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Noé Cárdenas. Escritor. Secretario de Redacción del suplemento cultural El Semanario del diario Novedades.

Novela que continúa el Elogio de la madrastra, Los cuadernos de don Rigoberto son también un compendio de erotismo en tiempos en que al parecer ya nadie se asusta.

Mario Vargas Llosa 

Los cuadernos de don Rigoberto 

Alfaguara México, 1997 385 pp.

Se desprende de alguna cita consignada por don Rigoberto en sus cuadernos que la grandeza de las obras de los artistas geniales consiste en gran medida en la frecuentación particular de ciertos temas, de tan recurrentes vueltos obsesiones. Por este camino, la novela Los cuadernos de don Rigoberto es una continuación, un fructífero rizamiento del rizo por parte de Mario Vargas Llosa, del Elogio de la madrastra (1988), una entrega esta última saludada como la novedosa incursión del autor en la narrativa erótica. Sí, se trata de una historia de alcoba cargada de reminiscencias paganas, contemplativas, transgresoras; además, esta novela incluía capítulos cuya técnica consistía en darles voz a los personajes de diversas pinturas para que describieran su contexto desde su fijado punto de vista brindando, de este modo, un contrapunto a la historia central, ya de por sí como emanada de la suma de cuadros en los que se representa a Venus, Cupido y un tercero de turno o terrenal. Establecía y consolidaba Vargas Llosa en el Elogio de la madrastra el triángulo de personajes mediante el cual filtra sus ideas con respecto al individualismo, y mediante el que elabora una visión del mundo que se opone narrativamente al gregarismo y al mal gusto, a la masificación que impide el ejercicio cabal del erotismo.

Riza el rizo Vargas Llosa con Los cuadernos de don Rigoberto porque parte de lo establecido en el Elogio de la madrastra; tanto es así que aquélla retoma la historia del triángulo Lucrecia-Fonchito-Rigoberto justo en el punto donde había quedado en ésta, a saber: cuando, enterado de que la cuarentona Lucrecia ha hecho el amor con el niño Fonchito, don Rigoberto, esposo y padre respectivamente de éstos, echa de la casa a su amada Lucrecia.

Ha pasado un año —dentro del anhelado mundo raro que es la ficción— de este suceso. Los cuadernos comienzan con las visitas de Fonchito a la casa de su al principio renuente madrastra Lucrecia en el exilio, a escondidas de don Rigoberto, quien ha incrementado la frecuentación nocturna a sus cuadernos, en los que reúne reflexiones, citas, cartas con destinatario pero nunca enviadas, relación de sueños y fantasías eróticas. Fonchito, el aún niño angelical y/o diabólico, va a una academia de pintura y es un erudito precoz en la vida y obra del vienés Egon Schiele. Lucrecia sortea las consecuencias de su desliz a punta de altivez y majestad, semejante a las diosas. La perturbación que se desata en ella ante la presencia de Fonchito aparece exacerbada en esta secuela. Fonchito le pide perdón a su madrastra asumiendo, sin entenderla aparentemente, la responsabilidad de la separación de Lucrecia y su padre; le suplica a ésta que sea su guía para no ser malo. Digo aparentemente porque a diferencia de lo que ocurre con Lucrecia y con don Rigoberto, en cuya mente la voz narradora penetra, se acerca y se distancia con amplitud de movimientos, les cede la voz para que hablen o para que fluyan sus pensamientos, Fonchito resulta inexpugnable, se le ve exteriormente y sólo se conoce el desconcierto que provocan en quienes lo rodean sus ocurrencias, su precocidad, atrevimiento y aura de diosecillo.

De manera que la novela cuenta con distintos planos que se articulan distribuyéndose cíclicamente a lo largo de los capítulos y de los escenarios: la salita de la casa de Lucrecia en donde ésta recibe a Fonchito; el estudio de don Rigoberto a la orilla del mar; pasajes de los cuadernos confundidos con la realidad, en un proceso consciente por parte del personaje de sustituirla, componiéndola, por ficción; los cuadros que «hablaban» en Elogio de la madrastra, en esta secuela quedan digeridos y disueltos en los planos y tiempos de la narración merced a la revisión de la vida y obra de Egon Schiele a través de Fonchito, quien no sólo logra persuadir a su madrastra para que imite algunas poses de las modelos del epígono de Klimt o que tras una sesión que incluye a la sirvienta Justita, Lucrecia y ésta queden encendidas como carbón y terminen haciendo el amor, sino que por si esto fuera poco Fonchito deduce que él es Egon Schiele.

¿Qué contienen los cuadernos de Rigo-berto, el próspero vendedor de seguros perteneciente a la clase decente de la sociedad limeña? Se podría decir que constituyen un elogio al individualismo. A cada tanto, Rigoberto fustiga a diversos personajes de la sociedad —a una feminista, al presidente de los rotarios, a un sujeto acusado por hostigar a su vecina intentando verle a toda costa sus velludas axilas, a un lector del Playboy— a través de misivas que no enviará; en cada una, Rigoberto elabora razonamientos en los que defiende su postura como la única viable para defenderse del gregarismo ovejuno, dice, por ejemplo, que ser individualista es ser egoísta pero no imbécil. Apuesta por todo aquello que propine placer al individuo, expone sus puntos de vista acerca del mal llamado fetichismo, de la estupidización proveniente de los deportes, de la equivocada creencia de que sólo hay dos sexos. Don Rigoberto es tan exigente en sus gustos que en su estudio tiene una chimenea a la que arroja los grabados y los libros que ya no le causan placer.

Respeta tanto sus creencias que hasta logra perdonar a doña Lucrecia su desliz con Fonchito al comprender que el deseo halla caminos intrincados para manifestarse y que no es lo mismo que un hombre adulto abuse de una niña que una mujer adulta inicie a un niño. La intervención de Fonchito para que se reconcilien Lucrecia y Rigoberto es definitiva. Nada indica que no pueda volver a suceder lo que sucedió y así se lo advierte Lucrecia a Rigoberto, si no sacan al niño mosca muerta de casa: un personaje mitológico incrustado en la vida real.