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Alexander Cockburn. Es columnista del semanario The Nation.

El corto siglo del hombre común comienza y acaba con decesos en la realeza: en 1914, el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo y, ahora, la muerte de la princesa Di. El culto a Diana —¿de qué otra manera podemos llamarlo?— la propone como «la princesa del pueblo», pero esto es sólo un truco que quiere evocar viejos cuentos de hadas en donde el príncipe baja a pasear su esencia real, moviéndose entre la gente como otro más de sus súbditos.

Ahora la figura de Diana se acerca al círculo de los santos, una condición que en vida no le fue ajena pues se deslizaba por las secciones destinadas a los enfermos de sida como si fuera la Madona de los Desahuciados. A los reyes de Inglaterra se les atribuía el don de curar la escrófula con sólo tocar a los enfermos. Tal fue el tratamiento que recibió Samuel Johnson a los tres años de edad cuando la Reina Ana lo tocó en 1712. Con Diana esta cualidad ha sido recreada, a menudo sin poder evitar la cursilería —como el cuadro de André Durand que pinta a la princesa, entre una tropa de santos, posando sus manos sobre una demacrada víctima de sida.

Por un lado, los pacientes de sida; por otro, Gianni Versace, en cuyas exequias la princesa estuvo tan conspicuamente presente este verano, consolando a Elton John. La relación de Diana con la industria de la moda, confirmada por la subasta que en junio acumuló 3.25 millones de dólares por setenta y nueve de sus desechos, ha sido citada como un ejemplo de su modernidad; unió su realeza con el mundo del espectáculo en una ecuación que Versace supo explotar para el beneficio de ambos.

Sin embargo, podemos decir con justicia que la fusión del poder con la moda ha venido dándose desde fines del medioevo. Johan Huizinga escribió en El otoño de la Edad Media: 

En el terreno del vestido, el arte y el ropaje estaban todavía inextricablemente unidos, el estilo en el vestir estaba entonces más cerca del estilo artístico que en tiempos posteriores, y la función de la indumentaria en la vida social, la que acentuaba el orden estricto de la sociedad misma, casi partió de lo litúrgico.

El hombre del siglo XV, observó Huizinga, persistió en ver a la nobleza como la más eminente de las fuerzas sociales y le atribuyó una importancia exagerada, subestimando el significado de las clases inferiores.

Hoy que las concentraciones de riqueza y poder hacen ver a las del siglo XV como un juego de niños, los hombres han entendido muy bien que la santidad en el porte de una Jackie O (cuyas reliquias fueron subastadas no hace mucho tiempo) o de una Princesa Di, sirve muy útilmente como una cubierta de la corrupción, ya de un Aristóteles Onassis o de la terrible familia al-Fayed, sobre la que, por cierto, el Departamento de Industria y Comercio del Reino Unido elaboró un documento condenatorio en 1988 y publicó dos años más tarde. A propósito de la adquisición del almacén Harrods, el reporte dice: 

Los Fayed nos entregaron actas de nacimiento falsas con conocimiento de su inautenticidad. En repetidas ocasiones nos mintieron acerca de su pasado familiar, sus negocios anteriores y el origen de su fortuna… Las evidencias que confirmaron sus mentiras fueron abrumadoras… Después de observarlos y escucharlos durante dos días consideramos que las declaraciones de Mohammed y Ali Fayed no eran confiables para sustentar la veracidad de nada. 

Esta es la razón por la que el padre de Dodi no ha podido obtener la ciudadanía británica, y, sin duda, la razón por la que él y Dodi, cuyas propias finanzas no eran del todo saludables, estaban felices de contar con la princesa.

El estilo de Diana hacía más atractivos a los Fayed, y el dinero de éstos le daba a ella comodidad. El ascenso de Di después de 1981 coincidió con un enorme salto hacia adelante de la acumulación especulativa en ambos lados del Atlántico. La adoración que ahora se vierte sobre ella recuerda la manera en que Edmund Burke se rebajó en 1790 ante ese adorno de la corrupción feudal de los Borbones, María Antonieta: 

Seguramente nunca iluminó este orbe, al que ella apenas parecía tocar, una visión más deliciosa. La vi sobre el horizonte, decorando y alegrando la alta esfera a la que acababa de acercarse —brillando como el lucero de la mañana, llena de vida, esplendor y gozo.

Estas fueron las líneas, en las Reflexiones sobre la Revolución Francesa, que movieron a Tom Paine a escribir los penetrantes sarcasmos de Los derechos del hombre. Burke, escribió Paine, nunca expresó un momento de júbilo ante la caída de la Bastilla: 

El se apiada del plumaje, pero se olvida del ave moribunda… Su héroe o su heroína toma la forma de una víctima trágica que muere como en una función; no son los prisioneros reales de la miseria, deslizándose hacia la muerte en el silencio de una mazmorra.

Mientras las flores amontonadas en las afueras del Palacio de Kensington empiezan a marchitarse, ¿qué peso tiene Diana en la economía del luto? La mejor respuesta fue dada por Percy Bysshe Shelley en su Alocución al pueblo con motivo de la muerte de la Princesa Charlotte, escrita en noviembre de 1817, después del deceso, al dar a luz, de esta hija de Jorge IV. Shelley yuxtapuso la muerte de Charlotte a las casi simultáneas ejecuciones de tres ludistas, involu-crados por el gobierno de entonces:

No podemos afligirnos por cada uno de los que mueren fuera del círculo de aquellos que están especialmente cerca de nosotros; sin embargo, al extinguirse los objetos del cariño, la admiración y la gratitud públicos, hay algo, si contamos con una mente liberal, que perdemos desde el interior de ese círculo…

Pero este llamado a los sentimientos de los hombres no debe hacerse a la ligera, o de cualquier otra manera que tienda al desperdicio —sobre objetos inadecuados— de esas corrientes fertiliza-doras de simpatía que se desbordan en ocasión de un duelo público. Esta solemnidad debe ser usada sólo para dar expresión a una calamidad vasta e inteligible, una que sea sentida como tal por aquellos que sienten por su país o por la humanidad; su carácter, pues, debe ser universal, no particular.

La muerte de Charlotte, Shelley concluye, fue «un duelo privado». En cuanto a las brutales ejecuciones, por horca y descuartizamiento, de tres trabajadores, Jeremiah Brandreth, Isaac Ludlam y William Turner: 

Sigamos el cadáver de la Libertad Británica despacio y reverentemente hasta su tumba: y si aparece un Fantasma glorioso, y construye su trono de espadas rotas y de cetros y coronas reales pisoteados en el polvo, digamos que el Espíritu de la Libertad se ha levantado de su sepulcro, abandonando todo lo mortal, y arrodillémosnos y adorémosla como nuestra Reina.

Traducción de René Rabell