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Colin McGinn. Escritor. Su libro más reciente es Etica, demonio y ficción.

La película más reciente sobre Lolita, dirigida por Adrian Lyne y protagonizada por Jeremy Irons y Dominique Swain, está todavía enlatada debido a las dificultades de su distribución. Ningún distribuidor estadunidense se ha mostrado interesado, a pesar de que se programó para exhibirse en Italia en septiembre de este año. El guionista, Stephen Schiff, ha dicho que hasta ahora no ha habido un prospecto firme que se encargue de su exhibición en Estados Unidos. «Tal vez dentro en cinco años», dice, «cuando cambie la atmósfera». La «atmósfera» a la que se refiere tiene que ver con la preocupación sobre los casos de estupro que se han evidenciado tanto últimamente, así como la renuencia de mostrar en la pantalla grande a un hombre maduro acostándose con una niña de doce años. La vieja película de Kubrick, distribuida en 1961, se alejó del problema al añadirle unos años al personaje de Lolita; además, fue realizada en una época en la que los casos de estupro no se veían con frecuencia en los encabezados ni causaban la ansiedad que ahora parecen producir en los padres (aunque es difícil creer que este problema haya sido menos prevalente entonces que ahora). El hijo de Nabokov, Dimitri, fiero defensor de la reputación de su padre, ha visto ya la película y le pareció una excelente y muy fiel adaptación del libro. Publicada por Olympia Press en París, una firma dedicada a la edición de obras abiertamente pornográficas, la novela se empezó a considerar como una obra literaria hasta tiempo después, y fue en un principio prohibida por algunos gobiernos estatales en los Estados Unidos. Quizás un distribuidor de videos pornográficos se interese en la película y la ponga a disposición por la umbrosa vía de la órdenes por correo, o quizá más tarde logre deslizarse al Blockbuster de su barrio, donde la pondrán en los anaqueles de «películas extranjeras». Cuando menos entonces podremos verla y juzgar por nosotros mismos.

Pero no se trata sólo de los distribuidores que con su cerrazón o miedo se niegan a tocar la película; hay algunos intelectuales que apoyan la idea de suprimirla. El editorialista conservador Norman Podhoretz, en un artículo de Commentary titulado «Lolita, mi suegra, el Marqués de Sade, y Larry Flint», llega a sugerir que la novela es una influencia poderosa en la promoción del estupro. Podhoretz no es uno de ésos que son incapaces de verle algún mérito artístico al libro; al contrario, es el mérito que le reconoce lo que lo hace considerar su prohibición. Al abordar el abuso sexual de menores en términos estéticos, Nabokov —sugiere Podhoretz— le roba su condición de tabú. Un tratamiento abiertamente pornográfico no hubiera hecho borrosa la frontera que define al tabú —dice—; pero, al construir una obra maestra de la literatura alrededor de este tema, Nabokov transforma y disfraza la condición moral de las acciones y los deseos que describe. Convierte en arte el abuso sexual de menores.

Podhoretz escribió: «al anestesiar lo atroz, Nabokov —como ahora puedo ver con claridad— casi logra embellecerlo». La pornografía nos puede degradar, pero no nos puede sumir en una confusión moral en la manera como Lolita lo hace. Se le ocurre que el libro de Nabokov pudo haber contribuido, por una proeza de legitimación artística, en favor de una tolerancia supuestamente mayor hacia el abuso sexual de menores en la sociedad de hoy. Consecuentemente, «habríamos estado mejor si un libro como Lolita no se hubiera publicado nunca». Toda esta argumentación nos invita a imaginarnos a pederastas y a violadores de niñas prestándose copias manoseadas de Lolita, encontrando en esta obra la justificación de su perversión. Podhoretz concluye que éste es un «libro peligroso, más peligoso todavía, paradójicamente, por sus deslumbrantes virtudes como obra de arte». No la vieja y aburrida embestida que define a esta obra en términos nada diferentes de los de una obra pornográfica —juicio que se puede refutar fácilmente—; es el reclamo, más interesante, que juzga a la obra moralmente objetable justo porque no es una obra pornográfica —porque traslada el tratamiento de acciones depravadas fuera del ámbito de la pornografía hacia los terrenos del arte.

Sería muy fácil echar por tierra todos estos argumentos al insistir en la neutralidad moral del arte —y sostener que ningún criterio, salvo aquellos de índole estética, pueden ser usados para juzgar el valor de una novela, en donde lo estético es concebido como algo independiente de lo moral—. De ahí la defensa de Oscar Wilde: «No existen libros morales o inmorales. Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo». Pero pienso que esa respuesta es insuficiente para el caso y, añadiría, dudoso en general. Si la novela de Nabokov hubiera descrito a un hombre satisfecho y contento, que disfruta de la sumisión voluntaria, aunque ilegal, de su pequeña ninfa, y se pasa los días solazándose en los placeres de su obsesión, entonces Podhoretz y sus aliados pueden tener razón. Hay maneras en las que una novela puede indicar su aprobación de un estilo de conducta que el lector puede encontrar, con buenas razones, moralmente objetable (las obras del Marqués de Sade son un ejemplo obvio); si este es el caso, puede justificarse la crítica a una novela por el punto de vista moral que adopta. Una novela que celebra abiertamente la crueldad y la violencia, exhortando al lector a hacer lo mismo, puede ser considerada inmoral, no importa qué tan hábilmente sea descrita esa violencia. (Si esa obra debe o no ser prohibida es otro asunto.)

Pero Lolita no es un libro así. Al contrario, una lectura completa y cuidadosa del libro, especialmente de sus últimos capítulos, deja ver actitudes críticas hacia las fechorías de Humbert. Ciertamente, el mismo Humbert expresa con intensa exactitud la naturaleza de la maldad de sus obras:

No fui capaz de darme cuenta del simple hecho de que no importa qué descanso espiritual pueda yo encontrar, no importa qué eternidades de salón me puedan dar, nada puede hacer que mi Lolita olvide la sucia lujuria que le infligí. A menos que se me pueda probar —a mí, como estoy ahora, con mi corazón, mi barba, y mi putrefacción— que no importa un bledo que una niña norteamericana llamada Dolores Haze haya sido privada de su niñez por un maniático, a menos que esto pueda ser probado (y si lo es, entonces la vida es una burla), no veo ningún remedio para mi dolor salvo la melancolía y el paliativo local del arte.

Y otra vez, con remordimiento:

Fui un monstruo de degeneración pentapolitana, pero te amé. Fui despreciable, brutal, infame, y todo, mais je t’aimais, je t’aimais. Y había veces que me daba cuenta de cómo te sentías, y saberlo era un infierno, mi pequeña. Lolita, niña, valiente Dolly Schiller.

Esto no es embellecimiento o celebración o aprobación de las acciones de Humbert (la inmisericorde coersión sexual de Lolita, el «tremendo revés que le cruzó sobre su pequeña y dura mejilla», sus planes de casarse y matar a su suegra, etc.). Es una expresión abierta de dolor, remordimiento, culpas y reproches. Aquí Humbert expresa con exactitud lo que el lector atento ha estado sintiendo durante muchas páginas —que es lo que Nabokov quiere que el lector sienta—. El libro logra ver directamente al corazón del engaño, la brutalidad, y la depravación de Humbert; bajo ningún concepto se busca mitigar o excusar. Esto es lo que Podhoretz y aquellos que piensan como él no logran ver.

Por desgracia, los propios comentarios de Nabokov en defensa de su libro oscurecen la acometida moral de la historia. En el ensayo «Sobre un libro titulado Lolita», escribe que su novela «no esconde moraleja alguna», y que para él «una obra de ficción existe sólo en la medida en que me proporciona placer estético». Al tratar, sin duda, de subrayar los objetivos artísticos del libro, Nabokov renuncia a cualquier intención de edificar moralmente. Y está bien, pero esto no debe impedir que veamos que el libro logra comunicar efectivamente al lector la maldad del personaje principal y narrador, intensificado por la despreocupación con la que Humbert describe algunos de sus deseos más oscuros (por ejemplo, embarazar a Lolita cuando ésta deje de ser una pequeña ninfa y así poder aplicar «a la encantadora Lolita III el arte de ser abuelito»). La prosa tumefacta y afectada de Humbert nos podrá cautivar y mecer con su torcida versión de los hechos, pero en ningún momento nos sentimos alentados a aprobar sus acciones. Tampoco, desde luego, las consecuencias a su pasión por las pequeñas ninfas son halagüeñas: termina sus días en la cárcel, para morir ahí de una trombosis coronaria, solo, derrotado y quebrantado.

Me parece que esta lectura del libro es obvia, y no el producto de una interpretación sutil e ingeniosa de mi parte. Lo que sorprende es que todo esto tenga que ser enunciado. Algunos lectores parecen obstinarse en leer (o no leer) el libro como si confirmara una tolerancia al estupro, lo que, simplemente, no está en sus páginas. Es cierto, claro, que Humbert ocasionalmente implora al lector que perdone su obsesión, citando la prevalencia estadística de sus deseos, su aceptación en diversos periodos de la historia, y las credenciales impecablemente estéticas de éstos. Pero cualquier lector atento puede ver a través de estas engañifas retóricas, y a esto el texto nos invita constantemente. Sólo el lector negligente puede identificar la posición moral de la novela con la del confundido y a veces loco narrador. Lo que excita en parte el desagrado del lector hacia Humbert es su inhabilidad o falta de voluntad (salvo al final de la novela) de ver la realidad como es, en fin, sus formulaciones autocomplacientes, su solipsismo resoluto. No nos deben engañar sus palabras astutas. No puedo dejar de pensar que fue precisamente esto lo que le pasó a Podhoretz —quien, además, no llegó al final del libro.

Los que estamos interesados en ver la película nos preguntamos cómo se podría dar la idea del distorsionado prisma humbertiano de manera cinemática. ¿Qué versión de los hechos adoptaría la cámara? ¿Qué tan bien se podría reflejar el complejo patrón moral del libro? Pero si las cosas siguen como hasta ahora, no podremos dar respuesta a estas preguntas. Lo que se necesita es una defensa razonada de la moralidad del libro y de la película, no un encumbrado esteticismo amoral. Para refutar a los críticos debemos meternos en su propio terreno, aceptando las responsabilidades morales de la literatura —pero arguyendo que en el caso de Lolita estas responsabilidades están admirablemente asumidas.

Traducción de René Rabell