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Martin Amis. Escritor.En unos meses aparecerá su novela más reciente:Night Train.

Repentinamente el subtítulo de CNN informó que la princesa Diana murió. Y, sólo por una hora más o menos, me sentí como en noviembre de 1963. «Este será un momento que se fijará en sus vidas», les recité a mis dos hijos (pensaba, naturalmente, en los dos hijos de ella). «Siempre recordarán dónde estaban y con quién estaban cuando escucharon esta noticia». La princesa Diana murió: parecía brutalmente desproporcionado. Porque Diana nunca había sido noticia hard, hasta ese momento. Diana siempre había sido soft. Por primera vez me encontré anhelando un eufemismo: se nos fue, quizá, o sucumbió.

Un criterio de la proporción regresaría pronto. O por lo menos lo haría en mi casa. La comparación verdadera, por supuesto, no es con Kennedy sino con la esposa de Kennedy. (Y considérese la figura pasiva del señor Zapruder, cuyo obturador se abrió inocentemente sobre la colina verde, como el opuesto a la figura del señor Rata, el paparazzo.) Pero en los resultados inmediatos se sufren la lástima y el terror asociados con una pérdida importante. Te sientes aturdido en ninguna parte, como si algo hubiera desviado tu punto ciego (tus referentes).

Aquel paseo fatal tiene la calidad de una pesadilla. ¿Cómo sería, conducidos por un vanagloriado borracho a una velocidad enferma en un túnel urbano? Con una ascendente claustrofobia, el pasajero sentirá que la mente del conductor está trastornada; que «el control» está en proceso de ser abandonado. Y así fue. Te hace estremecer hasta los huesos imaginar la física atroz del impacto, mientras el Mercedes se transformaba en un arma de fuerza bruta. Luego, el equipo SWAT de fotógrafos y la sesión fotográfica final. Si los paparazzi ayudaron o no a causar la muerte de Diana, sin duda definieron su escenario. Tomaron fotos de la mujer agonizante. ¿Cómo pudieron? Pero lo hicieron. Y ahora los dos hijos, el príncipe, se enfrentan no sólo a la pérdida de una amante y amable madre sino también a un luto previamente contaminado por las fuerzas del mercado de la fama.

Permitámonos por un momento examinar la naturaleza de la fama de Diana. Uno la podría llamar celebridad colateral, porque no auxiliaba en ninguna contribución en particular (salvo a la alegría, y ahora la aflicción, de las naciones). Lady Diana Spencer atrajo el amor del introvertido heredero al trono inglés. Y eso fue todo. Relucir de ojos, blancura de dientes, una sonrisa cómplice, cierta transparencia, expresividad, y evidente vulnerabilidad: era suficiente para él, y era suficiente para nosotros. Madonna canta. Grace Kelly actuaba. Diana simplemente respiraba. Era una figura de las páginas de sociales que se convirtió en una chica de portada. Uno puede asegurar sobriamente que la saga de Diana, en sí misma, era un infundio acotado, sin piedad y fanáticamente, por nuestras propias proyecciones y deseos. Más aún, nosotros somos la historia. Sin talento alguno en su ajuar, Diana se desarrolló como la mujer más célebre sobre la Tierra. ¿Qué nos dice eso de la tercera piedra desde el Sol?

Seguramente ella creyó que tenía un talento: un talento para el amor. Sentía que podía inspirarlo, transmitirlo, incrementar su suma general. Se ha dicho sobre ella (¿qué no se ha dicho sobre ella?) que adoptaba diversas caridades como «accesorios». Pero las causas con las que Diana estaba más fuertemente identificada —sida, hospicios, minas terrestres— demandaban más que un propósito reflexivo. No hay duda de que ella hizo la diferencia para la comunidad homosexual, en Inglaterra y quizá en todos lados; su apoyo llegó en el momento crucial, desafiando la opinión de los tabloides así como la prudencia real. Incluso los hechos recuerdan que Diana estaba mucho menos dedicada que, por ejemplo, la princesa Ana —alguna vez su cuñada—, cuya búsqueda de miradas, hace mucho, la confinaron cerca de la oscuridad total… Enfrentémoslo: somos un planeta de ademanes snobs.

Diana podía tocar y sentir; quizá ella creía que podía curar. Mirándola en televisión, conmovida hasta las lágrimas mientras escuchaba un discurso elogiando y defendiendo su trabajo, uno veía signos de un drama interno casi decepcionante. Si el poder corrompe el ser, entonces la fama absoluta seguramente debe destruirlo. Sus entusiasmos eran caprichosos, hipocondriacos, obsesivos: aromaterapia, irrigación clónica, el oro de tontos de la astrología. Diana, repito, era noticias soft. Causó sensaciones ataviándose de vestidos de fiesta o ganando un kilo de peso. Lograba encabezados con cada movimiento de su mano, cada movimiento de su ceja. Por eso su muerte —su metamorfosis en noticias hard— resulta tan salvaje. La muerte la ha convertido en reliquia y la ha congelado en el tiempo. También ha realizado su propia profecía. Ella sí tenía un don para el amor: miren a la gente, a millones, llorando por las calles de Londres. Diana era un espejo, no una lámpara. La mirabas y veías tu propia humanidad ordinaria, escrita con luminarias. Después de todo, cualquiera es una estrella, todo mundo es una prima donna en la era del karaoke.

En un nivel superior, la contribución de Diana a la historia es tan paradójica como inadvertida. Ella terminará como la saboteadora en jefe de la monarquía. No era sólo el divorcio, el novio indiscreto, la estrella de rugby casado. Ella introdujo una informalidad, una cándida modernidad, en un sistema que no podía ofrecer resistencia a ello; ella tenía una belleza en su vida que los hacía feos.

Sobre todo, será recordada como un fenómeno de estrellato puro. Su muerte fue una terrible metáfora para esa condición. Ella toma su lugar, entre los vidrios rotos y el metal retorcido, en la iconografía del choque al lado de James Dean, Jayne Mansfield y la princesa Grace. Esas otras víctimas, sin embargo, murieron sin persecución. No fueron huyendo hacia el agudo fin de su propia celebridad: hombres en motocicletas con cámaras computarizadas y teléfonos móviles enlazados por satélite. Los paparazzi son los perros high-tech de la fama. Pero se debe admitir que nosotros los enviamos a ese túnel, a fomentar nuestras propias, misteriosas, necesidades.

Traducción de Jaime Ramírez Garrido