A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Borges nos ha enseñado que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres, pero también sabemos que abrir una librería en estos tiempos de crisis puede parecer una locura, aunque no lo es tanto. Todos sabemos que el negocio de los libros usados es un negocio fabuloso, también que el noventa por ciento de los que intentan este negocio fracasan porque los libros no son otra simple mercancía que pueda valorarse o venderse igual que una corbata, un par de zapatos o una tonelada de jitomates. No, el negocio de los libros es una pasión subterránea que comparten millones en el mundo, pero que sólo unos cuantos saben ejercer como profesionales, es decir, como escritores, editores o libreros.

Después de dedicarme durante varios años al periodismo, un buen día, en lo más alto de la crisis del 95, decidí abrir una librería de viejo, siguiendo el consejo de mi amigo Abelardo Linares, el librero de viejo de más jerarquía, dueño de la librería Renacimiento y de la editorial del mismo nombre, leyenda entre los libreros y creador de un negocio fabuloso que le permitió ir a Nueva York y comprar la librería Eliseo Torres, cuyo fondo consistía en más de un millón de ejemplares en español y que Linares compró y trasladó —luego de vender algunos cientos de miles— a su librería en Sevilla.

Así, el 18 de diciembre de 1995, abrió sus puertas La Torre de Lulio, librería de la Condesa, librería de viejo especializada en poesía, literatura y temas afines que pretende ante todo recuperar la tradición de los libreros de viejo, es decir, de aquellos que aman los libros y que los conocen, que pueden creer como Borges que el paraíso es una inmensa biblioteca o una fabulosa librería de viejo con todos los volúmenes que uno siempre ha deseado tener.

La Torre de Lulio, más que una super-librería o un supermercado de libros, intenta ser una librería al viejo estilo, algo así como Shakespeare and Co., o City Light Books o la Librería Renacimiento, donde un librero que sabe y que ama los libros intenta servir a una comunidad inmersa en la pasión literaria y en todo lo que ello conlleva. Para ello, es necesario traer libros de uso o nuevos desde España o Argentina, desde Guadalajara o Chiapas, desde la Lagunilla o Tepito, desde la UNAM o desde la propia Condesa, no importa de dónde, lo importante, valga la aliteración, es que el libro sea interesante e importante para el hipotético lector o para el lector especializado.

Crear y mantener una librería de estas características es difícil y los amantes de los libros lo saben. Así, en La Torre de Lulio es posible ver a escritores o traductores, a periodistas o a politólogos, a estudiantes o a doctos atolondrados que buscan una edición inencontrable de Céline o de Gombrowicz, de Balzac o de Baudelaire, de Novo o de Villaurrutia, de Luis Carlos López o de César Moro. No siempre se consigue lo que se busca, pero uno reconoce lo que desea, y si la felicidad no existe uno la inventa. Así, en los anaqueles de La Torre de Lulio podemos encontrar libros de Gómez de la Serna o de Raimundo Lulio, de Mario Praz o de Claudio Magris, de Gabriel Zaid o de Giovanni Quessep, de Alvaro Cunqueiro o de Renato Leduc, de Antonio Porchia o de Ramón López Velarde, de Josep Plá o de Gabriel Ferrater.

Tener un fondo de esta jerarquía a buen precio, sobre todo en estos momentos de crisis en nuestro país, no es nada fácil. Esto sólo es posible con la complicidad de lectores y editores que hacen que los libros circulen y que puedan llegar al encuentro feliz con el lector.

Compra, venta, cambio, trueque, consignación, son palabras que casi nada pueden significar para un pulcro lector, pero que son vitales para que una librería como La Torre de Lulio pueda continuar con su objetivo. Cambiar o intercambiar libros, comprar o editar, es y ha sido la propuesta de casi todas las librerías de viejo que merezcan ese nombre.

La Torre de Lulio, creada en homenaje al filósofo catalán Ramón Llull, sólo intenta proponer lo que Emerson o Montaigne sabían, es decir, el hecho de que sólo debemos leer lo que nos agrade, que un libro tiene que ser una forma de felicidad, y que, como Borges nos ha enseñado, más importante que leer es releer, salvo que para releer se necesita haber leído. Más que un culto a los libros, lo que La Torre de Lulio propone es una forma de felicidad.