En el juego de cajas chinas en que participamos al ver la cinta La rosa púrpura del Cairo, Cecilia, una mujer “real”, espectadora en un cine de la película homónima, se enamora de Tom Baxter, personaje de celuloide que, en palabras de ella, es “un hombre maravilloso… es de ficción, pero no se puede tener todo”. Fuera de la pantalla en que “vive” Cecilia y de la pantalla dentro de la pantalla en que reside Tom Baxter, identificarnos con la primera o enamorarnos del segundo son dos fenómenos psicológicos y neurológicos que pueden provocarnos personajes de ficción al sumergirnos en las historias que ellos habitan.
Desear, encapricharse o enamorarse de un personaje de ficción no siempre —ni a todos— nos ocurre cada que aparece el señor Darcy en Orgullo y Prejuicio (en novela o película) o, quien prefiera la misma época pero una autora contemporánea, el segundo duque de Hastings en la serie de Bridgerton (según me dicen, aquí la culpa se reparte entre el personaje y el actor que lo interpreta).
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