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Luis de la Barreda Solórzano. Presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal. Este texto fue leído por el autor después de que la Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó por unanimidad su reelección como Presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal.

La designación para un segundo periodo como Presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal —a propuesta del Presidente de la República aprobada por esta Asamblea Legislativa— es un honor inconmensurable y un inaudito privilegio que me concede la vida. A quienes la hicieron posible y a quienes se manifestaron apoyándola quiero decirles que no encuentro las palabras que me permitan expresarles como quisiera mi agradecimiento. Vivo esta distinción con un ánimo similar al que llevó a escribir a Borges:

mi verso rozará la décima esfera de los cielos concéntricos.

Entiendo que se trata de un reconocimiento al trabajo de todos y cada uno de mis compañeros de la Comisión, que día a día se entregan con profesionalismo y entusiasmo sin límites a cumplir con la alta misión que tenemos asignada. Si algún mérito tengo, es el de haber acertado al seleccionarlos. 

Los afanes que empeñamos en cumplir las tareas encomendadas se ven favorecidos sustancialmente con la guía de los miembros de nuestro Consejo, mujeres y hombres distinguidísimos que generosamente han puesto sus talentos magníficos al servicio de la causa de los derechos humanos entendiendo que, por decirlo con palabras de Fernando Savater, «no el pasado ni el futuro, sino el presente es el lugar de lo posible». 

En los últimos cuatro años hemos tenido el regocijo de contribuir a que asuntos que antes no tenían remedio se hayan resuelto con justicia, a que el abuso de poder ya no sea invencible, a que los casos de tortura hayan disminuido, a que sectores vulnerables antaño indefensos ante los atropellos hoy tengan una instancia confiable a la cual acudir para defenderse y a que se haya roto el círculo perverso de la impunidad en que permanecían las tropelías de las autoridades. 

Como la tela de Penélope y el vuelo de Psique, la lucha contra los agravios perpetrados desde el poder es interminable y hay que considerarla siempre inacabada, por lo que es preciso iniciarla de nuevo cada mañana sin desalentarnos. Sé que esta Asamblea, con los organismos ciudadanos y humanitarios que comparten nuestra causa y con el sector más lúcido de la opinión pública, seguirá apoyando esta lid. Ese respaldo nos permitirá continuar avanzando. 

En contraste con los numerosos periodistas que nos han brindado su solidaridad, en algunos espacios noticiosos se ha esparcido el perverso rumor de que defendemos delincuentes. La actitud de quienes dolosamente así han mentido resulta inmoral, pues una patraña de tal ralea es potencialmente dañina de una causa noble. Es probable que persistan en su comportamiento a pesar de los argumentos y las evidencias que los desmienten. A los que se han hecho eco de la mentira por ligereza, confusión, desinformación o error, desde aquí los invito cordialmente a que si han oído de algún caso me lo planteen. Les ofrezco atenderlos, de inmediato y personalmente, revisando con ellos y con quienes se consideren afectados los respectivos expedientes, en los que examinaríamos paso a paso las acciones de la Comisión. Puedo asegurar que no encontrarán un solo asunto en que haya ocurrido semejante aberración. 

El poeta griego Píndaro recomendó: «Llega a ser el que eres». Y Graham Greene escribió: «Ser humano es también un deber». Los derechos humanos son uno de los productos más preciados de nuestra civilización, y nosotros, las mujeres y los hombres de hoy, somos a nuestra vez producto de esos derechos, que nos han enriquecido cultural y espiritualmente. No son una conquista irreversible, pues ni en la vida pública ni en la privada hay conquistas irreversibles, ya que vivir implica siempre estar en riesgo. Como la salud y el amor, son frágiles y quebradizos si no los cuidamos, y, además, tienen enemigos identificados o identificables, en ocasiones poderosos aunque siempre menores moralmente. Por eso los derechos humanos son aún más preciosos y requieren, para su defensa, de una lucha que despliegue, por decirlo en términos de nuestro consejero Miguel Concha, banderas de coraje e inteligencia. Esa lucha ha de inspirarse y motivarse en lo que Voltaire llamó amor al género humano. Una antigua tradición, que conservan los bestiarios medievales, dice que el león duerme con los ojos abiertos. Mantengamos así los nuestros en esta batalla. 

La Comisión nunca ha estado contra los servidores públicos, sino contra sus atropellos, corrupción y negligencia, es decir, contra las desviaciones en el servicio público. Hemos sido molestos para los abusivos, los corruptos y los negligentes. Lo hemos sido también para las mentalidades preilustradas, fanáticas o autoritarias, como las de quienes propugnan la implantación de la pena de muerte. Asimismo, a los litigantes falsarios e inescrupulosos —que cobran a sus clientes sumas considerables sin esmerarse en hacer llegar a buen puerto los litigios o las gestiones en un tiempo razonable— les molesta que nuestros quejosos hayan llamado a nuestra puerta con la seguridad de que no tendrían que desembolsar un solo centavo ni armarse de la paciencia propia del santo Job para defenderse y discernir entre el efectivo ejercicio de sus derechos y su fantasma impotente. Hemos sido, en fin, muy molestos para toda clase de charlatanes y bribones. Tengan la certeza, la absoluta certeza, de que lo seguiremos siendo. 

Hoy los zapatos del Ombudsman tienen las arrugas valiosísimas de la experiencia de cuatro años, pero sus suelas anímicas se renuevan todos los días para seguir caminando no hacia un mundo perfecto en el futuro, pues lo perfecto es imposible y en el largo plazo todos estaremos muertos, sino hacia la consolidación, aquí y ahora, de la vigencia efectiva de los derechos humanos.