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Oscar Arias. Premio Nobel de la Paz. Preside la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano.

Este es el texto con que Oscar Arias presentó a Carlos Fuentes en el Teatro Melico Salazar de San José, Costa Rica, el 3 de julio de 1997, con motivo de la intervención del escritor en el Décimo Aniversario del Plan de Paz de Centroamérica «1987-1997: Una década de esperanza para Centroamérica».

Amigas y amigos:

Es para mí un gran honor saludar, en nombre de la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano, y de la Universidad Nacional, al gran pensador y escritor don Carlos Fuentes. Le agradecemos profundamente que, como una manera de unirse a las actividades conmemorativas del décimo aniversario de la firma, en Esquipulas, del Plan de Paz para Centroa-mérica, haya aceptado ofrecer al público costarricense la conferencia que hoy vamos a tener el privilegio de escuchar. 

Don Carlos Fuentes vino a Costa Rica a participar en una sesión de trabajo de la Comisión de Alto Nivel del PNUD encargada de orientar el informe regional sobre la educación en América Latina y el Caribe, «Una agenda para el siglo XXI», que tengo el honor de coordinar. Don Carlos accedió, generosamente, a impartir para el público costarricense esta conferencia sobre el tema de la educación. Los demás integrantes de la Comisión son: 

• Doña Ruth de Cardoso, Primera Dama de Brasil; 

• Doña Emma Mejía, ministra de Relaciones Exteriores de Colombia; 

• Doña Beatriz Paredes, dirigente de la Confederación Nacional Campesina de México;

• el Señor Derek Walcott, Premio Nobel de Literatura de 1992, de Santa Lucía; 

• Don Víctor Hugo Cárdenas, vicePresidente de Bolivia; 

• Don Germán Rama, director de la Administración Nacional de Educación Pública de Uruguay; 

• y Don John Biehl, Embajador de la República de Chile en Estados Unidos.

Formé parte de un grupo de jóvenes latinoamericanos que, mientras estudiábamos en Londres, conocimos y vivimos desde muy cerca los lemas y el impacto social y político de la revuelta estudiantil parisina de 1968. El sentido de aquel extraordinario movimiento nos fue aclarado en muchos aspectos por una hermosa publicación de Carlos Fuentes. Eran los tiempos de lo que nuestro prestigioso invitado ha descrito como la edad de «la impaciencia progresista», la que hoy, según sus propias palabras, ha de ser superada por la «paciencia cultural». Aquella publicación puso a muchos jóvenes del mundo en contacto con un lenguaje del cual, si bien rechazamos su llamado a la violencia, seguimos avalando su recurso a la imaginación.

En aquel entonces, después de haber leído La muerte de Artemio Cruz, novela que relata los fantasmas, las angustias, los recuerdos y los monólogos de un viejo revolucionario, y deseosos los estudiantes de escucharle personalmente, hice un intento, apasionado pero infructuoso, por lograr que Carlos Fuentes nos diera una conferencia en Londres. De este modo, no fue sino casi veinte años después cuando, en medio de otro fragor del que me tocaba ser más protagonista que espectador, tuve al fin la oportunidad de encontrarme personalmente con el admirable escritor. 

Transcurría el mes de enero de 1988. El Plan de Paz corría peligro y, con el fin de rescatarlo, convoqué a una nueva reunión de presidentes que tuvo lugar en Alajuela. No es esta la ocasión para recordar los detalles de aquel encuentro en el que predominaba la tensión creada por, entre otros factores, la persistencia de la administración Reagan en la tesis de que había en Nicaragua una situación que únicamente podía resolverse por la vía militar. A aquella cita concurrió Carlos Fuentes. 

Tal vez el gran escritor mexicano tenía en aquel momento algunas reservas en cuanto a nuestro Plan de Paz. Sin embargo, tuve desde el principio la esperanza de que él, al igual que muchos otros latinoamericanos de buena fe, comprenderían finalmente que los pueblos de Centroamérica merecían la oportunidad de pacificación y democratización que tratábamos de ofrecerles. La presencia de Carlos Fuentes en este teatro josefino, en esta tarde de conmemoración, me reafirma en esa esperanza; pero, de toda forma, aquel encuentro de enero de 1988 adquirió más tarde, en mi fuero interno, un simbolismo que sólo puedo caracterizar como un nuevo triunfo de la pluma sobre la espada. Ocurrió, amigas y amigos, que como parte de la delegación estadunidense en aquella reunión figuraba el general Colin Powell, uno de los propugnadores de la «solución militar». La pluma y el pensador que hace tres décadas no concurrieron a nuestro llamado juvenil de Londres, se presentaron espontáneamente, hace un decenio, en Alajuela, para desempeñarse como escudo intelectual de nuestros cinco pueblos ante la prepotencia de la espada, en un momento en que, como dice Carlos Fuentes, «el tiempo urge y la historia ruge» y, por lo tanto, las decisiones no esperan. 

México en su literatura ha sido uno de los más claros y bellos espejos de América. Nos hemos asomado a él para encontrarnos con nosotros mismos, para entendernos mejor y para descubrirnos. En el espejo de Bernal Díaz del Castillo, su Verdadera historia de la conquista de Nueva España, aprendimos el asombro, la nostalgia y la magia de Tenochtitlan, mundo que sólo conocimos en las crónicas, porque la Conquista vendría a alterarlo para siempre. 

En el espejo de su Respuesta a Sor Filotea —primer documento histórico en defensa de la libertad de pensamiento de la mujer—, Sor Juana Inés de la Cruz nos ofrece la alegría y la audacia de su intento emancipador y, a la vez, la tristeza y la derrota de su renuncia. 

Alfonso Reyes, por su parte, nos revela en su espejo, el ensayo Ultima Thule, que América se insinúa desde antes de su descubrimiento como el extremo occidental del mundo conocido, lo que aún hoy seguimos siendo. 

Carlos Fuentes, quien en su libro El Naranjo nos dice que «Sólo se descubre lo que primero se imagina», es también un buscador de los «espejos enterrados» en toda nuestra historia. Sus obras son libros-espejo, no sólo de México sino también de toda América Latina, espejos que nos han ofrecido la posibilidad de reconocernos con el mismo asombro de los revolucionarios de la novela Gringo viejo, que se reconocen al ver, por primera vez, sus imágenes reflejadas en un salón de espejos. Con los revolucionarios, el escritor y los lectores, es decir, nosotros, los latinoamericanos, desciframos por fin nuestra historia y nuestros mitos, y nos asomamos al espejo para romper nuestra soledad y descubrir que somos una comunidad que debe escapar, junta, no fragmentada, de la destrucción y del aislamiento. 

Para la curiosidad de Carlos Fuentes no existe tema que no merezca la penetración de sus interpretaciones. Al mismo tiempo que descifra la política contemporánea, desarrolla la crítica de la cultura y de la historia. Estamos ante un escritor capaz de participar en un movimiento literario, el de la nueva novela hispanoamericana, como él mismo la denomina, desde ambos lados del espejo: como gigantesco creador de narrativa y como intérprete del movimiento, como novelista y como autor de piezas maestras de la crítica, en las que se mezclan el análisis riguroso y la creatividad libérrima, la discusión y la imaginación, la distancia crítica y la inmersión estética. Muestra de esta combinación son sus libros La nueva novela hispanoamericana, de 1969, Valiente Mundo Nuevo, de 1990, y El espejo enterrado, de 1992. 

Su obra de ficción no escapa a la pasión interpretativa. La Revolución Mexicana, en La Muerte de Artemio Cruz y en Gringo viejo. La educación, o dos de sus modelos, en Las buenas conciencias y Zona sagrada. El mundo político en La cabeza de la hidra. Y en El naranjo o los círculos del tiempo nos enfrentamos, como en Terra Nostra, con los arquetipos de nuestra historia. 

La novela hispanoamericana fue la primera en reconocer que el mundo es uno y que sus tradiciones le pertenecen, para cambiarlas o para consagrarlas. Los escritores supieron que, como somos el extremo occidente, la tradición occidental nos pertenece, no para repetirla sino para crearla. Carlos Fuentes lo anunció en 1969. Con la producción novelesca de la década de 1960, la cultura iberoamericana dejó de llegar tarde al banquete de la civilización y organizó su propia mesa bien servida. El origen de los platillos fue a la vez universal y multicultural. Hubo, utilizando los términos de Carlos Fuentes, una nueva cocina, con ingredientes polirraciales y multicultu-rales, de afán totalizante. Nada ni nadie se excluyó de la novela: ni la historia ni el mito, ni el negro Mackandál ni Artemio Cruz, ni Ursula Iguarán ni José Arcadio Buendía, ni París ni la selva americana, ni Coatlicue ni Edipo, ni los boleros ni la Pastoral de Beethoven, ni la verdad histórica ni la verdad de la imaginación… 

Esta inclusión totalizadora se convirtió en la mayor innovación y dejó boquiabierto al mundo entero. Los escritores de la nueva novela hispanoamericana, con Carlos Fuentes en posición señera, se descubrieron, como los niños bienamados, herederos del universo literario mundial y, por ello, fueron capaces de cambiarlo. Alcanzaron la modernidad en la literatura antes que la alcanzara ningún otro movimiento iberoamericano en ningún otro campo. 

Lección ejemplar la de estos novelistas. Si coincidimos con Carlos Fuentes en que «Somos un continente en búsqueda desesperada de su modernidad», nuestros escritores nos han dado una gran lección. La modernidad iberoamericana, como bien lo ha dicho mi amigo Carlos, tenía que ser inclusiva y no exclusiva. Como la novela, ha de dar cabida a todos, debe ser asunto de todos. Nuestra modernidad será multirracial y policultural, como nuestra literatura; como la novela, ha de fomentar la innovación y la crítica, dejando de lado, para siempre, la sumisión y el autoritarismo. Nuestra modernidad no puede ser autosatisfecha ni conformista, sino que nos habrá de lanzar a la aventura de lo nuevo y de la inclusión del Otro, en la misma aventura de la nueva novela hispanoamericana. Una Iberoamérica moderna no puede prescindir del contacto con otras culturas. «Las culturas aisladas perecen», nos dice nuestro ilustre invitado. 

Las páginas ensayísticas de Carlos Fuentes nos llaman a discutir la manera de llegar a la modernidad en Iberoamérica, y nos señalan caminos para lograrlo. Sin duda, las clases altas se han modernizado, pero lo han hecho más copiando rápidamente los modos de consumo occidentales, que desarrollando sus modos de producción; al mismo tiempo, no han sabido incorporar a otras clases (cito de nuevo a Fuentes): «a medida que la América Latina se despojó de su piel colonial, se convirtió cada vez más en parte del mundo, pero dejó atrás a la mayoría de los propios latinoamericanos». 

Para ser más productivos, para ser verdaderamente modernos, debemos respetar la ley en lugar de la voluntad del jefe. Debemos instaurar la meritocracia en lugar de dejar que rijan los intereses del clan. Debemos fomentar la crítica en vez de recompensar el servilismo de los allegados al poder. Debemos cultivar la paz y no la violencia. Debemos, en fin, buscar la justicia, porque —nos dice Carlos Fuentes— «[cuando] una comunidad se vuelve injusta, a la postre se empobrece». Y continúo citando: 

Ante todo, sepamos alimentarnos y educarnos a nosotros mismos; si lo hacemos, acaso podamos, finalmente, convertirnos en sociedades tecnológicas modernas con fundamentos. Pero si la mayoría de nuestros hombres y mujeres continúan fuera del proceso del desarrollo, desnutridos y analfabetas, nunca alcanzaremos la verdadera modernidad. 

De alimentarnos y educarnos nos habla Carlos, es decir, de crear nuestro propio banquete, para todos los latinoamericanos. Y para todos los costarricenses, para que volvamos a merecer la mención que de nuestro país hace Carlos Fuentes en El espejo enterrado. 

… Costa Rica transformó la necesidad en virtud, sirviéndose de su falta de riqueza colonial para mantener un esfuerzo de prosperidad modesta, administrada sabia y democráticamente.

Carlos Fuentes, alquimista de la palabra, para quien el deseo es «como nieve que se funde en nuestras manos»; que considera que los peces son «húmedos y lisos como el placer», para quien «la historia y sus pasiones se cuelan por la rendija universal de la violencia», donde «el mundo subjetivo, querámoslo o no, nos domina». Carlos es el desenterrador del espejo, el testigo de la historia, el novelista que hace poesía. 

Con ustedes, Carlos Fuentes. 

Muchas gracias.