba la Unión de Marinos de la Esso, para la que trabajaba como consejero legal. Así fue que la idea germinó en mi cabeza. Le pregunté si podía conseguirme empleo en un buque de la Esso, y él dijo que se encargaría. Y sin mayor alharaca, eso fue precisamente lo que hizo.

El Esso Florence era uno de los petroleros más antiguos de la flota, una endeble reliquia de épocas pasadas. Imaginen un Chevy de dos puertas junto a una larga limusina y tendrán una noción de su aspecto comparado con los supercargueros que se construyen en la actualidad. Ya en servicio durante la Segunda Guerra mundial, mi barco había cubierto incalculables miles de millas marinas cuando lo abordé. Había camas suficientes para acomodar a cien hombres, pero sólo treinta y tres éramos necesarios para hacer el trabajo que se requería. Lo cual significaba que cada uno tenía su propio camarote —un enorme beneficio si se considera el tiempo que debíamos pasar juntos—. En los demás empleos uno llega a casa en la noche, pero aquí estábamos encerrados unos con otros veinticuatro horas al día. Al levantar la mirada uno veía las mismas facciones. Trabajábamos juntos, vivíamos juntos y comíamos juntos; sin ningún resquicio para un poco de intimidad, la rutina habría sido intolerable.

Navegábamos entre la costa del Atlántico y el Golfo de México, cargando y descargando combustible aéreo en diversas refinerías del camino: Charleston, Carolina del Sur; Tampa, Florida; Galveston, Texas. Mis responsabilidades iniciales se reducían a trapear y tender camas, primero para la tripulación y luego para los oficiales. El término técnico del puesto era encargado de servicios, pero en lenguaje llano se trataba de una mezcla de conserje, recolector de basura y sirvienta. No puedo decir que me encantara tallar retretes y levantar calcetines sucios, pero una vez que me acostumbré a hacerlo, el trabajo resultó ser increíblemente fácil. En menos de una semana había pulido a tal grado mis habilidades de custodio que en apenas dos o dos horas y media daba por concluidos mis quehaceres cotidianos. Eso me dejaba con una enorme cantidad de tiempo libre, gran parte del cual lo pasaba a solas en mi camarote. Leía, escribía, hacía todo lo que había hecho antes —pero de algún modo con mayor productividad, con mayor poder de concentración ahora que no había mucho que me distrajera—. En varios sentidos era casi una existencia ideal, una vida perfecta.

Y entonces, al cabo de uno o dos meses de este régimen dichoso, fui “arrojado” a la cocina. El barco rara vez viajaba más de cinco días entre puertos, y casi dondequiera que atracábamos algunos miembros de la tripulación bajaban y otros subían. Las labores para los recién llegados eran repartidas de acuerdo a la antigüedad. Era un orden estricto y melindroso, y mientras más tiempo uno hubiera trabajado para la compañía, mayor derecho tenía a opinar sobre lo que le fuera asignado. Como alguien en el nivel más bajo de esa jerarquía totémica, yo carecía de tal derecho. Si un veterano quería mi puesto, sólo tenía que pedirlo y era de él. Después de mi larga racha de buena suerte, ésta se derrumbó en algún lugar de Texas.

El trabajo de mesero cuadruplicó mi horario y a la vez hizo que mi vida fuera más memorable. Mis responsabilidades incluían ahora servir tres comidas diarias a la tripulación (cerca de veinte hombres), lavar los platos a mano, limpiar el comedor y escribir los menús del camarero, por lo general demasiado borracho para ocuparse de ello. Mis descansos eran cortos —no más de una o dos horas entre comidas— y, pese a que la labor era más dura que antes, mis ingresos bajaron. Con el viejo trabajo había tenido tiempo suficiente para ganar por la tarde una o dos horas extra tallando y pintando en el cuarto de calderas, por ejemplo, o puliendo manchas de óxido en cubierta, y esos quehaceres voluntarios habían aumentado mi salario de un modo bastante agradable. Sin embargo, y pese a las desventajas, descubrí que trabajar en el comedor era un reto mayor que trapear pisos. Era una labor pública, por así decirlo, y aparte del ajetreo que se me exigía debía mantenerme despierto en lo que tocaba a la tripulación. Esa, a fin de cuentas, era mi labor más importante: aprender a manejar los reclamos feroces, repeler los insultos, dar lo mejor de mí.

La tripulación era un grupo bastante sucio y descortés. La mayoría de sus miembros vivía en Texas y Louisiana, y aparte de un puñado de chicanos, uno o dos negros y el extranjero ocasional, el matiz que dominaba a bordo era el blanco, sureño y de clase obrera. Prevalecía un ambiente jocoso, lleno de historias cómicas y bromas obscenas y pláticas sobre autos y armas, pero había profundas y secretas corrientes de racismo en varios de esos hombres, por lo que me esforcé en elegir mis amistades con cuidado. Oír que uno de tus compañeros de trabajo defiende el apartheid de Sudáfrica (“Allá saben cómo tratar a los pinches negros”) mientras bebes con él una taza de café no es muy gratificante, y había una buena razón para que pasara la mayor parte de mi tiempo con los que tenían la piel oscura y los que hablaban español. Como judío neoyorquino con un grado universitario era un espécimen totalmente ajeno a esa atmósfera, un auténtico marciano. No habría sido difícil inventar versiones sobre mí mismo, pero no me interesaba hacerlo. Si alguien me preguntaba cuál era mi religión o mi origen, se lo decía. Si no le gustaba era su problema. No iba a fingir o a ocultarme sólo para evitar algún lío. De hecho tuve un único altercado durante toda mi estancia a bordo. Uno de los marineros me llamó Sammy cuando pasaba junto a él. Al parecer se creía simpático; yo no le vi el chiste al epíteto, así que le dije que se callara. Al día siguiente volvió a hacerlo, y de nuevo le dije que se callara. Al tercer día reincidió, y entonces comprendí que no bastarían las palabras amables. Lo agarré de la camisa, lo empujé contra la pared y con voz calmada le dije que lo mataría si volvía a llamarme así. Me sorprendió oirme hablar de ese modo. No era alguien a quien le atrajera la violencia y nunca había amenazado a nadie, pero por ese fugaz instante un demonio se apoderó de mi alma. Por fortuna mis ganas de pelear eran suficientes para diluir el pleito antes de que comenzara. Mi torturador alzó las manos en señal de paz. “Era sólo una broma”, dijo, “sólo una broma”, y ahí acabó todo. Con el tiempo hasta nos hicimos amigos.

Me fascinaba estar en el agua, rodeado únicamente de cielo y luz, la inmensidad del vacío aéreo. Las gaviotas nos acompañaban a todas partes, trazando círculos encima de nosotros mientras esperaban las cubetas de basura que serían arrojadas por la borda. Hora tras hora revoloteaban pacientemente cerca del barco, batiendo apenas las alas hasta que los restos salían despedidos y entonces se hundían en la espuma, frenéticas, llamándose unas a otras como borrachos en un partido de futbol. Pocos placeres se comparan con el espectáculo de aquella espuma, con estar sentado en la popa de una enorme embarcación y contemplar el tumulto blanco y nervioso de la estela allá abajo. Hay algo hipnótico en ello, y en los días tranquilos la sensación de bienestar que te recorre puede ser abrumadora. Por otro lado, el clima turbulento también tiene su encanto. Conforme el verano se desvaneció y nos adentramos en el otoño las inclemencias se multiplicaron, trayendo vientos salvajes y lluvias mezquinas, y en esos periodos el buque se sentía tan sólido y seguro como el barco de papel de un niño. Se sabe de petroleros partidos a la mitad; sólo se necesita una ola equivocada. Recuerdo que el peor momento fue frente a Cabo Hatteras a finales de septiembre o principios de octubre, doce o quince horas luchando contra una tormenta tropical. El capitán estuvo toda la noche al timón. A la mañana siguiente, cuando le subí el desayuno por órdenes del camarero, ya había pasado lo peor; aun así, por poco fui arrojado por la borda al salir a cubierta con mi bandeja. Ya no llovía, pero el vendaval era impresionante.

Sin embargo, trabajar en el Esso Florence no tenía nada de aventura en altamar. El petrolero era básicamente una fábrica flotante, y más que introducirme a una exótica vida de corsario me enseñó a considerarme un obrero industrial. Ahora era uno del montón, un insecto arrastrándose junto a incontables insectos, y cada tarea que desempeñaba era parte del monstruoso engranaje del capitalismo americano. El petróleo era la principal fuente de riqueza, la materia cruda que alimentaba la caja registradora y la mantenía funcionando, y me gustaba estar donde estaba, agradecía haber aterrizado en el vientre de la bestia. Las refinerías donde cargábamos y descargábamos combustible eran enormes, diabólicas estructuras, dédalos de siseantes tuberías y torres de fuego, y atravesarlas de noche era sentir que uno vivía en el peor de sus sueños. Antes que nada siempre recordaré los peces, los cientos de peces muertos e irisados flotando en las aguas rancias y aceitosas de los muelles de las refinerías. Ese era el acostumbrado comité de bienvenida, el panorama que nos recibía cuando los remolques nos llevaban a un nuevo puerto. La fealdad era tan absoluta, estaba tan profundamente ligada al negocio de hacer dinero y al poder que éste otorgaba a quienes lo ganaban —hasta el punto de deformar el paisaje, de voltear al revés el orbe natural—, que empecé a cobrarle un rencoroso respeto. Llega al fondo de las cosas, me dije, y así es como se ve el mundo.

Siempre que atracábamos me empeñaba en dejar el barco y pasar un tiempo en tierra. Nunca había estado abajo de la línea Mason-Dixon,2 y esas breves excursiones en terreno firme me llevaron a sitios que se antojaban menos familiares y comprensibles que cualquiera con que me hubiera topado en París o Dublín. El sur era otro país, un universo americano distinto del que había conocido en el norte. Por lo general vagaba con uno o dos de mis compañeros de tripulación, acompañándolos en sus rondas de lugares predilectos. Si Baytown, Texas, resalta con especial claridad, se debe a que allí pasamos más tiempo que en ninguna otra parte. Me parecía un pueblo pequeño y decrépito. En la calle principal había una hilera de cines otrora elegantes transformados en iglesias bautistas; en vez de anunciar los estrenos de Hollywood, las marquesinas ostentaban vehementes citas bíblicas. Solíamos acabar en bares de marineros ocultos en callejones de barrios ruinosos. Todos eran esencialmente iguales: antros macilentos y de mala muerte; sombrías tabernuchas; fétidos refugios del olvido. Adentro reinaba siempre la desnudez. Ni un cuadro en las paredes, ni un rastro de calor de cantina. Cuando mucho había una desvencijada mesa de billar, una rocola henchida de canciones country y western y un menú de bebidas consistente en una sola: cerveza.

En una ocasión, cuando el buque estaba en Houston para algunas reparaciones mínimas, pasé la tarde en un bar de los bajos fondos con un engrasador danés llamado Teddy, un tipo alocado que se reía a la menor provocación y que hablaba inglés con un acento tan fuerte que apenas se le podía entender. Caminando por la calle bajo el deslumbrante sol de Texas, nos topamos con una pareja ebria. Aún era temprano, pero el hombre y la mujer estaban ya tan borrachos, tan atrincherados en su embriaguez, que parecía que habían estado pegándole a la botella desde las primeras horas del día. Avanzaban abrazados por la acera, oscilantes, dando tumbos, balanceando la cabeza, doblando las rodillas, y sin embargo con la suficiente energía para mantener una desagradable disputa salpicada de obscenidades. Por sus voces comprendí que la mantenían desde hacía varios años —un par de torpes boxeadores en busca del siguiente trago, repitiéndose hasta el infinito las mismas frases, zigzagueando eternamente a través de la misma cantaleta—. Resultó que terminaron en el bar que Teddy y yo habíamos elegido para pasar la tarde; estaba sentado a pocos metros de ellos, así que mi ubicación era idónea para atestiguar este pequeño drama:

El hombre se inclinó y le ladró a la mujer frente a él:

—Darlene —dijo, arrastrando las palabras—, tráeme otra cerveza.

Darlene había estado cabeceando, por lo que le llevó un buen rato abrir los ojos y enfocar al hombre. Pasó otro largo rato antes de que dijera:

—¿Qué?

—Tráeme una cerveza —repitió él—. De inmediato.

Darlene ya se había espabilado, y una magnífica insolencia le iluminó el rostro. Era evidente que no estaba de humor para recibir órdenes.

—Tráela tú, Charlie —respondió—. No soy tu esclava.

—Carajo —dijo Charlie—. Eres mi esposa, ¿no? ¿Para qué chingados me casé contigo? ¡Tráeme la pinche cerveza!

Darlene soltó un ruidoso e histriónico suspiro. Uno podía adivinar que planeaba algo, pero sus intenciones aún eran oscuras.

—De acuerdo, cariño —dijo, fingiendo la voz de una mujer dócil, apacible—, te la traeré. —Se levantó de la mesa y fue hacia la barra, tambaleante.

Charlie permaneció sentado esbozando una mueca satisfecha, preciándose de su pequeña victoria masculina. El era el jefe, sí señor, y nadie lo iba a contradecir. Si alguien quería saber quién llevaba los pantalones en esa familia, que hablara con él.

Al cabo de un minuto Darlene regresó a la mesa con una nueva botella de Budweiser.

—Aquí está tu cerveza, Charlie —dijo, y entonces, con un rápido giro de la mano, procedió a vaciar el contenido de la botella en la cabeza de su marido. Cabello y cejas se le poblaron de burbujas; riachuelos de líquido ámbar bajaron por sus facciones. Charlie intentó lanzarse sobre ella, pero estaba demasiado ebrio para moverse. Darlene echó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas—. ¿Te gusta tu cerveza, Charlie? —dijo—. ¿Te gusta tu pinche cerveza?

Ninguna de las escenas que atestigüé en esos bares puede igualar la cómica desolación del bautizo de Charlie, pero en lo que se refiere a rareza en conjunto, a zambullidas en el más hondo corazón de lo grotesco, debo destacar el Big Mary’s Place de Tampa, Florida. Era un enorme y resplandeciente local que funcionaba desde hacía varios años y satisfacía los antojos de estibadores y marineros. Entre otras cosas ofrecía media docena de mesas de billar, una gran barra de caoba, techos insólitamente altos y espectáculos en vivo protagonizados por go-go dancers semidesnudas. Las bailarinas eran la piedra angular del negocio, el elemento que distinguía al Big Mary’s Place de otros tugurios de su tipo —y bastaba un vistazo para saber que no habían sido contratadas por su belleza ni por sus aptitudes dancísticas—. El único criterio de selección era el tamaño. “Mientras más grande mejor” era el lema del Big Mary; mientras más grande, mayor era la cantidad que había que pagar. La impresión era bastante perturbadora. Se trataba de un monstruoso show de carne, un desfile de temblorosa grasa blanca, y con cuatro mujeres bailando al mismo tiempo en la plataforma detrás de la barra uno no podía más que pensar en un casting para el papel principal de Moby Dick. Cada mujer era un continente en sí misma, una vibrante masa de manteca ataviada con un bikini mínimo; los turnos cambiaban, de modo que la agresión visual era implacable. No sé cómo llegué allí, pero recuerdo con nitidez que esa noche mis compañeros eran dos de las almas más nobles del barco (Martínez, un hombre de familia de Texas, y Donnie, un chico de diecisiete años de Baton Rouge), y que ambos estaban tan aturdidos como yo. Aún puedo verlos sentados junto a mí, boquiabiertos, haciendo hasta lo imposible por no reir de vergüenza. En cierto momento, Big Mary en persona se acercó y se sentó con nosotros. Era un espléndido zepelín de mujer embutido en un traje pantalón anaranjado; tenía anillos en cada dedo, y quería saber si la estábamos pasando bien. Cuando le aseguramos que sí, llamó a una de las chicas de la barra.

—¡Bárbara —gritó, soltando el nombre con voz metálica, de fumadora de tres cajetillas diarias—, mueve tu culo gordo para acá!

Bárbara llegó, toda sonrisas y buen humor, carcajeándose cuando Big Mary le pellizcó el estómago y las abundantes lonjas que se derramaban de sus caderas.

—Al principio era una cosita huesuda —explicó Mary—, pero la he engordado bastante bien. ¿O no, Bárbara? —dijo, riendo como un científico demente que acabara de concluir un exitoso experimento, y Bárbara no hubiera podido estar más de acuerdo. Al oírlas hablar, de golpe se me ocurrió que me había equivocado. No me había hecho a la mar. Había huido para unirme al circo.

Al final, los meses a bordo del buque me parecieron años. El tiempo pasa de forma distinta cuando uno está en el agua, y en vista de que el volumen de lo que experimenté era totalmente inédito y de que por ello me mantuve en guardia constante, fue una auténtica victoria lograr que un asombroso número de impresiones y memorias cupiera en una fracción relativamente pequeña de mi vida. Incluso ahora no comprendo del todo qué meta perseguía al embarcarme de esa manera. Perder el balance, supongo. O algo más sencillo: descubrir si podía permanecer firme en un mundo al que no pertenecía. En ese aspecto no creo haber fallado. No sé qué conseguí durante esos meses, pero a la vez estoy seguro de que no fracasé.

Recibí mis papeles de descargo en Charleston. El pasaje aéreo a casa corría por cuenta de la compañía, pero uno podía hacer sus propios planes y embolsarse el dinero si así lo deseaba. Preferí quedarme con el dinero. El viaje en tren duraba veinticuatro horas y lo hice junto con Juan Castillo, un compañero de la tripulación oriundo también de Nueva York. Hombre tosco y obeso, Juan frisaba los cincuenta; tenía una cabeza enorme, un rostro que parecía haber sido reconstruido con la piel y la pulpa de diecinueve purés de papa. Acababa de abandonar su último buque petrolero y, en reconocimiento a sus veinticinco años de servicio, Esso le había dado un reloj de oro. No sé cuántas veces, durante el largo camino a casa, Juan sacó el reloj de su bolsillo y se quedó mirándolo, pero siempre que lo hacía sacudía la cabeza varios segundos antes de echarse a reír. En cierto momento el inspector hizo un alto en sus rondas por el pasillo del vagón y se puso a platicar con nosotros. Recuerdo que se veía muy elegante con su uniforme, un negro sureño de la vieja escuela. Altivo, de algún modo indulgente, abrió la conversación preguntándonos:

—¿Van al norte a trabajar en las siderúrgicas?

Juan y yo debimos haber hecho una extraña pareja. Me acuerdo que en ese instante yo vestía una chaqueta de cuero raído, pero más allá de eso no me puedo ver; ignoro cuál era mi apariencia, qué veía la gente al toparse conmigo. La pregunta del inspector es la única pista que tengo. Juan había fotografiado a sus camaradas de a bordo para engrosar el álbum familiar en casa; me recuerdo de pie en cubierta, mirando a la cámara mientras él apretaba el disparador. Prometió enviarme una copia de la foto, pero nunca lo hizo.

 

Paul Auster.
Escritor. Entre sus libros, La trilogía de Nueva York y Leviatán.


1 Quinn es el apellido del detective accidental que protagoniza la primera novela de Auster, La ciudad de cristal. (N. del T.)

2 Línea limítrofe entre Pennsylvania y Maryland; antes de la Guerra Civil separaba a los estados del sur de los del norte. Los topógrafos británicos que la demarcaron y bautizaron en el siglo XVIII, Charles Mason y Jeremiah Dixon, protagonizan la más reciente novela de Thomas Pynchon. (N. del T.)