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Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM.

Verdades eternas de mulatas calípiges, y modelos latinoamericanos que deberíamos imitar.

Hacía diez años que no íbamos a Bahía. Una reunión científica en Brasil finalmente nos dio la ansiada oportunidad, que no podía desperdiciarse. Habíamos estado en Bahía durante un año completo (1986-1987), y siempre quisimos regresar a este lugar de encanto mágico. Bahía no se olvida. 

Ya el taxista que nos transportó desde el aeropuerto nos informó que la población de la ciudad de Salvador (es su nombre oficial, si bien todo mundo la conoce como Bahía) se había incrementado a tres millones, y que ya era la tercera ciudad del Brasil. Ni modo; diez años no pasan en balde. Cantidad de edificios altos corroboraban la impresión de un crecimiento espectacular. Desde la ventana del hotel, se dominaba una de las playas más recordadas, la del Farol da Barra, no muy lejos del lugar donde fue fundada la que luego sería la capital del país. 

Primera constatación: ya no se usaba el fio dental. Hace diez años había sido mucho más que una pieza de indumentaria playera: un concepto nacional. Los brasileños consideraban que el cuerpo de las mulatas de Bahía era patrimonio de la humanidad. En vez de la parte inferior del bikini usaban un cordelito con un triángulo de colores para la región delantera. Atrás no existía nada; mejor dicho, sólo se veía lo que había. El término de «hilo dental» estaba bien puesto. 

Los cuarenta kilómetros de playas de Bahía se transformaron en un espectáculo permanente. Las bahianas rivalizaban en coquetería; por exigua que fuera su vestimenta, jamás se ponían el mismo fio dental dos días seguidos. No era difícil fabricarlos en casa, y en una época hasta se puso de moda reemplazar los dos triangulitos de arriba por calcomanías de mariposas o de capullos. Como se desprendían en el agua, había que reemplazarlos con cierta regularidad. 

La moda del fio dental se extendió rápidamente a las playas de Río de Janeiro. Hasta las rubias lo adoptaron, aunque sus encantos no podían rivalizar con los de las afrobrasileiras. Haciendo de tripas corazón, por así decirlo, algunas garotas de Ipanema abrieron una boutique para comercializar el nuevo invento. A la tienda le pusieron Bum-bum, que significa «nalguita» en cariñoso. De ahí en adelante, todo Brasil enloqueció. El boom del búmbum se extendió y se posesionó de las playas. Hubo tal profusión de glúteos de todos los tamaños, formas y edades que ya nadie se molestaba en mirarlos. 

La dirección coordinadora del Carnaval de Río decidió aprovechar la coyuntura y construyó una especie de estadio parecido a un juego de pelota prehispánico, para cobrar a los turistas que venían a admirar a las mulatas en el carnaval anual. Le pusieron «Sambódromo» pero mejor hubiera sido llamarlo la «Bumbu-nera». 

Bahía sigue ahí, con sus playas, su clima, su gente, sus plazuelas barrocas y su can-domblé. La moda del fio dental se acabó pero las tiendas Bum-bum han florecido por doquier. 

El lector se preguntará qué tiene que ver lo anterior con una crónica científica. Pues bien, no he sido el único profesor invitado a descubrir el Brasil. Un joven científico americano, Richard «Dick» Feynman, uno de los creadores de la electrodinámica cuántica, pasó un año allí. Evidentemente existe una conexión secreta entre el Big Bang y el búmbum. Así, Feynman se enamoró del Brasil a tal grado que porfiando logró ingresar a una escuela del samba en Río. En su autobiografía nos cuenta orgulloso que el maestro de samba lo chuleó: «el gringo toca bien la frigideira», dijo una vez. Tal elogio fascinó a Dick mucho más que el Premio Nobel, que se ganaría unos años más tarde. Lo que se subentiende, en toda esta historia, es el poder de convicción del búmbum de las mulatas. 

A su regreso a Caltech, le ofrecieron a Dick Feynman la asignatura de Introducción a la Física. La experiencia brasileña le había quitado las pocas inhibiciones que le quedaban. Decidió que los estudiantes americanos eran unos personajes penosos y ridículos, en perpetuo estado de rigor mortis. Había que soltarles las coyunturas cerebrales, alivianarlos y volverlos más latinos. Dick se encargó de traer sus tambores afrobrasileños y antes de cada clase tocaba una batucada de cinco a diez minutos, para ponerlos en ambiente. El éxito fue digno de una noche de carnaval. 

Hoy los tres volúmenes de las históricas clases de Feynman, dictadas en 1961 y devotamente grabadas por sus estudiantes, se han vuelto el curso de física más célebre del mundo.

Big Bang y Big Crunch

Según la teoría cosmológica más aceptada, el universo fue creado hace unos diez mil millones de años en una gigantesca explosión primigenia que los americanos bautizaron con el nombre poco imaginativo de Big Bang. Desde entonces, el universo se expande cada vez más y las nebulosas que lo componen se van alejando cada vez más una de otra. 

¿Seguirá expandiéndose indefinidamente? Algunos físicos dicen que no. Eventualmente la masa del universo frenará su expansión y el movimiento habrá de invertirse. Todo caerá hacia su centro y se comprimirá en una enorme bola de fuego. Este supuesto cataclismo futuro se conoce como el Big Crunch. 

El profesor David Goodstein de Caltech afirma que algo similar al Big Crunch nos está pasando a nosotros en la ciencia. Graficando el desarrollo de la ciencia moderna a partir de 1687, año en que Isaac Newton publicó sus Principia Mathematica, demostró que hubo una expansión de tipo exponencial —igual que la del universo— hasta 1970, cuando comenzó el Big Crunch. 

El número de revistas científicas se decupló cada cincuenta años; en 1800 eran apenas 100, en 1850 eran 1,000, en 1900 fueron 10,000 y en 1950 llegaron a 100,000. De repente, desde 1970 su número se ha reducido a apenas mil. Algo similar ha sucedido con el número de estudiantes de postgrado en las materias científicas. Por ejemplo, el número anual de doctorados en física otorgados en Estados Unidos subió de uno en 1870 a diez en 1900, cien en 1925 y mil en 1965. Si la expansión hubiera continuado, el número actual sería del orden de diez mil. Sin embargo, a partir de 1970 el número de doctorados americanos en física ha permanecido estacionario a razón de unos mil al año. 

En México está sucediendo algo similar. A partir de 1930 la comunidad científica mexicana ha crecido en 13% anualmente. Según la última edición de los Indicadores de Actividades Científicas y Tecnológicas del Conacyt, el número de miembros del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) ha continuado creciendo a este mismo ritmo desde 1984. Sin embargo el número de candidatos al SNI ha decrecido continuamente a partir de 1992 y se encuentra actualmente al mismo nivel de 1986. Paralelamente, el gasto federal en ciencia y tecnología empezó a decrecer en 1993, sin llegar a un grado de desfinanciamiento tan bajo como el de 1987. Pero estamos en el mismo nivel que en 1982: 4,000 millones de pesos de los de 1993, antes del efecto tequila. Ciertamente no estamos creciendo. 

En términos del producto interno bruto, México está gastando un 0.31% en ciencia y tecnología: menos que Turquía. España gasta el triple. En México existen cinco investigadores en ciencia y tecnología por cada 10,000 habitantes. En Francia o Alemania hay 59, en Estados Unidos 74. Hasta Turquía nos supera, con siete investigadores por 10,000 habitantes. 

Los que somos maestros sabemos que el número de estudiantes mexicanos de postgra-do ya no aumenta significativamente. Es que tampoco hay plazas de investigadores suficientes para los estudiantes que egresan. En mi propio campo, los primeros y últimos sismólogos en doctorarse lo hicieron hace siete años: ambos eran sudamericanos y se regresaron a su país. 

Dice el Conacyt que el número de trabajos publicados por científicos e ingenieros mexicanos se ha duplicado desde 1980. En efecto, estamos publicando más que antes. Pero el impacto de estos trabajos ha declinado junto con el número de patentes solicitadas por mexicanos o por empresas de origen mexicano. En cambio, el número de patentes solicitadas en México por empresas extranjeras ha aumentado significativamente. 

Visto en su totalidad, este cuadro me parece alarmante. Los americanos hablan de un Big Crunch, pero es un hecho que su presupuesto de ciencia y tecnología sigue aumentando año con año. Lo mismo sucede en Francia, Alemania, Inglaterra y Japón, si bien existen problemas en cada uno de estos países. En cambio, nosotros hemos experimentado un retroceso neto, año con año, desde 1993. 

En el inicio del sexenio actual, el Presidente de la República se comprometió ante nosotros a incrementar el gasto de ciencia y tecnología a 1% del producto interno bruto. Esto parecía una meta razonable. Evidentemente la capacidad económica del país no lo permite, ya que hemos subido apenas de 0.22% a 0.31%. A ese paso no llegaremos al 0.4% a fines del sexenio. 

Necesitamos un debate nacional sobre la situación actual de la ciencia mexicana. Acaso la meta del 1% del PIB no es razonable; si no lo es, que se diga. Brasil tampoco llega al 1% del PIB, y sin embargo su producción científica, y sobre todo tecnológica, es el doble de la nuestra. Quizá nuestra meta deba ser alcanzar al Brasil. 

Porque no todo es samba y búmbum en Brasil. Existe una élite de empresas tecnológicas que lleva la batuta en el Conacyt brasileño, llamado el CNPq. Brasil produce y vende papaya, pero vende también tanques ligeros y aviones de entrenamiento. Exporta samba pero también estufas para cocinas y equipos electrodomésticos, que tienen excelente aceptación en México. Brasil posee una industria petrolera altamente tecnificada, que ha logrado descubrir y explotar yacimientos en aguas profundas que los americanos consideraban de nulo interés comercial. 

La industria automotriz brasileña ofrece al consumidor el doble de marcas y modelos que la mexicana, y con condiciones de financiamiento mucho más ventajosas. Las universidades estatales han establecido institutos de alta tecnología según el modelo de la Universidad de Sao Paulo, donde las empresas pueden tener acceso a soluciones tecnológicas modernas a un precio razonable. 

Las grandes ciudades, como Río de Janeiro, han logrado controlar la proliferación del crimen callejero mediante una presencia notable de la policía militar, que tiene gran aceptación del público gracias a su cortesía y apego a la legalidad. 

No todo es miel sobre hojuelas; el nivel de corrupción en los altos niveles de la política brasileña continúa siendo abrumador. Pero en lo que a ciencia y tecnología se refiere, yo digo: ¡alcancemos al Brasil!