A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Mauricio Montiel Figueiras. Escritor. Su libro más reciente es Insomnios del otro lado.

Carmen Villoro

El habitante

Cal y arena

México, 1997 

88 pp.

Uno de los óleos más conocidos de René Magritte es sin duda El imperio de las luces (1954), donde el pintor que inmortalizó la pipa que no es una pipa logra condensar la soledad que nos ha legado nuestra moderna Ilustración. Recordemos rápidamente el cuadro: erguida contra un pálido cielo azul cuajado de nubes que parece venir de otro mundo —de otro óleo, ya que su claridad queda desmentida de inmediato por la penumbra del paraje sobre el que se cierne—, reflejada a medias en el estanque que la vigila, una casa que a primera vista se antoja desierta aguarda hundirse por completo en un anochecer contenido apenas por el farol que baña parte de la fachada, esbelto astro empequeñecido por el árbol que a su izquierda se dispara hacia el cielo como intentando proteger a la vivienda del desplome de las sombras seculares. La sensación de abandono que inunda al espectador es ratificada inicialmente por ese menudo brillo: al salir de la casa rumbo a una cita incierta, alguien prendió el farol para que guiara su regreso; aunque quizá se trate sólo del alumbrado público, una muestra de la modernidad que puntual se enciende para espantar a las tinieblas de la historia. Pero ¿realmente está vacía la casa? ¿Qué significan entonces esas dos ventanas a la izquierda y arriba del farol, ese par de pupilas irradiando un tibio fulgor naranja que lucha por colarse entre la frondosa protección del árbol? ¿Por qué desafían al brillo que dora la fachada; por qué de golpe el espectador sabe que hay alguien ahí adentro, alguien que lo espía parapetado en la discreta calidez que emiten las ventanas? En El habitante, Carmen Villoro apunta: «Cuando desde la calle miramos que una ventana se ilumina con la luz de una pequeña lámpara, nos llega una certeza: alguien habita ese rincón del mundo». Alguien, agregaríamos, que sólo necesita un tibio fulgor para reclamar ese minúsculo orbe como propio y hacerlo habitable, habitado. 

No es gratuito que para la portada de su libro Carmen haya elegido un cuadro de Magritte, El maestro de escuela, fechado el mismo año que El imperio de las luces. La correspondencia entre ambas obras podría establecerse así: el personaje de la primera, típico solitario magritteano de saco oscuro y sombrero hongo de espaldas al espectador, enfrenta un cielo casi nocturno rasgado por una uña lunar que baña un terreno en cuyo horizonte se distingue la silueta de algunas construcciones, algunos árboles; es fácil imaginar a este hombre de complexión geométrica como el habitante que ha salido un momento de su mansión en El imperio de las luces para respirar un poco de aire fresco y contemplar el remoto paisaje urbano que la noche no tardará en devorar; antes de salir, sin embargo, ha prendido «una pequeña lámpara» como inequívoca señal dirigida al curioso que piense que la casa está desierta. Este hombre con rostro sólo para la ciudad que le devuelve la mirada es quien puebla las luminosas páginas de Carmen; páginas empeñadas en recoger esas señales, esas epifanías cotidianas que hechizan a Walter Benjamin en Infancia en Berlín hacia 1900, y que la autora expone así en su prólogo: «El habitante de este libro se ha esfumado, no aparece nunca en la trama ni se hace referencia a él (a ella) sino a los espacios, objetos y situaciones que habita, usa y resignifica. No está sino su rastro, su tiempo, su invisible y contundente presencia». La invisibilidad, entonces, es la paradójica aunque irrefutable prueba de la existencia de esta criatura urbana: «¿Cómo sabríamos, si no fuera por las huellas en la alfombra, que una casa está habitada?». Carmen dilata su pregunta siguiendo esas huellas dentro y fuera del perímetro doméstico, trazando el mapa de las minucias que iluminan la odisea de cada día porque sabe, guiada por la lámpara benjaminiana, que «en lo cotidiano se encuentra lo sagrado», que «es la intimidad que canta, a través de las pequeñas cosas, su grandeza». Y como todo buen cartógrafo, como todo detective, se entrega a su búsqueda del habitante bajo el incansable signo del flâneur. 

La errancia la lleva a convocar cuatro ámbitos cardinales: «Exteriores», «Fronteras», «Emplazamientos» e «Interiores», a través de los que su pesquisa se desenvuelve con ayuda de un lirismo sutil, hilo de Ariadna entreverado en una prosa límpida que le permite captar al vuelo iluminaciones como las siguientes: «Las nubes bajan en forma de algodones para pintar la boca de los niños»; «La banqueta es camino pero también es patio»; «Se construye en forma de derrumbe»; «Juego de sueños: habitamos el de la enorme bestia, somos las imágenes difusas de la ciudad que duerme»; «La casa se va pareciendo cada vez más al propio cuerpo»; «Un juguete es un abismo. El niño cae en él sin que nadie ni nada pueda detenerlo»; «La ventana le otorga una estructura geométrica a la libertad». En su ensayo seminal «El París del Segundo Imperio en Baudelaire», Benjamin observa que el auténtico flâneur es quien hace de los muros urbanos un pupitre donde apoyar su cuaderno de notas, rasgo que despunta con nitidez en las páginas de Carmen. Uno puede imaginarla saliendo a la calle libreta en mano, atenta a los remansos y destellos que la ciudad ofrece entre la multitud, lista para registrar con celo de coleccionista las cosas más ordinarias, que al cabo de pasar por el tamiz de la evocación y la introspección adquirirán un nuevo lustre, inéditos significados: «Atravesamos un puente: conectamos dos espacios interiores, reconciliamos territorios, expandemos dominios». Este excepcional oído que atiende el «canto de la intimidad» en la barahunda profana y viceversa; esta capacidad de develar la filigrana que une el orbe psíquico y el físico, desarrollada por Benjamin desde una perspectiva histórica en su teoría de los pasajes parisienses, es una de las mayores conquistas del libro. Carmen sabe, de nuevo con el pensador alemán muerto en 1940 pero más vivo que nunca, que «importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje». Y por medio de este aprendizaje, asumiendo una mirada diáfana que le permite recuperar con renovado brillo ese «algo muy personal y profundo [que] se agrieta con la pérdida de los sitios que alguna vez habitamos», logra delinear una urbe no exenta de cierto cariz edénico, de cierta nostalgia de la niñez. Pero a todo esto, se preguntará el lector, ¿dónde está el habitante? ¿Dónde el perseguido con sombrero hongo y saco oscuro? A lo que podríamos responderle: vuelva a El imperio de las luces, déjese imantar de nuevo por la soledad reconcen-trada de Magritte. Ahora cierre los ojos. Abralos. No se preocupe si su entorno ha cambiado, si está apagado el farol que vigila la fachada de su casa. Carmen Villoro ha encendido para usted una pequeña lámpara que alumbrará al anochecer sus huellas en la alfombra.